Otra vez aquí. Las manecillas del reloj dividen su área en dos. La oscuridad inhabilita mis ojos, aumentando mis otros sentidos; y mi cama, a mi cuerpo lo incomoda más y más. Mi mente sigue dando vueltas, tal como lo hacen las manecillas de este reloj, que marcan ya las doce con treinta y uno de la madrugada.
Recuerdos de la noche pasada no me faltan, fue un silencioso martirio. De verdad el insomnio puede tomar tu mente y torcerla como un hombre que escurre un trapo húmedo. Desearía que esta privación de sueño fuera por una razón común, pero he perdido más mi cordura por lo que he visto y oído, que por la falta de descanso en sí.
Arañazos que atraviesan mis paredes de madera lisa, psicofonías provenientes de los rincones más oscuros de mi habitación, sangre que desciende lentamente de los marcos de mi ventana, y, de vez en cuando, uno que otro grito de catacumbas que resuena en mi espina dorsal y estremece mi cuerpo entero. En verdad es inútil intentar dormir en estas condiciones, pero en tiempos nocturnos, mi cuerpo renuncia a su energía, inhabilitando mis futuras actividades hasta la mañana siguiente.
Cuando despierto, todo toma su rumbo de nuevo, pero en la cúspide de la luna, las cuatro paredes que forman mi recamara detienen el tiempo y tuercen la realidad.
Se que no parece cierto, quizás pienses que estoy demente, pero puedo jurar que es verdad.
Son las tres de la mañana y continúo revolcándome entre mis sabanas, buscando el sueño en medio de una pesadilla. Mi cordura no da abasto, ¿estoy soñando que trato de soñar? ¿Es esto real, o solo una pesadilla eterna?
Seguí durante unos minutos, tratando de encontrar el sueño entre infinidad de dudas, tratando de agotar a mi mente, pero mi calma es interrumpida: escucho como, súbitamente, cae un vaso de cristal en mi cocina, turbando el, hasta el momento, silencio denso y calmado, aunque críptico.
-¡Hasta aquí!- dije en voz alta, y salí de mi cuarto, en busca del terrible monstruo responsable de tanto desastre. Mi perturbada mente se imagina una infinidad de posibilidades sobre el "intruso". ¿Tendrá garras? ¿Será enorme? ¿Tendrá malas intensiones? ¿Será un fantasma? ¿O simplemente es un ladrón?
Tanteo las oscuras paredes de mi sala de estar, hasta que encuentro un foco. Lo enciendo, y su haz de luz penetra el oscuro apartamento. Nada fuera de control por acá. Prosigo caminando, inspeccionando cada rincón de mi hogar. Debo estar ya demente: todo está en su lugar, no hay nada fuera de lo común... O al menos eso creí.
Volví decepcionado a mi habitación, cuando, de repente, una fría mano me haló del tobillo, tumbandome contra el gélido suelo de la segunda planta del local. Me golpeé mis brazos, en verdad fue un duro impacto, mis codos estaban raspados y morados, pero el dolor no llegó a mí, el temor y la adrenalina me habían consumido por completo. Volteé mi cuerpo...
Llevenme al manicomio inmediatamente, esto no tiene lógica alguna.
No, el monstruo no tiene garras, sino uñas.
No, no es un fantasma, sino un ser vivo.
No, no es un ladrón, ni tampoco es enorme y, aunque no se sus intensiones, lo que veo es peor que todo lo que creí.
No, no es un monstruo, soy yo.
...
Simplemente esto no puede ser posible.
¿Finalmente mis tornillos se soltaron por completo en mi cabeza? Esto no es parte de mi imaginación, puedo sentir su pestilente y alterado aliento, puedo ver su mirada de maniático, fría y seca, sin cortar contacto visual con mis ojos; y, peor aún, puedo sentir su rígida mano presionando mi muñeca contra el suelo, cortando así mi circulación, y dejándome inmóvil e indefenso.
Se que de esto no saldré vivo... En ninguno de los dos sentidos. A partir de acá, solo un Steve Hollstein saldrá vivo.
El espectro eleva su puño hacia el cielo con ira y demencia, se aproxima el primer contacto de una insana lucha. Lanza un fuerte gancho derecho y golpea fuertemente mi rostro. Al primer contacto, despierto. Todo había sido una mala pesadilla... ¿cierto?
No, no era una pesadilla. Era como si el subconsciente hubiera creado un mundo real, un universo paralelo, una dimensión alterna. Lo que acababa de vivir, y seguía viviendo, simplemente desafiaba cualquier ley de la razón común. Me encuentro en el suelo. No, no estoy acostado. Mis rodillas me sostienen, mi mano izquierda se aferra fuertemente a algo invisible, que presiono contra el suelo; y mi mano, quiero decir, mi puño está contra el suelo, con mis nudillos adoloridos y rojos. Había tomado la posición de mi atacante y, aún así sentía un imparable dolor en mi mejilla.
¿Qué he estado haciendo todas estas noches?
¿He estado dormido?
¿He estado despierto?
Simplemente... No lo se...