Puedo ver la luna y las estrellas a través del parabrisas. Es una noche oscura, especialmente por la avenida Las Delicias. El mal servicio eléctrico de la ciudad mantiene los faros de la calle en intermitencia constante, y a las once de la noche te asalta una urgencia de no estar ahí. Manejo de prisa por la avenida, y llegando al final me detengo en el semáforo del McDonald’s. Hay pocos vehiculos circulando, pero aún así no me arriesgo a cruzar en rojo. Espero con calma hasta que lo escucho; el sonido del terror. Dos motorizados se acercan desde atrás y se detienen delante de mi automóvil, esperando la luz verde. O eso me hago creer. “Ningún motorizado espera el semáforo” me digo a mí mismo al momento que los delincuentes se bajan súbitamente. Siento el pánico apoderarse de mí. Me apuntan con pistolas y me hacen señales para que les abra y me baje. Hago tal cual, balbuceo unas palabras de clemencia y subo los brazos para que no me hagan daño. Uno de los tipos me grita “Cállate y baja la cabeza” a la vez que me da un peinillazo en la frente y me oculta la cara en una bolsa oscura. Me agarran por un brazo y me llevan unos pasos atrás, hasta otro carro. Ni siquiera noté cuando se paró ahí. Me meten de cabeza en lo que solo pueden ser los asientos traseros, y me ubican en medio de dos sujetos.
Escucho como arrancan mi camioneta, y al cabo de unos segundos, nosotros arrancamos también. Me cuesta concentrar mi imaginación en la ruta que están tomando, para saber a dónde me llevan, pues los sujetos de al lado no paran de hablarme y revisar mis cosas. “Aureliano Aracataca. ¿Qué clase de nombre estúpido es ese?” Me dice el de la izquierda. “Me lo puso tu mamá” Le respondo, aunque me arrepiento inmediatamente. Un sonoro golpe metálico en la cara me hace recordar el peligro en el cual me encuentro, y desde entonces decido que es mejor estar callado. Los tipos siguen hablando, diciéndo cosas para perturbarme. Me explican cómo van a matarme y poner mi cuerpo en bolsas negras, pero no antes de violar y destruir a palos mi cuerpo toda la noche. Me preguntan si me gustan los hombres negros y si alguna vez se lo he chupado a uno. Me pegan, me empujan y me gritan “Habla mamawebo!” cuando no les respondo a sus atrocidades. Me tiembla todo el cuerpo, no veo nada y siento como me corre el sudor desde la frente a la mejilla. ¿O es sangre? No me da tiempo de seguir aterrorizado por mucho, pues antes de que me dé cuenta el automóvil se detiene y me halan fuera con mucha fuerza. Me tiran al suelo y siguiente que siento es una patada al estómago que me deja sin aire y me pone a llorar. No fue la última. En seguida me cae encima una lluvia de dolor. Me malhieren con sus puños, pies y al rato empiezo a recibir, literalmente, palazos que solo puedo imaginar que son de alguna escoba que tenían por ahí. Ya no puedo pensar nada, solo sentir dolor y agonía. Gritar en desgracia y suplicarle a Dios que acaben conmigo pronto porque no quiero sufrir más. Parece que el señor se apiada de mí pues enseguida recibo un batazo en la cabeza y pierdo el conocimiento.
Me despierto rodeado de basura y putrefacción, un olor a rata muerta dominaba mis pesadillas. Intento levantarme, pero estoy tan adolorido que apenas consigo ponerme de rodillas. Siento humedad en los pies, una especie de fluido verde y baboso proveniente de bolsas negras se escabulle entre mis dedos expuestos; me han robado los zapatos. No sé dónde estoy, pero es un sitio feo. Busco mi reloj para saber la hora pero no lo encuentro; tampoco encuentro mi celular. Reviso mis bolsillos y mis llaves ya no están, ni mi cartera, ni mi anillo de compromiso. Nadie en la calle me está prestando atención, pero sé que debo tener la apariencia de un mendigo, tan sucio así estoy. Camino dolorosamente hasta una señora y le pregunto dónde estamos, “El limón” me contesta, y se aleja. Me tiraron en el barrio el Limón los desgraciados.
Requiero de tres intentos hasta que un taxista se apiada de mí y acepta llevarme a mi casa con la condicion de sentarme encima de unas ropas sucias que guardaba en el maletero. Todo el cuerpo me palpita de dolor, y hasta estar sentado es una tarea tediosa. Llegamos a mi casa y debo tocar el timbre. Mi esposa estalla en llanto apenas me ve en mi condición, y me dice mil cosas a la vez que me pregunta otras mil más. Le urjo en buscar dinero para pagar el taxi, y en que estoy bien. Reviso la hora, es domingo a las siete de la mañana. Me doy una ducha caliente y veo cómo el suelo se pinta de rojo con el agua. Me cuesta mantenerme de pie por mucho tiempo, y fue trabajoso secarme, pero no más que explicarle a mi esposa lo sucedido. Fátima no sale de su asombro, y no hace más que darle las gracias a Dios por mi salud. Yo no pienso lo mismo. Mi hija sale del cuarto somnolienta y me saluda con un “Papi”, yo la abrazo fuerte y le doy un beso. Me pregunta qué me pasó en la cara y le explico que me caí jugando futbol. Fátima aún me mira con tristeza.
Dos semanas de reposo. He contactado con Gabriel, mi amigo policía, para realizar una búsqueda de mi camioneta, pero no había tenido éxito, hasta ahora. Uno de sus colegas reconoció un vehículo idéntico en el estacionamiento del Hyperjumbo. Apenas me entero recojo las llaves de repuesto y salgo en taxi hacia el centro comercial. Me encuentro con el policía que vio la camioneta y él me guía hasta ésta. Apenas la encuentro apretó el botón del seguro en la llave, y me lleno de alivio al escuchar el “Tick Tick” en respuesta. Sonrío abiertamente a mi compañero, y dedicamos unos segundos a revisar que todo esté en orden antes de partir cada uno por su lado. De camino a casa me siento muy bien. Feliz, de haber recuperado mi medio de transporte. Mi trabajo depende demasiado de mi movilidad, y estaba realmente angustiado de no saber qué haría sin la camioneta. Voy llegando a la casa. Estaciono en el garaje y me dirijo a la cocina para servirme un buen vaso de Whisky para celebrar mi pequeña fortuna, y contarle la noticia a Fátima cuando suena el teléfono de la sala. Lo cojo y contesto, al otro lado una voz poco amigable me dice “Sabemos dónde vives. Te vamos a buscar. Te vamos a matar y a picar en pedacitos para meterte en una bolsa… y a tu familia también”.
Las llamadas de amenazas continúan incesantemente por días, hasta semanas. Por las noches me azotan pesadillas donde mi familia sufre y perece en manos de violadores y asesinos sin caras. Mi case arde, y me encuentro en un pozo infinito de desesperación. Aún despierto, en el día y en mi trabajo, no puedo dejar de pensar en el mal que puede caer en mi esposa e hija, quienes reciben llamadas casi diarias de parte de sujetos malintencionados quienes les entregan mensajes aterradores sobre cómo acabarán sus cuerpos en bolsas negras. Ya no puedo más. No puedo salir de mi casa en paz, sabiendo que existe alguien que desea hacernos daño. Ya no puedo ni trabajar. “Debo hacer algo”, pienso, y llamo de nuevo a Gabriel. Le explico la situación, hay un intercambio de información, pregunto por un precio, y nos ponemos de acuerdo.
Dos días más tarde, en la noche, me encuentro en el barrio Sucre acompañado de un comando armado de agentes policiales encubiertos, preparados para asaltar una de las casas de la calle Jurín. Blanca, con jardín, estacionamiento y rejas. Tenemos horas escondidos al frente, y cuando por fin vemos a la señora llegar, le saltamos encima con pistolas en manos y la introducimos en la casa. Adentro, saco una Sierra y una bolsa negra de basura tamaño familiar. Le medio explicamos la situación a la señora, quien se encuentra aterrada. La hacemos entrar en la bolsa, y le tomamos una foto con una sierra en el cuello y un cartel en la boca que dice “No más llamadas”. Sus ojos llenos de terror le dan el efecto perfecto a la fotografía. Se la enviamos a Jordanis Martinez, el responsable de mis días sin calma (información que me ha costado bastante). Para este momento ya habrá llegado a su casa, en cuya sala lo espera un inconfundible olor a carne cruda proveniente de una bolsa negra, dentro la cual se reposa quieto su más querido amigo, picado en pedazos. Thor, un Pitbull grande de color beige claro. Mi amigo Gabriel llama al delincuente y cuando este contesta la llamada le hace solo una pregunta: “¿Entendiste?”. A lo cual Jordanis, después de unos segundos, responda con voz llena de innegable impotencia: “Entiendo.”
Dejamos en paz a la señora, y nos retiramos. Algunos se disculparon por lo sucedido, pero Yo no. Si hubiese criado mejor a su hijo, nada de esto hubiese pasado. Le doy un fuerte abrazo a Gabriel, las gracias, y nos despedimos. Cuando llego a mi casa, me doy el placer de un suspiro, largo y profundo. Visito la habitación de María, le doy un besito en la frente, y la arropo. En mi cama duerme Fátima, arrinconada de un lado. Me desvisto completamente, y me acuesto a su lado. Le susurro un “Te Amo”, y le beso la mejilla. Su pequeño gemido es suficiente satisfacción. Me arropo, cierro los ojos y pienso en todo lo que me ha sucedido en los últimos días, dejándolo atrás pedazo a pedazo, y entregándome a un lujo que hace tiempo había perdido. Sí, un lujo, sabiendo que después de tantos meses, hoy por fin podré dormir tranquilo.