Launchorasince 2014
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Laberinto de piedra


Cuando era niña estaba segura de muchas cosas. Estaba segura de la eternidad de mi familia, de la existencia del hada de los dientes y el Coco (al que llamaba Patas Largas); era amiga de los gnomos que vivían en mi armario y estaba conociendo al monstruo que vivía debajo de mi cama, mis amigos imaginarios eran tan reales como el beso que me daba mi madre antes de ir a dormir. Mi vida estaba llena de certezas en las que basaba mi mundo de fantasía ¿Qué tipo de niñez habría tenido si me hubieran enseñado a aferrarme a la realidad? Me convencí a misma de que todas las historias que llenaban mi cabeza eran reales, tan reales como la seguridad de los abrazos de mi padre. 

Pero a medida que fui creciendo las historias en mi cabeza no parecían ser suficientes, fue entonces cuando comencé a cuestionarme ese mundo de fantasía que me había creado. Comprendí que las historias que había creado tenían un lugar en mi cabeza, pero no en el mundo en el que vivía. De a poco las certezas que tenía de pequeña fueron derribándose una a una y todo empezó con la desaparición de mi hermano Gaspar.

Acabábamos de cumplir siete años con mi gemelo Gaspar cuando nuestros padres nos dijeron a Max, Gaspar y a mi que iríamos a México de vacaciones. No tengo muchos recuerdos de ese viaje, solo sé que cambio nuestras vidas para siempre.

Ahora que crecí y analizo como se dieron las cosas, sólo puedo describirlo como un torbellino de colores. Era muy pequeña como para recordar detalles que me dieran pistas sobre las razones del secuestro de mi hermano. En mis recuerdos me veo corriendo detrás de Gaspar, estábamos jugando, yo tenía que perseguirlo, el gira en una esquina, y cuando llego, segura de haberlo atrapado, él ya no estaba. En mis pesadillas veo como el suelo se traga a mi hermano, hasta el corazón de ese laberinto de piedra, me veo llorando, me veo culpándome a mi misma por no haberlo detenido, por no haberlo podido ayudar.

Cuando volvimos a casa, comenzó el infierno. Mi madre enloqueció, le hablaba a Gaspar, juraba verlo, despierta y dormida. Mi padre casi no estaba en la casa, se encerró por completo en su trabajo de médico, mientras que Max y yo crecíamos solos. Tres años habían pasado cuando el Único hermano me quedaba me dijo Hermanita, no sé tú, pero yo ya no aguanto esta casa de locos, gané una beca en la universidad y me voy lo más lejos posible, sé fuerte”. Fue el mismo día en el que Gaspar y yo cumplíamos diez años.

Los años que siguieron fueron  incluso peores