Launchorasince 2014
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El mismo nombre.


Lagrimas caían rodeando su mano que disimuladamente pintaban palabras para quien sea que no las leería. A veces frenaba por el dolor que agobiaba y menguaba sus ganas, se secaba las lágrimas para empezar una vez más.

Su cuarto aunque arreglado se encontraba, las paredes parecían venirse abajo, el computador que se encontraba a la izquierda de su faz, una pantalla azul con múltiples errores mostraba y el zumbido que soberano era de la soledad.

Nadie tocaba a su puerta desde que sus ojos se tiñeron de gris.

El brillo era un deseo inalcanzable.

¿Cuánto minutos pasaron sin darme cuenta?

¿Cuántos sentimientos se han marchitado dentro de mí?

¿Cuántas veces se tornó negro mí alrededor y en un desperdiciado intento por apaciguar las voces que me arrastraban, golpeaba mi frente y gritaba?

Ella se hizo esas y mil preguntas más, lamentablemente la respuesta era siempre la última que ella quisiese escuchar.

Finalmente llegó el día que ella decidió que sus fuerzas cayeran en el frio y sucio suelo.

Las paredes se abalanzaron sobre sus hombros, el peso era inimaginable, gritos iban y venían pero nadie los escuchaba, nadie prestaba atención a esa que sufría dentro de cuatro paredes, el computador mostraba estática, las notas llenas de lágrimas y bocetos, tomaron formas horripilantes, que ni en el más grotesco sueño se podrán imaginar, bullían en pro de la destrucción.

El hermoso espejo de dorados adornos, donde ella solía mirarse y procurar su pulcritud, fue lanzado a su espalda para que los trozos de su pasado la hirieran, pero, entre los trozos de cristal llenos de sangre ella vio su reflejo y pronunció su nombre, su nombre no había cambiado, aún era esa mujer de las fotos, aunque sus ojos reflejaban el día lluvioso, aunque su cabello fuera una bola de hilachas sucias y una sonrisa no se pintará más en su faz, ella vio, supo que aunque la destrucción tocara su puerta, sus huesos no habían quebrado, ella había logrado ser de hierro y sobrellevar cada día hasta ese quiebre, se dijo a sí misma, contestando a las preguntas previamente hechas, “ya no más”.

Una llama hervía en su pecho, vio el rojo sangrar que dolía cual sentimiento de impotencia, se puso de pie, lloró una vez más, maldijo a las paredes y con sus palabras las devolvió a su lugar, gritó ensanchando sus pulmones, pero esta vez no fue de para llorar, sino para poder sonreír, para romper sus paradigmas interiores, que su voz destruyera la puerta que la confinaba, y lo hizo, y sonrió.