Launchorasince 2014
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La anciana del arroyo


Un día iba caminando a lado de la rivera que siempre he conocido, cuando de repente vi a una mujer sentada encima de una roca, viendo las aguas fluir como el viento entre las manos. La saludé y ella hizo otro tanto, medio desganada: ni siquiera me miró. Le pregunté: “¿qué tienes?”, pero sólo el silencio supo contestar mis dudas. Su mutismo era extraño, pero no iba a forzarla. Le dejé y continué mi camino. Sin embargo al avanzar otro tanto, como si se tratara del deja vú de un sueño misterioso, apareció delante de mí la misma mujer, sentada en la misma roca y con el mismo vestido blanco de hacía rato. Fruncí el ceño y me dirigí hacia ella nuevamente. Esta vez, volteó hacia mí: ¡era yo, pero de más joven! Quizás una treintena… No, me arriesgaría a decir una cuarentena atrás en el tiempo. Me miró fijamente, y luego me dijo: “acércate a mí”. Dudosa, me le arrimé, y juntas vimos el arroyo que fluía delante nuestro. Como memorias flotantes, aparecieron las imágenes de los momentos más felices de mi vida, así como los más amargos, éstos últimos más abundantes que los otros. Cuando aquella pequeña película terminó, mi yo de hacía años me dijo: “¿Sabes cuál fue el problema? Que cuando tenías mi edad decidiste que los sueños no eran realizables, y eso te ha frustrado hasta ahora, pero yo te digo que, en este mismo instante, tienes la elección de acabar con eso, pero para ello vas a tener que morir”. Medio confundida, pero sin mucho que perder, acepté su oferta. Y entonces, súbitamente, sacó una daga y me la enterró justo en el pecho. Al principio me asusté, pero después la oscuridad de la paz me cubrió por completo, y el sufrimiento dio un último grito de lamento antes extinguirse en medio del susurro de la confluencia. Mi yo del pasado dio una última mirada a mi cadáver, se levantó de la roca, y continuó sin mí hasta el final de la vereda, donde el río se convierte en cascada, y que a su vez, la cascada se convierte nuevamente en río.