Las noches languidecen cada vez más
y tu sola sonrisa espera paciente en la entrada de mi mente.
¡Cómo me gustaría saber si existen estrellas más allá del firmamento!
Quisiera saber, tan solo y como vano consuelo,
si las mil esperas en mi mundana rutina serán un día compensadas
con fantasías hilvanadas a tu compañía,
cayendo como bloques y delineando estructuras inefables.
Hago conjeturas y apuesto por la fortuna de mi lado.
Y sin embargo miro al espejo al día siguiente y me pregunto:
“¿será suficiente este reflejo para ti?
¿Cuándo te darás cuenta?”
Luego me visto de blanco y me voy al trabajo.
Y mientras manejo camino a mi destino se me vienen ideas a la cabeza.
Ideas locas, atrevidas… quizás hasta insanas.
¡Y todavía me atrevo a imaginar más!
¡y esbozo la belleza de tu ser rodeando cada parte de mí!
Delineo tu mano sosteniendo la mía,
y se me figura darte un beso en mi alocado encéfalo.
Sí: un beso, amor mío...
Tan tórrido como las tardes de verano
y tan lleno de luz como la miel del amanecer.
Pero eso no es aún suficiente:
No, señor…
Dibujo todavía a los contrafuertes del destino uniéndonos mágicamente en los pilares de su hermosa catedral.
Coloreo tu pelo de blanco y al mío de gris.
Te veo sonriendo mil veces a través de tus ojos ya vividos.
Y yo… sólo observándote en la calma del ser.
Te amo en silencio:
siempre lo he hecho.
Y mientras estoy sola en mi laboratorio
(entre agares y soluciones),
pienso más allá de las lunas de los matraces y veo un destello en medio de la noche:
una luz lejana…
Un halo de tú…
Un sueño…
y al mismo tiempo: una entelequia.