La tarde empieza a volverse noche, los vestidos juegan entre las piernas de las mujeres, como danzando alegres entre esas figuras tan diversas, desde mujeres grotescamente rellenas hasta finas señoritas y señoronas que se muestran orgullosas de sus esbeltas siluetas, el taconear de los zapatos parece sonar aún más intenso que la potente voz del tenor invitado al evento. Brillos van brillos vienen, sonrisas inundan el lugar, uno que otro caballero se anima a cortejar a alguna de las damas sentadas todavía en las diminutas mesas al estilo parisino de la terraza.
Que vertiginosa es la vida de ciudad, eventos, fiestas, subterráneos, terrazas y locales con nombres frívolos, mujeres con cabelleras largas y muchachitos malcriados que piden tener el último gadget tecnológico, todos caminan tan rápido, como si su tiempo fuese verdaderamente hecho de oro, yo miro impávida la situación sentada al borde de mi ventana estilo colonial, muerdo mi lápiz nerviosamente y me pregunto sobre que podre escribir, veo como pasan señoritas con pantalones ajustados y una cantidad exagerada de cabellos sobre sus frentes, garabateo un poco y levanto nuevamente la mirada para tratar de avistar otra vez la fiesta en la terraza, un hombre muy joven se desliza sobre unas zapatillas de tango hacia una de las mesitas, una mujer de piel muy clara , casi fantasmal lo mira con desinteres, él hace un ademán como para invitarla a bailar, así que la mujer extiende su mano y ambos comienzan a bailar rítmica y apasionadamente el “tango poema”, que suburbio tan interesante, (me digo), y entonces por las calles veo pasar motos, policías, bicicletas y ambulancias chillonas que me molestan en los oídos y me distraen por un par de minutos.
Garabateo otra vez, y me cuestiono el hecho de como esas adolescentes pueden ver a través de tan frondosos flequillos, pasa otra mujer joven con un estilo parecido y me rio secretamente tras mi libreta de anotaciones, trato de escribir una palabra si quiera el nombre de un cuento, borro y borro e inevitablemente mi mirada se dirige hacia la terraza que me retrotrae a los años 20 , la misteriosa y pálida mujer de repente sale corriendo parece ser que ha ocurrido alguna tragedia (ha de ser la razón de la ambulancia) el hombre está tendido en el suelo, no puedo ver con mucho detalle, pareciese que la terraza se fuese perdiendo detrás de los altos edificios laborales que opacan la vista de las montañas.
Puedo ver unos diminutos pies corriendo, como huyendo de algo que esta mal (claro si se huye, es porque algo no es normal) el vestido que hace minutos danzaba con gracia, ahora se enreda en las blancas piernas de la mujer, bastante joven ciertamente que corre lejos de la terraza, mis ojos están interesados en lo que ocurre pero se entrecierran, los froto entonces y vuelvo a garabatear en la libreta de anotaciones, dibujo un rostro, nunca he sido gran dibujante, un rostro femenino, tal vez el rostro de la mujer de la fiesta de la terraza. A lo lejos aún se escuchan las notas errantes de un tango venido a menos que ya no proviene de la milonga, sino de un bar pequeño en una esquina de la panadería, ya son entradas las 10 pm, y si, abruptamente ha terminado la fiesta, puedo escuchar desde la ventana el susurrar de las personas que asistieron y de las que no.
¿quién era esa, preguntan algunas señoras de la alta sociedad, yo no le di invitación comentan señoritas en sus ceñidos vestidos que solo usan para ocasiones especiales. Los borrachos siguen a duras penas la letra de la canción “El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también” , y la ambulancia ya se aleja dejando una estela de humo y el eco de un sonido escalofriante y aterrador. Como quien no quiere la cosa, viejas chismosas se asoman por las ventanas y como por envidia, dicen “ Ese hombre, no sabía con quien se estaba metiendo, esas fiestas con esas música sucia no atraen ningún espíritu bueno, usted creerá comadre que lo digo por mal pero esto me recuerda a lo que le paso a un hijo mio en El Llano hace tres años, que crepúsculo ni qué nada, las vampiras rondan y son mujeres extraordinariamente bellas, difíciles de descubrir la condenadas”
La terraza está sola, y yo la miro por un buen rato, ya todos en la calle se han ido, excepto yo, que sigo sentada en la ventana, detallando las mesas y diminutas sillas que casi ni se ven, el suelo está mojado, ya son las 12 am pero ya no tengo sueño, los borrachos ya no cantan, de el mismo bar escapa una melodía distinta, es de nuevo el tango poema, el catalizador de está fatídica noche, y casi de repente mis ojos identifican la silueta de la mujer, humo de cigarro sale de su boca, su traje es el mismo, ahora sus piernas cuelgan del borde de la terraza, como si estuviese a mi lado, escucho su voz murmurar algo, algo inteligible, un sonido muy sucio, pero que luego agarra fuerza y se convierte en palabras que puedo reconocer, ella dice “Carmen, mi nombre es Carmen, nunca me lo preguntaste Tomás”, me apresuro y lo escribo debajo del dibujo que hice de su rostro, lo leo y lo repito “Carmen, mi nombre es Carmen, nunca me lo preguntaste Tomás”.