Launchorasince 2014
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Al Borde De Todo.


Y sus miradas se encontraron.

Era una típica tarde de otoño, la época en donde las hojas secas de los arboles se caían por si solas coloreando la acera de las calles de un caoba cobrizo al mismo tiempo en que algunos mechones de su cabello se ponían de acuerdo para rebelarse contra ella y bailaban campantes al son del viento.

Candelaria se encontraba saliendo de sus clases extracurriculares junto con sus amigas, quienes la habían estado esperado afuera del edificio. Ella estaba en su último año de secundaria y a la par se preparaba para postular a una universidad decente, a pesar de que tenía toda la seguridad de que conseguiría una beca por pertenecer al tercio superior. Después de todo no quería serle un estorbo a su madre.

Y, sí, aquel muchacho se había disculpado por no haberse fijado por donde iba y a la distancia, según por lo que ella pudo ver, un grupo de chicos llamaban a alguien asi que Elizabeth asumió que era al muchacho que todavía estaba en frente suyo, pero por alguna extraña razón no alcanzó a descifrar el nombre.

Él volvió a disculparse con el rostro lleno de seriedad y fue hacia donde el grupo de chicos se encontraban. Sus amigas estaban ahí, Samantha y Lucy, fueron testigos del pequeño incidente, rápidamente se acercaron para ver y preguntarle si se encontraba bien con sus rostros, al igual que sus voces, llenos de preocupación.

  —Sí.

Respondió levemente con una pequeña sonrisa. La verdad es que no era para tanto, sólo se habían chocado. No era gran cosa, no es como si le hubiesen robado, o al menos eso esperaba.

Siguieron con su rumbo hacia el paradero, ninguna de las tres comentó sobre lo que había sucedido hace unos minutos atrás. Y, para sorpresa de las tres o tal vez más por parte de Candelaria, justo al frente del paradero, cruzando la autopista, estaban los chicos de hace unos instantes. Estos hablaban de una forma muy burlona, pudo visualizar al muchacho de hace unos instantes.

No se había dado cuenta antes pero el muchacho tenía el cabello corto, color castaño, y sus ojos eran celestes. Sí, era bien atractivo. Aunque no le tomó mucha importancia.

Pero sus miradas, ante todo pronóstico, se volvieron a encontrar. Esos ojos, más celestes que el mismo cielo. Sintió una sensación, como una descarga eléctrica, correr por su cuerpo. Por toda su espina dorsal.

Uno de los chicos, ella supuso que era un amigo del muchacho, le comentó algo a este mientras no dejaba de reírse de manera exagerada y no sabía exactamente si es que él lo había escuchado ya que el muchacho no dejaba de mirarla. Por un segundo, ella, pensó que tenía algo en el rostro, pero estaba que no tenía nada.

  —Cande, ya nos vamos.

Volteó al escuchar la voz de su amiga, Samantha, quien se acercó a ella y depositó un beso en la mejilla derecha de Elizabeth, despidiéndose. Lucy hizo lo mismo.

Recordó, de pronto, que ambas le habían comentado que después de clases irían a comprar un regalo porque el aniversario de Lucy con su enamorado ya que la fecha estaba muy cerca y su amiga no tenía ni la menor idea de que regarle; es por eso que iba con Samantha, ella si era una experta en esa materia.

En cambio, Candelaria no. Ella nunca había salido con alguien y hasta ahora no le había gustado o atraído alguien. Tampoco es como si ella no haya pensado en buscar a una persona… Es que, simplemente, no tenía o no sentía esa necesidad de conseguirse a alguien. Además, tener una relación traía mucho drama y ella no se cree capaz de soportar tanto estrés.

Bueno, en fin, las vio subir al autobus y desde dentro se despidieron de ella. Candelaria sonrió y vio el bus alejarse del paradero. Volvió su mirada al frente, hacia donde anteriormente había estado el grupo de chicos, pero no había nadie. Sólo una anciana esperando que la luz del semáforo cambie para poder cruzar la autopista.

Suspiró y esperó por el autobus que la llevaba a su casa, el cual no demoró mucho ya que vino luego de unos minutos. Se dio cuenta que la anciana había cruzado lo más rápido que su cuerpo pudo, seguro iba a tomar el mismo autobus que ella.

Dejó que la anciana subiera primero y esta se sentó en el único asiento que estaba libre. Eso le fastidió un poco, pero se le pasó a los segundos porque justo un señor bajo en el siguiente paradero.

***

Después de casi unos cuarenta minutos, bajo del autobus. Usualmente no había tráfico, pero parecía que hoy era la excepción. Eran las 20:15 pm. A esta hora se suponía que su mamá ya debería estar en casa.

Lo cual era cierto porque desde afuera de la casa se podía ver las luces, del primer piso, prendidas. Entró y se encontró varios rollos de tela de distintos colores y estampados contra la pared de la entrada. A lo lejos escuchó la voz de su mamá, estaba hablando por teléfono.

La mujer de cabello marrón, hasta los hombros, y ojos grises, le sonrió al verla y la saludó moviendo la mano de lado a lado. Cuando Candelaria repitió la misma acción, la mujer dio la media vuelta adentrándose a la sala mientras aun seguía en el teléfono.

Su madre era profesora, pero decidió que ese estilo de vida no era para ella y se volvió costurera. Pero cuando eres costurera no ganas el dinero suficiente para mantenerte y menos si tienes una hija.

Candelaria subió al segundo piso, dirigiéndose a su habitación. Se metió, encerrándose en esta, y se deshizo del uniforme, cambiándose por algo más cómodo. Su pijama.

Tomó su mochila y de esta sacó sus cuadernos junto con su cartuchera, los puso encima de su escritorio. Se sentó en la silla, miró su cuaderno y al lado de este estaba el libro de matemáticas. Lanzó un largo suspiro y comenzó a trabajar, mejor dicho a hacer su tarea.

El lápiz cogido por los delgados dedos de su mano derecha y los botones de la calculadora científica estaban siendo presionados tan ágilmente por los dedos de su mano izquierda. Las matemáticas no eran su fuerte, lo suyo era los idiomas, pero era extraño ya que le agradaba aprenderse las complicadas formulas.

Pero, de pronto, dejo todo de lado cuando escuchó a su mamá llamarla desde el primer piso. Estiró los brazos y luego vio la hora en su celular esperando ver un mensaje de alguna de sus amigas, suspiró. Nada. Salió de su habitación y bajó las escaleras, con dirección a la cocina.

  —La cena esta lista.

Le avisó su mamá con una sonrisa, al notar su presencia, mientras se quitaba el delantal, rosa chicle, que ella le había regalo hace casi siete años atrás. Ambas se sentaron, frente a frente, y se pusieron a comer.

Su mamá comenzó a contarle cómo le habia ido en el trabajo, que su jefa le habia contado que nuevas telas estaban a unas semanas de venir del extranjero y esas cosas. Candelaria solamente escuchaba y sonreía al ver ese brillo en los ojos grises de su mamá, le ponía contenta saber que su mamá era feliz.

   —¿Y que tal te fue a ti, querida?

Le preguntó su mamá. Candelaria se quedó muda, no esperaba eso. En la mayoría de las oportunidades que tenia para compartir una comida con su mamá, era la mujer de ojos grises quien hablaba y era Candelaria quien simplemente escuchaba. Para eso ella era buena, para escuchar. Nunca fue buena para expresarse, pero en las veces en que lo lograba, de alguna manera u otra, siempre terminaba hablando con sarcasmo o hiriendo a los demás.

   —Bien.

Dijo a secas, el silencio reinó entre ellas. Dio el último bocado y se paró, dejó el plato en el lavabo y agradeció por la cena. No se dio tiempo para mirar a su mamá, quien tenía el rostro lleno de confusión, y subió rápidamente las escaleras. Entró a su habitación y se encerró en esta.

***

No era capaz de conciliar el sueño. Estaba demasiado preocupada por la prueba que iba tener mañana a primera hora. Inglés, su peor pesadilla. Habia pasado toda la noche estudiando, pero aun así no podía dejar de sentirse nerviosa.

Asi que sacó su celular, que estaba escondido debajo de su almohada, y decidió escuchar un poco de música, por supuesto que con audífonos. Eran las tres de la mañana y no quería despertar a su madre.

Luego de unos minutos y un par de canciones, dejó todo a un lado y dio unas cuantas vueltas por la cama hasta que escuchó un sonido raro. Se paró de la cama y se acercó a la ventana, frunció el ceño al ver un cuervo picoteando el vidrio.

Quitó el seguro de la ventana y la abrió, el cuervo retrocedió unos pasitos y se le quedó mirando con su pequeña cabeza inclinada un poco hacia la izquierda. Ella le acercó su mano izquierda al cuervo. No sabía exactamente por qué lo hacía, no le gustaban o agradaban los animales y no importaba cuan lindos eran.

Candelaria notó algo en la pata derecha del cuervo, que no dejaba de mirarla. Agachó un poco su cabeza y se fijó mejor, se dio cuenta que era un pequeño pergamino enrollado y estaba atado con un hilo rojo.

Lentamente, con sumo, cuidado deshizo el hilo y el pergamino se resbaló por la pata del cuervo desenrollándose. En ese preciso momento el cuervo aprovechó y le picó justo debajo de su pulgar izquierdo, en la eminencia tenar.

—Ouch.

Se quejó en voz baja, no quería levantar a su madre, y se cubrió la zona por inercia. Vio al cuervo irse volando. Se sobó y por un instante quiso morir. ¿Qué ocurría si el cuervo tenía algo y se lo contagiaba? Rayos, por cosas como estas no le gustaban los animales.

Olvidó el dolor por un segundo cuando la puerta de su habitación se abrió justo en el momento en que iba a desdoblar el pergamino. Dio un salto por el susto y sus ojos, llenos de sorpresa, miraron a su mamá y escondió la mano que tenía el pergamino detrás de su espalda.

   —Escuche algo y vine para saber si te estabas bien.

Dijo su mamá la respiración algo agitada. Candelaria dudó si responder o no, asi que simplemente asintió con la cabeza.

   —¿Segura?

   —Sí, no pasa nada. Sólo que… ah, pues…

   —Cadelaria Lupe, no me gustan las mentiras.

Ag, odiaba cuando su madre la llamaba por su nombre completo. Desde ahí agradecía a su papá, en donde quiera que él se encuentre, por ponerle ese nombre.

   —¡Y es la verdad! Simplemente no podía dormir, pero ahora creo que es hora de echarme para levantarme temprano mañana.

Trato de excusarse mientras caminaba hacia su cama. Pero de repente sus pies no le respondieron y su cabeza se giró. Su cerebro le ordenaba mirar a su madre, encarándola.

   —Candelaria, ¿qué estas escondiéndome?

Iba a decir “nada”, pero nada fue lo que salió de su boca. Se mordió la lengua. Al no tener respuesta, su mamá comenzó a acercársele y ella quiso retroceder, pero por alguna extraña razón no pudo. No sólo sus pies sino sus brazos, su boca… Como si estos no le pertenecieran más.

Y, sin ella quererlo, dio media vuelta dándole la espalda a su mamá, quien retiró el pergamino de sus manos. La mujer de ojos grises lo miro fijamente, escaneándolo, y abrió sus ojos un par de platos. Pero luego volvió en sí y cambio de expresión.

   —Ve a dormir.

   —Pero…

   —He dicho que vayas a dormir.

Le ordenó su mamá y el cuerpo de Elizabeth le hizo caso, aunque sólo se sentó en la cama.

Cuando vio a su mamá salir por la puerta y cerrarla, suspiró. Levantó con algo de miedo su pie del suelo y se sorprendió al darse cuenta que ya podía moverlo, frunció el ceño.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso se estaba volviendo loca? Sacudió la cabeza, lado a lado, y se metió a la cama cubriéndose con las sábanas, tal vez sólo estaba cansada.

Mañana seria otro día.