Es un 19 de abril, el día en el que Melissa Matson ahoga sus lágrimas en una almohada doblada mientras contorsiona su cuerpo intentando recordar el sabor de la comodidad. Ayer, sonreía por última vez en su vida. Afuera de su habitación se encuentra su hermano, dando pasos imprecisos a ninguna parte, pisándose sus propios talones. Recoge el libro que había dejado hace quince minutos a unos metros, en la mesa del comedor. Se trata de una vieja edición de The Fall Of The House Of Usher de Poe. Él es un hombre mayor ahora, Abel Matson. En abril, tiene 18 años y Melissa solo 9. Por lo que ahora son 44 y 35. Ninguno de los dos entendió, ese 19, muy bien lo que había pasado.
Él sabe que a este ritmo el humo de la ciudad nocturna lo terminará liquidando. Siente la putrefacción flotante del cemento y opaca todo lo que mira, mientras se dirige al Centro de Detención Número 4 a realizar una debida visita.
- Ya no tengo palabras para saludarlo, señor Matson.
Exclama el hombre que dice llamarse Pauline Hermann, aunque no ha podido ser verificado por ningún tipo de documentación oficial. Se maneja pedante y sobrador pero con un potente intelecto como justificante. Pauline sabe que evitar declararse inocente del asesinato y desaparición de Melissa no lo deposita en la más beneficiosa de las situaciones. Abel también, pero no logra entender. No todavía.
- Yo solo vengo por Melissa, Pauline. Sigo esperando que me digas qué hiciste con ella. Dios sabe…
- Es injusto que dejes mis pecados sujetos a la libertad de la imaginación, pero no quieras ni aproximarte a conjeturar mi inocencia.
- ¡Te entregaste, imbécil! Con esa misma cara de nada empezaste a decir que estabas, y te estoy citando ahora, “vinculado con su desaparición”. Y esto fue hace meses, ni yo sabía que había desaparecido en ese momento. Nadie va a pensar que sos inocente, todos saben que estás loco. Pero a mí no me importa. Carajo, ¿cuántas veces más vamos a tener esta conversación? Yo quiero saber dónde está mi hermana, pibe. Nada más.
- Entonces crees que está viva…
Pauline enfrentaba la posibilidad de una sentencia letal por poseer conocimientos íntimos sobre Melissa que solo Abel pudo y podría confirmar. Nada oculto ni perturbador pero definitivamente, elementos privados. Nunca hubo ninguna prueba, ninguna confesión empíricamente verificada. Pero resultaba evidente que algún tipo de vínculo tenía con la señora Matson y bajo las circunstancias en las que, por motivos actualmente inexplicables, él mismo se puso, era más que obligatoria su encarcelación.
Es mayo ahora. No el que vino después del anterior abril sino el que viene después de uno distinto. A pesar de la distancia de los años fue un momento bastante parecido. Melissa está, también, llorando. Pero ahora sentada en la mesa del comedor principal mientras su hermano intenta apaciguar su lamento.
- Mira Lissa, yo la verdad que no entiendo por qué te ponés así.
- ¿No tenés recuerdos, Abe? Qué se yo, ¿cosas que te gustaría tener cerca para saber que siguen siendo tuyas?
- Si… más vale que tengo recuerdos (Alcanzó a decir, vagamente aturdido por la suerte de reflexiones que su hermana hacía). Esta casa significa mucho para mí también. Pero se está volviendo difícil mantenerla. Está sucia y vieja, y me parece que no te está yendo tan bien como para seguir viviendo acá.
- No voy a abandonar esta casa, mucho menos para irme con vos.
- Ya sé, ya sé. Pero vas a tener que encontrar una manera de conseguir la plata.
- ¿Y no podrías ayudarme vos con eso, hermano?
- Ay Lissa, no seas estúpida me encantaría pero no… no así. Primero no querés ni decirme qué estás haciendo con todos estos cables y estos… instrumentos científicos, supongo, y… y esa puerta. Esa puerta que no entiendo qué son todas esas cosas que le enchufaste. Ni siquiera se puede bajar al sótano ahora con la puerta en ese estado.
- Pero yo te dije qu-
- Espera déjame terminar. Porque además de tener todos estos secretos por los cuales yo, honestamente, no sé cómo no te mando a algún tipo de doctor todavía, ahora me entero que contrataste un asistente. ¿Cómo carajos le estás pagando, Lissa, a un asistente?
- Ay tranquilo, no le pago, tiene trabajo. Kay viene acá porque lo que yo estoy haciendo le interesa.
- Si, Kay… ¿Y qué es eso exactamente, eh? ¿Qué estás haciendo?
Hubo un silencio de miradas cruzadas que puso estática a la habitación. Había un entendimiento tácito y mutuo de sus comportamientos que resultaba obvio a primera vista. El no necesitaba a un psiquiatra para saber que su hermana no deliraba y ella nunca sintió la necesidad o la presión de perdonarlo. Sin embargo es posible que Melissa supiese que esto se convertiría en solo un memento nostálgico posterior a su desaparición y que, bajo esa omnisciente y alejada mirada ficcional, el gesto hacia su hermano cambiase aunque sea de manera ligera. Y eso no lo logra la humanidad, la evolución, el sacrificio, la redención o el cariño. Eso solo lo logra el tiempo.
- No puedo decirle nada que no haya averiguado ya, en las innumerables visitas suyas que he recibido (continúa Pauline). Camino neutral y satisfecho hacia mi constantemente futura condena.
- ¿Vos armás estas palabras antes de que llegue? La última vez, estaban a punto de largarte hasta que les seguiste hablando sobre Lissa. Me contaron que, de la nada, les seguiste diciendo cosas, dándoles pistas, sugiriéndoles lo que le habías… hecho.
- Voy a detenerlo ahí mismo señor Matson. No cuestiono su inteligencia pero no planeo estimular sus conjeturas.
- ¿Te gusta estar acá, es eso lo que pasa?
- Bueno ahora siento que usted está subestimando la mía, mire no soy idiota, Abel. Mientras esté acá pero mi muerte continúe carente de fecha planeo seguir teniendo estas conversaciones. Pero no crea que pienso atarme yo mismo la soga al cuello.
- No soy imbécil, Pauline. Algo me estás queriendo decir, ¿qué carajos me estas queriendo decir?
Antes de contestar, Pauline pausa. Cambia su postura. Mira a Abel pero ve un autito de juguete, una pieza mecánica que no puede evitar su ruta. Ríe.
- Lo que le estoy queriendo decir, señor Matson, es que cada minuto que piensen que yo sé lo que le sucedió a Lissa es un minuto menos que pasan coqueteando con la noción de que nadie lo sepa. Si mis testimonios siguen pareciendo verídicos el misterio de la señora Matson es uno cuya respuesta no se encuentra en la infinidad inabarcable de los callejones de esta ciudad, sino en mi mente.
Paralizado Abel esquivó los ojos de Pauline y tiró su mirada al piso. Era domingo y mañana tenía que trabajar. Entraba a las ocho y salía a las seis, y el martes a las ocho y a la seis y el miércoles ocho y seis y el jueves ocho y seis y el viernes ocho, seis. Y en el medio de todos esos números repetidos, periódicos, lapidarios, se encontraba el testimonio de Pauline. El más esclarecedor que había dado en meses. Ambos notaban que Abel se estaba irritando con las oraciones ambiguas y la prosa enigmática. Nunca podría convertirse en una costumbre, la grotesca situación de hablar entre barrotes posee esa particularidad. Pero aun así Abel comenzaba a hallar tedio en sus visitas. Y nada, nada de data. Estas últimas declaraciones le renovaron la fe.
Es lunes, 14 de abril y Matson piensa. Piensa mientras esboza distraídamente ilustraciones sexuales y atiende los teléfonos del local de venta de electrodomésticos donde trabaja, manteniendo una expresión sumisa mientras lo hace. Acaricia lánguidamente el papel. Piensa y con cada pensamiento llega con certeza a la conclusión de que Pauline no puede más, permanecer encerrado. El prisionero contiene, todavía en él y en su oscura persona, la potencialidad de mil asesinos seriales y secuestradores juntos. Pero a Matson ya no le importa. El mismo hombre que solía escapar tibio de las reprimendas parentales, que nunca deseó crecer ni tener que dejar de poder salirse con la suya, hoy está seguro de que tiene que sacar a un hombre de la cárcel.
Hoy, es a la vez otro año. Se escuchan los pájaros azules cantar, orando por los ojos claros de Melissa Matson. Los rayos del sol irrumpen por el ventanal y la abrazan a contraluz. Sacude papeles y estira sus manos en busca de biromes. Revolotean gráficos y líneas pero ni una gota de sudor. Es un día fresco de primavera y la lana de su sweater blanco, aromatizado, sigue sus movimientos eufóricos por toda la habitación. Movimientos dotados de cerebro y pasión que se paralizan cuando la mirada de Melissa encuentra la de la puerta. Se miran como viejas amigas. El rectángulo, firme, la ha resistido. Pero Melissa cree que este año puede ser el año en el que todo cambie. Lo espera, porque está cansada de luchar. Cansada de intentarlo. Hace tiempo que la puerta ocupa todas sus tardes y noches y mañanas.
Sabe que tendrá que explicar, como ha tenido que explicar con mentiras, durante la duración del experimento, cosas como: las notas, los sonidos y la cajita de fuegos artificiales al lado de la puerta. O las voces y los gritos que a veces osarán asomarse por ella. Se los tendrá que explicar a Abel, que a veces los escuchará cuando la vaya a visitar sin avisar. Voces y gritos que él nunca reconocerá.
Melissa le toma la mano a Kay Fitz, el mejor asistente que el mundo podría haberle traído. Él está seguro de que la lucha de Lissa es en vano. Confía en ella pero sabe que si sus esfuerzos no han traído frutos es porque nunca los traerán. Pero entiende por qué a ella le cuesta tanto detenerse. La primera vez que Fitz se asomó por la puerta lloró, como una reacción instintiva, lágrimas de shock. Y sufrió un agudo dolor en su espalda. Entendió que no entendía nada.
Y ahora, el sábado, Pauline distingue con un delicioso orgullo la figura de Abel rodeando la penumbra de su celda. Es sencillo reconocer que el señor Matson ha experimentado emociones fuertes recientemente. Tiene el rostro de un fantasma y la movilidad de un muerto. Está todavía recalculando y preguntándose por qué golpeó a ese guardia en la cabeza y maquinó una coartada que nadie se creería. Pero por primera vez, desde ese 19 de Abril, Abel Matson está libre de temores.
- Me sorprende su sigilo. Estoy empezando a creer que esto es lo que tendría que haber pasado desde el principio… (sentencia calmo, Pauline)
- Esto no es un favor, pibe. Es una oportunidad para la… redención.
- ¿La mía?
Abre la celda con la llave robada, sin mayores dificultades. Piensa explicarle a Melissa cuando la vea, como había liberado a un hombre de la prisión y se encontraba saltando con él por los techos de los edificios que la avecindan, hasta conseguir un lugar seguro por el cual descender al piso. Todo eso para verla. Le dirá que está harto de la puerta, que no la entiende pero que ya no quiere entenderla. Le ofrecerá mudarse con él y vivir solos en alguna casa a las afueras de la ciudad, con mucho verde y poco ruido. Él no podría pagarla y ella no aceptaría. Abel lo sabe pero se la ofrecería igual. Tanto, estos hombres comparten, además de una ruta.
Una ruta que la define Pauline, pero que el señor Matson reconoce perfectamente. Con paso ágil se están aproximando a la casa donde todo empezó.
- ¿Lissa está ahí? ¿En su casa? ¿Estuvo ahí todo este tiempo?
- Mi trabajo el día de hoy es acercarlo a la verdad señor Matson, no preverla. Pero le puedo asegurar esto: Hoy, por primera vez en su vida verá lo que hay detrás de la puerta de abril.
- ¿La puerta de abril? ¿Quién le dio ese nombre?
- Por supuesto… Por supuesto que no se acuerda.
Entraron en penumbras a la antigua residencia. Todos los circuitos estaban intactos. Todos los cables e interruptores, generadores, lentes y conductores perfectamente mantenidos. Abel prendió la luz como si allí viviese, mientras Pauline organizaba algunos papeles y corregía algunos enchufes.
- Está detrás de esa puerta, la puerta de abril, su hermana. Pero no se encuentra en el sótano.
- Pauline, no… No entiendo.
- Al lado de la puerta que da al antiguo dormitorio de Lissa hay un interruptor. Grande, metálico, imposible de ignorar. Acciónelo, señor Matson.
Matson obedeció.
Aunque inseguro y aterrado, inicialmente, durante el transcurso de su pequeña travesía desde la prisión hasta el hogar, ahora comenzaba a reconocer una cierta naturaleza pasiva en Pauline. Sus palabras todavía lo sacaban de quicio, le hacían cuestionarse todas sus acciones en los últimos meses, los olores, Melissa. Era un fuerte provocador de perplejidad, el señor Hermann. Pero también resultaba ser inofensivo. Este hombre no había matado o secuestrado a su hermana. Este hombre no iba a hacerle nada. La falta de expresión en el rostro de Pauline, que Abel asociaba con la psicopatía, ahora, para él, no era más que el reflejo inequívoco de un alma indiferente.
Sin embargo, y por estos precisos motivos, cuando creyó ver en Pauline una sonrisa al expresar esa orden, Matson se enmudeció. Estaba curioso y atento pero ya no se sentía con el control de la situación.
El interruptor hizo un sonido predeciblemente metálico y todo comenzó. Ahora la electricidad fluye, se reconecta y se transforma a través de todos los cables. La puerta lanza un deleitante halo azul y plateado. Abel, hoy, escucha lo que le parecen notas musicales pero sin duda provenientes de un instrumento que jamás ha sido ni será inventado. Y todas las melodías y el brillo alcanzan su punto más alto y estridente. Toda la habitación se regodea en luz mientras Pauline revisa su reloj. Hasta que finalmente la puerta se calla.
Abel se aproxima a ella sin esperar autorización. Su cabeza, ligeramente inclinada. Su postura, apenas decidida. Abre la puerta y observa un escenario espantosamente familiar. Ven la casa en la que están ahora, la mesa del comedor, la puerta de Lissa. Pero esta puerta, la puerta de abril, no existe del otro lado. Sería imposible, la casa no ha cambiado. A través de la puerta, hoy, ese es el hogar de la familia Matson. La antigua habitación de la desaparecida señorita Matson es ahora donde se encuentra plácidamente durmiendo una niña de nueve años.
- Esta puerta celebra aniversarios, Abel (explica Pauline). Nunca se mueve de año. Y por si todavía no te diste cuenta, desde siempre fue tu culpa.
- Pero… Lissa. ¿Esto es lo que logró hacer Lissa? Esto es asombroso, ¿en esto estaba trabajando?
- Desconozco qué parte es creación humana y no importa. Excepto para Lissa, todo el funcionamiento del dispositivo es inexplicable pero sin embargo, evidente y predecible. Vamos a verte pasar por al lado de esta puerta en unos minutos Abel. Escuché tus pasos numerosas veces. Vas a estar apurado y luego te detendrás. Vas a tomarte un momento para armarte de coraje, para reforzar tu perversa decisión.
- Espera, vos…
- Yo soy Kay. Kay Fitz. Y hoy vas a verte cometer el peor error de tu vida y luego voy a matarte.
- Espera esto es… Yo reconozco este día. ¿Esto es todo por es-? Oh, dios…
- ¿Se da una idea, señor Matson de lo que es querer reparar los errores de otros una y otra vez? El tedio del sufrimiento repetido, la constante prueba a la determinación. El día que descubrimos la potencialidad de la puerta no encontramos un poder, adquirimos una carga.
Al principio empezó de manera simple. Sonidos, música, notas de papel, todo lo pasábamos por la puerta. Queríamos distraerte con algo, evitar que dejaras el libro y entrases a la habitación. Quizás Lissa llegase a tiempo para despertarse, abrir su puerta y saludarte con un beso en el cachete y hacerte lamentar tus propios pensamientos. Tu familia podría haberte tratado bien Abel, y Lissa podría haber conseguido otra obsesión duradera. Podría haber encontrado amor en algún curioso rincón inexplorado de su vida. Pero esta puerta es a la vez maldición y promesa.
Cuando ella entendió de qué se trataba, decidimos que no podíamos arriesgarnos. Teníamos que mantener la menor comunicación posible con el otro lado. Los murmullos que escuchábamos, los llantos que se repetían, idénticos, todos los años. No se suponía que pudiésemos escuchar eso. Mucho menos atrevernos a la idea de pasar al otro lado.
Hace doce meses, hicimos lo máximo que creíamos que éramos capaces de hacer manteniendo las precauciones necesarias. Tenés una cicatriz por quemadura bastante seria, en tu hombro izquierdo y seguro que recordás, del año pasado, un día en el que tuviste una jaqueca infernal. Bueno por muchos años tuviste un hombro limpio. Hasta que decidimos tratar de evitar tu entrada al cuarto con algunos fuegos artificiales. Y de ahí en adelante lo tuviste herido, todos los años. Y ese mismo día, al cerrar la puerta de abril, presencié como Lissa sufría el peor dolor de cabeza de su vida. Desde ese momento, además de todo lo que ella no desea recordar de esa tarde, también recuerda tu sangre, saliendo de tu hombro quemado.
- Entonces… ¿las cosas pueden cambiarse?
- Por supuesto que sí, pero con algunos elementos del pasado no pudimos hacer más que rendirnos. Arribamos a la conclusión de que tu corrupción era inevitable unas semanas antes de que estuviésemos manteniendo nuestra primera conversación a través de los barrotes. Porque cuando lo hicimos, cuando nos dimos cuenta, Lissa y yo nos distanciamos por un tiempo que me pareció eterno.
El cuchillo que sostengo en mi mano lo aceptarás con gracia porque un arrepentimiento infinito ya es en sí mismo una condena de muerte. Simplemente que hoy a mí me toca ser el verdugo.
El señor Matson extendió, pacíficamente, su mano diciéndole que se detenga. Comenzaba a escuchar sus propios pasos imprecisos acercándose a la habitación de Lissa, aunque todavía no podía verse.
- Señor Fitz… Lissa. ¿Usted tiene idea dónde está?
- No, señor Matson. Y me apena todos los días.
- Entonces todo esto… Usted confesando, los meses que pasó en esa celda, todo por-
- Sí, señor Matson. Busco reposo, no reparación. Esta es la única manera.
- No.
Y esa sentencia resonó sorpresiva incluso en la conciencia del señor Fitz, para quien los pasos ya se estaban comenzando a hacer evidentes. Los hombres intercambiaron unas miradas finales hasta que el joven Abel apareció del otro lado. El señor Matson se apresuró y mientras se veía dudar por sus macabras ocurrencias, cruzó la puerta de abril y agarró a Abel de la parte de atrás de su cuello. Con otro manotazo lo tomó de la cintura y lo forzó a lanzarse, junto a él, de vuelta al laboratorio. Cae al piso de los Matson, la casa de Usher. Quedaron ambos acostados. El joven Abel gritaba desconsolado. El señor Matson cerró la puerta de una patada mientras Fitz accionaba el gran interruptor metálico.
Los cuerpos de los tres comenzaron a brillar azules y plateados, a explotar melodías, a quemarse profundamente hasta que finalmente, desaparecieron. Por efecto retroactivo, su jornada acababa de perder su propósito.
Melissa cree escuchar gritos afuera y se despierta de un salto. Espera impaciente a sus padres que arriban en auto una hora más tarde. Cuando anochece, la casa se encuentra repleta de policías. Notamos caras de preocupación y fatalidad. Mortecinas expresiones de lamento. Ayer, Lissa sonreía por última vez en su vida. Y hoy, 19 de abril, se investiga el misterio de la muerte o desaparición del señor Abel Matson.