Launchorasince 2014
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El arte y la maternidad


            La tímida brisa de la mañana acariciaba mis mejillas, y mis cabellos danzaban serenos al son de sus soplos. Tendido en Tierra de Nadie, con mi bolso haciendo de almohada y el fresco césped de colchón, esperaba que pasaran las tres horas restantes hasta la siguiente clase, mientras contemplaba el apático vuelo de las nubes que atravesaban el cielo. Una escultura de Baltasar Lobo, moldeada en bronce sobre una base de granito rojo pulido y puesta a embellecer el campus en 1954, se las arreglaba para darme sombra. Mis párpados revoloteaban cada vez más lento, hasta dejarse cubrir por el manto infinito de los sueños.
           Conspiraba para salir de esa casa, pero no lograba encontrar la salida. Al final de un largo y estrecho pasillo, con inmensos ventanales escotando las paredes y una alfombra de gamuza verde cubriendo el camino, una puerta entreabierta dejaba escapar la risa alborozada de un bebé. Me acerqué muy lentamente y allí estaba: una mujer sin rostro, pero con la faz de cada madre del planeta, tumbada sobre el suelo de la habitación, alzando a su pequeño con los brazos, haciéndolo creer que atravesaba las nubes más altas y volaba por encima de las montañas. El niño elevaba sus extremidades, confiando en que jamás caería mientras lo sujetaran esas manos.
            ──¿Quién eres? ──pregunté desconcertado, conmovido por la ternura de aquella escena que terminaría por silenciar mis inquietudes.
            ──Soy las flores, el pasto, las aves ──respondió, sin dejar de alzar a su hijo. Su voz no venía de ningún sitio, pero se escuchaba en todas partes──; soy el calor que incuba los huevos, el agua y la luz que germinan las semillas, el capullo que cubre las orugas hasta que forman sus alas.
            Los rayos del sol atravesaban el cristal de la ventana, iluminando la piel broncínea de la mujer y el perfecto acabado de su silueta. La luz que se escurría entre sus partes dibujaba sobre el suelo la hermosa figura del amor sin condición. El granito pulido del piso reflejó el resplandor, y disparó sobre mis ojos un cegador destello.
            Mis párpados respondieron a mi ceño fruncido, abriéndose para encandilarme con la realidad. Habían pasado dos horas. Ya las nubes no danzaban tan cerca y la sombra ya no cubría mi cara. Allí permanecía la escultura, brindando umbría al otro lado del pasto. La mujer, entonces inmóvil, aún cargaba a su hijo. Yo, entonces despierto, aún seguía conmovido. Juraría haber soñado con mi madre, pero todo hijo hubiese pensado lo mismo.