Una puerta dorada, tan grande como majestuosa, como ninguna en el castillo, ahí estaba. Por miedo a los diferentes escenarios que pudiese encontrar, por miedo a el que los humanos adoran, a ese con el que reñí mirada o a cualquier ser que mi vida pudiera martiriar aún más, no la abrí, no la abrí por miedo.
¿Cuánto tiempo pasó? No lo sé, el sol no ha pasado por mi cielo dos o cien veces, tengo el sentimiento que ha sido un largo tiempo, el cabello me toca la espalda, las uñas de mis pies están muy largas, en el castillo no hay espejos, así que mi cara no conoceré por ahora.
"No recuerdo la última vez que le hable a alguien, no recuerdo la última vez que vi una sonrisa, no recuerdo la última vez que vi una lagrima, no recuerdo la última vez que sentí el calor de un abrazo, no recuerdo la última vez que sentí que alguien estaba a mi lado, no recuerdo la última vez que sentí un apretón de manos, no recuerdo la última vez que vi directamente a los ojos de alguien, no recuerdo la última vez que reí a carcajadas, no recuerdo cuando fue la última vez que sonreí" Este y mil pensares pasaron por mi cabeza.
¿Será que detrás de esa puerta la verdadera respuesta a mis incógnitas sea resuelta?
Después de vacilar, de sudor frió recorriendo mi frente, el temor de no salir con mi mente aun sabiendo mi nombre, decidí con la duda en lo que aun considero un corazón humano, abrir la puerta.
Pesada, cual sensación del no saber, pesada, cual rechazo directo del favor de un ser superior, pesada pero no inamovible.
Después de mis fuerzas, y mi cabeza casi desesperar, la puerta se abrió, un estilo griego antiguo adorna el cuarto, pero se encuentra vacía, o al menos pensé, labios rojos, pelo negro lacio hasta sus hombros, un vestido rojo, no lo comprendo, me parece tan hermoso, ojos negros, me conmovió, era la imagen más emocionante que mi corazón pudo llevar en sus hombros, lagrimas apañaron mis ojos, con presura las arranque de mi visión para así contemplar un momento más a esta foto que se encontraba en ese cuarto de puertas doradas.
La hora de dormir llegó, no porque la noche se comiera de apresurada manera la luz de un día que nunca vino, sino porque mis ojos ya querían cerrarse para descansar, el cielo con esas dos lunas solo me provocaba incomodidad y un golpe a mi respirar, aun peleando, queriendo mantener mis ojos abiertos, no quería dejar de ver ese cuadro.
Cada que el cansancio llegaba a mis ojos, activaba el mismo evento, mis gritos agobiaban los pasillos y los cuartos de ese gran castillo, que ahora para mí solo constituía ese cuarto de puertas doradas, no dejaba ese cuarto, aunque mi hambre me pedía correr, todo sea por esa mujer. ¿Cuántas noches pasaron? No lo sé, no tengo la menor idea, pero de ser posible haber desgastado el cuadro con mi visión habría pasado.
Al abrir mis ojos lo único que buscaba era esa imagen, nada más, no pensaba, ella no me dañaba, tan serena como una briza que en mi cara frenaba, tan dulce como el aroma de las flores que nunca llegue a olfatear pero eso podía imaginar, cada vez que veía el cuadro con tal belleza rellenando, un calor inundaba mi cara, a veces, mi vista bajaba por que ella me veía directo a mi alma con una sonrisa.
Siempre estaba sentado frente a ella, rechazando la idea de que ella contestara alguna de mis preguntas, rechazando la idea de que ella me pudiera hablar, rechazando la idea que ella pudiese dar un paso adelante.
-*balbuceos*
Sin darme cuenta había extendido mi mano hacia la pintura, sin haberme dado cuenta intenté hablar, pero lamentablemente hablar ya había olvidado, más un balbuceo de forma estúpida solté, al haberme dado cuenta de esto, supe que parte de mi humanidad había perdido, supe que poco a poco me convertiría en un adorno más de ese castillo.
La pintura- Tócame la faz.
Escuché esto, lo escuché, creer no podía, creer no era una opción, pero engañarme yo quería.
La pintura- Engañándote no estás, aunque hablar no puedas, tus pensamientos son claros para mí.
-VETE- Le grite en mi pensar, ya que de mis labios más que gemidos que confunden tanto al receptor y a su locutor eran emitidos.
La pintura- Hacerte daño no quiero, solo estar a tu lado.
Aunque quería correr, esa voz era encantadora, no había hecho más que escuchar mis propias palabras maldiciendo al cual me puso ahí, el agua no emitía sonido alguno, el viento susurraba al golpear las paredes, las puertas no rechinaba como típicamente se creía, y pronto la voz en mi cabeza también apaciguo su llanto, pero ahora, después de que el silencio estuviera diciéndome diariamente al oído que no había nada más que ÉL, ahora ella irrumpe de manera tan bondadosa y muy cálida, sentí calor en mi pecho aunque el miedo competía frente a frente con este sentimiento.
Cuando recobre mi conciencia ya platicas largas había tenido con la pintura, charlas sobre lo sólo que me encontraba, y ella con lastima en sus ojos negros me acogía bajo su regazo. Ella me cantaba cuando mi cansancio no aguantaba, ella contaba historias confortantes en sus canciones, me hacía no querer dormir, aunque cuando sus palabras rosaban mis oídos y el escalofrió recorría mi aun adolorida espalda, me hacia buscarla en el reino de los sueños, donde bailábamos, las dos lunas que tanto me agobiaban ahora son un foco para cada uno, dándonos el protagonismo directo, no dejando que el negro del mar y la roja arena robaran ese espacio que se nos fue concedido de tan atroz manera pero ahora confortante, este espacio nos pertenece.
Mi charla acababa cuando el dormir llegaba, que lentamente evitaba tener, pero el dormir se apiadaba de mí, escuchaba mis lamentos y de una forma que a mi corazón hacia latir con alegre son, materializaba de nuevo su figura ante mí.
Temas de conversación se repetían, pero no importaba, sus ojos negros siempre me miraban, respuestas poco coherentes yo entregaba para tener la ilusión de alegría, pero no importaba, sus rojos labios esparcían su fragancia cuando de palabras yo carecía.
Al despertarme ahí ella, el cuadro, mi esperanza se encontraba, no desaparecía, necesidad de pronunciar palabra no era pedida, entendía un momento sin dudar, y así seguía yo, yo en el cuarto, ella en el cuarto, ella en el cuadro, yo en el cuarto.
Osado no era yo, mas distintos pensares, pensares que desafían mi naturaleza que duda de la flor, pensamientos, pensares, golpean con fuerza para salir cual estaca en tu corazón sea clavada, –Te amo- encerrado en mi, retorcía las paredes de mi conciencia, pero el castillo en el que el silencio era soberano y que teñir de susurros no permitía como regla principal en su mandato, ella calló, el cuadro, no, ella, no volvió a emitir sonido alguno, jamás.
-*balbuceo*
Intentar hablar lo hice, mas sonidos grotescos de mi boca emanaban, golpeando el suelo de manera bruta, sangrando mis nudillos de manera poco alentadora, pensando miles de palabras y actos que abrir mi pensamiento o simple palabra pudo una herida.
Sus ojos que alguna vez fueron negros se tornaron opacos a mi dirección, no expresaban nada.
-Oye, háblame.- Un Pensar con una respuesta discordante, ni un sólo sonido fue emitido.
-Oye, bella mujer.- Un Pensar con una respuesta discordante, ni un sólo sonido fue emitido.
-No quiero estar solo de nuevo, acompáñame.- Un Pensar con una respuesta discordante, ni un sólo sonido fue emitido.
Lagrimas brotan cual flores en primavera.
Me dirijo al cuadro, lo tomo, cosa que no me había alentado antes, lo abrazo con gentileza pero poco a poco mi desesperación me gana en fuerza y presionan cada vez más fuerte, cada vez más fuerte, el cuadro empieza a incrustarse en mi piel, hacía así la sangre brotar, pero no duele, veo el color rojo coloreando mi pálida piel, pero no duele. La desesperación gana la batalla, con mis ojos en blanco color destruí el cuadro, los trozos caen, mi sangre tiñe los desquebrajados soñares. De rodillas, con el sufrir como expresión facial, lagrimas no paraban y de color negro comenzaron a emerger, causan dos manchas convulsionadas con sangre y trozos de un cuadro que a partir de hoy no se considerara como tal.
Dos manchas, negruzcas en el suelo con matiz de dolor, bullen mientras mis ojos siguen perdidos, de las manchas negras dos brazos se alzan tomando mi cabeza de manera no asentida estrellando de forma inmediata mi cabeza contra el frio y duro suelo de aquel cuarto adornado al griego antiguo de puertas doradas que se encontraba en el castillo que nadie nunca conoció.
Despierto por incomodidad en mi faz, humedad siento, un gato sin ojos se encuentra posado frente a mí.