Basado en una historia real
El otro día fui al parque que está cerca de mi casa y me encontré, de forma inusual, una rosa en una banca a lado de una envoltura de algún dulce de chile…
Estaba esperando a unos amigos cuando la noté roja entre el verdor de la pintura desgastada. “¿Una flor?” me pregunté cuando pasó por mis ojos su flameante forma. Entonces me acerqué lentamente en medio de la cotidianidad del día (diez y media de la mañana). Y cuando estuve cerca, hela ahí: hermosa y con sus hojas jade; se veía que estaba recién cortada, amén de cierto grado de resina debido al frío de estos últimos días. Pero no era perfecta, pues hela ahí con la mayoría de sus pétalos caídos. Aún así se me hizo bonita y la cogí. Era una flor de esas que no eran compradas, sino que la habían cortado del algún jardín. Algún regalo quizás, de esas veces que uno no puede ofrecer nada más que lo que la naturaleza brinda a la mano pobre. La observé de cerca: tenía unos pulgones pequeños encima de los estambres. Luego la olí: oh, poseía ese delicioso aroma a rosas que a la mayoría de las mujeres nos encanta.
Miré por unos instantes al frente y noté que de fondo, detrás de los arbustos, había otra banca con una pareja y que la mujer se me quedaba viendo. Le sonreí y ella hizo lo mismo; después se volteó y siguió platicando con su novio. Entonces regresé mi vista a la flor y mis pensamientos, pensando en lo irónico de la situación. Del otro lado del jardín había una pareja besándose, cerrando los ojos y disfrutando el cálido momento de sus labios; en frente de mí en cambio, había una banca vacía, con una envoltura de un dulce de chile encima y una rosa sin dueño entre mis manos. Pensé en que esa flor iba ser de alguien, y ese alguien jamás llegó. Imaginé por instantes a aquel chico pobre, sin nada más que ofrecer que una rosa de un jardín (quizás de su casa, quizás del mismo parque), que había esperado paciente o impacientemente a su amada, y al pasar los minutos que se vuelven una eternidad, quizás le había comprado un dulce al señor sin pierna que estaba en la entrada para hacer la espera más suave . Quizás miró y miró su reloj una y otra vez, y finalmente desistió y se fue. ¿Una disculpa?, ¿una confesión?, ¿una reconciliación? Quizás mi mente imagina demasiado. Por mi parte vi mi propio reloj que lo encontré descargado (alias “mi celular”), pero calculando el tiempo que había esperado en el parque a mis amigos y al tiempo que había transcurrido desde que le pregunté la hora al señor sin pierna, supuse que había estado ya una hora parada esperándolos. Decidí que era tiempo de regresarme a mi casa y buscar la manera de contactarlos, pero en el camino me encontré un pétalo. Lo recogí al identificar el color de la rosa que llevaba ahora conmigo, pues no tuve el corazón de dejarla sola a que el sol la marchitara. Pero cual fue mi sorpresa cuando más delante me encontré una lluvia de estrellas rojas sobre el piso.
Entonces deduje el porqué la rosa tenía tan pocos pétalos. Recreé de inmediato la escena en mi mente: imaginé un corazón roto (ese alguien que había cortado la rosa), destrozado y descargando toda su frustración y desaliento sobre aquella dama que no tenía la culpa, pero que en sí misma significaba una esperanza perdida. Quizás alguien la encontró triste sobre el suelo y la puso sobre la banca, o quizás él mismo la había dejado a propósito en donde la estuvo esperado (dedicada a ese alguien que jamás llegó). Me volteé entonces para ver a la pareja que estaba besándose del otro lado del jardín una última vez, y pensé entonces en las historias urbanas que contaba ese parque, en las historias que guardaba esta ciudad, y que con tan solo mirar los pequeños detalles e instantes de la vida, uno podía darse cuenta que la existencia se da cada día, independiente de nuestros quehaceres diarios y de nuestras desconexiones mundanas; que hay emociones y sentimientos que no se dicen pero se sienten, que hay palabras calladas pero que se murmuran en el viento (con el pasar de la gente y de los camiones desquebrajados). Dolores silenciados por la lluvia y por el smog. Corazones rotos y contentos. Corazones tristes, infieles, sinceros…
Y todo comenzó por una rosa, una inocente rosa, abandonada en la banca de un parque solitario para ser domingo en la mañana. Un parque… que tenía guardada una historia, y sabrá Dios cuantas más, a lado de una envoltura de un dulce de chile.