Puso sus piernas sobre el alfeizar de la ventana e inspiró profundamente el aire fresco que entraba por ella. Cerró los ojos y después los abrió para buscar el paquete de tabaco que descansaba sobre la mesa de madera de roble. Alcanzó el mechero y encendió el primer cigarrillo del día. Disfrutó de la primera bocanada sumergida en sus pensamientos interiores.
Volvió a cerrar los ojos y a imaginar su cara. A recordar su barba de dos días, su sonrisa de chiquillo tímido y sus pasos sigilosos hasta su cama. Lo rememoró con tal fuerza que su piel se erizó y sus sentidos vivieron nuevamente aquellos destellos de emoción que causaban desazón en su corazón. Quiso tocar con su mano derecha libre el aire, creyendo que encontraría su cuerpo ante ella. Soñaba, revivía e imaginaba. Deseaba estar con él, con su sonrisa, con su tacto suave y delicado, con su acento extranjero, con su él, a fin y al cabo.
La distancia era su perdición, su engaño voluntario. Su silencio, su estupidez. Quería hablar con él, sincerarse por fin, decirle que había dejado que el tiempo corriese en su contra y que ahora sus no acciones estaban matándola. Que estaba dispuesta a guardar para él la parte de su corazón que le daría libremente, sin pedir nada a cambio o, al menos, sí una cosa. Su reciprocidad. Su reciprocidad traducida en besos, en caricias y miradas llenas de significado. Sólo una vez más esa mirada, esos ojos marrones, esa expresión de amor sincero, ese relámpago de conexión. Eso, al menos.
Antes de que pudiera evitarlo, el cigarrillo consumido se resbaló de sus dedos. Regresó violentamente a la realidad aquella. No pudo evitar tampoco un par de lágrimas naciendo y muriendo en sus ojos. Aún menos, el llanto continuado, las convulsiones de su dolor y tristeza reconocidas fuera de sí. Enamorada. Enamorada sin remedio y con las consecuencias de tener lejos lo que desea y añora, lo que echa de menos y necesita como el respirar.