Pensé que mis oídos iban a estallar, la presión del agua causaba un agudo chirrido que me impedía oír cualquier otra cosa. Pero no necesitaba de mis oídos para saber lo que pasaba a mí alrededor, sabía muy bien que ellos se estaban riendo. Riéndose de mí, un pobre flacucho débil al que trataban de ahogar. Pero no me malinterpreten, no tengo interés en que se compadezcan por mí, claro que no. No soy perfecto y en gran parte, lo sucedido era culpa mía, al menos en parte. Es lo que me merezco por no saber cuándo cerrar la boca y es aun peor cuando te metes con sujetos capaces de sostenerte por los tobillos y sacar y meter tu cabeza en el agua.
Resulta inútil, pero aun así me resisto. Aunque mis débiles brazos no pueden enfrentar la fuerza de mi captor, de quien por cierto no conozco siquiera el nombre. Uno creería que estar estudiando en el mismo colegio haría que lo conozca, pero que puedo decir, soy muy malo para recordar los nombres. Federico…si, creo que ese es su nombre. Un espécimen humano verdaderamente ejemplar. Es un gran atleta y, a diferencia de lo que muchos creerían, un alumno de cuadro de honor, entonces ¿Por qué se mete con un alumno como yo, uno más del montón? Tengo varias teorías al respecto, la que más aceptación tiene de parte de otros que sufren el abuso de Federico, es que es simplemente: un psicópata. Tiene a su alrededor un sequito de alumnos, tanto hombres como mujeres, que se divierten con sus muestras de ingenio.
Siguen riéndose.
¿De qué se ríen? ¿Qué tiene de graciosos un muchacho, en ropa interior, tratando de evitar que metan su cabeza en el agua de la piscina, y que sacude los brazos delgados como un antílope tratando de zafarse de la mordida de un cocodrilo? Bueno, pensándolo bien quizás resulte un poco gracioso.
Esto ya me molestaba, intente gritar, pero el agua se mete en mi boca aun más y las palabras no salen. Y de cualquier forma, nadie me escucharía, todos los profesores y alumnos están en clase, ya no hay nadie en el gimnasio y mucho menos en la piscina, después de todo estamos en pleno invierno ¿A quién se lo ocurriría nadar con este frio polar? Pues, parece que a mí.
La sangre se agolpa en mi cabeza, siento el latir de mis orejas, los ojos me arden, culpa del maldito cloro del agua. En cualquier momento podría desmayarme, pero un momento antes de que eso pasara, finalmente me sueltan, no con amabilidad, pero aun así se los agradecía. Sin mirar atrás se marcharon, no sin antes arrojar mi ropa al agua.
Y con esto, daba comienzo a un nuevo día en el colegio. Un día que, sorprendentemente, sería el último.