Debía tener mucho cuidado al momento de poner sobre su rostro aquella máscara, su concentración tenía que ser perfecta para que sus deseos no la traicionen. Poco a poco fue colocando aquel extraño polímero sobre su piel, ajustándolo a las formas de su cara y proyectando la imagen de la apariencia deseada; aquel proceso jamás fue fácil para ella, odiaba lucir como otra persona, sobretodo porque cada vez que ella lo hacía, un pedacito de su propia identidad era arrojado al infinito para no volver a recuperarlo nunca más.
Lo más gracioso de todo es que este proceso no era ninguna forma antigua de magia, era una de las ciencias más simples de la época, incluso aún más sencilla que las cirugías plásticas que solían hacerse las mujeres hace veinte años. Se trataba de un polímero descubierto en el año 2030, cuando dos científicos tropezaron accidentalmente con un material tan extraño e inexplicable como el origen de nuestro universo.
Este material era capaz de adaptarse a los tejidos humanos, tomando la forma y el color que la mente deseara, mientras esta fuere capaz de controlarlo. Durante un par de años, este descubrimiento fue usado para la estética, pero después, como siempre solemos hacer los seres humanos, se le encontró un uso mucho más curioso, práctico y efectivo: lo usamos para adquirir nuevas identidades.
Los hombres más poderosos del mundo lo usaron para construir agencias secretas de gente que usaba la identidad de otras personas para poder conseguir ciertos objetivos. Los más inteligentes lo usaron para huir de persecuciones políticas y los más codiciosos lo usaron para grandes robos, engaños y planes que los beneficiaran de forma económica y social.
La gente contratada para estas operaciones eran llamados ladrones de identidades; eran personas pobres, sin conexiones sociales, sin familia, ni amigos que pudieran comprometer las misiones a las cuales estos “agentes” eran sometidos con frecuencia. Ni siquiera los propios miembros de las diferentes organizaciones se conocían unos a otros y vivían su vida jugando a ser otra persona.
América había jugado el mismo juego durante años, desde que fue sacada del orfanato en el año 2033, cuando el uso de esta arma era simplemente un proyecto pensado a futuro; ahora, diez años más tarde, ella empezaba a comprender el impacto de su trabajo y estaba agradecida de poder ser parte del mismo.
Al contrario de lo que la gente solía pensar, ser una ladrona de identidades no era un trabajo sucio. América no había matado a una sola persona desde que estaba en la organización, jamás había torturado a una mosca, ni pateado a un perro; todo esto se debía a que el trabajo de los ladrones de identidades no era eliminar blancos (eso se lo podían dejar a los agentes gubernamentales) su trabajo era alcanzar objetivos más grandes y beneficiosos.
Esa noche su misión era robar una joya que se encontraba fuertemente custodiada en la Casa de Subastas de Amatista, ciudad que se encontraba suspendida en el aire. Con el paso de los años, los científicos fueron descubriendo ciertos puntos donde pudieron burlar el campo gravitacional terrestre, logrando así la primera ciudad aérea, que se alzaba majestuosa sobre el Ecuador.
Según le habían informado, esa noche se realizaría una gala en honor a la hija del magnate de negocios más reconocido de la ciudad y era la oportunidad perfecta para entrar, tomar la joya y salir de la misma manera: sin ser descubierta. Esta vez, tendría que adoptar una identidad que no tuviera un alto perfil, que fuese sutil y a la vez lo suficientemente reconocida como para que la dejen entrar.
De todas las opciones que pudieron pasársele por la cabeza, la mejor que encontró fue Elena Cortez, la sobrina de la alcaldesa de Amatista; sabía de buena fuente que la joven no podría asistir a la gala y no necesitaría una invitación para poder entrar. No tendría mayor inconveniente y como la chica parecía no ser una celebridad en Amatista, no tendría que detenerse a charlar con cada persona que pudiese atravesársele.
De pronto, una pequeña luz sobre el estante que tenía América sobre su cama comenzó a titilar. Esto podía significar solamente una cosa: Richard trataba de contactarla. Con prisa se acercó, recogió el pequeño aparatito que emitía aquella luz y aceptó la comunicación.
Tenía un mensaje grabado del jefe de su organización: Ricardo Holanda. Podía ver la imagen tamaño real del hombre siendo proyectada como si él estuviera ahí presente; la miraba con el mismo desconcierto y desaprobación que ella jamás pudo comprender.
-Debí dejarte claro que esta sería tu última oportunidad, 10-43. En otras palabras, si fracasas en esta operación, no hay regreso a la organización. Espero que tengas suerte- la voz desdeñosa y afilada dejó bastante claro que, si América fracasaba, estaba camino a su ejecución.
Con el vestido de gala ya puesto y aquel extraño artefacto sobre su piel, se sentía preparada para conseguir el triunfo de aquella misión. Con una última mirada al espejo logró convencerse de que triunfaría y regresaría a casa sin ningún inconveniente.
Camino a la nave que llevaría a los invitados de la fiesta hacia Ciudad Amatista, América no podía dejar de sentirse nerviosa acerca de su cometido, tenía el presentimiento de que esa noche no sería como otras misiones y ese sentimiento la aterraba. Poco a poco, se fue acercando a la fila de invitados que estaban esperando ser transportados y tuvo que guardar todos sus sentimientos para después, pues debía parecer confiada y altiva, tal como la sobrina de la alcaldesa. Sabía que un rasgo importante de la personalidad de Elena eran sus modales, y debía interpretarlos a la perfección para poder pasar por ella sin que sospechen.
Cuando el guardián se acercó a pedir su invitación, Elena actuó sorprendida al no encontrar su invitación en el bolso que llevaba, pero solo bastó un pequeño vistazo a su forma elegante de hablar y actuar para que le dieran paso hacia en transbordador.
Los nervios hacían que su tez se volviera más pálida aún y varias personas preguntaron si se sentía enferma, pero ella sabía que no podía permitir que revisaran su estado de salud o sabrían inmediatamente que ella no era Elena. Aun a pesar de todos sus miedos y dudas, logró adaptarse rápidamente a las conversaciones que trababa con la gente que la rodeaba y no dudaba cuando le hacían alguna pregunta.
Pronto llegaron al puerto, donde los esperaban varios choferes robots que se ofrecían amablemente a llevarlos a su destino. Si algo debía admitir, era que la alta sociedad era fascinante, llena de lujos y tecnología que deslumbraban los ojos de los visitantes.
Al llegar a la fiesta, los ojos de los invitados no se apartaban de la invitada de honor: la hija del magante brillaba en la pista de baile, parecía una verdadera joya mientras se movía siguiendo el ritmo del vals más antiguo. América no podía dejar de mirar, curiosa, todas las joyas incrustadas en el vestido de la muchacha; abrumada por todo aquel lujo y derroche casi olvida su cometido.
-No necesito recordarte, querida Elena, que tu cometido hoy no es disfrutar la fiesta.- dijo una voz femenina, tan suave como la de la propia América.
-La noche es despampanante cuando hay una joya así en la pista de baile- respondió América, usando la frase que la ayudaría a reconocer a otro de sus compañeros.
- Pero las joyas son más despampanantes cuando son llevadas con sutileza- respondió su compañera, y América comprendió que esa noche no estaba sola.
- Tu número por favor.
- Soy 10-90, del Campo Oeste.- respondió la muchacha.- Y tú eres 10-43. Un placer.
Ambas conversaron un momento, fingiendo ser amigas de toda la vida para cubrir cualquier sospecha, y pasados unos momentos, elaboraron un plan para tomar la joya y poder regresar a casa lo antes posible. Al fin, decidieron separarse y buscar cada una por su lado y optimizar el tiempo de la misión.
América tomó el corredor de la derecha mientras que la otra agente tomó el opuesto; no había pasado mucho antes de que América descubriese que la joya que estaba buscando estaba mejor resguardada de lo que esperaba y se llevase una gran desilusión al encontrar que tendría varios obstáculos que salvar esa noche.
Era una especie de laberinto, había tantos pasillos y puertas que el perderse era más que un hecho. Probó suerte con el primer pasillo hasta llegar a una entrada de piedra que enmarcaba una puerta de metal, la cual estaba cerrada con seguro. Volvió sobre sus pasos y probó el siguiente pasillo, dejándose llevar por su instinto siguió avanzando y torciendo una y otra vez por los pasillos que encontraba sin guía alguna.
Finalmente, encontró una puerta de cristal que tenía un brillo inusual. Al acercarse descubrió, no sin cierta sorpresa, que la joya estaba resguardada sin más seguridad que una simple y frágil pieza de cristal que reforzaba la puerta que la encerraba.
Despacio, sin hacer un solo sonido y aguantando la respiración, abrió la caja y tomó la brillante joya; por un instante tuvo su vida en sus manos, la libertad de decidir que quería hacer con todo el poder que tenía en sus manos. De pronto, en un ataque de conciencia, quiso deshacerse lo más rápidamente posible de aquella joya, pues no era lo que ella más anhelaba.
Regresó rápidamente sobre sus pasos, escondiendo lo mejor posible la joya bajo la tela de su chal, tratando de evitar que el brillo de aquella belleza traspasara la delicada tela y delatara sus acciones ante todos los invitados de la fiesta y los dueños de la preciada joya.
Salió de manera apresurada fingiendo que había olvidado algunos asuntos importantes junto con su tía en la alcaldía de la ciudad, y ayudó mucho que la otra agente haya tomado el puesto de la alcaldesa, pues ambas salieron apresuradas del Salón, para luego desaparecer en la noche sin ser vistas de nuevo con esas identidades.
Al llegar a su casa, América entregó la joya a la otra agente, mientras que ella agradecía no tener que entregarla en las manos de su jefe. No podía expresar con palabras el miedo que le profesaba el solo hecho de pensar que tendría que verlo para recibir la siguiente misión que le asignaría.
Con cuidado, quitó la máscara de su piel, tratando de evitar mirarse en el espejo mientras lo hacía. Ella no deseaba tener que volver a ponerse eso encima, anhelaba la libertad de una vida sin tener que esconder su verdadera identidad para hacer lo que ella quisiera hacer.
Sentada sobre su cama analizaba todas las oportunidades que tendría en una vida diferente. Pero sabía bien que eso no sucedería: esta era su vida, su realidad.
Ella era una Ladrona de Identidades.
Y no podía cambiar eso.
Fin