La niebla inundaba de luz y blancura infinita los medanos de arena de siempre. Habían sido renovados por la perseverancia del viento y tiempo que no perdona. La luz que embriagaba la retina venia solo de unos pocos metros. En la inmensidad solo era visible lo justo y necesario para deslumbrar el ojo y acariciar el alma. Sonaba el mar. Volaban algunos pájaros hacia la nada, en un espectáculo efímero pero inmortal. El agua de lluvias de otras horas formaba lagunas, o espejos, o ventanas. El viento, implacable, las rozaba electrificando la superficie. El cielo y el suelo se abrazaban, yo flotaba en esa nada como en un sueño, donde no se puede ver nada, pero a la vez se puede ver todo. Sentí que era el único que le daba a la escena su existencia, y me comprendí afortunado. La niebla me absorbía, me invitaba a explorarla, a perderme; el tiempo perdía sentido. Era la oscuridad en negativo. No había nada, pero no faltaba nada.
Fue el mar el que me guió fuera de la penumbra encandilante y me devolvió a la realidad. El sol se ocultaba encajonado el misterio, invirtiendo la imagen, guardando el secreto. Quizás algún día no basten ni estas líneas para convencerme de que fui testigo de tamaña hermosura. Quizás, como las lagunas de lluvias de otras horas confundían al cielo con el suelo, mañana la realidad parezca un sueño. Quizás, incluso, después de todo, estaba soñando. Pero puedo decir con certeza que estaba despierto.