Launchorasince 2014
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La Voz sin Nombre


                    

Saliendo de mis tormentos de diario (alias “mi mente”), salí de la escuela para tomar el bus de regreso a casa. El día había sido nada fuera de lo común:  chicos hablando de chicas, chicas hablando de otras chicas, profesores quejándose del sistema educativo y del gobierno, gente caminando medio muerta y deambulando sin rumbo (como muchos), y así puedo seguir la lista de forma interminable. En cambio afuera, los cerezos, ciruelos y duraznos estaban en pleno vigor de la primavera; el musgo verde limón siempre rebosante, y las gotas ligeras de agua de lluvia perfumaban el ambiente con condimento de tierra mojada. ¿Curioso, no? ¿Cómo pueden coexistir ambos mundos separados en el espacio por apenas unas cuantas paredes?

Como sea, cuando la micro llegó estaba completamente empapada. Me subí, enseñé mi pase escolar y me senté en los asientos medio húmedos y con cierto olor a hollín característico de Chillán. Suspiré. La verdad es que el clima ameritaba para meditar. Aún con cierto paño, las casas de techo inclinado y la neblina somera me sonreían por la ventana. ¿Cómo no devolverles el gesto? Pensé entonces en las ironías de la vida, y cómo cada quien elige la vida que quiere seguir. Personalmente yo aún no estoy seguro de lo que deseo ser saliendo de la preparatoria, y a decir verdad, no estoy seguro ni de quien soy yo. Si hablara de mis fantasías, diría que me gustaría casarme y tener una linda hija, comprar una casa y tener un enorme jardín dónde jugar con ella y con mi esposa. Ser un hombre exitoso, que gane suficiente dinero como para salir de viaje y tener un lindo coche. Cosas de esas. ¿Abogado? ¿Médico? ¿Psicólogo? ¿Profesor de Ciencias? La verdad no tengo la menor idea. Sé que eso es malo, pues estoy en el año en que tengo debo presentar la PSU, ¿pero qué se le puede hacer cuando no se está seguro de nada?

Por eso me siento refugiado dentro de mí. Aquí dentro nadie escucha, nadie habla. Sólo soy yo y mis pensamientos. Aquí dentro soy libre de hacer y pensar lo que quiera. Tengo una gran imaginación, así que puedo idear mundos, personajes e historias. Sería buen escritor, creo yo.

-¿En serio? Yo también pienso lo mismo.

Me giré sobresaltado.

-¡Wo, wo wo! Espera un segundo. ¿Te conozco?...Un momento… ¡¿cómo  carajos sabes lo que pienso?!

Aquella chica se había aparecido repentinamente y de la nada. Tenía cabello largo y rubio. Era demasiado pequeña de estatura, en realidad; en apariencia nada llamativa.  Aun así, era muy atractiva.

-¿Cómo no saberlo, si siempre he estado dentro de ti?- me respondió.

-… ¿Eh?

Ella se rió.

-Sí, Rodrigo. Soy una parte de tu conciencia que aún no exploras muy bien.

-Ajá…y supongo que ahora me dirás lo que debo y no hacer para evitar que me crezca la nariz.

Nuevamente se rió.

-No, tonto. Voy a decirte unas cuantas cosas, pero está en ti tomar nota de mi consejo o no.

-Ya veo…

<<Está loca.>>

-No lo estoy.

-¡¡Oh, lo hiciste de nuevo!! –dije horrorizado.

-Fuerte y claro, mi capitán. –contestó entusiasta.-Sólo que te aconsejo no asustar a todos los pasajeros.

Era verdad, todos me observaban con gesto raro. La cara se me cayó de vergüenza, así que me tapé el rostro a medias con la bufanda para disimular mi sonrojo.

-¿Cómo mierda haces eso?-le pregunté en voz baja, ante lo cual ella se limitó a sonreír confidente.

-Ya te lo he dicho: soy una parte de ti.

-Ajá… oye, ya en serio…

-Te llamas Rodrigo Arancibia Contreras, tienes 17 años, te gusta observar a las personas más no tratarlas, eres un indeciso empedernido así como un amante de la literatura. ¿Voy mal?

-No. De hecho acabo de descubrir que eres una excelente acosadora.

-Bueno, si eso no te convence…

-No, créeme: es suficiente.

 -…Te gusta coleccionar botellas PET.

-¡Maldita! En verdad eres una stalker. No sé quién eres pero por favor aléjate de mí aléjate de mí.

-Bien, -dijo con un suspiro.-pero no me iré sin antes darte esta carta. Léela. Te va a gustar lo que encuentres en ella.

La puso en mis manos con delicadeza, la observé con curiosidad, pero cuando volteé a ver su rostro y preguntarle por su contenido la chica se desvaneció como si el aire se la hubiera tragado. La busqué con la vista, pero no la logré divisar. Después de aquel encuentro, no la volví a ver. Cuando llegué a mi casa, no dejaba de darle vueltas a aquel trozo de papel envuelto que me provocaba cierta repulsión y curiosidad a la vez. Alguna confesión de amor, seguramente. Como sea, decidí ignorar aquel asunto y lo arrumbé en un rincón.

Y años después…

No sé por qué no me decidí a tirar aquel trozo de papel. Y lo que son las cosas: después de haber salido de la universidad, un día abrí mi antiguo cajón y lo encontré polvoriento y sucio; bien sellado, sin embargo. Lo tomé por curiosidad, pues ya ni me acordaba de qué era. Lo abrí, y en su interior venía una nota sencilla y nada elaborada que decía:

“Mi querido Rodrigo:

Estás por terminar una etapa importante de tu vida. Sé que no te sientes seguro de tu futuro, pero ten por seguro que serás un gran profesionista. Te casarás, tendrás hijos, comprarás una linda casa con flores donde podrán jugar tú y tu familia en el verde césped cargado del musgo que tanto te gusta. Serás escritor, y uno muy bueno. Por eso dedícale al presente todas tus energías, pues nada está escrito, bien lo sabes; anímate y esfuérzate lo más que puedas. Sé que no leerás esto hasta dentro de unos años, así que te dejo mi bendición para que todo lo que deseas se haga realidad.  Por cierto, siento decirte que te veías muy lindo en tu graduación, por lo que no pude evitar tomarte una foto. Disfrútala mucho y espero sea de tu agrado. Nunca olvides que así como me encontré contigo en la micro hace tantos años, así te estaré cuidando hasta que nuestras experiencias sean sólo recuerdos de otras gentes.

Te quiero

Atte: Tu verdadero yo.”

<<¿Qué carajos es esto?>> me pregunté a mí mismo.

Hice algo de memoria. De rato me acordé.

<<¡Oh, claro! La acosadora. ¿Cómo olvidarla?>>

Saqué entonces la foto anexa en el sobre, pero apenas la vi mi mente se nubló, dejándola caer al suelo de forma lenta y silenciosa. La imagen quedó boca abajo, al igual que mi razonamiento. No supe si fue una broma, una mala jugada o simplemente una carta que por error no debería estar ahí. Mis ojos comenzaron a arder del tiempo que los dejé abiertos.

-I…imposible…

Era una foto de mi graduación de la universidad. No tenía lógica. Una carta sellada por tantos años no podía contener una foto tan reciente, y sin embargo, parecía tan vieja y desgastada…

El naranja del atardecer de pronto dibujó una silueta al lado del árbol sin hojas que estaba en el jardín. Miré por el rabillo del ojo, pero al poco tiempo volví a mirar con mayor rapidez.

<<¡Es ella!>>

No había cambiado nada. Estaba ahí parada, con su sonrisa fresca de antaño; con sus rizos volando al viento y con una bufanda a juego. Me miró unos instantes  y luego salió corriendo.

-¡E…espera!

Salí detrás de ella. Tiré la toga y el birrete a un lado y abrí la puerta de golpe; ni siquiera la cerré. El atardecer era rosado, y hacía perfecto juego con el color su sweater y su cabello.

-¡Detente!

Tenía tantas preguntas que hacerle. ¿Cómo había conseguido esa foto?, ¿por qué estaba desgastada, como si la hubieran tomado muchos años atrás? Si era una broma, ¿por qué asustarme tanto? Si era una acosadora, ¿por qué me seguía?

<<Soy tu verdadero yo>>

-Mentira, eso no puede ser cierto.- musité.- ¡Espera!

La seguí por toda la Roble hasta llegar a Arauco. Luego ella hizo un giro repentino para devolverse y tomar la Claudio Arrau.

-¡Maldita! ¡Ya para!

Estaba muerto. Tenía condición, sí, pero no la suficiente como para seguirle sus pasos.

Entones, justo donde uno pasaba por el liceo, ella se detuvo de golpe. Extendí mi mano para atraparla, y de ahí los segundos se hicieron eternos. Me veía con suma ternura, como si fuese un hijo suyo. Pero apenas la toqué, ella se desvaneció en una brisa cristalina, y yo me vi envuelto de pequeñas gotas que olían a agua de lluvia. Quedé atónito.

-Ahora estamos unidos de por vida.-dijo su voz invisible.

Por alguna extraña razón, me sentía muy bien.

-¿Qué no lo estábamos ya?-le pregunté sin saber siquiera por qué hablaba de esa manera, pues sabía que todo aquello no era cierto.

-Antes vivíamos de manera separada, peleados uno con el otro. Pero ahora, tú y yo somos uno.

Por alguna extraña razón, comencé a creerle.

-¿Por qué te manifiestas de esta manera?

Sentí su sonrisa en mi interior.

-Porque para casarte con otra persona… primero debes casarte contigo mismo.

Abrí los ojos sobresaltado. Mi corazón se aceleró de tan sólo recordarla. Era increíble cómo esa voz conocía cada centímetro de mi ser.

-Carolina… -musité.

-Sí, la linda Carolina. Ahora es tiempo de que vayas tras ella.

-Pero yo… -inicié, aunque luego titubeé.-Bueno, no estoy seguro.

-Ya no volverás a verla si pierdes esta oportunidad, Roberto. Lo sabes muy bien, así que vamos, tomémosla de la mano entre tú y yo.

-Pero…

-Tranquilo, no te preocupes. Si nos rechaza, yo estaré a tu lado. No pasará nada.

-Tú…

En el fondo, agradecí el amor incondicional de ese ser que decía ser mi verdadera esencia. Cerré mi puño.

-Pero yo…

-Suficiente… ¡CORRE!

Con ojos humedecidos, hice caso de ese mandamiento, quien con el tiempo descubrí que se trataba de la voz de mi corazón. A partir de ese día sólo la escuché a ella. Triunfamos y caímos juntos, sonreímos y lloramos juntos; pero esta vez con una actitud diferente; con la disposición para levantarme. Como bien dijo alguna vez en aquella carta que me dejó, me casé y tuve hijos; compré una casa con bellos jardines y me convertí en escritor. Pero no fue sino por la voz de sus consejos que llegué tan alto. A decir verdad, creo que sin ella jamás hubiera salido de las dudas llamadas pensamientos, ni del temor llamado razón. ¿Es curioso, no? Cómo ambos mundos puedes coexistir, teniendo siempre opiniones tan opuestas y estando a unos cuantos centímetros uno del otro. Y al mismo tiempo, es extraño cómo uno puede llegar a ceder por el bien del otro, como si de un bello matrimonio se tratara, como si ambas partes expusieran sus puntos de vista para llegar a un bien común, que en mi caso, se llamaron experiencia y sabiduría.