Launchorasince 2014
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Lerman y Robin


El auto se estacionó frente a la casa. Jane se despidió de Tini, susurrándole que la había pasado genial y que la vería en unas horas en la escuela. Luc, el conductor, puso el auto en neutro y lo dejó rodar calle abajo. Jane pudo escuchar al motor rugir antes de llegar al final de la loma, incluso a aquella distancia; así que estuvo agradecida de la precaución tomada por Luc. Después de todo, despertar a tus padres con el estruendo de un viejo chevete no formaba parte de una escapada nocturna, menos si era un jueves de escuela.

—Tus padres han llevado a tu hermano a urgencias —la voz de Robin la sobresaltó. Él estaba detrás de su verja, usando pantalones cortos y camisa holgada. Se ajustó los lentes y sonrió—. ¿Has estudiado para el examen de mañana?

Jane lo miró parpadeando.

—¿Por qué han llevado a John a urgencias?

—Nebulización, estará bien mientras la consiga a tiempo; creo que tuvo un ataque de pánico y una cosa llevó a la otra.

—Tendré un ataque de pánico si no me dices porqué has estado esperando por mí en la entrada de tu casa. —Jane sacó las llaves de su bolso y subió los escalones a la puerta principal. La casa de Robin era todo jardín delantero, mientras que la de ella tenía el jardín detrás, a Tini le gustaba señalar la connotación morbosa en todo eso.

—Estaba despierto intentando llamarte por mi ventana cuando vi a tu padre entrar y volverse loco porque tú no estabas. Bajé para ver cuál era la urgencia y… como que se me salió decirle lo de la fiesta.

Jane tenía una mirada con la que podía desnudarte y mostrarte todos tus defectos. Robin se ganó aquella mirada.

—Te odio —dijo.

Él sonrió mientras ella abría la puerta y se detenía bajo el picaporte.

—Ya sabes lo que dicen sobre el amor y el odio, Lerman —dijo en un profundo tono de locutor—. Carlos me ha encargado que te vigilara cuando regresaras, y ha hecho énfasis en que nadie tiene permitido entrar en casa.

—A excepción de ti —supuso Jane.

Él sonrió de nuevo y acomodó sus anteojos sobre el puente de su nariz, era un tic nervioso que hacía siempre que estaba alrededor de Jane. Maldito Robin, pensó la muchacha. Había estado esperando los últimos años de su vida a que él se le declarase, incluso organizó una especie de apuesta con Tini —ella creía que Robin se le declararía en la graduación, y Jane estaba segura de que primero lloverían vacas de ojos rojos antes de que él lo hiciera—; pero ya se había resignado a la idea de que sencillamente Robin era demasiado cobarde. Intentó cerrar la puerta en sus narices, pero él escurrió su pie a último momento; estuvo tranquila cuando lo oyó quejarse de haber sido intencionalmente lastimado por la puerta.

—Deja de ser una niña mingona y hazme algo de comer.

—Me niego a ser tratado como a un esclavo.

—Mira que todavía no saco mi látigo.

—Hay tantas cosas que podría decir al respecto, que mejor lo dejo estar.

Jane no pudo evitarlo, se dio la vuelta y sonrió. Se dejó caer en el sofá frente a la cocina mientras él, muy predeciblemente, se ocupaba haciendo arepas y huevos revueltos. A pesar de su cansancio, se sentía incapaz de cerrar los ojos; ni siquiera se detuvo a pensar dos veces en su hermano asmático, estaba segura de que eso era solo más de lo mismo. El pequeño engendro del demonio disfrutaba de la atención, por lo que era probable que hubiese exagerado todo para saltarse la clase de deportes del viernes. En resumen, John solo había venido al mundo para acaparar la vida de sus padres con su bien interpretado papel del enfermo. Robin alzó la vista y le sonrió. Como un viejo matrimonio, ella rodó los ojos mientras él amasaba la masa.

—¿De qué dijiste que era ese examen que mencionaste hace un momento? —preguntó distraída.

—Organiza tus ideas, Lerman —dijo en su voz de locutor—, no puedo creer que lo hayas olvidado, he venido recordándotelo desde hace semanas.

—Tengo un déficit de atención, estúpido, se me va la hoya de momento.

—Por el… tú y tu hermano son idénticos, disfrutan de estar enfermos; par de… histriónicos e hipocondriacos, no sé que sacan de amargarnos la vida.

La muchacha se levantó del sofá y miró al ceño fruncido que Robin le dedicaba, perpleja por la aparente actitud de mamá regañona que él había adoptado. —Retráctate —chilló. Caminó hasta la cocina, tomando el tenedor con el que él batía los huevos. Robin levantó las palmas en señal de rendición—. No sé qué quiere decir esas cosas que dijiste, pero quiero que te retractes ahora mismo.

Él sonrió y se acomodó sus ridículas gafas.

—Histriónica —la llamó de nuevo.

Jane tomó lo primero que estuvo a su alcance y se lo aventó a la cabeza. Robin solo la miró perplejo; con su cabello lleno de huevos crudos batidos con adobo y salsa soya. Pasó su lengua por su labio inferior y probó la mezcla. Asqueroso.

—No pongas esa cara y ven a darme un abrazo —sonrió.

—De ninguna manera voy a protagonizar una ridícula escena de comedia romántica; me tocas y te apuñalo con el tenedor —como demostración, interpuso el cubierto entre sus cuerpos. Él alzó las manos, mientras, para sorpresa de Jane, se ruborizaba. Oh, vale, ella los había puesto a ambos en una situación romántica. Incomodo. Jane odiaba cuando eso pasaba, cuando sin reparar en ello hacía alusión a la relación imaginaria que ambos mantenían; sobre todo porque Robin era particularmente hermético con sus sentimientos—. Como sea, voy a cambiarme; te conviene tener mi desayuno listo cuando vuelva.

—Lo que mi ama guste —dijo en un acento costero.

Para cuando Jane hubo regresado —con su piyama de cenicienta—, Robin estaba batiendo huevos en una sartén. No tenía ninguna camisa, como tampoco una necesidad de llevarla; es decir, si ella fuese hombre —y apestaba no serlo— andaría por ahí sin camisas. Razón por la que siempre estuvo convencida de que Robin tenía vergüenza de mostrar sus carencias, pero, ahora que verdaderamente podía verlo, llegó a la conclusión de que el chico solo disfrutaba del calor. ¿Cuándo demonios Robin había comenzado a hacer ejercicio? Entonces él se volvió hacia ella y Jane obtuvo una mejor visión de sus músculos.

—¿Ves algo que te guste, Janee? —y ahí estaba de nuevo su estúpida voz de locutor. Sonaba muy seguro de sí mismo, pero cuando ella se fijó en su rostro, sus mejillas ardían ruborizadas.

Jane rodeó el mesón de la cocina que los separaba como una isla y lo miró a los ojos, mientras él inclinaba su cabeza hacia atrás para poder mirarla de vuelta. Jane lo sorprendió golpeándolo en el pecho con ambas manos, ella bajó la mirada al pecho del muchacho y descubrió las marcas rosáceas que dejaban sus manos sobre su piel. Lo sintió acomodando sus lentes. Él dio un paso atrás para escapar de la impenetrable jaula creada por el cuerpo de la muchacha, pero no pudo ir a través, estaba acorralado. ¿Cómo era posible? Escucharon el sonido de la puerta abriéndose. Debieron haber estado muy desconectados del mundo para no oír cuando llegó el carro del señor Lerman. Alguien decía que olía a quemado, John respiraba tan dramáticamente que podía oírse en la cocina, el padre de Jane entró corriendo y se detuvo al verlos. Robin se dio la vuelta, para aquel punto, incluso su nuca estaba roja.

—Señor Lerman, le juro que esta vez sí que no es lo que parece.

—¡Tú! —Jane regañó a su padre—, dijiste que las chicas se desarrollaban primero que los chicos.

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Maldito Robin y sus perfectos pectorales genéticos. ¿Por qué tenía que ser más que el flacucho vecino de lentes que usaba anteojos y cocinaba delicioso cuando no se le quemaba la comida? ¿Por qué tenía que llevar el cabello en punta? ¿Qué había de malo con su antiguo corte honguito? ¿Por qué tenía que intentar ser guapo? Jane prefería que esas cosas siguieran sin importarle. Y aquí estaba otra pregunta: ¿Por qué no se le declaraba? ¡Arg! Lo odiaba. A pesar de que se había sentado delante de ella en el examen, y escribió con su enorme letra para que Jane pudiera copiarse. Ella lo odiaba. Estaba perdido si creía que iba a arreglar las cosas de ese modo.

—Si sabes que él no tiene la culpa de estar bueno ¿no? —dijo Tini.

Jane la reprendió con una mirada de perplejidad. ¿Desde cuándo Robin entraba en la categoría de niños que estaban buenos?

—Sabes que tengo razón —dijo y se llevó una mano al pecho para dramatizar—; esos hoyuelos sexys, esos carnosos labios rojos, esos ojos cafés; además tiene este aire friki que funciona como faro; nosotras somos las polillas y él es la luz magnética.

—Tienes que estar de broma —argumentó Jane.

—No, es en serio, te lo juro. —Ella puso sus dedos índice y pulgar juntos y los besó—. De no ser por ti, ya hubiese jugado hasta bolas criollas con él.

Las chicas se habían saltado las últimas tres horas de clase y ahora estaban sentadas bajo un árbol. Se suponía que estaban en plan de broma, pero Jane no pudo evitar preguntarme cuanto de aquello era real. Se levantó del suelo y le enseñó su dedo medio, Tini se rió y se puso de rodillas para hacerle la pata gallina con sus manos. “Tini” era el nombre con el que ella hizo que la llamaran desde que descubrió que su nombre era el más horrible que alguien jamás podría tener. Jane trepó al árbol hasta el lugar donde estaban los mejores mangos, los tomó y arrojó sobre la camisa alzada en forma de cesta que Tini ofrecía para ella. Particularmente, Jane hubiese elegido un nombre mejor que ese si tuviese que auto nombrarse; pero por aquella época su amiga era amante de los helados y odiaba las barquillas porque pensaba que era galleta muerta y disecada, así que siempre pedía tinita. Y como que el nombre le gustó.

—¡COÑOS DE SU MADRE! ¡DEJEN MIS MANGOS TRANQUILOS! —Ese era el dueño del árbol, saliendo de su casa; Jane adjudicó sus shorts estilo robamaridos y su camiseta de la que se trasparentaban sus pezones y bello corporal a que recién las había descubierto y salido a la carrera.

Tini corrió con los bolsos de ambas mientras Jane bajaba de un salto al suelo, doblando su tobillo con la caída; la muchacha apeó a su amiga a continuar con su huida cuando esta se volvió para asistirle. Rezagada como estaba, casi fue atrapada por el dueño del árbol. Después de salir del jardín saltando precariamente la verja, corrió calle abajo para mezclarse entre las gentes del bulevar. Al cruzar la esquina, divisó a Robin reteniendo a Tini por los hombros, mientras ella se retorcía para intentar escapar. Jane no sabía si hasta allá también podían oírse insultos del dueño del árbol. Robin soltó a Tini cuando la vio y esta salió corriendo hacia una panadería.

Robin la miró con curiosidad, frunciendo el ceño en señal de desaprobación. —¿Que estás haciendo? —dijo él.

—Persigo a Tini —era una mentira a medias— ¿la has visto?

El muchacho iba a contestar, pero antes reparó en la pierna de Jane, y su preocupación se antepuso al ingenioso comentario que se le había ocurrido, para hacer énfasis en la mentira de la muchacha. —¿Que tienes en el pie? —dijo alarmado—, estás lastimada, ¿te caíste?

—No es nada, no vi el final de la acera, ya está, no duele mucho —lo tranquilizó.

En ese momento, las maldiciones y jadeos del viejo en pantaloncitos cortos, doblaron la esquina junto con él. Y se diría de esta manera, porque sus palabrotas eran tales, que Jane podía jurar que las sentía abofeteándola. Asustada, intentó esconderse detrás de lo primero que encontró a su alcance, tan grande como para cubrirla.

—Tápame, por favor —le pidió a Robin cuando este se apartó confundido para mirarla. Su expresión se agravió al comprender de quien se había estado ocultando ella.

—¿Qué hiciste? —es lo primero que se le ocurrió decir, porque de alguna manera, Jane siempre tenía la culpa; pero entonces vio el miedo en sus ojos y cambió su postura, luciendo ahora intimidante en la patética forma en la que Robin tenía de hacerlo—. ¿Ese hombre te hizo daño? Dímelo y te juro que…

—¿Qué? —le interrumpió ella con los brazos cruzados—. ¿Te ofreces amablemente como pera de boxeo en mi defensa?, como si eso fuese a solucionar algo —suspiró irritada—. ¿Sabes qué?, he cambiado de opinión, sí que va a solucionar algo, seguramente me pone de mejor humor.

Como respuesta, Robin gruñó mientras la mantenía oculta de la vista del sujeto hasta que este hubo vuelto a la esquina de la que salió. —Estoy contando con que esto no tenga nada que ver con los mangos que Tini traía en su camisa.

—No, ¡qué va! —parpadeó Jane con el ceño fruncido, su labio superior tembló y fue como él supo que estaba mintiendo—. Nada que ver, esa Tini es una loquilla. Seguro los tomó de…

—¿La mata del señor cascarrabias que vino en sus robamaridos? —sugirió él encogiéndose de hombros.

—¿Tú crees, vale?

—¿Otra vez invadiendo propiedad privada? —dijo Robin con un suspiro— Tienes suerte de que todos los dueños del terreno sean viejos o obesos, o viejos y obesos; porque sino ya te hubiesen cogido y llevado a prisión por delincuente juvenil.

—Eres un aburrido, No veo porque tienes que hacer tanto escándalo solo son un par de mangos ¿Qué daño puede hacerle a la humanidad?

—Eso parece una pregunta profunda, tal vez tu padre sepa responderla mejor.

Los ojos de Jane se llenaron de pánico. —¿Por qué siempre tienes que decirle todo a los adultos —se quejó—, por eso es que nunca te he contado nada, por eso es que tienes que ir por ahí mendigando la amistad de los hijos de los… padres con los que compartes recetas y deberes, adoras averiguar que hacen los adultos y compartir todo con ellos, eres un… eres un… ¡eres un adultero!

—Oh por dios, a veces me pregunto si tú y yo vamos a la misma escuela —dijo Robin, volviéndose para alejarse de ella.

—No me des una frase despectiva y luego solo te vayas.

—Sabes cariño —anunció en voz profunda—, ahora mismo estamos protagonizando una de las escenas que tu elocuentemente señalaste que deseabas evitar.

—“Que tu elocuentemente señalaste” —puntualizó ella, burlándose de su voz profunda—, ¿porqué tienes que hablar de esa manera? Solo quieres lucir más como un adulto, no entiendo cuál es tu fascinación por crecer, ¿por qué insistes tanto en dejar de ser un niño y ya no comer mangos con las manos?

—Cuando crezcas, entenderás… —hizo énfasis en la última palabra por una razón que Jane no comprendía.

—Y ahí estás de nuevo con tus frases de puntos suspensivos, ¿crees que te ves interesante? Pues no es así, solo luce como que no sabes que decir después. No te vayas, debo buscar mi mochila y saber dónde está Tini.

—Tini me la dio, antes, supongo, de usar la puerta trasera de la panadería.

—Ilústrame ¿Cómo fue que sacaste esa brillante deducción?

—Ah, no te lo voy a negar, fue un poco difícil al principio —dijo él, pavoneándose—, pero luego ella dijo “tengo que ir por la salida trasera de la panadería” y como que fue más sencillo.

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Un dragón escondido en el techo de su habitación, se burló de ella, luego, la mujer triste que estaba en su cola gritó y los fantasmas a su alrededor bailaron. Jane se aburrió de buscar formas en el techo de su habitación, cuando descubrió que no podía ver más que fantasmas. Robin volvió a llamarla por la ventana pero ella no se asomó, de todos modos estaba castigada por escaparse a la fiesta, y faltar a clase, y por comer mangos; básicamente de por vida. Se suponía que no debía ver la luz del día, o eso dijo su exagerada madre. Le gustaría que su castigo se extendiera a Robin y que a él no se le permitiera verla, pero la vida era más perra de lo que pensaba. En lugar de eso, sus padres lo nombraron como una especia de vigilante para ella; algo con lo que Robin se mostró irritantemente contento. Hizo una nota mental de restregárselos en la cara cuando todo el asunto estuviese olvidado. ¿Qué clase de padres dejaban a su hija bajo el cuidado de un adolescente hormonal?

¡Dios! Que aburrido podía ser el confinamiento solitario. Estuvo tentada dos o tres veces a sentarse en la ventana para al menos entretenerse molestando a Robin, pero se reprendió, él estaría recibiendo su rotundo silencio por quien sabe cuánto tiempo. Se lo merecía, después de todo, él fue quien le habló a sus padres de la fiesta, y de la falta a clase, y del señor en robamaridos. Maldito Robin adúltero.

—Jane —dijo su madre, abriendo la puerta sin tocar. Jane estaba recostada en el medio de la cama, de forma horizontal con respecto a la posición que debería tener; su cabeza pegada a la pared y sus piernas guindando fuera de su cama. Usaba una piyama de rayas de colores porque fue lo más dramático que encontró en su closet—. No creas que esto significa que no estás castigada, pero solo por esta vez, te permitiremos tener una visita.

Jane se levantó de prisa, emocionada. —¿Puede venir Tini?

Como respuesta, Robin cruzó la puerta y sonrió.

—Estás en tu casa cariño, solo procura no entretenerla demasiado, recuerda que está castigada —dijo, y se fue, cerrando la puerta detrás de ella. Jane estaba indignada, era como si sus padres la entregaran en los brazos de Robin. No conformes con dejarla bajo su cuidado, también le daban pase libre para estar con ella a solas en la habitación ¿Qué seguía? ¿Condones como regalo navideño?

—¿Ni siquiera tuviste la decencia de asomar un brazo para saber que estabas viva? —la regañó—, me tenías preocupado.

Jane tomó una profunda bocanada. —Respiro ¿lo ves? Ahora puedes irte.

Robin sonrió. Como si Jane fuese la cosa más graciosa del mundo. —No seas ridícula, oíste a tú mamá, estoy en mi casa —se encogió del hombro—. Y bien, ¿Qué haces para divertirte?

—Lo que cualquiera en mi lugar haría —aunque en aquel momento las grietas en su pared no estaban cooperando.

—¿Leer? —Probó Robin, aunque sabía que esa, sin lugar a dudas, no era la respuesta.

Ella alzó la cabeza y lo miró por un segundo con el ceño fruncido. —Masturbarme —se le ocurrió decir.

—Muy graciosa —murmuró, sentándose en la sillita frente a la peinadora—, ¿Tini te ha llamado?

—¿Por qué?

—Les hice saber a sus padres que ella podría estar en problemas si volvían a pescarla en propiedad privada.

Eso hizo que Jane se incorporara de un salto y lo tomara del hombro.

—¿Qué tú hiciste qué? —dijo—. ¿Eres estúpido? ¡¿Cómo pudiste hacerle eso?! Si no conoces la situación de las personas, solo no te metas en su vida, maldito cerebro de pollo. Vete de mi cuarto, y más te vale que el lunes en la escuela Tini tenga cada uno de sus cabellos en su lugar, o juro por dios que salto a tu ventana en la noche y te corto las bolas mientras duermes.

Robin la miró con los ojos bien abiertos, ella estaba haciéndole daño en el hombro, pero él estaba demasiado intimidado en aquel momento como para quejarse. —Jane, cálmate, lo siento, yo no sabía…

En ese momento la puerta se abrió y los padres de Jane, alarmados, entraron corriendo.

—¿Qué sucede? ¡Jane! Suelta a Robin ahora mismo —dijo su padre.

—Janee cree que los padres de Tini podrían lastimarla por el altercado con los mangos —fue Robin quien respondió.

—Y ahí vas de nuevo a contarle a mis padres lo que te digo; eres un pedazo de inútil materia orgánica. Poco hombre, bastardo, niña chismosa. Te odio. Vete, no quiero verte. Y estás advertido. Más te vale que a Tini no le pase nada.

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—Cariño, no fue tu culpa, hiciste lo correcto —lo tranquilizaba Amelia Lerman. Pero Robin simplemente no dejaba de llorar.

—No, Janee tiene razón, yo… —rompió en sollozos—. ¿Qué derecho tenía a entrometerme así? Tini probablemente esté pasando un infierno en su casa y yo lo empeoré. Como si los padres que odian a sus hijos necesitaran una razón más para odiarlos.

—Los padres no odian a sus hijos, Robin, ellos solo quieren enderezarlos.

—Con todo respeto Carlos, pero no voy a poder tomar tus palabras.

—Escucha —dijo Amelia—, ve a tu casa y descansa un poco, nosotros hablaremos con Jane, ya verás cómo se retracta para el final del día —ella pensó un poco en las posibilidades y agregó—: …o del fin de semana.

Robin suspiró. —Solo quiero que ya no me odie.

Una vez en su habitación, lo primero que hizo fue espiar hacia la ventana de Jane, estaba cerrada herméticamente. Al parecer estaba dispuesta a soportar el calor, mientras eso significara mantenerlo apartado de ella. Robin hizo una mueca. Si ella pudiese saber lo físicamente insoportable que resultaba aquello para él, lo doloroso que era cada vez que ella lo apartaba. Todo lo que él hacía era preocuparse por ella, pero a Jane no le importaba. Estaba decidida a odiarlo porque sus padres apreciaban más su comportamiento que el de ella. No era su culpa ser lo suficientemente maduro para descubrir que estaba bien y que no, y que lastimaba o no a sus seres queridos. Golpeó su cabeza contra la ventana y nuevas lágrimas aparecieron. Por mucho que le molestaba tener que sacarlo a colación, él ya no estaba llorando por Jane, o por Tini, lloraba por él. Por su patética vida y todos los vitales nervios que habían tocado cada una de las palabras de Jane.

—Oh, aquí estás; creí que estabas con los Lerman ¿Todo bien, cariño? —dijo su padre cuando entró en su habitación y lo vio llorando—. Tranquilo, ya pasará, ¿vale?, lo prometo, lo que sea que te haya hecho, ya se le olvidará —Robin supo que su padre estaba malinterpretando la situación, pero, como el consejo encajaba bien, lo dejó estar.

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Era sábado por la noche, finalmente sus padres se habían olvidado de todo el asunto lo suficiente como para que no recordaran que Jane no tenía permitido bajar a ver televisión en la sala; y mucho menos discutir con John para que se perdiera y dejara el control. Así que Jane hizo todo aquello. Mientras estaba decidiendo entre Warner o Fox, Robin entró en la habitación con palomitas y una sonrisa de suficiencia.

—¡No tienes una maldita casa! —gritó ella frustrada.

—¡No se supone que estés en tu habitación casti…! —comenzó, pero Jane se puso en pie y tapó su boca, mirando al lugar desde donde sus padres podrían haber escuchado.

—Vale, tu ganas; aunque seguramente me harás perder con mis padres. Me pregunto cuántos castigos más podrás conseguirme.

—Ni uno solo. —ella lo miró—. Lo prometo, no volveré a decir nada de lo que escuche de ti.

—¿Nunca?

—Fuiste tú quien lo puntualizó…

—Dah, dah, dah, dah, dah. Corrige eso porque también es insoportable. La gente no habla así, por eso no tienes amigos. Repite conmigo “tu lo dijiste”

Él la miró con una extraña expresión, era tristeza y resignación, todo aderezado con desesperación; rasgos que cualquiera hubiese adjudicado a una persona rozando sus límites, pero Jane no prestaba la suficiente atención.

—Tú lo dijiste —repitió lentamente—, soy una niña chismosa, no es de caballeros la manera en la que me he estado comportando, ni los puntos que he ganado con tus padres a costa tuya. Lo siento.

—Y ¿qué harás al respecto?, porque aún no me siento deseosa de perdonarte.

—Lo que tú quieras —dijo Robin rápidamente, parecía más bien una súplica, lo que la tomo con la guardia baja.

—¿Esclavo por un día?

Era el juego favorito de Jane de cuando eran niños, ella siempre exigía que él fuese su esclavo por un día, y Robin siempre aceptaba. Dejó de hacerlo cuando tenía diez años y medio, o eso pensó. Recuerda con claridad aquella vez en que ella lo hizo saltar de una ventana a otra en sus habitaciones, él sabía que iba a caerse porque las ventanas no eran lo suficientemente grandes para que él entrara de un tirón, pero no objetó; porque en aquel juego había solo una regla: si no haces lo que el amo ordena, estarás con él por toda una semana.

—¡No! —dijo Robin inmediatamente.

—¡Sí!, eso es lo que quiero —rebatió ella, luciendo una alegría exuberante.

Él suspiró frustrado y resignado. —¡Vale!, seré tu esclavo por un día; pero terminamos mañana a esta misma hora.

—De ninguna manera —la mirada que tenía Jane en aquel momento no auguraba nada bueno—, serás mi esclavo el lunes en el colegio, o no hay trato.

—Creo que me he perdido, ¿Cuál es la parte del trato en la que salgo ganando?

—Tú puedes estar conmigo, y yo no te corto las bolas si a Tini la golpearon sus padres y… —tomó una fuerte bocanada de aire— te perdonaré.

—Me parece justo, y además modesto; un trato muy al estilo Janee, supongo —Robin se enderezó en el mueble y volvió a poner los Simpsons, haciendo una mueca cuando se imaginó las cosas que Jane le haría hacer frente a sus amigos—. ¿Por qué tiene que ser el lunes? Dime paranoico, pero eso me pone un poco cu-cu ¿Qué quieres de mí en realidad?

—Cosas agradables, cosas agradables.

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El lunes a primera hora, el esclavo no tenía permitido viajar con los Lerman en su auto, Jane lo miró sonriendo, porque él de hecho debía ir a pie. Eran solo unos quince minutos, él se dijo que no sería demasiado. Jane solo pretendía llevarlo a los límites y que él se rindiera. Las reglas del juego eran claras, si las rompía estaría con aquello por seis largos días más de lo esperado. Ella era una especie de perra, estaba seguro de eso cuando llegó hiperventilando a la escuela. Hacía demasiado calor. Su ama esperaba sonriente junto a Tini. Se murmuraban algo la una a la otra, pero Robin no alcanzaba a oír.

—Vale, has cumplido tu primer pedido; ¿disfrutaste tu caminata?

Robin mordió su labio inferior para no ofender a su ama. Se desquitaría con ella mañana. Tini no estaba mirándolo a los ojos, más que nada porque apenas podía abrir uno de ellos.

—Lo siento, Tini, de verdad, yo no sabía…

—Silencio —dijo Jane lentamente. Robin obedeció, apretando los labios. De alguna manera era más fácil cuando tenía diez años.

La próxima orden que Jane le dio a Robin, fue faltar a clases para completar todos los deberes pendientes que ella tenía. Así que él pasó su mañana en la biblioteca, escribiendo apuntes y ensayos, resolviendo problemas de matemáticas y preparando exposiciones. Jane debía pensar en algo mejor para torturarlo, porque de hecho estaba acostumbrado a hacer sus deberes. Era como ese dicho de no darle el pez sino enseñarle a pescar, bueno, si Robin intentara enseñarle a pescar cabría el riesgo de que Jane matara a toda su tripulación de pura frustración. No, un pez era más saludable, podías aderezarlo con limón o con vinagre, o con limón. Delicioso, le pediría a Amelia que comprara pescado para cocinarlo aquel jueves.

—¿Cómo va eso? —preguntó Jane, sentándose a su lado en la única mesa corrida de la biblioteca.

—Viento en popa —contestó él, y sonrió a su alusión a la pesca.

—Nunca he entendido ese dicho, son palabras sin sentido ¿Popa? ¿Qué demonios es una popa?

Robin la miró a sus ojos grises y su cabello rubio rojizo, y aceptó que no podía ser perfecta. —Tienes razón, algunas personas solo repiten como loros.

Ella sonrió. —Como te has portado tan bien, te dejaré venir a almorzar con nosotros; tienes exactamente un minuto para recoger todo. Uno… dos… tres…

Había un montón de papeles sobre la mesa, Robin miró a Jane con incredulidad ¿en serio estaba haciéndolo recoger todo a la carrera? Sopesó la posibilidad de no ir a almorzar con ella, pero pensó que eso podía ser tomado en su contra como un fallo al código. Ella iba por el diecinueve cuando Robin se levantó y metió todo dentro de su mochila de un solo manotón. Ella frunció los labios despectivamente.

—Más te vale que no hayas dañado ninguno de mis trabajos o tendremos un serio problemita aquí.

Robin le hizo un saludo militar y tiró de ella a la salida de la pequeña biblioteca. No había cafetería, las personas con comidas empaquetadas desde casa las calentaban en la oficina de recepción y se sentaban en las gradas de la única cancha para comérselas; quienes no las llevaban desde casa, debían comer el pan con jamón y queso que vendían en la cantina. Robin pagó por dos panes y dos maltas, y se sentó junto a Jane en las bancas. Hacía un calor infernal, y aquel era el único lugar en todo el patio que estaba techado.

—Y bien, ¿Por qué te nos has unido hoy? —dijo una amiga de Jane a Robin, él no estaba seguro de cuál era su nombre.

—Jane me pidió que lo hiciera.

Ella se detuvo a medio mordisco y le estrechó los ojos. —Y ahora te pido que te vayas.

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Estaba terminando su almuerzo cuando Rodrigo comenzó a reír histéricamente. Jane lo miró con furia contenida. —Es un estúpido de mierda, ni si quiera puede fingir convincentemente que se está divirtiendo con esa chica.

—Yo lo veo muy entretenido.

—Por favor, Tini es obvio que está fingiendo. —Pero mientras lo decía, no muy convencida, miraba a los enormes senos que tenía su reemplazo. Perra. Jane odiaba la genética.

—Si tú lo dices —fue la respuesta de su amiga.

Jane se volvió por refuerzo al resto de su grupo de amigas, pero ellas estaban entretenidas en otra cosa. Cuando visualizó lo que era, apenas podía creerlo. El estúpidamente torpe de Robin se había bañado todo de malta, y puesto al sol en un intentó estúpido de secarse. Él recordó algo y regresó a su mochila, sacó una camisa limpia y se quitó la que había ensuciado. ¿Era en serio?

—Oh, por maría y todos los santos, ¡tu hermano está buenisimo!

—¡Él no es mi…! —Miró indignada—, ¿Qué coño está haciendo?

Robin limpió su pecho con la camisa sucia. Su padre podía decir lo que quisiera, pero aquellos músculos, bueno, no había forma de que se hubiesen formado espontáneamente. Él miró hacia su audiencia, algunas chicas estaban lanzándole piropos de camionero. Se sonrojó y se volvió. Fue peor, los músculos de su espalda estaban malditamente formados y caían curvándose hasta su hermoso culo.

—¡Los pantalones! —gritó Tini.

Robin se puso la camisa y salió medio trotando de las gradas.

—¿Por qué tanto alboroto? —dijo Jane con indignación—, actúan como si nunca hubiesen visto el pecho de un chico.

—O su abdomen, o su espalda, o su culo —dijo Tini—, lo he pensado mejor sobre esas bolas criollas.

—¡Tini! Ni siquiera está muuuuuuy bueno —puntualizó Jane—, es solo Robin.

—Es por eso que es tan sorprendente, es que es raro… es Robin.

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Él estaba en su aula después del almuerzo, pero Jane decidió no hablarle. En la segunda clase ella recibió una nota que decía: “significa esto que estoy libre del trato”. Ella lo miró y negó con la cabeza. Robin suspiró. Después de la escuela se lo llevó a la plaza, él cargaba las mochilas de ambos y lucía derrotado y avergonzado. No quería ver a las personas que lo vieron con pocas ropas en el almuerzo, y ella lo sabía. Él se sentó en una banca alejada del grupo. Tini le sugirió un montón de cosas que él podía hacer para ellas; pero debido a que todas involucraban al muchacho en poca ropa, Jane las rechazó.

—Hola —ese era Rodrigo, se había acercado con una sonrisa mientras Jane intentaba duro ignorarlo.

—Hola —dijo ella rechinando su lengua.

—Quería hablar contigo sobre algo —anunció el joven—, espero que no enloquezcas, pero Marta cree que no es bueno para nuestra relación que tú estés alrededor de mí.

Jane lo miró boquiabierta, soltó una risa, estaba incrédula. —¿Tienes algún problema técnico en tu cabeza? Fuiste tú quien se acercó a mí.

—Sí, lo hice para decirte que no estás invitada a la fiesta que daré este viernes, y que no debiste haber ido a la del jueves. Marta se enojó por eso.

La mandíbula de Jane sobresalió dos centímetros de su cara, iba a golpear a alguien, lo presentía. —Marta se enoja por esto, Marta se enoja por aquello, te trae la correa bien corta la martita tuya. Apuesto a que ya no te deja hacerte pajas.

Él sonrió. —No, no lo hace —declaró con una sonrisa de suficiencia; en el momento en que Jane lo vio alzar su ceja, supo a donde se dirigía—. Porque con ella no me hacen falta, y cuando las requiero —se encogió de hombros—, siempre está ahí para echarme una mano; ya sabes, como hacen las mujeres de verdad. Bueno, de hecho creo que no lo sabes, es una verdadera pena.

Y se dio la vuelta antes de que Jane pudiera si quiera mover su mano para abofetearlo. Tini se la quedó mirando, perpleja, ¿Jane estaba dejando que él se fuera así nada más? Tini se puso en pie y corrió detrás de Rodrigo, iba a darle la paliza de su vida. Pero antes de llegar, Jane la detuvo.

—Idiota, ¿vas a dejar que te diga todas esas cosas? —la miró, Tini estaba verdaderamente furiosa; Jane no respondió, ¡estaba sonriendo!—. Haz lo que quieras mientras me dejes patearle el culo.

—Podría lastimarte, nena, es un imbécil y estás en desventaja con ese ojo hinchado. Mejor lo dejamos para otro día ¿vale? Te prometo que te dejaré pegarle en los huevos.

Tini sonrió con malicia, al mismo tiempo en el que Robin se acercaba con cara de pocos amigos y arreglando sus gafas en el puente de su nariz.

—¿Qué fue eso? —preguntó, rascándose la nuca con incomodidad. Todavía había algunas personas mirándolo, ¿en qué estaba pensando en esas gradas?

—¿Reúnes información para contársela a mis padres? —dijo Jane, cruzándose de brazos.

—No, Janee, te prometí que no lo haría nunca más, estoy cumpliendo mi palabra, la cumpliré.

—Como sea —dijo, restándole importancia con un movimiento de mano—, eso espero Robin.

—Estás consciente de que no tienes nada más con lo que amenazarme ¿no? —dijo él sin ninguna malicia, solo para dejarlo sobre la mesa.

—Estás consciente de que no volveré a hablar contigo en años ¿no? —rebatió ella.

Él torció el gesto, pensando en la reciente oferta de Jane. Era tentador. Entonces la mirada de ella se fue de Robin a Rodrigo y lo vio besando a su martita. Él también la miraba, claro que la miraba. Martita era una zorra y se acostaba con cualquiera por un par de miradas bonitas. Pero ella era Jane ¿Qué chico no querría tenerla o frustrarla de celos?

—Tu ama quiere, tu ama quiere —canturreó Jane, orgullosa por la idea que se le ocurría.

Robin rodó los ojos, y suspiró por lo ridículo que se vería haciendo aquello. Era por solo un día, pero Jane siempre sabía cómo hacer que cada segundo valiera para su miseria.

—¿Qué es lo que quiere mi ama? —Completó Robin al ritmo de su tonada.

—¡Que la beses como si se te fuera la vida en ello!

Él la miró perplejo. Frunció el ceño. ¿Jane acababa de decir que…? No, seguro escucho mal. —¿Qué es lo que quiere mi ama? —repitió, esta vez sin canturreo.

—¡Quiero que me beses! —dijo Jane, luciendo irritada. Luego sonrió y se pendió al cuello del muchacho. Él se sostuvo las gafas, con una mano para verla mejor ¿Sería posible? Con la otra mano, la sostuvo de la cintura, porque, después de todo, sería estúpido dejarla caer.

—Janee, no creo q…

Demasiado tarde. Sus labios ya estaban sobre los de él. Jane Lerman estaba besándolo. Él luchó un poco al principio, porque estaba sorprendido y porque su cabeza era lo último que siempre perdía; ella tomó su rostro, arrastrando sus anteojos por encima de la frente del muchacho, por lo que él tuvo que cerrar los ojos para no marearse por una u otra cosa. Y luego solo la besó. Sin tocarla, sin tomar ni una sola parte de su cuerpo además de sus labios. Ella estaba siendo demasiado descarada para que el beso fuese tierno, incluso estaba lamiendo sus labios y abriendo su boca lo suficiente para dejar pasar la lengua que él no le estaba dando. Así que ella correspondía con la suya. Era extraño, y había pasado demasiado rápido como para procesarlo. Robin intentaba descifrar como se sentía, cuando ella se apartó. Él abrió sus ojos y la miró. No sabía si estaba nerviosa o era algo más, pero ella no lo estaba mirando a él, sino a algún punto detrás. Era tan hermoso su nerviosismo ¿era eso nerviosismo, verdad?

Cuando Jane regresó su mirada a la de Robin, se arrepintió enseguida de lo que había hecho. Utilizar a Robin de esa manera fue demasiado bajo. Pero había merecido la pena solo por la cara que Rodrigo le estaba dando, era obvio que estaba muriendo de celos. Ja, ja, para él. Robin fue relajando el ceño mientras ella se alejaba. ¿Por qué la estaba viendo tan fijamente? Él se aclaró la garganta y acomodó sus lentes.

—Yo… ejem… ¿quiere mi ama que haga algo más?

Jane miró directo a él con gesto despectivo. De repente fue consciente de lo que había hecho. Besó a Robin. Oh, por María y todas las vírgenes. Esto iba a ser muy extraño.

¿Que es lo que mi amo quiere?

Debería estar triste, Jane lo mandó caminando de nuevo y no le había dirigido la palabra en todo el día; ahora casi era hora de ir a la cama y no había recibido su absolución. Su madre estaba por llegar y debería poder dormirse para no tener que escucharla. Había un montón de tarea para el miércoles que no pudo adelantar por culpa de Jane y sus ideas de tortura, debería estar haciéndola o preocupado por no terminarla a tiempo. Había un millón de cosas en su vida que deberían estar en su cabeza, cosas más importantes, más profundas. Pero sencillamente él no podía dejar de pensar en el beso. Por patético que sonara, era la primera vez que besaba a alguien de verdad, ¿se habrá dado cuenta? Tal vez ahora Jane pensaba que él era un virgen desabrido. Cosa que él era, si se iba al caso. Estaba preocupado porque para una chica, su chico debía ser indestructible y experimentado y él no era ninguna de esas cosas. Pero era demasiado tarde para pensar en ello. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo podía conseguir otro beso?

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Lo vio entrar a su habitación y espiar a su ventana, sabiendo que él no vería nada a través de sus cortinas, no con las luces apagadas. Estúpido Robin. ¿Por qué tenía que estar pendiente de cada paso que ella daba? Él se alejó después de unos minutos y sé tumbó sobre su cama. Ella se preguntó distraídamente si Robin se masturbaría. Él comenzó a tirar de su camisa fuera de su cabeza, la dobló y la lanzó sobre el cesto de ropa sucia. ¿Quién doblaba la ropa sucia? Luego, de espalda a la ventana se quitó los pantalones. Jane ladeó la cabeza, había una parte en especial de Robin que… oh, ahí estaba, finalmente se ponía frente a la ventana. Vale, no estaba mal. Robin se acercó para cerrar la ventana y ella suspiró de frustración, su corazón latía acelerado; intentó pensar en otra cosa, Robin desnudo la había distraído temporalmente, pero ahora estaba de nuevo aquel pensamiento en su cabeza.

Por supuesto que él era ese pensamiento. Y es que no podía dejar de pensar en lo que hizo. Lo besó, así sin más. Él ni siquiera la tocó, no le devolvió el beso, nada, apenas parpadeó, y no estaba segura de si siquiera él había mantenido sus ojos abiertos. Otra vez lo había hecho, los puso a ambos en una situación incómoda de la que él salió victorioso, ileso. Maldito Robin. No pudo evitar preguntarse porqué si quiera se le había ocurrido que él aún sentía algo por ella. Es decir, la molestaba, si, pero era en la forma en la que los hermanos se molestaban los unos a los otros. Robin nunca le había dado ningún indicio además de su estúpido tic nervioso. Asegurando sus gafas adorablemente a al puente de su nariz. Los latidos de su corazón se aceleraron ¿Sería posible? Por dios, ¡era solo Robin!

Decidió que no sería la única que pasaría la noche en vela. Solo necesitó llamar una vez, el chico salió inmediatamente. No llevaba gafas y lucía desorientado. —Tus gafas —le recordó Jane. Él la miró confundido y luego pareció recordar y fue por ellas. Cuando regresó, tenía una sonrisa ensayada en su rostro. Lo hacía lucir como otra persona. Jane supuso que era su sonrisa para las chicas que besaba—. Lindo show el que me diste hace un momento.

Él ladeó la cabeza, su sonrisa desapareció. —¿Estabas espiando?

Jane se encogió de hombros. —Quería ver cuanta ropa te quitabas —dijo

Él sonrió. —¿Y bien? ¿Fue suficiente?

—Estuve un poco decepcionada de que no llegaras hasta el final.

Lo vio tragar duro. Cuando Robin habló de nuevo, sus palabras salieron con un leve tartamudeo. —No hagas eso, por favor.

Ella sonrió. —¡Tu ama quiere, tu ama quiere! —gritó en susurros.

—¡Por favor! Esto va fuera de los límites, si lo hago tendrás que darme algo a cambio.

—Maldito pervertido, no obtendrás nada de mí.

Él sonrió de nuevo. —Si no es eso, entonces otra cosa.

—¿Cómo qué? —ella alzó una ceja.

Ninguno de los dos tuvo que pensarlo demasiado para saber lo qué sería propuesto. —Esclavo por un día —dijo Robin con una pequeña sonrisita de satisfacción. Era un claro y evidente reto, y ella adoraba tanto los retos. Tanto. Además, Robin jamás haría nada que a ella no le gustara.

—Hecho —dijo replicando su sonrisita.

Él casi prefería que ella se hubiese negado. Casi. —¡¿Qué es lo que quiere mi ama?!

—Que te desnudes para ella.

Robin la miró y suspiró. Iba a hacer que lo pagara, de una buena forma, pero lo haría. Por otra parte ¿Qué estaba mal con él? ¿Ella quería verlo desnudo y él no iba a hacerlo? Desabrochó la camisa de su piyama mientras se convencía de que aquello estaba bien. Era lo más erótico que le había pasado en su vida. Corrección: era la única cosa erótica que le había pasado en su vida. Suspiró, de repente el cuello le picaba y la habitación se hizo pequeña. Sus manos hormigueaban mientras el pantalón se le achicaba. Maravilloso, lo que le faltaba. Dejó caer su camisa, no era capaz de mirar a Jane, pero sabía que ella lo estaba viendo fijamente.

—Enciende la luz —pidió la chica—, así no puedo ver nada.

Entonces la miró, ella no se iba con rodeos. Encendió la luz y se quitó los pantalones, los saltitos que dio para buscar el equilibrio, hicieron que la temperatura en el ambiente bajara un par de grados. Luego la miró de nuevo y se elevaron unos cinco. Jane mordía su labio, su mirada estaba fija en su entre pierna. Oh, por dios, aquello no estaba bien. Él se detuvo y cruzó los brazos sobre su pecho. Ella no apartaba la mirada de su erección debajo de sus bóxers, por lo que decidió llamar su atención cubriéndoselo con una mano. Funcionó, Jane parpadeó y lo miró irritada.

Robin apretaba los labios, sus aletas nasales abriéndose y cerrándose mientras respiraba. —¿Qué pasa? —exigió saber ella.

—No pretenderás que también me deshaga de mi ropa interior —Rezó para que ella explotara en una risa y dijera que eso sería una locura. Por supuesto, no ocurrió. Jane se cruzó de brazos y lo miró fijamente. Luego sonrió.

—Bueno, esta semana será divertida —dijo, y cerró las cortinas.

—¡No! —saltó a decir Robin, había pasado un día y ella ya lo hacía sentir de aquella manera, no quería pensar lo que podría hacerle en una semana. Tiró de la cintura de sus bóxers y las bajó a sus rodillas de un manotón. Suspiró y miró al techo de su habitación, pateando lo último de su ropa. Ahora estaba desnudo completamente. Dio una tímida vuelta por si ella deseaba apreciarlo mejor. No podía verla, pero sabía que estaba allí.

—Ve a dormir, Robin —dijo la voz de Jane.

Y él pudo respirar finalmente.

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La esclava no tenía permitido faltar a clases o separarse de su amo, en caso de que este la necesitara. No desayunó nada más que frutas, y su almuerzo sería una ensalada. Tenía órdenes de decirle a Tini que Robin aún era su esclavo y que estaría ocupada con él todo el día. Iba. A. Matar. A. Robin.

—La tarea de matemáticas del jueves.

—Ya me la hiciste.

—¿La de la semana que viene?

—¿No me la hiciste?

—Obviamente no.

—Eres un pésimo esclavo, debería ser tu ama aún solo por eso.

Él sonrió.

Luc apareció sonriente en su campo de visión y la cara de Jane se iluminó. Gesto que el despistado Robin no observó. —Jane, ¿Cómo estás? No he sabido nada de ti desde el jueves, cualquiera diría que vamos a mundos diferentes —dijo el muchacho. Llamando la atención de Robin. Observó detalladamente la escena, no le gusto. Sobre todo porque él había dicho “mundos” y no “escuelas”. Eso quería decir que estaba intentando ser especial para ella.

—He estado algo ocupada —Jane le dedicó una mirada de soslayo a Robin.

—De hecho —dijo Robin como si de verdad lo lamentara— ahora mismo no puede hablar.

Luc se les quedó mirando a uno y luego a otro y después sonrió, parecía haber ganado algún premio. —Oh, ya veo, ya era hora, chico; no podías dejar por ahí realenga a esta linda sirenita —le sonrió a un muy confundido Robin—. Me alegro por ti, pero no te preocupes, ella y yo somos solo amigos.

—Amigos que se manosean en el auto de tu padre —puntualizó Jane descaradamente.

Robin apartó la mirada, ella no iba a afectarlo con ese sencillo comentario. Se sorprendió cuando fue Luc quien la reprendió —Ey, Jane, no abuses eso no tenías porque decirlo —dijo

—No te preocupes, no soy celoso con respecto a sus relaciones pasadas. Sé que ahora está conmigo —dijo Robin.

Jane lo miró, confundida y extrañada. Si no conociera mejor su situación, ella podría jurar que Robin, de hecho, estaba hablando en serio. Lo que la confundió aún más. Ellos… Ellos… ¿Ellos estaban juntos?

—Bueno, vale, suerte —concluyó Luc, y se alejó.

Caminaron en silencio hasta su próxima clase. Llegaban temprano. Mierda. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a aquella sensación en su estomago, ni a la euforia contenida en sus cabezas. Se sentía como si de pronto alguien hubiese tomado sus cuerpos lejos de su voluntade y comenzara a manipularlos, aún mantenían su conciencia, sin embargo, por lo que todo lucía como si pasara a través de un cristal. Y lo único que hacían era mirarse.

—Bueno —dijo Robin—, voy a mi lugar.

—Sí, ve —dijo Jane.

—Como sea —respondió él.

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Al salir de clases, él la llevó lejos de todo el mundo. Tenía algo planeado, algo que enloquecería a Jane en cuanto lo descubriera. Dio gracias de que ella no fuese especialmente inteligente, eso le daba un par de minutos más. —Recuerda que no puedes repetir pedidos de tu antiguo amo —dijo Jane cuando se encontró pasando la planicie donde sus amigos solían organizar fiestas. Robin la llevó justo detrás de un pequeño conjunto de árboles, cerca de un barranco. Era un lugar bonito, aunque no estaba segura de cómo Robin supo de él—. Bien, ¿qué quieres que haga, amo? —mientras lo preguntaba, no lo miró a la cara. Quería que él fuese descarado, y no lo iba a conseguir si se avergonzaba; solo iba a tener a un muy acobardado y sonrojado Robin.

—Nada —dijo él, para su sorpresa, así no era como se suponía que sucediera—, solo te traje para que apreciáramos la vista.

—No lo puedo creer… —dijo Jane pasados unos minutos, observando el hermoso paisaje que los rodeaba: el cielo azul, los árboles detrás, el bonito montón de nada bajo el acantilado; incluso se escuchaba el maldito canto de las aves—, estamos en una cita —concluyó. No lo miró, acomodó su cabello detrás de su oreja mientras suspiraba con frustración y sonreía con incomodidad y coraje. No había escenario en el mundo donde aquello pasaría. ¡Si quiera la había invitado a salir! Furiosa, se puso en pie y camino delante de Robin hacia los árboles que recién habían pasado juntos.

—¡Espera! —gritó Robin, poniéndose en pie.

—Vete a la mierda, Robin.

—¡Lerman, quédate! —pero ella ni siquiera volvió su mirada, así que decidió optar por otro movimiento. Se tumbó sobre la hierba aplastada por los adolescentes cachondos que habían estado allí anteriormente, y se entretuvo mirando a las nubes. Si, estaba intentando no llorar, y no, no lo consiguió. Era la primera vez que organizaba un movimiento directo hacia Jane, y no terminó precisamente como lo esperaba. Su autoestima no estaba particularmente elevado. Había una sola cosa buena que había salido de todo aquello: Jane sería su esclava por seis días más.

De haberlo planeado no le hubiese salido mejor.

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La esclava no tenía permitido viajar con los Lerman —y Robin— en auto. Había objetado un millón de veces, y negado a seguir siendo la esclava de Robin. ¿Qué razón tenía para continuar con ese infantil juego? Robin, tan cooperativo como siempre, le dio una.

—Si no le dices a tus padres que quieres ir caminando, y en su lugar te subes al auto; yo les diré que el fin de semana pasado no dormiste con Tini sino con Luc —le dijo.

—¡Yo no dormí con Luc! Dormí con Tini, puedes decirle lo que quieras.

—Tengo otro juego muy divertido —informó Robin moviendo los músculos de su cuello—, se llama “¿a quién le creerán?”. Ahora dime, ¿a quién le creerán si llegamos con las dos versiones?

—¡Mal…parido! —suspiró Jane frustrada, entonces recordó algo que seguro la sacaba de aquella situación—. Lo siento, pero no puedes repetir pedidos de tu antiguo amo —dijo, y sonrió con aires de victoria.

—Oh, tenía eso en mente, cariño —dijo él, sonando los dedos de sus manos—. A ver, recapitulemos, tú me pediste específicamente que yo debía ir caminando al colegio; bueno, ya que no puedo repetir pedido, este es el mío: quiero que vayas trotando al colegio. ¿Suena mejor ahora? —y con eso se dirigió al auto del padre de Jane—. Nos vemos en diez minutos.

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Robin llegó al colegio quince minutos antes que Jane. La vio entrar y evitarlo estudiadamente, pero decidió dejarlo estar por el momento. Vale, si la chica no quería salir con él, no tenía que torturarla por eso. Aunque se sentía bien saber que de hecho podía. La siguió por el pasillo y la vio avanzar más allá de su salón, así que fue detrás de ella. —No tienes permitido faltar a clases —le recordó a su espalda.

—¡Ya te dije que te fueras a la mierda! —gritó Jane, volviéndose para golpearlo en el pecho—. No puedo creer que me hayas hecho trotar hasta aquí.

Él le dio una sonrisa ladeada —Te he tomado el tiempo, juraría que has venido caminando.

—Tú comprarás el ungüento para mis ampollas —dijo ella, ignorando su frase y dando saltitos en un pie para sobarse el tobillo del otro.

—Curioso —señaló un pensativo Robin—, no sabía que los zapatos que te regalé el año pasado todavía te sacaban ampollas —suspiró—. Mi culpa, supongo, te llenaré de ungüento, lo prometo —y luego, solo porque estaba de humor, añadió—: Rebosarás de él por cada cavidad.

Ella se enderezó, de pronto interesada en lo que él decía. Había pasado la noche preguntándose porque él no la había desnudado para la fecha. —Ahora estás siendo un cretino —dijo con cautela.

—Oh, ¿es esa una distinción entre todos tus otros insultos? No sabía que conocieras la diferencia.

—Puede que no lo haga, puede que no sepa muchas cosas sobre muchas cosas…

—No, no digas más —la interrumpió Robin—, hasta ahí sería la frase que mejor va contigo.

—¿Sabes qué, Robin?, me has hartado.

—¿Sabes qué, Lerman?, ¡no me importa una mierda! —terminó con una pizca de ira.

Compartieron una guerra de miradas que él finalizó con una sonrisa, abriéndole paso a Jane para que esta volviera en sus pasos hasta su aula de clases. Mientras caminaba, ella pensaba en que él seguramente no deseaba verla desnuda. Supuso que era porque, a diferencia suya y de martita, la genética había sido una perra con ella.

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En la hora del almuerzo Robin le tendió un plato de ensaladas y la obligó a tirar su pan con jamón y salsa rosada. Jane gruñó, pero lo aceptó, deliciosa y saludable comida gratis al costo de tirar el pan que ya había pagado. Contraproducente, supuso.

—Ustedes dos hacen una hermosa pareja —comentó una de sus amigas, para terror de Jane. Seguro se había metido uno de cripi en el baño—. ¡Qué más quisiera yo que mi chulis me trajera comida empaquetada de casa! Tu novio es todo un caballero, Jane.

Sip, sin lugar a dudas se había metido algo. Robin cortó a mitad de una cucharada de sopa de pollo que él mismo había preparado, la regresó al plato y le sonrió a quien fuese que le estuviese hablando. Se preguntó vagamente si todas aquellas chicas estaban al tanto de la cosa de él desnudándose para Jane. Supuso que no, era lo más lógico, puesto que ninguna sabía sobre “esclavo por un día”. ¿Cuál sería la reacción de aquellas chicas si se enteraban? Seguramente saltarían a las razones morbosas. Nada más había que mirar a Tini y el nivel de su descaro, y se suponía que ella era la más inocente. ¿O no? Robin estaba confundido respecto a eso.

—Él no es mi novio —aclaró Jane.

Robin le frunció el ceño.

—¡Ah! Ya veo, son novios secretos ¿es por Tini? —susurró la pregunta.

Robin alzó la cabeza ¿Qué tenía que ver Tini en su imaginaria relación con Jane?

—Eres más salida que una gaveta y más metida que un balcón, ¿por qué no te ocupas de tus asuntos? —dijo una irritada Jane.

Robin se cubrió la cara con las manos, la chica la miró con gesto apenado. —Eh, Jane, como digas, no me meteré en tus asuntos; pero creo que la cosa del balcón y las gavetas va al revés.

Robin soltó una carcajada por el simple hecho de que alguien más hubiese puntualizado las fallas de Jane. A esta, sin embargo, no le pareció tan gracioso. Dejó las gradas con la escusa de ir por Tini, Robin lo autorizó, contando con que no la vería de nuevo hasta la próxima clase. Y así fue, cuando se reunió con ella, esta lucía exuberante de energía. Al igual que Tini. Robin fantaseó con la idea de que se estuvieron besando en el baño durante los últimos minutos del receso. Una bonita imagen. Pero no fue lo que ocurrió.

—Me han dicho que tienes un bonito culito ¿me dejas verlo a mí también? —le susurró Tini al oído a mitad de la exposición de un alumno. Robin sonrió, porque en el fondo adoraba que finalmente alguien lo encontrara atractivo.

Al final de la exposición, se volvió y le dijo: —Te han mal informado.

—Ah, eso me temía —respondió Tini—, mis pajaritos no son de fiar ¿Cómo es el tuyo?

Él soltó una carcajada involuntaria. —No voy a contestar a eso —dijo. Y ambas, Jane y Tini, rieron a todo pulmón. Era muy bonito ver a los mejores amigos riendo de las bromas que cada uno hacía, se sentía, de alguna manera, como si fuesen la misma persona.

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Robin no fue a su casa por la noche, era extraño ¿estaba molesto porque ella no quiso quedarse sobre el barranco o porqué le había contado a Tini lo de su fiesta quita piyamas? ¡Qué frustrante era Robin! ¿Por qué no podía ser como un chico normal, común y silvestre? ¿Por qué tenía que gastar sus mañanas cocinándole ensaladas? El miércoles él no le pidió caminar a la escuela, ella supuso que ya no estaba molesto porque de hecho le abrió la puerta y la miró sonriendo con sus ojos estrechos detrás de sus gafas. Lindo. No. No era lindo.

Durante el almuerzo sucedió esta cosa con Rodrigo riendo fuerte de alguna estupidez que martita le había dicho. Así que Jane se apretujó contra Robin y tomó unas rebanadas de pan extras que su ensalada no tenía. Él la miró, y suspiró. Deseaba acercarse y besar su frente, pero lo juzgó impertinente. Se acomodó sus gafas y continuó con su comida, negando con la cabeza en señal de desaprobación, no estando seguro de para quien iba el gesto.

Unos minutos después, todo sucedió muy de prisa. Tini venía caminando hacia las gradas, Rodrigo pasaba frente a Jane, y esta vio su oportunidad. Robin recordó como el día anterior había pensado que ellas parecían la misma persona, porque la sincronización que tuvieron al realizar su irreflexiva hazaña lo dejó boquiabierto.

—Rodrigo, cariño; tiempo sin saber de ti —dijo Jane.

Él se volvió y puso una mal disimulada sonrisa falsa en su rostro. —Sí, desde que dejaste de suplicarme que volviéramos —dijo.

—¡Qué tiempos aquellos! —comentó Jane, como si hablara de algo emocionante que le había pasado durante sus años en la primaria—, pero cuéntame, como ha estado tu vida últimamente.

—Bueno, desde que te pedí que te alejaras de mí ayer por la tarde, todo como que mejoró un poco más —comentó despectivamente, tratando duro para herirla—. Las luces son más brillantes y eso.

Robin no estaba enterado de aquella relación. Fue una sorpresa descubrirse más intrigado por como Jane había logrado ocultársela que por que esta hubiese tenido una. Robin no sabía si aplaudir la forma en la que el chico estaba haciéndola a un lado o como ella estaba ignorando este hecho. ¿Qué iba a hacerle? Como él lo veía, no había forma de que Jane sacara adelante el ridículo por el que Rodrigo la estaba haciendo pasar. Y entonces lo descubrió. —Me alegra tanto oírlo —dijo Jane mientras Tini hacía una sillita detrás de Rodrigo. Jane lo empujó sin mucha fuerza, pero él perdió el equilibrio; se tropezó con el cuerpo acurrucado de Tini y se fue de espaldas, cayendo al suelo dos asientos de grada por abajo. Fue estruendoso el sonido de su cabeza golpeando contra el piso. Durante un segundo entero, la grada contuvo el aliento. Luego todos corrieron a asistir al caído.

Robin tiró de Jane para que esta no huyera y todo se complicara, pero esta se zafó de él y corrió lejos de la cancha. Él la siguió a través del colegio, hasta el porche tipo pasillo ubicado al frente del mismo; tiraba de su cabello, caminando de ida y vuelta a lo largo del lugar y susurrando un mantra que Robin no podía escuchar. Él fue cauteloso mientras se acercaba a ella.

—Si me voy dirán que soy una prófuga, una cobarde —decía ella—. No sé porque lo hice ¿por qué no lo evitaste Robin? Siempre sabes lo que voy a hacer antes de que lo haga. ¿Por qué no fuiste útil esta vez? Dios santo va a darme un ataque ¿Qué crees que pase si él muere?

Robin no quiso pensar en lo que le pasaría si Rodrigo moría. En su lugar, la sostuvo y besó su frente. Jane no estaba llorando, ella nunca lloraba, pero debía darle algo de crédito, esta vez sí que estaba teniendo un ataque. Y no era para menos. Jane comenzó a temblar en sus manos. ¿Cuánto tiempo tardarían en buscar responsables y dar con ellos?

—No van a dejarme volver a la escuela, van a expulsarme del sistema educativo y nunca me graduaré; siempre seré así de burra.

—Claro que no, para eso me tienes a mí.

—¿Qué dices? Si tú eres la razón de que yo esté como estoy.

—Eso es verdad, lo siento.

—Te perdono.

Aún seguían abrazados. Si aquello fuese un libro, pensó él, esa sería la parte donde oirían las sirenas de las ambulancias y a las personas estallando el caos a su alrededor, pero ellos no lo notarían.

—Lerman —comenzó él—, probablemente este sea el más inoportuno de todos los momentos inoportunos, pero esta mañana me levanté con algo que debía decirte y creo que debo soltarlo ahora antes de que todo se vuelva un cogeculo.

Él tragó, ella se tensó. Él iba a declarársele. Finalmente. La apartó de su abrazo para mirarla a los ojos mientras decía las palabras que habían estado por tanto tiempo acosando su cabeza.

—Janee, tal vez no lo hayas notado, pero yo… —era demasiado difícil ponerlo en palabras.

—¿Qué no lo he notado? —Jane soltó una carcajada, no era maliciosa, pero era una carcajada—. Robin, abre los ojos, incluso nuestro maestro siente lastima por ti; y apuesto a que algún enano coreano de pene minúsculo a quien han puesto en la friendzone se siente mejor al escuchar tu historia en grupos de facebook.

Robin la miró sin dar crédito a lo que acababa de oír. Más que estar herido por ser rechazado tan amargamente, se sentía decepcionado porque Jane se mostrara peor de lo que él creía que podía ser. Había sido como un balde de agua fría directo a su pecho, lo bueno de esa clase de baño, era que te despejaba la mente.

—¿De qué estás hablando, Jane? —dijo Robin con gesto inocente, disfrutando de la metamorfosis que sufrió la cara de la chica.

—¿Qu-qué querías decirme tú entonces? —recompuso ella.

—Que es mi turno de verte desnuda.

De alguna manera, el tono y la expresión con que aquellas palabras fueron dichas, hicieron que Jane perdiera interés. Ella, que había querido antes el descaro de Robin, ahora se sentía decepcionada de tenerlo. Esta vez fue Tini quien interrumpió su concurso de miradas. Uniéndose a ellos con una cara de desconsuelo.

—No puedo creer que vaya a ser expulsada por lastimar a Rodrigo y ni siquiera le haya pateado en los huevos —dijo ella.

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Jane fue expulsada por el resto de la semana, y el lunes debía asistir a una reunión de grupo. El cual estaba conformado por los tres estudiantes en cuestión y sus respectivos padres. Estaría castigada después de que cumpliera el castigo pendiente. Pero debía estar contenta, pues al menos no estaba yendo a la cárcel. Resultó que el fuerte sonido no había provenido de la cabeza de Rodrigo chocando contra el suelo sino de su bolso con chapas metálicas. Un alivio. Robin había insistido en quedarse un rato con ella aquel día, pero Jane lo había despachado. Apenas podía verlo después de la estupidez que había cometido, no sabía de dónde había sacado la idea de que Robin se le declararía allí, en medio del caos que había. Ella claramente pudo escuchar a personas gritando y diciendo que ella lo había empujado, y entonces Robin había comenzado a hablar.

Después de cenar, Jane subió a su habitación y apagó la luz, se escurrió hasta su ventana y se fijó en Robin tumbado sobre su cama; su luz también estaba apagada, pero él dormía con la ridícula lámpara nocturna que permitía ver sus facciones. Él alzó la cabeza y miró a su ventana, ajustó sus gafas con una mano y volvió a mirar al techo. Era entretenido solo verlo, pero no era lo que tenía planeado para aquella noche.

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Un avión de papel entró volando por su ventana, supo de inmediato quien lo enviaba. Se levantó de su cama para tomarlo, fue una corazonada lo que lo impulsó a abrirlo. Había una nota escrita a mano que decía: ¿Qué es lo que mi amo quiere?

La luz del cuarto de Jane se encendió, ella bailaba junto a la pared, estaba de espaldas a la ventana. Robin abrió la boca estupefacto cuando descubrió que era todo lo que Jane tenía puesto. Lo que no era nada más que un camisón blanco y transparentado. Ella movió sus caderas tomando sus nalgas y apretándolas para él, luego dibujó círculos hacia arriba, llevándose el dobladillo del camisón consigo, y dejando expuesta cada vez más cantidad de piel. Jane lanzó la cabeza hacia atrás y su hermoso cabello rubio rojizo cayó en cascada hasta la curvatura de su espalda. Lentamente se sacó el camisón por la cabeza. Robin tragó. Era la cosa más hermosa que había visto, la manera en que sus curvas se pronunciaban en sus caderas y se achicaban en su cintura. Él hubiese dado lo que fuera por poder tocarla en aquel momento, justo como ella estaba manoseándose su culito. Entonces Jane se volvió y lo encontró espiándola. Robin no se había movido ni un solo milímetro, tenía su mano en la misma posición en la que estaba cuando Jane encendió la luz, la nota enviada aún estaba entre sus manos. Se preguntó si debería estar avergonzado por haber estado espiándola. Se hubiese deshecho en un millón de disculpas pero ella habló primero.

—Ve a dormir, Robin —dijo. Y antes de marcharse le dio una clara imagen del contorno de sus senos y, bueno, el no pudo evitar mirar a su entrepierna.

—Como si pudiera dormir después de eso.

Robin descubrió la masturbación a muy temprana edad, mientras se duchaba. Solía practicarla muy a menudo entonces, era algo completamente nuevo e increíble. Esa cosa de allá abajo, solo eso, podía hacer algo impresionante con su cuerpo. Con los años dejó de hacerlo cada vez que se encontraba aburrido, y en su lugar lo guardó para momentos de especial tensión. Lo que era patético, pero también todo lo que tenía. Claro que, todas esas veces que se había masturbado —y fueron muchas—, tenían algo en común: nunca pensaba en nadie cuyo rostro conociera. No artistas, no amigas cachondas, no Jane. O al menos no hasta aquel día.

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El jueves Robin cocinó para ella, y para el resto de los Lerman, pero especialmente para ella. No hizo el pescado que se le había antojado el lunes, sino el pollo frito que a ella le encantaba. —¿Estamos recompensándola por su brillante comportamiento? —inquirió el padre de Jane.

—No, claro que no, solo creí que sería bueno una dosis de fritura después de tanta ensalada —mintió Robin, tomando un largo tenedor de dos puntas y alzándolo en el aire para mayor dramatismo—, bien dicen que nada en exceso es bueno.

—Robin, cierra la boca, eres demasiado obvio para ocultar nada —dijo John.

—Oh, ¡mira tú!, el pequeñín comienza a hablar como yo —dijo Robin con una fingida mirada ensoñadora.

—Es eso o lo lacreao que está el habla de Jane —se encogió de hombros.

—¿Por qué no pueden buscar algo más para chismosear entre ustedes? Todo tiene que ser Jane esto, Jane aquello; me están hartando ¿y qué hace él aquí de nuevo? —esa fue la entrada de Jane al comedor. Robin se sentía un poco preocupado por tener que verla a los ojos, y era que le había hecho el amor en sueños tantas veces la noche anterior, que estaba seguro que ella se daría cuenta.

—Si nos sigues dando temas de conversación, entonces hemos de gastarlos en pláticas —dijo su padre.

Jane miró de él a Robin. —¿Ves lo que hiciste? Contaminaste a todos con tus aburridas palabras.

El muchacho le sonrió. —Ellos no piensan que sean aburridas ¿verdad equipo? —dijo en un tono que era un primo cercano del vitoreo.

—Nop —dijo John, mientras su padre negaba con la cabeza y su madre no despegaba la mirada de una revista de costura.

—Mamá, ¡apóyame! —se quejó Jane—. ¿Qué estás leyendo? Ah, no, me niego rotundamente —Jane tomó la revista de las manos de su madre y la lanzó a la otra habitación—. No serás una madre de catalogo, y yo no vestiré suéteres feos para hacerte sentir mejor; porque… no estamos en el siglo veinte.

—Pensaba hacerlos para John —se quejó su madre.

—¿Cuál es tu empeño en odiar las costumbres? —dijo Robin—, algunas de ellas son saludables.

—Calla y cocina.

—De hecho estaba pensando en recibir un poco de ayuda ¿vienes, cariño? —Robin la miró significativamente, haciéndole saber que aquello era una petición del amo. Jane suspiró y se levantó, para sorpresa de toda su familia.

—¿Qué quieres, cabrón?

Robin frunció el ceño, la verdad solo quería verla en privado. El contraste que hacía entre los muebles blancos de su cocina, era asombroso. En una situación normal, él le reprocharía la situación del día anterior con su declaración. Pero ella era Jane, demasiado hermosa como para pensar que sería fácil tenerla. La dejó nadar en frustración un poco más, era divertido cuando estallaba.

—¿Puedes decirme que quieres de una jodida vez?

—Pásame ese embase.

—¿De verdad me trajiste aquí para ayudarte a cocinar? —preguntó Jane con cautela, a Robin le hacía falta imaginación y un toque de malicia.

—¡Hermana! Adivina —pidió John, entrando a la carrera—, vamos a ir a las maquinitas después de cenar, y ¡adivina qué! —Exclamó demasiado alegre para que Jane perdiera su cautela—, ¡tú no vienes porque estás castigada!

¿Ven? Un maldito engendro.

Después de comer, Jane se sentó en el sillón del salón de juegos para ver una película. A pesar de que el muchacho no estaba invitado, la acompañó unos minutos después, sentándose en el otro extremo del sillón. Solo por obstinarlo, Jane dejó la película del concierto de Hannah Montana que HBO transmitía, ¿o era Miley Stewart? Jane siempre se equivocaba. Robin se sentó en silencio, viendo bailar a la raquítica niña de peluca. Luego ella salió y entraron unos hermanos. —Robin —lo llamó Jane. Este dejó caer su cabeza sobre el respaldo y la miró desde sus anteojos.

—¿Si? —dijo él, esperando que ella no hubiese notado cuando su cuerpo se acercó más al centro del sillón.

—Eres un asqueroso amo.

—¿De verdad lo crees? Porque yo juraría que el titulo te lo has llevado tú.

—No, en serio, tu apestas en este juego, siempre lo hiciste, y es porque eres particularmente blandengue.

Él sonrió —¿Acabas de usar la palabra “particularmente”?

—Sí, ¿y eso qué?

—Nada, solo que… —el apretó los labios, pensando en si debía señalar que parecía una palabra que él diría, decidió que no; conociéndola, probablemente terminaría estallando una pelea—. No importa. ¿Quieres algo de comer, palomitas o galletas? Tenemos Marilú.

—Una de chocolate.

Robin se levantó a la cocina y fue por ellas. El paquete estaba en lo más alto del estante; apurado por volver al sillón, descartó la idea de ir por una silla, y se limitó a tirar del empaque de las galletas. Una gran cantidad de víveres se le vinieron encima, las latas de atún dolieron especialmente, pero lo peor fue el azúcar que se esparció sobre él y sobre el suelo. Miró en dirección a la sala de juego, Jane estaba allí de pie con la cabeza ladeada. Robin le sonrió. —Yo no voy a limpiarlo —declaró ella. Como si él esperara que lo hiciera. Fue por una pala y un cepillo y comenzó con la azúcar, luego recogió las latas de atún y se quitó la camisa para sacudirla sobre el fregadero—. Y aquí estamos otra vez con el estríper —murmuró Jane.

—Algún problema.

—Sí, estás en mi casa.

Robin le frunció el ceño. —El amo quiere que te calles.

—El amo puede darle un beso negro a la portera gorda de la escuela

Robin hizo una mueca, ella sonrió. —Creo que eso sería una semana más para ti.

Ella suspiró. —Me estoy hartando de esto, Robin —dijo en tono de berrinche—, ¿podemos suspender el juego, o cancelarlo? Preferiría lo segundo, de hecho.

—No, no podemos —dijo él rotundamente—; o terminas con tu condena o haces algo para voltear el juego. Fuiste tú quien puso las reglas ¿recuerdas?

—Sí, pero solo quería joderle la paciencia al mini tú.

—Felicidades, lo conseguiste, ahora es mi turno.

—¡Pero tú ni siquiera usas bien tu poder! Darme ensaladas y hacerme caminar es algo más de un entrenador físico que de un amo; me estoy aburriendo. Necesito saber que podemos terminar el juego y que tú no irás con chismes a mis padres.

—Janee —dijo un pensativo Robin—, ¿Qué es lo que quieres exactamente que ordene el amo?

—Nada, no importa —ella pensó por un momento, necesitaba encontrar una forma de salir de aquello—. ¿Y qué si repetimos la cita de la que huí? ¿Voltearía eso el juego?

Robin le dedicó un gesto pensativo. Vale, tener una cita abría sido estupendo ayer por la mañana o antes que eso, pero después de que Jane declarara saber sobre sus sentimientos de la forma en la que lo hizo; bueno, como que no le apetecía ponérselo fácil, al fin de cuentas ella era su esclava. —No —dijo finalmente—, pero seguro que si tú me invitas a una me lo pensaría.

—¡Arg! —se quejó Jane—; ¡Solo quieres torturarme, no es justo! Y ¿A dónde se supone que te lleve?

—No lo sé, no hagas nada si no quieres, como que he empezado a divertirme.

Robin salió de la cocina, aún sin usar su camisa y fue a sentarse en el sillón, lo primero que hizo fue cambiar el canal. Encontró en Warner una repetición de Friends, lo dejó y se guardó el control en el bolsillo trasero de su pantalón. Jane vino a sentarse junto a él, haciendo una mueca al ver lo que veían ahora.

—Quita eso, sabes que odio leer —dijo ella.

Él solo la ignoró.

—¡Dame el control ahora mismo!

Pero él no respondió.

—Lo haré, ¿vale? Tendrás tu cita.

—¿Y solo por no ver Friends? —bufó—. ¿Tienes idea de lo que te pierdes, cariño?

—Cierra la boca.

Él lo hizo. También cambió el canal a una repetición de American’s next top model. Eso animó a Jane, lo que era ridículo porque ese programa también tenía subtítulos. Ella volvió a hablar durante los comerciales.

—Robin —dijo—, solo por curiosidad ¿has salido con alguien más?

Él pensó en Rodrigo y en que Jane había estado saliendo con él. Pero también pensó en cómo había terminado para este cuando no hizo lo que ella quería. —No —dijo.

—¿Te has enrollado con alguien?

—No con tantas chicas como se pensaría.

—Ja —dijo Jane, mordió su labio aún cuando Robin no estaba viéndola a ella sino a un infomercial de mangueras—. ¿Te has enrollado con alguien en un sillón? —él se ajustó los anteojos y negó lentamente con la cabeza—. ¿Quieres enrollarte con alguien en un sillón?

—¿Tú quieres enrollarte con alguien en un sillón?

Jane no respondió, sino que, para sorpresa de Robin, se arrastró a su regazo y tomó su rostro. Él tuvo una mente confusa pensando que ella lo besaría, pero Jane solo lo miró sonriendo, su cabello luciendo más rojo contra la luz del televisor. —Te mostraré —declaró ella. Tomó las manos de Robin y las llevó a su cintura, él estiraba su cuello para obtener una mejor visión de lo que sucedía. Jane deslizó su nariz por el cuello del muchacho hasta su oreja, luego tomó su lóbulo entre sus labios y chupó suavemente. Él tragó de manera audible—. Toma mis caderas —ella pidió. Jane bajó una mano hasta el pecho desnudo de Robin, sintiendo como su corazón latía frenéticamente. Genial, lo tenía—. Empújame hacia ti —susurró en el oído del muchacho. Robin la tomó de la cintura y la estrechó en un abrazo—. Así no, torpe, así —como demostración, ella hundió su pelvis contra la de él. Robin soltó un sonido que hubiese pasado por gemido de no haber sido tan agudo, se aclaró la garganta. Jane se alzó un poco para mirarlo a los ojos y luego se inclinó para lamer su pecho—. Eres dulce —dijo—, empújame hacia ti —esta vez Robin fue capaz de hacer lo que se le pedía—. Empújame hacia ti —repitió y él lo hizo. Ahora el corazón de ella se unió a las palpitaciones de Robin. Abrió más sus piernas para lograr un mejor ángulo y pidió ser empujada de nuevo. Robin lo hizo mientras ella lo besaba en el cuello, el pecho, el mentón. Justo cuando pensó que él también podía comenzar a besarla, ella se apartó. —Ojala ganara Allison —comentó, volviendo a mirar el programa de modelos en la televisión.

Antes de los siguientes comerciales, los padres de Jane llegaron. Ni siquiera se molestó en usar su camisa de nuevo. Robin jamás había estado más frustrado. El hecho de que Jane sonriera con suficiencia empeoraba toda la situación. Tenía que dejarle claro un par de cosas, y debía hacerlo pronto.

La muchacha.

Los días de escuela sin Jane eran agobiantes, insoportables, insufribles. Cuando era niño, Robin solía poner su cabeza boca abajo por un largo tiempo, solo para provocarse un derrame nasal y que sus padres tuviesen que ir por él. Dejó de hacerlo una vez hubo crecido, más que nada porque ya la nariz no le sangraba; pero la sensación de soledad estaba allí en su estomago. Aprovechó el día y lo invisible que era entre la gente para averiguar lo que había sido de Rodrigo. Al parecer, se había dislocado el hombro, pero eso era todo. Supuso que Jane estaría contenta de saber que al menos no había salido ileso. La gente también hablaba de Tini cosas que a Robin no le gustaría tener que decirle a Jane; y por eso no le hablaría al respecto. Después de clases, Robin pasó por una cafetería donde se solicitaba ayudante de barra de medio tiempo; entendió porque el puesto aún estaba vacante cuando supo la mierda de salario que ofrecían, pero a él le venía bien porque… si iba a comenzar a salir con Jane necesitaría dinero para gastos.

Su cita, su gran primera cita sería aquella noche, Jane no le había dado muchos detalles. Lo único de lo que estaba seguro era que sería en la casa Lerman, y que sus padres llegarían a las ocho del cine con comida china que sería su cena. Por lo demás, fue una gran sorpresa encontrarse con lo que Jane le había preparado. Que, en general, se resumía en absolutamente nada. Ella llevaba una falda no demasiado corta, un sueter ajustado y sus pantuflas. De todos modos se veía linda, pero él esperaba algo más elaborado, supuso que Jane no era creativa, así que la perdonó.

—Vale, ven por aquí —decía mientras lo conducía hasta la sala de juegos—, te va a encantar nuestra “cita”.

A Robin le molestó el innecesario uso de comillas encerrando la palabra, pero lo dejó estar. Estaban en una cita, eso era lo que contaba, aún cuando verían televisión en el sillón como tantos otros días. Ella se sentó en el suelo frente a una pequeña mesa de café y lanzó todo el contenido de su bolso sobre esta.

—¿Qué es esto? —inquirió el muchacho.

—Creí que sería obvio para el señorito sabiondo —murmuró Jane—, es una cita de estudio, ven toma asiento, no seas tímido; te prometo no morder muy duro.

Robin hizo como se le pedía, cautelosamente, listo para reaccionar ante la trampa que seguramente habría detrás de todo aquello. —Vale, una cita de estudios, divertido, supongo.

—No seas bobo ¿nunca has tenido una? Son de hecho muy divertidas, uno dice que va a estudiar, pero en realidad es una escusa para ver al chico, sin el uniforme, pero en la cómoda zona de confort que producen los deberes —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Ya sabes, si se quedan sin temas, siempre pueden hablar sobre deberes hasta que surja uno nuevamente o alguno de los dos decida tumbar al otro para manosearlo, divertido ¿no crees?

Robin tomó un par de guías engrapadas y las inspeccionó, eran las mismas que él había recibido aquella misma tarde, alguien debió haber pasado a dejarle sus deberes a Jane. —Debo decir que estoy impresionado —admitió él—, ese fue un impresionante análisis sobre las citas de estudio.

Jane notó el tono en su voz y cruzó los brazos sobre su pecho con frustración. —Eres un malagradecido, la única razón por la que eligiera hacer una cita de estudio fue porque es una cosa que te gusta; supongo que eso es lo que gano por intentar ser amable con alguien.

—Lo siento, no quise ser grosero.

—Vale —le sonrió ella, rebuscando por su cuaderno entre la pila de deberes—, queda olvidado; ten, es la tarea de matemáticas de la semana que viene. Debe ser muy fácil para ti hacerla ahorita que ya hiciste la tuya.

Robin la miró. Y ahí estaba la trampa. —Jane, no voy a hacer más tu tarea; tú lo dijiste, estoy creando un monstruo de ti. Y eso por usar un eufemismo.

—Y ahí vas otra vez con tus insultos raros —ella se cruzó de brazos, exasperada.

—¿Sabes qué? —suspiró Robin, midiendo si era o no una buena idea lo que se le acababa de ocurrir—, dame ese cuaderno, haré esta tarea por ti, pero tú leerás un libro para mí —dijo él, tomando el cuaderno de las manos de la muchacha y poniendo una expresión determinada en su rostro.

—¿Todavía necesitas que te lean cuentos para ir a la cama? —dijo Jane, dibujando un puchero con su labio inferior.

—Desde ahora hasta que se cumpla tu condena, si, lo necesito.

—Sobre esa condena —Jane sonrió—, lo siento cariño, pero esta cita lo cubre.

Robin caviló por un momento. —Traerme a la sala donde nos sentamos todos los días, y ponerme a hacer tus deberes, no sé si sea cosa mía, pero eso no parece una cita ¿tú qué dices?

—Digo que te puedes ir a la mierda y que ya yo pagué lo que debía.

—Oh sí, con tu generosa compañía en un sábado por la noche; supongo que el que no tuvieses permiso para hacer nada más, no tiene nada que ver con que me hayas elegido a mí para tu hermosa velada.

—Eres una persona muy depresiva —comentó ella con fingido pesar, apretando el puente de su nariz entre su dedo índice y pulgar.

—Vas a leer el libro desde tu ventana para mí, punto; o no volveré a hacer ni uno solo de tus deberes —dijo Robin rotundamente—; después de ese leerás otro, y otro más seguido de ese, y así hasta que comiences a pensar por ti misma.

Jane lo fulminó con la mirada, aún cuando estaba allí, inclinado para hacer los deberes de ella, parecía haber ganado. Se sentía como si Robin hubiese ganado. Se sentó, refunfuñando cosas ininteligibles, más que nada porque no encontraba algo con lo que rebatirlo. Robin era irritante. Si se creía que aquella noche obtendría algo de ella, estaba equivocado. Jane sonrió, Robin no lo sabía, pero en parte había perdido.

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—¿Es en serio, Carlos? —dijo Robin, alzándole una ceja al padre de Jane—, ¿vas a premiarla por su comportamiento de los últimos días?

—¡Mira quién habla! —Murmuró Carlos, alejándose del jardín de los Lores—, tú empezaste con todo ese asunto del pollo frito.

—Sí, porque debe alimentarse, pero no tiene porque solearse en los días que, el colegio piensa, corresponden a su castigo —Robin comenzó a seguirlo, Carlos ya estaba en la entrada de su casa, abriendo la puerta rápidamente para escapar de la mirada reprochadora del joven.

—Solo dime si vienes o no —dijo, haciendo un mohín.

A través de la puerta abierta, Robin captó el brillo de un cabello que, con la luz de la mañana, brillaba en un suave dorado rojizo. —¿Hay algo que debería traer conmigo? —dijo, intentando mantener su compostura.

Carlos negó con la cabeza y él se marchó para buscar las cosas necesarias para sobrevivir un fin de semana en la playa. Los Lerman y los Lores se han criado juntos a lo largo de todas las generaciones. Todo comenzó en la costa, pero luego, el mayor de los hermano Lores se mudó a un pueblo cerca de la ciudad en el interior del país; y fue él quien le informó al menor de los hermanos Lerman que junto a su casa había una propiedad en venta. Y la tradición Lores-Lerman como vecinos, pudo continuar. Era allí donde se dirigían, a la casa de sus abuelos.

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Llegaron al medio día. Toda la familia corrió para saludarlos, Jane corrió para evitarlos, era estresante tener que oírlos regañarla por esto, felicitarla por aquello, las familias numerosas eran sencillamente tediosas, sobre todo cuando estabas en el foco por ser la cosa más bonita que los Lerman tenían. John había hecho las paces con sus primos, proclamándose como líder de cualquier juego al que jugaran. Y Robin solo los veía, severamente apenado por sus respectivos comportamientos. Por su parte, informó a Carlos que iría donde su abuela y allí estuvo toda la tarde, contándole de la ciudad y de su escuela, de los chicos nuevos y de los libros que le hacían leer en la escuela y otros tantos que él leía por placer; hablaron de recetas y de Jane: la tata preguntó si ya eran novios oficiales, pues, la última vez que hablaron de ella, Robin le había contado lo decidido que estaba por declarársele; él se ruborizó y cambió de tema. Pero antes le mencionó que estaban comenzando algo que tal vez tendría buenos resultados. Luego hablaron de primos y artritis.

Alrededor de las tres de la tarde, Robin se reunió de nuevo con los Lerman, para notificarles que su abuela le había ofrecido una habitación, y él debía aceptarla. Jane estaba sentada en el sofá de su enorme casa materna, con los pies sobre la mesa de café y tres niñas alrededor (tejiendo su cabello, poniendo música en su Ipod, haciéndole masajes a sus pies); ella miraba a la pared del frente con un gesto de furia contenida. Si no le quitaba a las niñas rápido de encima, una de ellas podría salir herida.

—¡AAAARG! —dijo Robin, abriendo mucho su boca y sus ojos, con las manos alzadas en una postura de zombi, pero moviendo sus dedos como si dicho zombi solo quisiera hacerles cosquillas—. ¡SOY UN MONSTRUOS, Y VOY A COMERMELAS!

Las niñas chillaron y corrieron en todas direcciones, eran adorables. Jane suspiró. —Gracias, juro por dios que estaba a dos segundos de patear a alguna de ellas si seguían toqueteándome —dijo.

Robin se quitó un sombrero imaginario en una reverencia improvisada y le sonrió. —Un placer, madam —dijo. Las niñas regresaron desde sus escondrijos y él imitó en silencio lo que antes las había hecho correr. Funcionó, así que ahora estaban relativamente solos. Al menos por un par de segundos—. Debo decirlo, estoy impresionado, y es que casi pasa un día completo desde que volteaste el juego y aún no te has aprovechado de la situación ¿Cómo debo interpretar eso? ¿A caso soy libre?

—Ahora que lo mencionas, aún no he bajado mi equipaje, y necesito que alguien cargue las cosas a la playa —dijo ella pensativa—, tienes diez minutos.

Robin suspiró. Eso le pasaba por querer ser irónico. Hizo como se le pedía y más, le llevó un delicioso coctel que su abuela le había enseñado a preparar. Jane lo miró y ni se inmutó. Robin había olvidado la presunción que desarrollaba cerca de la costa. Lo recordaba ahora, su familia de origen humilde la hacía sentir superior. Él se sentó en la arena de la playa, fuera de la sombrilla y definitivamente no en la silla reclinable que había llevado para ella.

—Eric está enorme ¿no? —dijo él para hacer conversación.

—Sí, demasiada comida chatarra —comentó ella con un suspiro.

—Y Susan está irreconocible, ya es toda una mujer —esta vez intentó inyectar un poco más de emoción, esperando llamar la atención de la muchacha.

—¿Quieres coger con ella? —preguntó una calmada Jane— ¿Te cansaste de mendigarle a las de tu edad y ahora te van las de trece?

—No es a lo que me refiero —dijo él haciendo un mohín.

—Es lo que estás diciendo.

En ese momento un jovencito alto y bronceado se acercó emocionado, aún tenía puesto el uniforme de McDonald’s. Robin lo recordaba bien, durante años, cada vez que había venido a la playa con los Lerman, tenía que soportar verlos a él y a Jane besarse a escondidas de sus familiares. El nombre del muchacho era Roni, y también era un Lerman, primo segundo de Jane.

—Ey tú, peshosha —dijo él, con una enorme sonrisa.

—Ey tú… —ella se quitó las gafas para ver mejor al recién llegado, lo estudió por un momento, fingiendo no recordarlo—…Roni —dijo finalmente.

—¿Por qué tan seca? ¿Te chupastes todo el limón del almuerzo? Mira que era solo para el pescado.

Robin cerró al escuchar la “s” mal ubicada, que era algo que Roni siempre hacía, pero que nadie parecía notar que estuviese mal. Otra cosa que tuvo que soportar durante años.

—No es asunto tuyo, pero ahora estoy ocupada, gracias —dijo Jane cortante.

Robin, dejó de fijarse en el chico y se concentró en Jane, en la escena. Ella solía ser tan efusiva al momento de esconderse para besuquearse con Roni, solía gustarle tanto hacer aquello. A Robin le parecía extraño el giro de los acontecimientos, pero supuso que así era Jane. Un día te amaba y al siguiente te estaba esclavizando, eso era TAN de ella.

—Ya veo, Finalmente el firi-firi logró convencertes, —Vale, eso era el colmo ¿convensertes? ¿En serio? Robin estaba más indignado por la descomposición del idioma que por cualquier mala alusión que pudiera haberse hecho de él—. ¿Le dijistes que sí? No te tenía por alguien conformista.

—Ya sabes, Roni —dijo Jane con cansancio—, el mundo gira, los árboles crecen, las abejas necesitan polen y todas esas cosas naturales —Robin miró a Jane mientras interpretaba sus palabras ¿Estaba diciendo que ellos eran algo natural?—, al igual que una persona se aburre de otra persona. —No, no estaba diciendo eso.

—Lo entiendo —la tranquilizó él—, no estaba esperando algo de esto. —Él era lo suficientemente estúpido y machista como para intentar fingir indiferencia. Robin lo vio bufar e inflar su pecho como una paloma.

—No sabía que estabas enamorado de ella, Roni. —Robin estaba orgulloso de su hallazgo; parecía como si él fuese el único enterado, así que lo dijo en voz alta solo para hacerlo quedar en ridículo.

—¿Enamorado? —se mofó Jane—. Yo diría obsesionado, cruzando la línea del acoso; lleva un año llenando el buzón de mi email con mensajes de desesperación —explicó Jane—. ¡Te amo!, ¡Vuelve conmigo! Sencillamente ridículo.

—No seas exagerada, no ha sido un año, y no te llenaba el buzón, solo enviaba un mensaje ocasional —él hablaba con una extraña expresión de incomodidad en su rostro, parecía estar sufriendo una intoxicación.

—Llenarlo, mensaje ocasional, es la misma cosa —afirmó Jane—; no los leía y como no lo hacía, llenaban mi buzón, lo que quiere decir que ¡llenabas mi maldito buzón!

—Jane, creo que fue suficiente —Robin ahora se arrepentía de su participación en aquella humillación, no estaba bien romper el corazón de alguien de esa manera, mucho menos cuando él chico solo había correspondido a los sentimientos que pensó que ella tenía hacia él. Era cruel. Jane era cruel. Robin se preguntó vagamente lo que pasaría cuando él estuviese en el lugar de Roni.

—Cállate, esclavo —lo retó ella.

—Sí, cállate esclavo —él le siguió la corriente, deseoso de que la fuente del odio de Jane cambiara de dirección, era triste ver su desesperación—, esto simplemente quiere decir que Jane bajó sus estándares, no te creas la gran cosota así que tal, sigues siendo el mismo friki de anteojos.

—Roni, actualízate —dijo Jane, volviendo a ponerse los anteojos—, los friki son la onda.

Él rió. La pena que Robin sentía por el muchacho iba en aumento a medida que Jane le atacaba, Roni parecía estar buscando cualquier cosa para decir, aún cuando su cabeza estaba vacía de palabras. —Este chico ni a eso llega —corrigió para poder burlarse de Robin sin tener que estar en desacuerdo con Jane—. Es, como tu dijistes, un pedazo de materia inútil; no vas a durar mucho con él, nos vemos en las vacaciones navideña, así podremos deshacernos juntos de tu frustración.

—No tienes idea de lo que estás diciendo. —Ella lo miró con esa expresión en sus ojos, esa que decía que haría explotar la ébola en un jardín de niños solo para satisfacer su naturaleza maliciosa e implacable; no era culpa del muchacho, Robin si quiera pensaba que Jane sintiera todo lo que decía—. Tú, maldito pueblerino, no podrías compararte si quiera con Robin; deja de molestarme e insinuar que tú y yo cogimos o vamos a coger; acéptalo de una buena vez, creciste y ya no me interesas, eres como esas estrellas infantiles que engordan o se vuelven drogadictos al crecer: no vales un céntimo. Como sigas con tus malditos juegos y tu… acoso de mierda, me veré en la necesidad de cortar tus pelotas y deshacer al mundo de tu descendencia, ahora piérdete y déjame en paz.

Entonces, recogiendo a migajas la poca dignidad que le quedaba, Roni se dio la vuelta y caminó en dirección a la casa Lerman.

—Adoras amenazar con cortar partes nobles, ¿cierto? —dijo Robin, intentando deshacerse de la terrible sensación de que un día sería puesto a un lado de aquella misma manera.

Pero Jane solo le sonrió, derritiéndose sobre la silla reclinables.

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Porque Robin era el invitado de los Lerman, la cena grupal se realizó en la casa materna de dicha familia. Robin adoraba esa clase de comidas. Las numerosas. Donde los platos volaban de un lugar a otro, la comida se acababa rápidamente, y las risas se disparaban por cualquier comentario. En su casa, eran solo él y su padre, pues su madre no cenaba con ellos y su hermano mayor había dejado la casa hacía año y medio. Razón por la que hacía todo con los Lerman: lo hacía sentir normal y… amado. Estaba sentado junto a Jane en la mesa, Roni no hacía otra cosa que mirarlos desde su lugar a cinco puestos de distancia.

—Jane, ¿puedes pasarme la lechuga, cariño? —dijo la abuela de la muchacha. Pero esta no podía oír más que la música proveniente de su Ipod. Su abuela lo repitió, apenado, Robin se la alcanzó. Luego, dos tíos comenzaron a besarse en un rincón y la abuela los censuró. —¿Tienen que hacer eso en la mesa?

—Maita —dijo Carlos—, son otros tiempos, si ellos quieren quererse ¿por qué deberían detenerse por nosotros? Dales un respiro.

—Oye, Jane, tu madre dijo que fuiste la reina de carnaval en tu escuela —dijo otra tía, ignorando la anterior escena—, seguro las otras chicas se quedaron frustradas por tus victorias invictas.

—De hecho, Janee no quiso participar el pasado año escolar, dijo que no representaba ningún reto —dijo Robin en su lugar. Mientras Jane tarareaba una canción, asintiendo con su cabeza.

—¿Ya estás respondiendo en lugar de ella? —comentó la abuela de Jane.

—Ellos están haciendo más que eso —dijo Roni.

—Modera tus comentarios, jovencito, cualquiera podría pensar lo peor —lo reprendió la madre del muchacho.

—No sería pensar, sería saber, mamá —afirmó Roni—. ¿Verdad Jane, verdad que tú me dijistes que tú y Robin estaban pasando a lo peor.

—Roni, deja de decir estupideces —dijo Robin.

—Oh, por dios, Jane, ¿Cómo tienes el descaro de aceptarlo tan así, abiertamente? —era la abuela de la muchacha quien hablaba. Esta miraba a Jane boquiabierta, quien estaba asintiendo al ritmo de la música que solo ella escuchaba, pero su abuela no sabía este dato. Mierda.

—Son otros tiempos, maita —dijo el abuelo de Jane, citando a Carlos.

Robin se ajustó los anteojos y se atrevió a lanzar una mirada en dirección a Carlos, quien lucía una pequeña sonrisa conspiradora en su rostro. Era Robin, así que, en lo que a él respectaba, su hija no podía haber elegido mejor. Amelia, por otra parte, no estaba muy contenta de enterarse de que su hija era sexualmente activa; mucho menos de que toda su chismosa familia se hubiese enterado.

Limpiando la mesa, el Ipod se había quedado sin batería, así que, Jane lo apagó mientras recogía los platos que sus primas menores lavarían. Robin la abordó por detrás y ella se sacudió.

—Las cenas familiares son las peores —comentó Jane en voz baja—, todo el mundo quiere saber chismes nuevos de mí, es frustrante.

—No te imaginas del qué se han enterado durante esta cena —dijo Robin, tomando los platos de las manos de Jane y provocando que esta lo siguiera a la cocina. Las hermosas niñas, todas en vestidos de flores, los esperaban con sus manos juntas y entrelazadas, y sus pies en tercera posición. A continuación, ejecutaron un sencillo y breve baile, coordinadas al ritmo de las olas del mar. Robin aplaudió efusivamente cuando hubo terminado todo, ellas corrieron a abrazarlo.

Una de las niñas preguntó: —¿Te gustó, tía Jane?

Jane la miró sonriendo, le había encantado, pero también había tenido un montón de errores. —Pueden mejorar —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Verdad que vas a enseñarnos como mejorarlo? —preguntó una de ellas.

Robin miró a Jane, suplicándole con la mirada. —Yo lavaré los platos por ellas, vamos, tus primas necesitan tu aprobación. —Así que Jane accedió a enseñarles mientras Robin lavaba los platos. En algunas ocasiones el muchacho robaba miradas a la sala de estar, donde había sido improvisado un estudio de baile. Y vaya que era una hermosa vista. Entonces Jane se aburrió de bailar con sus primas y regresó con Robin. Sonriendo risueña, lo abrazó y golpeó en el vientre—. ¿Qué diablos? —se quejó el muchacho.

—Por no aclarar el asunto de la mesa cuando tuviste oportunidad —dijo Jane, pero no estaba molesta.

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Más tarde, aquella misma noche, hubo un bingo bailable en la playa, frente a la casa materna de los Lores. Ambas familias asistieron al evento. Jane usó un short que dejaba parte de su trasero al descubierto y un suéter con los rugrats estampados al frente. Robin usó una bermuda y una chemise sencilla. Ellos obviaron la parte del bingo, y bailaron durante toda la noche, incluso esos éxitos sesentosos cuyo uso regular correspondía a correr a los invitados de una fiesta. Carlos les veía sin reparar demasiado en ello, al mismo tiempo, su mujer lo censuraba con la mirada.

—No puedo creerlo —decía Amelia—, tú realmente has vendido a nuestra hija.

—Yo no… —iba a defenderse Carlos, pero solo se encogió de hombros.

—Ve ahora mismo y diles que se separen un rato, que la gente comenzará a hablar.

—¿Qué gente, mujer? Todo mundo aquí tiene sus ojos puestos en sus cartones, y con lo rápido que canta el bingo la abuela, no los sacaran de allí hasta el final de la ronda.

—¡Ve! —le ordenó su mujer.

De mala gana, Carlos puso a un lado la cerveza que bebía, para caminar hasta donde su hija estaba siendo abrazada amorosamente por Robin. —Oigan, chicos, ¿Podrían aminorar la marcha de esto?

—¿Por qué? —Dijo una curiosa Jane.

—Bueno, es que están dando un espectáculo.

—Creí que estabas a favor de las muestras públicas de afecto, Carlos —dijo Robin inocentemente.

—Lo estoy, lo estoy, no es eso, solo que…

—¿Dos adolescentes no pueden abrazarse frente a una playa? —dijo ella con un gesto de disgusto—. Ilústrame, ¿Qué hay de malo en eso? En esto —ella se apuntó a sí misma y a Robin.

—Nada, no es que no esté bien, en serio, yo los apoyo, chicos es solo que…

—¿Qué?

—¿Solo es en lo teórico? —lo retó Robin con un poco más de valor—, ¿cuando vienes a la práctica te acobardas?

Carlos regresó con su esposa, tomó su cerveza (dos grados por arriba de cómo la dejó), y se sentó en la arena. —¿Y bien? ¿Por qué aún siguen bailando? —preguntó Amelia, luciendo apremiante.

—Mujer, el amor es amor —dijo él con sencillez

—Te enviaron a mamarte la avenida Bolívar —adivinó Amelia.

—Es un buen resumen —reconoció él dándole un trago a la botella y haciendo una mueca cuando la encontró con sabor a orina.

—¿Ahora a donde fueron? —preguntó ella.

Carlos se volvió para ver que los chicos no estaban donde los había dejado. —Eso es lo que pasa con los adolescentes cuando les recriminas algo —dijo—, van a hacerlo a otro lugar donde nadie los vea.

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Jane arrastró a Robin hasta su habitación en casa de los Lores, él sabía lo que pasaría una vez que estuvieran dentro de esta, razón por la que sus manos sudaban mientras ella las tomaba para guiarlo. Una vez estuvieron dentro del cuarto de Robin, ella se volvió para estudiarlo. El chico lucía nervioso por alguna razón que ella no comprendía. ¿Es que acaso pensaba que tendrían sexo allí mismo? —Tu ama quiere —dijo ella lentamente, acercándose a él al ritmo de una bachata que se oía desde la playa.

—¿Qué es lo que mi ama quiere? —él tragó sonoramente.

Jane no respondió, se puso en pie frente a él y unió sus bocas. Lentamente, lo besó, tomando uno y luego otro de los labios del chico entre los suyos. Cuando las ansias de tocarla se volvieron incontrolables, Robin trató de tomar su rostro. Pero solo trató, porque un segundo después ella ya estaba del otro lado de la habitación, burlándose de la frustración del muchacho. Él se mordió el labio inferior y rió. En aquel momento, cualquiera podía jurarlo, él era feliz. Y lo fue aún más, cuando Jane se sentó en la cama que su abuela cuidadosamente había hecho para él, y palmeó un lugar a su lado. Robin lo tomó, mirándola profundamente a través de sus anteojos. Luego, ella lo besó, un beso lleno de lujuria y pasión, mientras subía a su regazo. Robin lentamente cayó sobre su espalda, con la muchacha a horcajadas sobre él. Enredó sus manos en el cabello de ella, pero esta negó con la cabeza, susurrando: —en mi culo. —Él hizo como se le pedía, y la empujó contra su pelvis como ella misma le había mostrado. Ambos gimieron al mismo tiempo. Como los lentes de Robin lastimaban sus mejillas, Jane se deshizo de ellos, dejándolos caer al suelo.

Eran el par favorito de Robin, un regalo de su padre que había costado una pequeña fortuna. Intentó levantarse para protestar. —No… —las palabras se le atragantaron cuando sintió la mano de Jane sobre esa zona hinchada de su pantalón. Sus ojos se abrieron como platos, no podía verla muy bien, pero apostaba a que ella sonreía. Jane movió su mano, acariciando la sensible zona del muchacho, y volvió a besarlo. Deshizo los tres únicos botones de la chemise, y lo apeó a que se la quitara. Como parte de su pelvis estaba ocupada con la mano de la muchacha, Robin liberó una mano de su trasero y la deslizó hasta las costillas de Jane, hundiéndola contra su espalda hasta llegar a su nuca. Quería besar su cuello, su pecho, quitarle la ropa y lamer su cuerpo y toda clase de pensamientos sucios que se le podían ocurrir a un hombre en aquella situación. Pero ella se apartó antes de que él pudiese hacer realidad cualquiera de sus fantasías. Desabotonó el pantalón de Robin y metió su mano dentro de su ropa interior, tomando su miembro entre sus manos, dijo:

—¿Por qué cada vez que estamos a punto de hacerlo soy yo quien está a cargo? —sonrió, explorando con su mano—, eso no habla muy bien de ti, Robin.

Entonces, para frustración del muchacho, liberó su pene y se puso en pie. Sin decir nada más salió de la habitación. Robin la miró sin poder creerse lo que acababa de suceder. La amaba, aquella noche estuvo seguro de que la amaba. Porque era hermosa, y porque lo frustraba, y porque tal vez había muchas Jane en el mundo, pero la de él era única porque él la había “domesticado”. Bueno, estaba trabajando en ello. Y aquellos eran los pensamientos que vagaban por su cabeza mientras se masturbaba, en lo que se estaba volviendo un experto últimamente.

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Robin había llevado un enorme ramo de flores que había comprado en la ciudad cercana al pueblo. Estaba un poco marchitado por el vaivén de la camioneta de los Lerman, pero aún lucía bonito. Era su manera de decir “te he extrañado”. Entró en la casa y lo dejó frente a su habitación, sonriendo, tocó la puerta. Su padre abrió. —Ahora no es un buen momento, cariño —dijo en voz baja, mirando hacia la mujer dormida en su cama.

—¿Ella está bien? —preguntó Robin, luciendo preocupación en su rostro.

—Sí, solo… está algo cansada.

Pero entonces la mujer se levantó y miró a Robin fijamente. Sus ojos se estrecharon y su mandíbula se apretó. —¿Qué hace él aquí? —gritó—, dijiste que no regresaría hasta mañana.

—Mañana es día de escuela, mamá —dijo Robin—; me perdería clases si…

—Solo, vete, Robin, pasa la noche con los Lerman, por favor; no tolero verte ahora mismo.

—Mamá, yo solo… acabo de llegar y pensé que podríamos cenar juntos como… una familia —Robin metió las manos en sus bolsillos para que dejaran de temblar, mordiendo su labio inferior hasta que probó la sangre—. Te traje flores… m-mamá… tengo una idea —anunció, de pronto animado—, cocinaré algo, lo que sea, tu solo tienes que pedirlo, ¿qué quieres?

—Robin, solo quiero que te vayas, ¡por favor! Acabo de tener un maravilloso fin de semana, no me estropees esto.

Robin la miró por un segundo, estaba acostumbrado a sus desaires, si, pero eso no quería decir que aquel fuese menos doloroso que los anteriores. —Lo que mi madre quiera —susurró, le sonrió y salió de la casa por la puerta trasera. Entonces lloró. Carlos estaba limpiando con la manguera los restos de comida y arena que quedaron en la cava, cuando lo escuchó. Robin lloraba en la entrada trasera de su casa. Carlos Lerman lo miró y le sonrió, el chico limpió sus lágrimas rápidamente; pero no antes de ser empapado con la manguera.

—¡Basta, basta! —se quejaba, tratando fuerte de no reir.

—¡Ríndete ante el amo del jardín y promete no entrar de nuevo en sus dominios!

—¡No estoy en tus… dominios! —el agua en su cara no le permitía hablar—. ¡Este es mi jardín!

—¡Jamás! —proclamó Carlos; ¿Cuánto tiempo hacía que no jugaban al amo del jardín? Tal vez una eternidad. Hacía también una eternidad que no encontraba a Robin llorando solo en las afueras de su casa—. ¡Solo puede haber un amo del jardín!

Robin lo miró empapado, Carlos ya no lo mojaba con la manguera. Ahora tenía edad suficiente para saber lo que este se proponía, pero no por eso iba a pasar del juego. —¡Ah sí! —Robin corrió por su propia manguera en el jardín—, pues no la tendrás fácil, ¡yo soy el único amo del jardín!

Cuando eran niños, Carlos siempre lo dejaba ganar, pero esta vez, después de empaparse uno al otro, lo tomó por el cuello y forcejearon hasta caer al piso y que Robin se rindiera. De este modo, sentado en la pansa del muchacho, Carlos se proclamo como el único amo del jardín.

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Aquella noche, Robin llamó a Jane por su ventana, cuando esta se asomó con su piyama de la princesa Jazmín, él lanzó un pequeño libro a su pecho, el cual se deslizó hasta el piso dentro de la habitación. Jane se inclinó a recogerlo y le dedicó una mirada extrañada el ejemplar entre sus manos. —El principito —leyó.

—Todo mundo debería empezar por ese libro —explicó él encogiéndose de hombros.

—¡Pero tú te crees que yo no leí el principito! ¿Por quién me tomas? —dijo ella. Robin casi creyó en la indignación de la muchacha.

—Bien, si lo has leído, entonces dime ¿Qué pasa en la historia?

Ella pensó por un momento. —Esto es ofensivo —concluyó.

—Solo resume la historia y cierra mi boca.

—¿No puedo cerrarla de otra manera? —dijo ella, alzando una ceja. De nuevo, Robin casi se lo creyó.

—Resume —ordenó él.

—Ya no eres mi amo.

—¡Lerman! —él la reprendió—, ¡resume el maldito libro!

Jane suspiró. —Bueno, no lo recuerdo tal cual, así que tal; no al pie de la letra, quiero decir. Sé que es una historia sobre un planeta pequeño donde vive un niño pequeño que quiere criar chivos… y… pasa algo con una flor, creo que se clava una espina o algo a…

—Lee —dijo Robin lentamente.

—¡Ya te dije que ya lo leí! —se quejó ella.

Robin entró un momento a su habitación y regresó con otro libro. Esta vez no lo lanzó, se lo mostró a la muchacha y ella leyó el nombre del grueso libro. —¿It, eso?

—Elige cual de los dos prefieres leer —dijo Robin con una sonrisa de triunfo.

Jane suspiró, abrió el libro en sus manos y comenzó a leer. —Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor…

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Era lunes por la tarde, el primer día de trabajo de Robin. No lo sabía aún, pero aquel era el día en que conocería al segundo amor de su vida. Estaba ocupado en la barra, estudiando los tipos de bebidas servidos en el local, las opciones de acompañantes, las variedades de ensaladas; cuando una chica se acercó. Robin no lo había notado, pero ella lo había estado observando durante la última media hora, fingiendo estar tomando una Coca-cola.

—Y… ¿A quién debo seducir para conseguir bebidas gratis? —dijo ella, pero él no estaba escuchando, estaba demasiado ensimismado.

Entonces él reparó en que había un cliente pidiendo servicio. —Perdón ¿Qué? —dijo.

Ella sonrió, lucía repentinamente tímida. —Nada, no importa, olvídalo, eso fue patético. —Sacudió la cabeza para deshacerse de la estupidez que recién había cometido—. Dame otra Coca-cola, por favor.

—Oh, tenemos otras alternativas más saludables, que podrías llevarte a un bajo costo —explicó en un ensayado tono de vendedor que ni él mismo se creía—. Lo sé, lo sé —le dijo al gesto de la muchacha—, aún trabajo en eso, no le comentes nada al dueño, ¿vale?

Ella se inclinó sobre la barra para lograr un ambiente más íntimo. —Tu secreto está a salvo conmigo —dijo.

Él sonrió y volvió al trabajo.

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Robin la miró bostezar. Ella era tan hermosa, aún cuando probablemente era la peor lectora del mundo, no solo porque se comía comas o su lengua se enredaba con palabras polisílabas; sino porque era incapaz de sentir lo que leía. No paraba de decir que ya estaba lo suficientemente grande para leer el principito. Robin le fruncía el ceño. —¿Quién es la adultera ahora? —decía él con una sonrisa.

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El martes, Jane ya estaba de vuelta al colegio. No había amos ni esclavos. Robin se sentía nervioso porque la muchacha lo dejara de lado. A modo de prevención, preparó pollo frito la noche anterior y lo calentó en la oficina de la recepción minutos antes del almuerzo. Estaba demasiado asustado porque Jane lo rechazara en medio de las gradas y lo hiciera comer solo, a dos asientos debajo de ella; sin saber que lo peor del día ocurriría después del almuerzo. Se acercó a las gradas tímidamente. Jane lo miraba mientras caminaba hacia ella, lucía patético. ¿Cuándo Robin comenzaría a usar los tan mencionados pantalones de hombre, de macho? —¿Va a venir con nosotras todos los días? —preguntó Tini al oído de Jane. Pero esta no pudo responder, porque el muchacho ya estaba allí.

—Ten —él le ofreció un contenedor repleto de pollo frito y puré de papas. A Jane se le hizo agua la boca, y se enfureció por eso.

Jane miró del plato que el muchacho dejaba en su regazo a él. —¡Robin! —se quejó—, ¿Cómo puedes traerme esta fritanga ahora? ¿Quieres que me ponga como una vaca?

—Lo siento, toma, traje ensalada para mí ¿la quieres? Cambiemos —le ofreció su comida a cambio.

—¡No! —se apresuró a decir ella—. ¿Estás loco? —Tomó un trozó de pechuga y lo metió a su boca con gusto, cerrando los ojos brevemente. Nadie hacía un pollo frito como Robin. Él sonrió—. Te odio, ¿Cómo puedes hacerme esto?

La sonrisa del muchacho se ensanchó, mientras veía a Jane comer. Cuando hubo terminado, ella fue con Tini a los baños y luego a clase. En el camino se toparon con Marta, la novia de Rodrigo, quien se lamentaba de ser su ex. Jane no pudo evitarlo, soltó una carcajada justo frente al rostro de Marta; deformando su rostro en una mueca burlona. —Eso te pasa por zorra, cariño —dijo ella con voz risueña, expresando el más obvio de los hechos.

—¿Por eso también te dejó a ti? —dijo Marta, como si ese fuese la respuesta más inteligente que hubiese habido en el mundo. Pero de hecho, en Jane si funcionó, pues se volvió hecha una fiera y arremetió contra Marta. Le rasguñó la cara mientras ella tiraba de greñas rubias rojizas. Si le arrancaba uno solo de sus cabellos iba a pagárselas. Jane la tomó de la camisa y rompió sus botones, dejando un brasier morado al descubierto. Como respuesta, la chica intentó hacer lo mismo con la camisa de Jane, pero esta la esquivó y la empujó para que cayera. Entonces se puso sobre ella, abofeteándola repetidas veces. Sintió como dos fuertes brazos la tomaron desde su espalda y la arrojaron contra la pared más cercana.

Ese había sido Robin. Ella no podía estar menos que sorprendida por la fuerza que había mostrado el muchacho. Al mismo tiempo, el sobre protector primo de Marta llegó en su defensa, ella le informó entre lágrimas como Jane había enloquecido y comenzado a golpearla sin provocación alguna.

—¡Maldita perra envidiosa! —gritó él en dirección a Jane—, ¡mira lo que le has hecho a mi prima! —el muchacho señalaba los rasguños en el rostro de Marta—. Voy a patear tu culo ¡PUTA!

Robin dio un paso adelante. —Discúlpate con ella —dijo de forma racional.

Él primo de Marta, a quien simplemente llamaremos Marto, se burló de él. —Como si fuese a disculparme con esta zorra después de lo que le hizo a mi prima. ¡Ella lo único que recibirá de mí es una patada en el culo! ¡Ven aquí, maldita! Y cuidado con que le llegue a quedar una marca en su cara, ¡cuidadito!

—Dije que te disculparas —repitió Robin—, independientemente de las razones que hayan iniciado la pelea, ninguna mujer merece ser tratada de esa manera.

—No te preocupes, Robin, yo me encargo —dijo un altanera Jane—; ¡que no ves que algunos hombres deben llenarse de palabrotas para compensar sus carencias genitales!

Marto se abalanzó contra Jane, iba a golpearla duro en la cara con su puño cerrado, pero, para sorpresa de todo el mundo, Robin lo empujó, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera. —¡Dije que te disculparas! —gritó esta vez.

Pero Marto lo ignoró, se puso de pie y arremetió contra él. La espalda de Robin chocó contra la barandilla que separaba el pasillo del jardín, dio una vuelta hacia atrás y cayó de bruces del otro lado. Junto a él, Marto se quejaba de haberse encajado una roca en su costilla. —¿Estás bien? —preguntó Robin, preocupado. Marto lo tomó de la camisa para intentar infundirle daño, pero Robin lo empujó y él volvió a golpearse contra la misma roca. A Robin le dolía la cabeza por que se lastimado con la verja mientras giraba, pero aún debía hacer que él se disculpara—. Los siento, pero aún tienes que disculparte.

—¡Chupamela, perro!

—No quería tener que llegar a esto —advirtió Robin, e inclinando el codo hacia atrás, estampó su mano contra el rostro del muchacho. Sabía que le dolería, pero era algo que un caballero debía hacer. Fue sorprendente como los espectadores aplaudieron burlándose del caído. La supervivencia juvenil del más acto apestaba la mayoría de las veces, pero en aquel momento, Robin estaba bien con ella.

Para el momento en que la directora llegó a la escena, el dolor en la mano de Robin era insoportable, pero estaba más preocupado porque llamarían a sus padres, y porque Jane sería sancionada en un mayor grado que él.

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Su madre apareció primero, caminando por delante de su padre; justo directo hacia él. Robin se puso en pie. Ella aún no había detenido su marcha cuando hizo volar su mano para cruzar el rostro de Robin en frente de toda su maldita escuela. Él ya estaba llorando para cuando ella comenzó su discurso habitual. —Nunca debí haberte tenido, sabía que eras un error; eres como tu padre y por eso deberías desaparecer y dejar de ser un grano en mi culo ¡maldito perro desgraciado!, no haces más que traernos problemas, eres un desconsiderado y un inútil, un maldito inútil… ¡debí haberte abortado cuando tuve la oportunidad!; así no estarías medio matando a los niños de la escuela que tu padre y yo te pagamos aunque tú no te la merezcas.

Luego su padre llegó. Robin intentó abrazarlo por consuelo, pero este negó con la cabeza. Jane estaba al final del pasillo esperando por sus padres mientras revisaba sus cutículas con aburrimiento. En el momento en que vio a los Lerman llegar, Robin corrió hacia ellos, se pendió del cuello de Carlos, y este le regresó un abrazo lleno de curiosidad. Sobre el hombro del muchacho, pudo ver a los Lores abrazados, consolándose el uno al otro. Carlos apretó la mandíbula. Feliz de saber que, sin importar qué, Robin siempre tendría a un Lerman.

—¿Qué sucedió? —preguntó cuando Robin finalmente se hubo calmado.

—Jane tuvo una pelea —confesó el muchacho.

—Sí, lo sé, ella es un caso perdido.

—¡Oye!, soy tu hija, estúpido.

—¡Auch! Eso sí me ha dolido, Jane, no tenías que recordármelo —jugueteó, Carlos.

Jane hizo un mohín y se cruzó de brazos.

—Ahora, dime otra vez ¿qué pasó?

—Robin se volvió de caballerosidad y golpeó a un muchacho porque me llamó puta —dijo ella encogiéndose de hombros—, es algo así como un héroe local.

—Lamento eso, debía haberme controlado un poco más, acudir a las autoridades superiores, simplemente no lo pensé bien, lo siento —dijo Robin.

—¿Sentirlo? —Jane lució confundida—, eso fue la bomba.

—¡Jane! —la reprendió su padre—, no fomentamos las actitudes violentas.

—Porque tu no viste a Robin en acción; créeme, de haber estado allí, habrías coreado su nombre ¡Robin, Robin, Rob…!

Carlos tapó la boca de su hija, solo que no midió que su mano entera abarcaba todo el rostro de Jane; entonces zarandeó su rostro y la empujó levemente. Ella vino por venganza inmediatamente, golpeando el estomago de su padre, él tomó sus manos y forcejearon un poco hasta que Amelia los reprendió. Robin no podría amarlos más.

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Aquel día, a pesar de tener un humor de perros, Robin se presentó al trabajo, porque era una persona responsable y porque los Lerman finalmente le habían puesto un castigo a Jane de no-estar-con-Robin. Inoportuno. Sobre todo después de lo que Jane le dijo mientras sus respectivos padres hablaban con la directora del plantel. Se había acercado a él, y con un beso en la mejilla le susurró:

—Me defendiste fielmente —y lo miró mordiendo su labio inferior—; esta noche pienso recompensártelo, cariño.

¡Lo había llamado cariño!

Robin no podía pensar en nada más. Además, si conocía a los Lerman, cosa que hacía, olvidarían el castigo en un par de horas. Entonces descubrió una mano espantando aire frente a su rostro y espabiló. Era la chica del día anterior. Robin no la había visto, pero se había pasado la última hora sentada en la banca frente a la barra. Robin le sonrió. —¿Otra Coca-cola? —probó.

—Esta vez quiero una sugerencia de la casa —dijo ella con una mirada juguetona que no atravesó ni un milímetro de la coraza Jane que cubría a Robin.

—Vale —dijo él diplomáticamente, aclarándose la garganta para repetir el discurso que había ensayado—; ¡cómo elegir entre uno solo cuando todos son tan deliciosos!, sin embargo, la señorita hoy luce cierta aura… hum… estoy seguro de que algo dulce le vendría mejor ¿Qué tal un chocolate espeso?

Ella sonrió. —Un chocolate será

—Sale un chocolate —él se entretuvo introduciendo los ingredientes en la máquina, luego la miró y sonrió—, gracias por pedir un chocolate, la verdad aún no me familiarizo con los ingredientes del resto de las complicadas bebidas que sirven acá.

—¿Cómo no ordenar chocolate, si la casa me lo ha sugerido? —dijo ella dramáticamente.

—Ser o no ser: todo el problema es ese —agregó él en el mismo tono.

Ella sonrió y llevó una mano a su pecho. —¿Qué es más noble al espíritu: sufrir golpes y dardos de la airada suerte…

—…o tomar armas contra un mal de angustias y darles fin a todas combatiéndola? —terminaron juntos el pasaje de Shakespeare. Ambos se miraron y rieron a carcajadas, porque era incomodo; y porque, aunque Shakespeare era indudablemente reconocido en todo el mundo, pocos memorizaban las palabras de sus obras, y encontrarse a uno de esos pocos era hermosa y curiosamente extraño, raro.

—Vale, eso fue raro —ella fue la primera en señalarlo.

Robin iba a responder pero el jefe lo llamó para regañarlo por sociabilizar con los clientes. Después volvió a la barra, consciente de que ella estaba sentada justo en frente, mirándolo. Poco después, se hizo demasiado tarde, así que ella tuvo que irse. Se despidió con la mano y salió del local con su cabeza gacha por la brisa y el frío de la noche, y porque ella era una persona de cabeza gacha. Robin entonces se fijó en un pequeño cuaderno olvidado en la mesa donde ella estuvo sentada. Lo tomó al mismo tiempo que la muchacha regresaba por la puerta. Ella corrió para tomar su libreta pero, cuando tiró de ella, Robin pensó que era alguien más y tiró en dirección contraria; al descubrir a la muchacha, la dejó ir. Ella perdió el equilibrio, comenzando a caer de espaldas, y en su afán por evitar la caída, soltó el cuaderno y este cayó al piso abierto en la última página donde había sido cerrado. Robin solo pudo tener un pequeño vistazo de lo que guardaba la libreta antes de que la chica lograra equilibrarse y corriera para recogerla; sin embargo, fue una vista impresionante que jamás olvidaría.

Era él, recreado a lápiz en una hoja a rayas de un cuaderno sencillo. Pero era él. Su nariz, su boca, sus ojos, sus anteojos favoritos en los que su padre había gastado una pequeña fortuna porque se los había hecho a medida y del diseño personalizado que él había escogido. Robin acomodó aquellos mismos anteojos en el puente de su nariz, utilizando solo su dedo medio. Ella mantuvo su cabeza gacha mientras Robin la miraba. La muchacha tenía un cabello rebelde que caía en corte recto hasta su cintura y mucho maquillaje en su cara, sus labios estaban tan rojos como la sangre y sus ojos lucían perfilados con delineador; era hermosa, sin embargo, pero Robin no podía adivinar si lo seguiría siendo con un par de capas de maquillaje menos.

—No es lo que crees —dijo con la cabeza gacha, y luego se fue.

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Estaban sentados sobre el mismo sillón rojo de la casa de los Lerman, recién habían terminado de comer la cena que Amelia preparó; la que, aquella noche, por estar castigados, consistía en avena y nada más que eso. Para Robin estuvo bien, pero Jane se quejó durante todo el tiempo que estuvo en la mesa. Así que su papá la mandó al sillón sin cenar, y ella lo acusó de dictador. Dos minutos más tarde, Carlos le estaría llevando un plato de cereales a su hija, y John estaría llorando porque él había tenido que comer la asquerosa avena que preparó Amelia. Ahora todo se había calmado, Jane y Robin se sentaban juntos mirando una serie de Warner. Entonces Robin tomó su mano y Jane se sacudió, haciendo que sus nudillos dolieran.

Ella lo miró, dibujando un puchero. —Oh, lo siento, ¿te ha dolido? —tomó el dedo medio de Robin y lo dobló hacia atrás, provocando que él se quejara; luego lo llevó a su boca y lo vio separar sus labios—. Creo que no podrás masturbarte por un tiempo, ¡pobre de ti!

Robin le dedicó una sonrisa de incomoda vergüenza. Luego se inclinó, buscando los labios de la chica. Pero Jane se apartó negando con la cabeza. —¿Qué te hizo pensar que voy a besarte? —dijo ella con una sonrisita de suficiencia.

Robin la miró suplicante. —Por favor —dijo entre dientes.

—Y ¿qué obtendré yo a cambio? —negoció.

Robin lo pensó por un momento antes de responder, no sabía qué podía ofrecerle. —Esclavo por un día —decidió finalmente.

Jane hizo una mueca de desagrado. —Ese juego ya me aburrió, otra cosa.

—Entonces… te devuelvo el beso.

—Es tarde para eso, debió haber sido tu primera oferta —Jane ladeo la cabeza pensativamente—. Creo que me quedo con lo de esclavo, si es lo mejor que tienes —dijo, y se inclinó para besarlo.

Mientras Robin degustaba los labios de Jane, escuchó pasos viniendo desde el comedor. Alzó la vista con la chica pegada a su cuello y se fijó en Carlos de pie frente a ellos. Robin sabía que iba a regañarlos cuando lo vio suspirar y cambiar su postura. Entonces Jane se levantó y miró a su padre, mostrando su descontento por haber sido interrumpida. Él levantó las palmas al aire. —Lo sé, lo sé —dijo Carlos—, yo estoy con ustedes, chicos, sigan con lo suyo.

Cuando Carlos dejó la habitación, Jane saltó sobre Robin y comenzó a devorar sus labios, tomándolo fuertemente del cuello de su camisa para que este no tuviese la opción de alejarse. Robin dejó sus manos sobre los muslos de la chica, amasándolos involuntariamente al ritmo que la chica estaba besándolo. La sintió moverse más a su centro, procurando que ciertas áreas se rozaran. Las manos de Robin comenzaron a moverse hacia el norte, subiendo por las costillas de Jane; pero era demasiado cobarde para tocar sus senos sin aprobación previa. Así que Jane contrajo su espalda y tomó las manos del muchacho para llevarlas hasta su pecho, aún cuando ella creía que allí no había nada manoseable. Por supuesto que Robin tenía otro punto de vista. ¡Estaba tocando los senos de una chica! Una muy hermosa.

—Vale, vale, basta. Robin, quita tus manos de los senos de mi hija, Jane, baja del regazo del muchacho, por el amor a dios. No quería tener que llegar a esto, pero parece que ustedes dos necesitaran restricciones —Jane le dedicó una mirada furiosa a su padre, mientras bajaba de un muy sonrojado Robin—. Si, señorita. Nada de manoseos excesivos, de hecho, nada de manoseos y punto, si quieren enrollarse en un sofá lo harán sin usar sus manos, y SIN contacto físico excesivo.

—¿Terminaste? —dijo Jane.

—No —su padre lucía nervioso de no estar mostrando una actitud lo suficientemente dura—, también… habrán toques de queda, y comenzará… —miró su reloj—, Robin, es hora de que vayas a casa.

—Sí, señor, lamento todo esto, no volverá a ocurrir, lo prometo.

—¿Hablas de que no volverás a dejar que los vea?

—Creo que mejor me voy —concluyó Robin.

—Decisión inteligente —dijo Carlos mientras veía a Robin levantarse del sofá—, ¿no vas a despedirte de tu novio, Jane?

Ella alzó su mano en señal de despedida, como si fuese a bendecirlo. Carlos le frunció el ceño, pero Robin sonrió y se encogió de hombros. Cuando él se hubo ido, Jane cambió a Cartoon Networks, y se acurrucó contra el sofá. Las cosas en su relación con Robin estaban cambiando, y por primera vez, ella lo había notado. Tenía que volver todo a la normalidad. Por suerte, mañana era el día apropiado para hacerle entender a Robin que él no podía ser más que su esclavo.

La fiesta.

Robin había sido suspendido por tres días. La versión oficial fue que ambas chicas habían discutido y sus “primos” intervenido, de alguna forma Jane terminó ofendida y Robin tuvo que salir en la defensa de su honor. No se pusieron de acuerdo, pero una cosa llevó a la otra, el primo de Marta no quería meterla en problemas ni ponerse a él mismo en ellos. En resumen, heroicos o no, los actos de Robin debían ser sancionados. Así que él había sido suspendido por tres días. Porque era un joven responsable, usó su día libre para ir más temprano a su trabajo y terminar de estudiar las recetas de jugos. El local estaba más tranquilo esa tarde temprana, Robin se mantuvo sentado en la banca frente a la barra, leyendo el libro de ingredientes y tomando una empalagosa merengada de melón. Tomó nota de no recomendarla. Alguien se sentó del otro lado de la mesa. Robin alzó la vista detrás de sus lentes. Sonrió involuntariamente.

—No hagas eso —dijo ella.

—¿Hacer qué? —Robin frunció el ceño, aún sonriendo.

—Creer que estoy locamente enamorada de ti —dijo ella con tranquilidad, tomando una servilleta para romperla en trozos y calmar sus nervios; lucía más relajada mientras lo hacía—. Te lo dije, no es lo que parece; sé que no es normal pero me gusta dibujar personas que no conozco.

—Está bien, no es lo que pensaba, de todos modos —dijo Robin, sonriéndole con amabilidad—. ¿Cómo te llamas?

—Gabriela.

—Bien, Gabriela —Robin puso a un lado el libro de recetas y entrelazó sus dedos—, ¿por qué te gusta dibujar personas que no conoces?

—Porque de ese modo la personalidad de ellos no afecta a mi dibujo —explicó ella, tomando otra servilleta—, puedo dibujarlos con brillantes ojos y hermosas sonrisas cuando en realidad son una mierda de persona; es divertido conocerlos y ver como sus personalidades no encajan con mi percepción inicial de ellos.

—¿Siempre sueles equivocarte sobre las personas?

—Supongo que es una buena analogía.

Robin sonrió, le gustaba esa chica. —Así que dibujas a todos los que ves por ahí; creo que eso es grandioso, tu libreta es algo que me gustaría estudiar a fondo.

—No dibujo a todos —corrigió ella—, solo a los que quiero conocer.

—¿Querías conocerme?

Gabriela lo miró como venado enjaulado. —Vale, esto se está yendo a otro lugar; te he dicho que no soy una loca demente acosándote, lo prometo; ni siquiera tengo intenciones románticas, lo juro, solo es un dibujo.

Robin se sonrojó y miró a sus manos, no había notado cuando comenzaron a sudar. —Y te creo, de verdad lo hago, está bien. Solo es un dibujo.

Ella suspiró al mismo tiempo que el teléfono de Robin vibró con una llamada. Él inspeccionó la pantalla para descubrir con sorpresa que era alguien que nunca antes lo había llamado. —¿Bueno? —contestó dudoso.

—¡Finalmente contestas! —dijo la voz de Jane.

—Es la primera vez que suena mi teléfono —observó Robin.

—No te llamé para que fueras lógico, te llamé para que fueras útil.

—¿Y en que puedo serte útil? —dijo irónicamente, poniendo los ojos en blanco hacia Gabriela. Ella simplemente lo miró preguntándose si ahora eran amigos.

—Coge papel y lápiz —ordenó risueña—. Quiero una de esas bebidas raras que venden en tu trabajito, una de fresa, Tini quiere fresa con crema; necesito que me traigas el suéter rosa que olvidé en la segunda repisa de mi armario, no el de corazones, el unicolor; quiero una ensalada porque el almuerzo que traje es una mierda y hoy me apetece algo como eso. Y, por favor, procura que las bebidas no lleguen calientes.

Robin miró el auricular, esperando encontrar a Jane sonriéndole con suficiencia. —Estoy algo ocupado, ¿no puede ser en otro momento? —negoció.

—Eso serían seis días más para ti —dijo Jane, luego cortó la línea.

—¡Joder! —se quejó Robin—, ella es tan exasperante.

—¿Quién?

Robin miró a Gabriela, aún frustrado por Jane.

—No tienes que decirme —lo tranquilizó ella, malinterpretando la expresión del muchacho.

—No debería pedírtelo, pero sería genial si esperas aquí, vuelvo en un par de minutos, bueno, realmente va a ser más que un par; como mínimo media hora —dijo Robin, y adoptando su mal acento de vendedor, agregó—: ¡o te devuelvo tu dinero!

Ella no sonrió, frunció el ceño. —Vale, yo espero… o… —dijo—…podría ir contigo.

Robin la miró dudoso, le venía bien algo de compañía. Debía hacer su camino a pie, hasta la casa Lerman, de vuelta a su trabajo, y finalmente a la escuela. Tal vez fue demasiado el tiempo que él se mantuvo esperando, porque Gabriela agregó:

—Si es un inconveniente, puedo esperar.

—No, no, no —dijo él rápidamente—; al contrario, me gustaría que me acompañaras. —Salieron del local e hicieron su camino en silencio hasta que Robin vio necesario tener que informarle sobre la situación—. Son cosas que tengo que buscar, para una amiga —no le gustaba esa palabra, pero fue la primera que había venido a su mente—, se las llevaremos al colegio y luego regresamos al trabajo, ¿vale?

—Oh, ¿ella es menor? —Gabriela se sintió un poco menos estúpida, tal vez solo se trataba de una niña; tal vez la absurda situación en la que se había puesto no resultaría tan humillante después de todo.

—No, ella de hecho es de mi edad —Robin se detuvo a esperar por un semáforo, lanzando una mirada de soslayo a la muchacha—, ¿Cuántos años tienes tú?

—Maravilloso —bufó ella—, estás en el liceo.

—Sí, ¿qué es lo que te parece maravilloso? —dijo con un deje de ironía; no se le escapaba que ella estuviese comparando sus edades.

—Nada, bueno, sí; el liceo es una etapa grandiosa.

—Lo dices como si hubieses pasado por él hace años luz.

—Bueno, en realidad solo fue hace dos años que lo dejé, pero luce como años luz.

—¿Diecinueve años? —probó él adivinando su edad.

—Dieciocho —corrigió ella.

—Te graduaste antes —observó él—, ¿qué estudias? Si dices artes serías oficialmente la persona más guay que conozco.

—Necesitas salir más a menudo —sonrió ella.

—¡Ahí está! Ya has mejorado tu humor —él se pavoneó ligeramente y ella lo empujó juguetona—. ¿Y bien? ¿Qué estudias?

—Ahora mismo nada, soy recepcionista en un concesionario —explicó, mirando a sus zapatos.

—¿Es ese un buen empleo?

—No, la verdad, pero al menos es elegante.

Robin decidió entonces cambiar de tema, porque por la forma en que ella miraba en otra dirección, podía adivinar que era un tema delicado, no necesitaba escavar allí, todos merecían guardar sus secretos—. Hay una cosa que me dejó con mucha curiosidad, y es que tú mencionaste esto sobre los dibujos y yo… ¿cómo me veo en tu dibujo?

Ella sonrió de nuevo. —Tú deberías saberlo, lo viste justo ayer.

—Sí, pero solo estaba decidiendo si era yo o alguien más con mis anteojos, no pude fijarme en mi expresión, o… si mis ojos eran grandes. ¿Trajiste acaso el dibujo? Me gustaría verlo, nunca antes he sido dibujado, apenas si me sacan fotos.

—¿Es porque tus ojos están muy juntos? —probó ella con una sonrisa.

—Gracias por puntualizar que soy virolo.

—No fue lo que dije, me refiero a tu estructura ósea. Tus ojos están muy juntos, pero hace un buen cuadro en conjunto, porque tu boca luce más grande y tu mentón no se ve tan afeminado.

Robin soltó una carcajada. —¡Vaya!, gracias; es el piropo más dulce que me han dicho jamás.

—Lo siento, no quiero decir que luzcas afeminado, lo que quise decir fue que luces más varonil a causa de eso.

—Vale, vale, no te preocupes, que no soy tan delicado como según tú luce mi rostro.

Cuando llegaron a la casa Lerman, descubrieron que la puerta estaba cerrada y que dentro no había ni un alma. Robin suspiró de frustración. ¿Qué se suponía que hiciera ahora? Entonces se le ocurrió una fantástica idea. No había nadie en su casa cuando entró junto con Gabriela, tuvo que repetirle varias veces que no estaban metiéndose ilegalmente a la casa de un extraño; de alguna forma, él se sentía del mismo modo, tal vez porque la casa Lerman era más familiar para él que la suya, o tal vez porque estaban caminando de puntitas. Los misterios de la vida. Como no le indicó que esperara en ninguna parte, y la chica tenía miedo de ser encontrada por los dueños de la casa, ambos fueron a parar a la habitación de Robin. Gabriela observó a su alrededor la habitación, que era grande y pintada de blanco y azul eléctrico, con una ventana que daba al jardín por el que habían entrado y otra por la que se veía la habitación, también blanca, de una chica.

Gabriela miró, fascinada, como Robin subía a la cornisa de la ventana, tensaba sus músculos y saltaba hasta la otra ventana, justo como si lo hubiese hecho otras cientos de veces; pero entonces la mano de Robin resbaló y casi cae. Gabriela corrió para intentar ayudarlo, pero la casa contigua no estaba lo suficientemente cerca. —¿Estás demente?, puedes matarte en la caída.

—Es… solo un pi…so —dijo Robin mientras se lanzaba dentro del cuarto de Jane, usando la fuerza de sus brazos. Una vez sobre sus pies, le sonrió a Gabriela con suficiencia, claro que ella no sabía que Robin finalmente había cumplido un viejo reto impuesto por Jane, y que eso lo hacía sentirse orgulloso—. No es como si fuese a caer de cabeza.

—¿Es tan importante esa cosa que debes llevarle?

Robin la miró con fingida seriedad. —Mi libertad está en juego.

Le tomó dos minutos conseguir todo lo necesario, se reunió con Gabriela en el jardín y salieron hacia su trabajo. El resto lucía fácil, hasta que, justo frente al negocio, el teléfono de Robin sonó de nuevo. Miró aterrado a la pantalla, la cual confirmó sus temores. —¿Ahora qué quieres? —dijo en una voz chillona.

—Informarte que te has tardado demasiado y que Tini y yo nos hemos movido, encuéntranos en la casa de Rodrigo —luego colgó, dejando a Robin preguntándose como mierda es que sabía que no rechazaría sus órdenes.

Robin tuvo que hacer dos llamadas para finalmente dar con la casa de Rodrigo. Parecía como si algo estuviese a punto de salir mal. Maldita Jane y sus inventos. ¿Qué estaría haciendo ahora? Hasta donde él tenía entendido, ella no andaba precisamente de buenas con él, además, habían sido revocadas todas las invitaciones a sus fiestas, más concretamente, a su casa.

Cuando finalmente llegaron, no había nadie por ninguna parte, era una calle solitaria, de estas que se preciaban por tener grandes casas blancas incrustadas sobre una verde porción de césped. Hermosas, si, pero algo clichés para el estilo de Robin. Gabriela no decía nada, apenas se quejaba, estuvieron hablando durante todo el camino, y corrieron a toda prisa cuando comenzó a llover. Refugiados bajo una parada de autobús, decidían cual era la casa correcta. Entonces Jane apareció desde detrás de unos arbustos y corrió hasta donde ellos estaban, con Tini flanqueando su espalda.

—¡Finalmente! —dijo ella sonriendo emocionada—, has tardado una eternidad ¿trajiste mi suéter? Hace frío —Robin se lo entregó—. ¿Y el paraguas?

—No me pediste un paraguas.

—¿Hay que darte un mapa para que respires? —le dijo haciendo gestos al cielo.

Robin desencajó su quijada con exasperación, estrechando los ojos hacia ella, mientras Gabriela se quedaba sin habla frente a la que tenía que ser la chica más hermosa de, al menos, la ciudad entera. No había palabras suficientes para describir a Jane. Una mujer sabía de belleza, Gabriela sabía de belleza. Le entró unas incontrolables ganas de dibujarla: sus labios, sus pómulos, su respingona nariz, sus senos escurriéndose por el agua de lluvia, su cabello. ¡Dios, su cabello! Quería ser amiga de esa chica, deseaba conocerla. Pero no había traído papel y lápiz, así que no podía dibujarla, no podría hacerse una idea de…

—¿Por qué tu amiga me ve así? —murmuró Jane de manera no muy sutil.

Robin miró a Gabriela y sonrió; podía jurar estar viendo el lápiz moverse en sus ojos. Era extraño porque apenas la conocía, pero apostaba saber lo que la chica estaba pensando. Y es que Jane era muy hermosa.

—¿Cómo sabías que vendría? —dijo Robin para desviar la atención de Gabriela.

—Eres predecible, Robin —dijo Jane con sencillez—. Tengo una labor más para ti.

—Pero antes mi fresa con crema —le recordó Tini, y él les ofreció las bebidas que había llevado para las chicas.

Jane condujo a Robin detrás de los arbustos, mientras Tini devoraba su bebida sabor fresa con crema. En el momento en que Robin estuvo cara a cara con lo que Jane le mostraba, supo en seguida sobre el plan que preparaba Jane. De ninguna manera participaría. —No, no y no —dijo él rotundo.

—Ni siquiera has escuchado lo que quiero hacer —se quejó ella.

Robin volvió a paso firme para refugiarse en la parada de autobús. Había dejado de llover, pero los árboles alrededor aún escurrían un poco. —No me interesa, vámonos, Gabi.

—Robin —llamó Jane con voz retadora—, si haces esto invertirás el juego.

Robin se detuvo, volviéndose para ver el rostro suplicante de la muchacha. Vale, hacerla feliz no era tan mala idea. Suspiró. —¿Qué es lo que quieres exactamente?

Jane y Tini dieron saltitos de alegría. —Vamos a pintar debajo de la ventana de Rodrigo una bonita dedicatoria —dijo Jane.

—¡Y un pene paradote! —exclamó Tini emocionada.

Robin rió a carcajadas porque lo que estaba a punto de hacer era algo inmaduro, si, pero divertido. —¿Qué dirá la dedicatoria?

—¿Así debería lucir? —probó Tini.

—¿Qué cosa? —dijo un curioso Robin.

—Su, polla, por supuesto.

—¿Eso será la dedicatoria?

—Sip.

—También le devolveré el horrible suéter que me regaló —agregó Jane—, este asqueroso trapo de mierda, antes debería limpiarme el culo con él, pero no quiero dejarle mi ADN.

—Yo me lo limpio —sugirió Tini, acto seguido, tomó el suéter de las manos de Jane y, bajándose las bragas hasta las rodillas, se limpió el culo con el suéter. Jane rió histéricamente, alabando a su amiga por su audacia. Robin se cubrió la cara con las manos y negó repetidamente.

—Ahora estamos listos, pero tú llevarás el suéter, amiga.

La habitación de Rodrigo se encontraba en la parte trasera de una de esas casas de la calle, estaba en un segundo piso y junto a ella crecía un árbol mediano; razón por la cual Robin era solicitado en aquel acto de vandalismo: era lo suficientemente alto para alcanzar la pared de su cuarto. Porque Jane se negaba a pintar en ninguna otra pared. Robin completó la frase y el dibujo del “pene paradote”, Tini arrojó el suéter a través de la ventana entreabierta de la habitación de Rodrigo, y Gabriela se ofreció a darle más realismo al pene. Todo un trabajo en equipo que Jane supervisaba desde abajo. Por lo que fue la primera en oír a los padres de Rodrigo viniendo desde el jardín.

Jane salió corriendo con Tini pisándole los talones, Robin venía con Gabriela justo después; pero esta última olvidó su bolso guindado en el árbol y tuvo que devolverse por él. Llegando al arbusto donde las chicas habían escondido sus mochilas, Robin intentó detenerlas para esperar por Gabriela. —Regla número uno de las huídas rápidas, “corre duro sin que te importe ni el culo” —dijo Tini.

—Lo que quiere decir que cada quien está por su cuenta.

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Gabriela sintió su muñeca ser aprisionada por la fuerte mano de un hombre, forcejeó para zafarse pero fue inútil. —¿Qué estabas haciendo ahí arriba, niña?

—¡Marco! —exclamó la mujer de aquel hombre—, ¡Marco!, ¡mira lo que le hicieron a la pared! ¡Oh, dios mío! ¡Es espantoso!

—Llamaré a la policía, Susan, despreocúpate, yo me encargaré de esto —decía Marco mientras Gabriela continuaba intentando alejarse del lugar.

—Suéltela, por favor —pidió la voz de Robin entrando en el jardín, En ese momento, Gabriela tuvo la sensación de haberse equivocado con Jane, y es que Robin tenía que ser la persona más hermosa en cien kilómetros a la redonda—. Señor, se lo ruego, la está lastimando.

—¿Qué no ves lo que ella le hizo a mi pintura? —dijo Marco.

—Lo sé, señor, yo también he participado en ello —confesó—; si debe usted impartir algún castigo, le pido por favor que lo haga conmigo y la deje ir a ella.

—Todas esas maneras y esa educación ¿para qué? ¿Para terminar dibujando obscenidades en las paredes de las casas de buenas familias? ¿Para eso te educaron tus padres?

Robin dio un paso en dirección a aquel hombre, relajado por la manera en que se aflojaba su agarre sobre Gabriela. —Lo sé, lo sé, estuvo mal y me disculpo en nombre de ambos. Ahora, por favor, suelte a mi amiga y entremos en su casa a hablar como personas civilizadas.

—¡Civilizados un coño de madre! —gritó Susan—, ustedes, par de vándalos, no van a entrar a mi casa, ya voy yo misma a llamar a la policía.

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Jane estaba sentada frente al televisor, comiendo hojuelas de maíz tostadas y mirando South Park. Su padre, que había estado lanzándole miradas desde la cocina, finalmente había entrado en la sala de juegos, sentándose junto a ella. Ahora parecía dispuesto a hablar de lo que le molestaba. Jane estuvo segura de que tenía que ver con Robin, tal vez él muy idiota había confesado y ahora ella estaría castigada de por vida. Hijo de puta.

—Tú y Robin van en serio ¿eh? —señaló su padre para sorpresa de Jane.

Ella se enderezó, no queriendo afirmar o negar nada.

—Lo digo porque el otro día…

—Vale, vale, vale —dijo Jane dramáticamente—, ¿estamos teniendo una charla sobre sexo?

—¿Están teniéndolo ustedes dos? Vale, no, no me digas, solo quería recordarte que debes cuidarte.

—Vaya —suspiró ella—, creo que te respeto un poco más justo ahora, ningún padre hace esto. Para mis amigas el sexo es algo raro que hay que esconder del hombre que las engendró a través del mismo medio.

—¿No te parece cliché?

—¿Cliché? —bufó Jane—. Pero si es lo que viene después de lo anormal.

—Vale, eso me alegra, por cierto, aún así tienes que esconderte de papá, solo para que conste.

El teléfono sonó y Carlos se levantó para atenderlo, escuchó un minuto enteró y salió corriendo. Jane escuchó las llaves del auto ser tomadas a toda prisa y a su padre salir por la puerta principal. Luego, el teléfono sonó de nuevo, sorprendentemente, era Rodrigo del otro lado del auricular.

—¿Qué coño quieres? —dijo Jane, estando un poco preocupada de que él hubiese hecho la última llamada.

—Muy entretenido tu recuerdito, no sabía que supieras como debe lucir un pene; supongo que has estado ocupada últimamente.

—No soy quien para desmentirte —Jane hablaba con duda en su voz.

—Tú y el cuatro ojos la han pasado bien ¿eh?

—Sabes qué Rodrigo, no tengo tiempo para tus insultos infantiles, madura y luego no vuelvas a llamarme.

Se oyó un suspiro del otro lado de la línea.

—La verdad es que quería disculparme —dijo la voz de un Rodrigo resignado—, tuve que haberte hecho algo realmente malo para merecerme todas esas cosas que estás haciéndome.

—Me alegra que hayas recapacitado —dijo Jane como si tal cosa.

—Era eso o aceptar que salí por seis meses con una loca obsesiva —él quería ser gracioso, pero Jane no tenía tiempo para ello.

—Vete a la mierda.

Estaba a punto de colgar, pero entonces él dijo algo más.

—Mañana hay una fiesta en casa de Luc.

—Y creías que yo no estaba enterada porque…

—¿Recuerdas porqué te dejé? —dijo él con una extraña voz nostálgica.

—Dijiste que era yo quien debía madurar —señaló ella como si fuese, de entre todas las cosas, la más ridícula.

—Y veo que ya lo has hecho.

—¿Estamos hablando de sexo? Porque la última vez fue por eso que…

—Hablaremos de lo que quieras hablar —acordó él con una sonrisa en su voz—, mañana en la fiesta de Luc, en el baño del sótano, te esperaré a eso de media noche —y luego colgó.

Sin pensar mucho en la reciente conversación, Jane se mantuvo viendo televisión hasta que, quince minutos después, su padre volviera con un Robin que intentaba no llorar abrazado a él. Aquella noche, él durmió en el sofá y Jane fue enviada a la cama temprano, pero regresó más tarde en plena madrugada para saber los por menores de la situación. Había mantenido una conversación con su padre, de la que pudo sacar que Robin había sido encontrado en la escena del crimen y que, por algún milagro de la naturaleza, no la había delatado. —Mi padre dice que no quieres hablar conmigo, pero yo creo que él debió haber escuchado mal.

Robin no respondió.

—¿Qué sucedió? —Jane, sintiéndose de manera extraña porque Robin yacía en el sofá de espaldas a ella, se sentó en el suelo y jugó con el cabello enroscado en la nuca del muchacho—, ¿puedes contarme, por favor? —él seguía sin hablarle—. Sé que estás despierto —anunció con voz cantarina.

—Déjame en paz, Jane, solo… dame una noche de respiro.

La forma en la que él pronunció su nombre la golpeó de llenó en el pecho, Robin nunca la llamaba así, jamás. O tal vez sí, solo que no de aquella forma. Le molestó darse cuenta de que jamás le había prestado verdadera atención a Robin. —Si es respiro lo que necesitas, puedo darte respiración boca a boca.

—¿No puedes dejar de jugar al menos una sola vez?

—Hablando de juegos, oficialmente soy tu esclava ahora ¿hay algo que quieras que haga por ti?

—Sí, ve a dormir.

—¡Por favor!

Seguramente Robin estaba alucinando, porque podría jurar que la voz de Jane se había roto en una pequeña súplica. Si, debía ser un sueño muy raro. Se volvió para mirarla, ella estaba allí, luciendo como Jane lo hacía cada maldito día de su existencia: insoportablemente hermosa, o hermosamente insoportable, aquella vez era una fusión de ambas.

—¿Por favor qué? —la retó, mordiéndose el labio inferior.

—Dime que sucedió —pidió ella.

—Atraparon a Gabriela —dijo él sencillamente.

—¿Qué pasó contigo? —rectificó ella—. ¿A dónde fuiste?

—Regresé por ella, Jane; yo la llevé allí, no estaba bien dejarla para que pagara por un acto que yo la induje a hacer.

—Ella se ofreció, le recordó indignada.

—Porque yo lo estaba haciendo y porque yo la llevé allí

—Te encanta echarte la culpa por todo ¿no? —Jane soltó el cabello de Robin y se cruzó brazos—. Solo dime que pasó después.

—Los padres de Rodrigo llamaron a la policía y ellos a mis padres y luego todo se volvió mierda. A Gabriela iban a llevársela porque es mayor de edad, pero Marco dijo que no y ahora debemos ir el sábado a pintar la casa.

—Iré contigo —propuso Jane de buen talante.

—No, no hace falta —suspiró Robin incorporándose en el sofá rojo. Había algo que le había molestado durante toda la tarde, y de lo que no conseguía olvidarse—. Sabes una cosa —dijo algo enfadado consigo mismo—, mientras estaba allí siendo sermoneado por el policía y por los padres del idiota de Rodrigo, ¿tienes idea de lo único que pasaba por mi cabeza?

—¿El cómo te dejé botado? —probó ella haciendo un mohín.

—El cómo es que sabías exactamente donde estaba su habitación.

Ambos se miraron. La escena era demasiado surrealista para procesarla correctamente ¿Robin estaba pidiéndole explicaciones sobre su relación con Rodrigo? Él también sabía que estaba fuera de lugar, por lo que fue el primero en apartar la mirada. —Bueno, ya sabes, una chica es curiosa —dijo Jane finalmente.

—No, déjalo, no me des explicaciones —remedió Robin haciendo un gesto con su mano para restarle importancia.

—No iba a dártelas.

Robin suspiró y miró al techo con frustración.

—Jane, estoy enamorado de ti.

Ella lo miró, mordiéndose el labio inferior. Pero no dijo nada.

—Jane, te amo —probó él de nuevo.

—Deja de llamarme Jane —susurró ella mientras subía a su regazo.

Se besaron durante mucho tiempo, rozando sus cuerpos y gimiendo en la boca del otro. Robin se detuvo para mirarla mientras intentaba sacar su piyama de Dora la exploradora que ya le iba ajustada; Jane se deshizo de su camisa, quedando desnuda de la cintura para arriba, luego fue a encargarse de la de Robin. Volvieron a besarse, pero no pasó mucho tiempo antes de que él detuviera el beso.

—Estamos en medio de la sala —le recordó.

—¿Y?

—Cualquiera podría entrar y vernos.

—Si quieres ir a mi habitación, solo dilo, soy tu esclava, al fin de cuentas.

—No, serás mi esclava a partir de mañana.

—Lo que sea, ¿quieres la habitación o no? —ofreció ella.

Él asintió efusivamente. —La quiero —dijo.

Ella sonrió. —Tienes dos minutos para ir allá arriba, te estaré esperando con la puerta abierta, solo metete bajo las sabanas ¿vale?

Robin tragó con fuerza y asintió de nuevo.

—Si mi padre te ve, solo… finge demencia.

—¿Y si me ve John o… tu madre?

—Si es John, le pateas las bolas para que se desmaye y crea que es un sueño; si es mi madre, le juras haber visto un platillo volador. Claro que te estarías exponiendo a dos horas del monologo titulado “lo estúpido que son los escépticos” —mientras hablaba, Jane se levantó del regazo de Robin y del sofá—. Dos minutos, recuerda, suerte.

—¿Por qué no, simplemente voy contigo?

—Porque así es más divertido —dijo ella encogiéndose de hombros.

Al llegar a su habitación, Jane se deshizo de sus ropas y se metió bajo las sabanas, un par de segundos más tardes, se armó de valor y se quitó las sabanas de encima. Dejando su trasero hacia la entrada, reposó de costado mientras esperaba por Robin. Estaba muy nerviosa, con el corazón latiéndole de manera irregular. Aquella mañana no había pensado que por la noche estaría teniendo sexo con Robin, pero tampoco se había imaginado que esa misma noche él le diría que la amaba; así que era totalmente valido. Iba a hacerlo. Finalmente se le entregaría. ¡Oh, por dios! Él era Robin. El mismo que había conocido de toda la vida. El mismo de quien se había burlado durante toda su reciente niñez. Y ya no era más un niño. Ahora él era un hombre con un pene grande que iba a desvirgarla. ¡Oh, por dios! Robin iba a ser el primero. Jane comenzó a ponerse nerviosa porque toda su familia escuchara el sonido de su corazón; tomaba profundas bocanadas de aire para tranquilizarse, cuando las bisagras de la puerta rechinaron y Robin vino dentro. Él inmediatamente se dirigió al armario, Jane tenía miedo de mirarlo, de moverse. Creyó que él rodearía la cama para acostarse junto a ella, pero en su lugar la cubrió con una manta. Jane sintió un beso en la coronilla y a una voz susurrando:

—Eres mi princesita.

Pero no era la voz de Robin sino la de su padre la que había hablado.

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Lo de la noche anterior había sido humillante, más que eso, frustrante. Robin había tenido que volver al sofá apresuradamente o tomar la opción de fingir demencia. Aquella mañana se había levantado temprano y hecho el desayuno para todos. ¿Por qué en su casa no podía ser del mismo modo? ¿Por qué no podía él y su familia tener una relación normal? Sin embargo, Robin nunca se quejaba, los tenía a ellos: a los Lerman. Los amaba. La amaba. Y finalmente se lo había dicho. ¡Por todos los dioses! Se lo había dicho. Pero estaba bien, no había por qué alarmarse; si bien Jane no le correspondió, tampoco lo había rechazado. Al contrario, él había recibido una invitación oficial a su cuarto. A su cama. No podía dejar de pensar en ello. Ambos se besuqueaban en el sofá cuando de pronto necesitaron un lugar para hacer más que eso. Tomando en cuenta que estaban desnudos de la cintura para arriba “más que eso” significaba un mayor grado de desnudez, y… cada vez que recordaba que la noche anterior había estado a punto de tener sexo con Jane Lerman, entraba en un colosal estado de frustración.

No era justo, estúpido Carlos. Había despertado con hambre y arruinado todos sus planes. Solo por eso, mientras servía su plato, cuando la familia apareció a comer, le arrojó desde gran altura su porción de perico, salpicando algunas gotitas en su piyama. Jane rió, conocedora; Robin le sonrió, conspirador. Amelia suspiró.

—Ayer fui al gimnasio y me encontré con Alondra, digo me encontré porque ella nunca va, y así pretende echar pa’ fuera esa barriga. —Amelia nunca decía una información concreta, a ella le encantaba las ramas de forma tal que danzaba sobre ellas cada que tenía una oportunidad—. Ella me estaba echando el cuento de su hija: que salió delgada como su familia paterna, menos mal porque en la materna lo que hay son puras vacas.

—Mamá, ¿podrías llegar al punto? —la regañó Jane.

—Bueno, a su hija le gusta el baile y está aplicando para una beca en una academia; si la gana podría incluso salir del país para estudiar en Australia ¡no es genial!

Jane rodó los ojos. —Las becas son para la gente pobre, mamá.

—¿Podrías ser un poco más humilde y menos plasta de mierda? —ese era Carlos regañando a su hija.

—Pero es verdad —se quejaba Jane—. Si yo tomara esa beca les estaría robando la oportunidad a otras personas que tal vez la necesiten. Además no hablo australiano.

—No sé porqué, pero en ti se oye sangrón y egoísta.

—Pero no lo es —dijo Jane siendo sangrona.

—Tal vez no lo fuera si lo dijese Robin —señaló Carlos, mirando hacia este—, ¿tú qué piensas al respecto?

—Creo que será un problema, porque ella no habla australiano —se burló Robin—, pero también es una grandiosa oportunidad, y no es cierto que ustedes puedan mandarla a Australia a estudiar. Tendrían que hacer un viaje para las audiciones, si el colegio no tiene habitaciones para los estudiantes tendrían que pagarle un lugar, más la matricula, más los gastos diarios de comida y traslado. Simplemente no podrán.

—Ya dije que no, la beca son para los pobres y es mi última palabra.

Y porque Jane tenía esa voz de niña pequeña y caprichosa que haría que se hiciese lo que ella quería, todo el mundo lo dejó estar. Terminaron de comer en un silencio reflexivo, todos buscando diferentes formas de convencer a Jane para que participara en la audición. Al final, Amelia le dio la solución a Robin, cuando murmuró: las audiciones serán este martes, solo por si cambias de idea; las inscripciones estarán abiertas hasta el lunes.

Y un plan comenzó a tejerse en la mente de Robin. Aquel día tuvo mucho tiempo para perfeccionarlo, porque había sido echado de su mal pagado empleo y no podía volver a clases hasta el lunes. Jane regresó a las tres de la tarde, con su bolso lleno de mangos pintones. Sin decir una sola palabra, preparó una mezcla de vinagre, sabroseador, adobo y salsa soya, y se sentó junto a Robin en el sofá rojo de la sala de juegos. Le ofreció de lo que comía pero él lo rechazó, Jane se encogió de hombros.

—¿Hoy tienes ganas de subtítulos? —dijo Robin señalando a la serie de Warner puesta en la televisión. Ella volvió a encogerse de hombro, con la semilla de mango dentro de la boca. Lentamente, Robin se inclinó hacia ella, deslizándose con sumo cuidado por si lo de la noche anterior había sido obra de la luna. Cuando Jane no reaccionó, intentó tomarle la mano pero ella la apartó de un manotón—. ¿Qué? Yo solo quiero de tu mango.

Jane alzó las cejas.

—Sa-sabes que quiero decir —se apresuró a decir él.

Unos minutos después, Jane tomó la mano de Robin mano y la apretó contra su muslo. —¿Qué opinas de una fiesta esta noche?

—Opino que nunca vas a terminar de leer el principito.

—Se serio.

—Vale, te cubriré, lo prometo, no le diré a nadie esta vez —dijo Robin con un suspiro, retirando la mano de la pierna de Jane y volviendo a su lugar del otro lado del sillón.

—¡Si serás bien estúpido! —exclamó ella indignada—, te estoy invitando a una fiesta, esta noche. ¿Quieres venir?

Robin bostezó y se desperezó con suma lentitud. —No te dejan ir si no voy yo ¿cierto? —dijo finalmente mirándola con sorna.

Jane negó lentamente, sonriéndole para intentar convencerlo.

—Vale, iré, pero regresaremos en el momento justo en el que yo quiera regresar; ¿entendido? —Acto seguido, Jane se lanzó sobre Robin para besarlo—. Tu boca está salada —se quejó él.

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Jane había hecho su tarea, ordenado su alcoba, ensayado una pieza lírica de ballet, lavado los platos, limpiado el piso; Robin simplemente se estaba quedando sin ideas para provocar que Jane lo desobedeciera, dándole esos seis días que necesitaba para hacer que ella acudiera a la audición. No iba a rendirse. Aunque Jane parecía haberse dado cuenta de sus intenciones, lo que dificultaba las cosas notoriamente.

—¿Frustrado? —preguntó ella mientras tallaba con un cepillo de dientes el piso de la cocina.

Robin respondió con una sonrisa amarga de ojos estrechos. —El amo quiere que vayas a la audición.

—Lo siento, cariño, una verdadera pena, pero no puedes decidir sobre los días venideros, solo este día; reglas son reglas, amigo, hay que apegarse al libreto —dijo Jane con entusiasmo, sonriéndole a su reflejo en el piso brillante.

La puerta de la entrada sonó y ella se puso en pie para recibir a sus padres con una enorme sonrisa. Carlos miró alrededor, Robin sentado a la mesa ojeando un libro de recetas, y su hija sonriéndole desde la cocina con un cepillo de dientes en su mano; luego notó lo limpia que estaba la casa. —Mira, cariño —llamó a su esposa—, Robin hizo el aseo de la casa.

—¿Qué? —Jane sonaba indignada mientras Robin solo reía—. Fui yo quien limpió, ¡Robin diles!

—Vale, vale, si, Janee se lleva el crédito esta vez, aunque creo que tiene una petición a cambio, tú diles. —dijo él.

Jane le hizo señas con sus grandes ojos grises, las mismas que disimuló mientras su madre veía. Se suponía que Robin pidiera permiso, pero en medio de tantos oficios se le había olvidado advertirle. Por suerte, Robin la conocía bien.

El chico suspiró, no muy convencido de la idea de Jane de ir a la fiesta; honestamente prefería acampar otra noche en la sala Lerman, porque cabía la posibilidad de que esta vez consiguiera alcanzar la habitación de Jane, y eso, por mucho era el mejor de todos los planes. Aunque hacerla feliz también estaba bien. —Hay una fiesta en casa de un… amigo, pero realmente no conozco muy bien a todas las personas que van a ir, y como él es el anfitrión y debe atenderlos a todos, me preguntaba si podría ir Jane conmigo.

—Sí, claro, ¿dónde irán? ¿Quieren que los lleve? —ambos chicos quedaron perplejos ante la naturalidad en la respuesta de Carlos, él fue a la nevera por una porción de helado y regresó con otra para Robin.

Jane le hizo señas a Robin para confirmar que no había problemas.

—Eso facilitaría las cosas, gracias por ofrecerte —dijo Robin sonriéndole a su cucharada de helado.

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—Eso fue alarmante —comentó Jane mientras caminaban las cuadras restante para llegar a casa de Luc. Le había dado a su padre una dirección inexacta con temor de que en la entrada hubiese demasiado alboroto y Carlos decidiera que no era una buena idea después de todo. Plan que funcionó. En la casa falsa de Luc las luces estaban encendidas pero no había movimiento, Carlos les preguntó si estaban seguros de que era la casa, ambos asintieron al mismo tiempo y bajaron del auto a toda prisa, despidiéndose con la mano hasta que Carlos hubo llegado al final de la calle. Ahora caminaban las cuadras de diferencia entre la casa falsa y la fiesta.

—Lo sé, no sabía que tu padre confiara tanto en mí.

—No te des tanto crédito, él sabe que siempre voy a fiestas

—¿A caso no te fijaste bien? No hubo un solo momento de titubeo —Robin estaba emocionado, porque era cierto lo que decía y porque, a diferencia de Jane, él no iba a fiestas a menudo.

—Si, como sea, nos faltan un par de cuadras, date prisa, son casi las once.

—¿Vas a verte con alguien más? —él alzó una ceja, obviamente creyendo que era algo imposible.

—Por supuesto que sí, habrá un montón de personas allí —dijo Jane solo para seguir su juego.

Caminaron en silencio durante la última cuadra. Podían escuchar el sonido de la música a aquella distancia. Era una calle tranquila con faros de baja iluminación, Robin no sabía si era un método de conservación ambiental o a causa de la suciedad acumulada en dichos faros. La casa en cuestión estaba cercada por altos matorrales verdes y frondosos de entre los que se escurría, además de la música, conversaciones de adolescentes risueños. Jane se detuvo bruscamente justo antes de llegar a la entrada, provocando que Robin chocara contra su espalda y la hiciera tropezarse. Él dio un paso atrás cuando ella se volvió con el gesto fruncido.

—Antes de entrar —dijo—, necesito que me prometas que serás normal, como, completamente normal: beberás hasta embriagarte, pelearás con tus demonios internos y tus principios para decidir si drogarte o no, bailarás cachondo conmigo o con cualquier otra chica en el lugar; porque ES una fiesta.

—¿Y que si solo quiero bailar cachondo contigo?

—Tendrás que tomar turnos —ella frunció los labios—, porque bailar con uno solo durante toda la noche es como tener sexo en medio de la fiesta; para venir acá a bailar solo conmigo, daba lo mismo quedarnos en la casa a enrollarnos en el sofá.

—Pues no me opongo a esa posibilidad.

Ella lo miró sonriendo porque él era gracioso y porque recordaba la noche anterior. Robin se mordió toda la parte inferior de su boca para intentar no sonreír. No era consciente de que su respiración se había profundizado porque estaba concentrado en calmar sus pulsaciones. Entonces algo cambió en la expresión de Jane. Sintió una extraña energía recorriendo su cuerpo a toda velocidad y depositándose en su bajo vientre. ¿Era eso estar excitada? Su sentido común le decía que sí. Debía hacer memoria ¿Cuándo se había sentido así antes? ¿Lo había hecho en el mueble aquella vez que se frotaron? La verdad no. Ni mientras lo manoseaba, o lo besaba. Tampoco se había sentido de esa forma por Rodrigo o por cualquier otro chico. Pero en aquel momento algo había cambiado en Robin. En ella.

—Me he estado preguntando durante todo el día si… —Robin la miraba fijo a los ojos mientras ella decidía si tomar su camisa o el cuello de su chaqueta para lanzarlo hacia sí misma—…si es que acaso aún tengo la opción de tomar la habitación.

Se sostuvieron la mirada por un par de segundos más antes de que él respirara profundo y mirara al suelo con incomodidad. Nunca le había pedido sexo a alguien, y ahora mismo estaba consciente de que esto quedaba implícito en su frase. ¿Aún quieres hacer el amor conmigo? Era lo que realmente quería preguntar.

—Bueno —dijo con nerviosismo, buscando una forma de remediar su estúpida y tacita pregunta—, ya que estamos en esto… me he estado preguntando también… ¿nunca fue extraño para ti?

—¿A qué te refieres? —susurró Jane.

—Quiero decir, soy Robin —dijo él tomando un mechón de su cabello para tratar de apaciguar sus nervios.

Ella sonrió. —¿Nunca fue extraño para ti?

—Por favor —él bufó—, tú eres Jane.

Ese era el tope, Jane se decidió por el cuello de su chaqueta y lo tomó con ambas manos. En secreto sabía que hacer eso cambiaría todo en ellos, porque una cosa era jugar en su casa y otra muy distinta enrollarse en medio de la calle. Parecía más oficial. Y pudo haberlo sido si Tini no hubiese llegado justo en ese momento para apresurarlos a entrar en la fiesta.

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—Tengo una duda, —dijo Tini cuando Jane hubo terminado de resumirle las últimas horas—, ¿por qué hiciste todos esos oficios cuando pudiste haberte negado y luego hacer lo mismo con las audiciones?

—No me juzgues, no soy conocida por mi brillante cerebro.

Jane se había escusado con Robin para ir por bebidas mientras lo dejaba bailando con una ebria cachonda. Y donde cualquiera hubiese sacado algo de la situación, Robin parecía querer volver al sillón rojo para ver su queridísimo Friends.

—Aunque él podría inventarle algo a tus papás —reflexionó Tini.

—¡Lo ves! Por eso no lo hice

—Pero es tan emocionante, me pregunto qué otras cosas va a hacer que hagas antes de la media noche.

—De hecho mi día como esclava terminará mañana temprano, estoy atada a él durante toda esta fiesta —suspiró, de pronto inquieta por la mención de la media noche—, ¿lo has visto en la fiesta? —dijo Jane refiriéndose a Rodrigo.

—No ¿Qué crees que quiera?

—Lo mismo de siempre, ver que puede sacar de mí —explicó.

—¿Te vas a acostar con él?

—Probablemente —dijo Jane inflando sus mejillas para luego dejar ir el aire de forma audible.

—¿Vas a dejar que él te desflore? —Tini arrugó su naríz para Jane.

—¿Podrías no decir esa clase de cosas en voz alta? —dijo mirando alrededor—. Por supuesto que no, además, él piensa que ya no hay flor entre mis piernas así que eso sería contraproducente. No sé porque es tan raro, creo que en el fondo siempre ha sabido que no dejaría que él fuera el primero.

—¿Así que vas a hacerlo con una banana antes? —probó Tini— Es mejor porque así tú decides cuanto empujar y cuando detenerte, yo lo hice con un desodorante.

Jane la miró, no estando segura de que responder a eso, pero sí de que su amiga estaba bajo una alta influencia de sustancias espirituales. —Creí que Luc había sido tu primero.

—Eso fue lo que le hice creer, subió su autoestima —asintió Tini.

—Basta, solo enfócate —la reprendió Jane, intentando solucionar su dilema en cuestión—; si voy a acostarme con Rodrigo debo hacerlo con alguien más antes. Y no, no usaré una banana.

—Entonces lo harás con Robin —concluyó Tini.

De vuelta su mirada en la pista de baile, Robin balaba con una chica diferente, intentando bajar la pierna de esta de su cadera. Podía escucharlo en su cabeza diciendo que aquel era un baile inapropiado. —Probablemente —confesó Jane.

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Justo antes de media noche Robin se acercó al lugar donde Jane bailaba coqueteando con un sujeto. Para su sorpresa, descubrió que no se sentía celoso sobre aquella escena. La tomó de la mano y con una sonrisa apenada hacia la pareja de baile de Jane, se la llevó lejos de la pista.

—Nueva orden del amo —dijo—: no te separarás de mí en lo que queda de fiesta.

—¡Oh, vamos!, no seas aburrido, si quieres bailar conmigo solo dilo.

Jane lo empujó contra la pared más cercana y bailó contra él, meciéndose descaradamente contra su pelvis, mientras lo miraba a los ojos sonriendo. Ella tomó las manos de él y las llevó a su cintura, pero Robin la liberó de nuevo y se cruzó de brazos. —¡¿Qué?! —dijo Jane ofendida.

—¿Y esto no es como tener sexo en medio de la fiesta?

—Tómalo o déjalo.

Se miraron por varios segundos y luego Robin la tomó de vuelta por la cintura y la atrajo hacia sí, su boca encajando contra el puente de la nariz de Jane. Y ella pudo sentir en su vientre el porqué la había alejado. Robin se deslizó en la pared para que sus ojos y otras partes de sus cuerpos quedaran al mismo nivel. La miró a los ojos. Ella no se movió mientras él la empujaba un poco más cerca y hacia abajo. Y Jane podría haberlo besado allí mismo. Podría haberle dicho que, aunque sonara descabellado, creía sentir algo por él. Que incluso tal vez, y solo tal vez, le gustaba. Lo deseaba.

—Creí que querías bailar —dijo él, sintiéndose extrañamente poderoso por tener el control por primera vez.

Jane, sin decir una sola palabra, comenzó a moverse lentamente hasta que la canción hubo terminado y Robin la liberó. Ambas respiraciones acompasadas a un ritmo presuroso.

—Debo ir al baño —anunció Robin ajustando sus gafas.

—Robin, por el amor a dios, no te masturbes en una fiesta —dijo Jane recuperándose.

Robin sonrió negando con la cabeza. —¿Sabes dónde está el baño?

—Probablemente —ella sonrió de su propia broma privada.

Él frunció el ceño.

—Nada, no me hagas caso, está subiendo las escaleras.

Sonriendo, Robin fue por donde se le instruyó. La pared junto a las escaleras relucía cubierta de fotografías enmarcadas en cuadros de colores, y un sencillo reloj en forme de búho anunciando que eran las doce en punto.

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Robin había intentado abrir cada una de las puertas y en todas había encontrado el seguro pasado; pudo oír con claridad a través de una de ellas a una pareja manteniendo una conversación muy interesante.

—Nena, chúpamela, te va a gustar, no seas tan virginal.

—No voy a poner tu cosa en mi boca —respondió la chica con rotundidad—, ¡qué asco!

Robin dejó de oír después de que el sujeto propuso alguna posición sexual que francamente Robin no conocía, y que la muchacha había aceptado. No tenía realmente ganas de ir al baño, pero fue lo primero que se le había ocurrido para salir de aquella situación. Se dio media vuelta al tiempo en que la puerta al otro lado del pasillo se abría. —Esta está vacía —anunció el orgulloso joven yendo del brazo de una hermosa jovencita con cara de todo menos de tener sexo en medio de una fiesta. En defensa de aquella nueva situación, Robin reconoció que seguramente no existía tal cosa como una cara de tener sexo en medio de una fiesta.

Había alguien de pie junto a las escaleras que él no había notado antes, alguien que le sonrió a la pareja con complicidad y miró hacia Robin con expresión tal, que él estuvo seguro que, de existir una cara-de-tener-sexo-en-medio-de-una-fiesta, sería una con aquella expresión.

—¡Cuanta suerte hemos tenido! A veces tardan horas en desocupar las habitaciones, aunque dudo que en realidad duren horas —dijo Jane mientras entraba en la habitación recientemente vacía.

Robin decidió seguirla con cautela. Se paró junto a la puerta abierta, mirándola sentarse en la cama.

—¿No vas a cerrar la puerta? ¿Eres del tipo exhibicionista, Robin?

Con un movimiento meticuloso, Robin estiró su mano para tomar la perilla de la puerta que estaba más lejos de lo que había pensado, así que tropezó hacia a delante. Se recompuso y cerró la puerta de espaldas a Jane. Así podía concentrarse mejor. Cuando se volvió para mirarla, ella estaba justo frente a él, provocando que el retrocediera hasta golpear su espalda contra la puerta. Jane dio un paso hacia él para poner el seguro y luego habló rápidamente.

—Pasaste toda la tarde intentando buscar algo que yo odiara lo suficiente como para que entonces tuviese que negarme a hacerlo y convertirme en tu esclava por más días.

—¿He hecho eso? Creo que no he prestado atención —él se ajusto los lentes.

—Adoro cuando haces eso —murmuró ella—. Ahora dime Robin, si es que no te has quedado sin ideas ¿qué quieres que haga, en esta habitación, estando solos tú y yo?

Él negó con la cabeza. De pronto sus lentes parecían resbalarse por su nariz sin control alguno. Era un tic del que Robin no estaba realmente consciente. La verdad era que se había quedado sin ideas, ¿Qué podía pedir, que fuera lo suficientemente descabellado para que Jane se negara a hacerlo? Y entonces se le ocurrió algo. Una cosa impensable que solo existía en los sueños que eran tan buenos como inalcanzables. Inspirado por la escena anterior en la que había fisgoneado sin ser escuchado, y sintiéndose más confiado porque la había atrapado en algo que sin lugar a dudas ella se negaría, dijo:

—Sexo oral.

La sonrisa desapareció del rostro de Jane, mientras la de él se ensanchaba. Ella sintió calor en cada parte de su cuerpo, y algo humedeciendo una zona en especial. Realmente no podía creer que hubiese sido Robin quien había dicho eso pero… ¡le encantaba!

Palmeó la erección de Robin, apretándola entre sus dedos con delicadeza. Él, involuntariamente se empujó contra la mano de Jane. Entonces ella estaba deshaciendo el botón de su pantalón, bajando su cremallera y arrodillándose frente a él para quitarle los pantalones. En un mismo rápido movimiento, Jane tomó el dobladillo de sus bóxers para bajarlos a sus rodillas, y antes de que él pudiese siquiera anticipar sus intenciones, ella había depositado un casto beso justo en la punta de su pene.

Robin se alejó de Jane rápidamente, haciendo equilibrios para volver a ajustar sus ropas donde deberían. Temblaba y se sentía como una mierda porque realmente le había gustado, pero no estaba bien porque él no le había dejado opción. Prácticamente la había obligado. Caminó a la única ventana de la habitación, intentó abrirla, pero estaba asegurada con llave. Jane lo llamó una vez y luego lo haló del brazo para forzarlo a mirarla.

—¡Siéntate en la cama! —ordenó ella superlativamente.

Robin obedeció mirando al suelo. Jane intentó quitarle de nuevo los pantalones, lo que no debía resultar muy difícil porque aún estaba desabotonado, pero Robin se lo impidió, tomando sus manos con fuerza. —¡No! —dijo él.

—Quiero hacerlo —susurró ella con voz grave—, de verdad quiero hacerlo.

—No —dijo Robin de nuevo.

Jane lo calló con un beso al que él también intentó. Pero las ganas de alejarla eran tan mínimas que Robin no tuvo fuerzas para luchar contra ella. Poco a poco se fue fundiendo en el beso. Una vez Jane lo consideró seguro, comenzó a desnudarlo nuevamente. Besó su cuello y la camisa sobre su pecho, hasta llegar a su vientre y alzar la vista para mirarlo. Robin iba a detenerla de nuevo, de verdad pensaba hacerlo, pero luego su boca abierta tocó su miembro y todo lo demás se apagó. Jane lo tomaba de la camisa, arrugándola en un puño entre su mano, en un intento de que él no pudiera escapar. Como si Robin pudiera hacer tal cosa. Cuando lo sintió relajarse, entonces ella comenzó a moverse, no estaba muy segura de cómo debía hacerlo, pero había chupado un montón de paletas en su vida, supuso que era algo similar, solo que no debía morder ¿o sí podía? Ya lo vería luego.

Ahora solo se concentraba en él. Chupó con delicadeza la punta y la rodeó con su lengua. Miró arriba al rostro de Robin, él miraba al techo con la boca abierta, sus manos apretando las sabanas sobre la cama. Él bajó la vista a Jane y esta le sonrió, la vio cerrar los ojos para empujar su boca contra su pene hasta cubrir la mitad de este, luego se alejó y lamió la punta con dedicación. Quería pedirle que repitiera lo que acababa de hacer pero no sabía si estaban permitidas las peticiones. De todos modos ella lo repitió, llegando esta vez más allá de la mitad. Se preguntó si podía llegar hasta el final. Como si pudiese leer su mente, ella lo intentó de nuevo, y esta vez lo consiguió. Robin gimió y se retorció cuando sintió la garganta de Jane intentando tragárselo. Esta vez, cuando lo liberó, no chupó su punta, sino que comenzó a toser contra su cadera.

—¿Estás bien? —preguntó Robin, repentinamente preocupado, incorporándose un poco en la cama.

Jane asintió y volvió a lamer la punta del miembro. Pronto consiguió un ritmo con el que estuvo cómoda: chupaba, lamía, chupaba, lamía. Robin comenzó a moverse de forma involuntaria, cada vez que Jane chupaba él alzaba un poco su pelvis y retrocedía para dejarla lamer la punta. Y así hasta que una sensación de ahogo invadió su cuerpo. Respiró profundo para retardarla, pero no podía más. Quería simplemente dejarse ir, sin embargo, era de caballero, en aquella situación, darle algún tipo de aviso a la chica en cuestión.

—Janee —dijo él acariciando su cabeza. Cuando esta no respondió, intentó tomarla del rostro para alejarla. Ella lo mordió ligeramente y él se retorció—. ¡Lerman! —aún acariciando su cabeza, él tomó la mano con la que ella aún mantenía apretada su camisa, y la sostuvo. Se dejó caer en la cama respirando profundo, incapaz de soportar un minuto más—. Janee, creí que deberías saber que… am… voy a correrme justo ahora, y si… ¡oh! no pudo más, cariño.

Jane sonrió, sintiendo como su boca se llenaba con un líquido caliente. Lo dejó escurrirse a través de sus labios hasta su mentón mientras seguía chupando rápida e insistentemente, sintiendo como Robin temblaba entre sus manos. Entre su boca. Lo escuchó gemir su nombre entre dientes apretados y alzó la vista para verlo. De pronto se sintió poderosa, y se detuvo. Ya había terminado, y había sido genial.

Jane se puso de pie, buscando en el armario más cercano hasta dar con una toalla. Después de secar su mentón, se sentó a la cama y con delicadeza limpio el líquido —semen— que había caído sobre Robin. Él contrajo su vientre ante el roce de Jane, luego tomó sus manos y la apartó con delicadeza, incorporándose para volver a vestirse. Robin se sentó junto a ella en la cama, aún sin juntar sus miradas. Era un silencio extrañamente incómodo después del íntimo momento que acababan de compartir. Él podía sentir la mirada de Jane mientras acomodaba sus gafas. Entonces la miró de vuelta y ella dijo:

—No sé tú, pero yo creo que eso me exonera de cualquier condena —dijo ella, y acto seguido, salió de la habitación con una enorme sonrisa.

La conclusión.

El ebrio Robin empujaba a una igualmente ebria Jane contra la pared de la casa Lerman, mientras dejaba un camino de besos a lo largo de su cuello. En toda su vida el pudo ser capaz de estar seguro acerca de los días en los que amaba a Jane y los días en los que deseaba que su brazo fuese lo suficientemente largo para poder llegar a su ventana y halar de ella hasta que se cayera, esperando que el golpe la hiciera ser menos cabrona. En aquel momento, sin embargo, Robin sentía que era imposible querer más a una persona. De hecho era algo insoportable la forma en la que deseaba estar dentro de su piel. Tal vez era el alcohol, pero Robin literalmente deseaba poder unir cada jane-átomo a los Robin-átomos.

Después de su encuentro en aquella habitación, ambos chicos habían regresado a la fiesta, Robin un poco perdido y sin poder apartar la mirada de Jane. Quien, por su parte, no dejaba de sonreír. No quería mantenerse lejos de Robin. Juntos bebieron una botella de aguardiente y caminaron a la casa para despejar sus mentes. Robin era hermoso con las luces nocturnas dibujando siluetas sobre su rostro, con el pequeño rubor y la mirada perdida que le daba el alcohol. A dos cuadras de su casa, Jane lo descubrió. Que por dramático que sonara, nada sería igual. Le gustaba ese chico, lo deseaba, quería hacerlo feliz. Y no podía mantener las manos lejos de él. Su trasero era firme y redondo. Solo que, realmente deseaba que él la tocara un poco más.

En su habitación, después de dejar a Jane y colarse a hurtadillas en su casa, miró por la ventana como ella yacía tumbada precariamente sobre la horilla de su cama. Reprimió las ganas de saltar al otro lado para arroparla y acomodarla dentro de la cama, y se fue a dormir. Dos horas después, el despertador sonó estruendosamente junto a su oído. Robin estaba por apagarlo cuando recordó que se suponía que pintara aquel sábado los daños infringidos a la casa de Rodrigo. Sintiéndose como la mierda, se puso en pie y fue por una ducha, cuando regresó a la habitación, su padre estaba sentado en su cama.

—¿Una noche movida?

Robin sonrió. —Bastante para mí, ya ves que no estoy realmente acostumbrado a lo que la vida nocturna tiene para ofrecer.

—Llamaron de tu trabajo para decir que si deseabas regresar podías hacerlo, les dije que no podías este día, pero que mañana trabajarías corrido para compensarlo ¿hice bien?

—Sí, papá, gracias; eso resuelve algunas cosas. —Aunque ahora tendría menos tiempo para pasar con Jane, de todos modos no podía simplemente decirle a su padre que ya no quería trabajar, porque eso no hacía más que parecerse a un niño caprichoso. Robin no era de ese tipo. Le dio un abrazo a su padre y ambos se sonrieron.

—Ahí tienes dos aspirinas, tómalas y baja a desayunar, tu madre salió temprano.

—¿Aún no quiere hablar conmigo?

—Lo que hiciste estuvo mal, Robin —dijo su padre con un suspiro— ¿tú qué crees?

Él asintió para sí mismo, convenciéndose de que eso era normal y de que debía esperar por el perdón de su madre. Aquel trabajo cada vez estaba costando más, la lógica estaba imponiéndose más a menudo aquellos días. Era cierto que él había actuado mal pintando la casa de Rodrigo y todo eso, pero era universalmente sabido que su madre no estaba enojada con él por eso. Era una cuestión de principios, como, el principio de la creación de Robin. Ella nunca lo había querido, punto. Y con cada día que pasaba, Robin se iba aburriendo más y más de la eterna espera de su perdón.

—Bajaré en un momento —dijo sonriendo afablemente a pesar.

Después de vestirse se mantuvo un rato mirando a la ventana de la que, a cualquier costo, debía ser su chica. Jane dormía con su maraña de pelo rubio rojizo alborotada en todas direcciones. Justo cuando Robin iba a retirarse, ella hizo un puchero y él fue incapaz de moverse. Era adorable, y sexi, si, pero muy adorable.

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Después del desayuno, Robin tomó un galón de pintura y fue caminando hasta la casa de Rodrigo. Apestaba que Jane no fuera con él. Pero hubiese sido un pecado despertarla, por lo que se abstuvo. Para el momento en el que Robin llegó a la parada de autobuses en la que se había refugiado de la lluvia aquel día, el galón de pintura pesaba dos toneladas y Gabriela no se veía por ninguna parte. Dos minutos después, un autobús se detuvo y esta bajó. Ella lucía y short desgastado y deshilachado de manera tal que podía verse el inicio de su trasero, una camisa holgada de flores y su rebelde cabello recogido en un moño descuidado en la cima de su cabeza. Sus labios rojos esbozaron una sonrisa para Robin, y le correspondió con otra del mismo talante. Estirando los hilos de la parte trasera de su short, Gabriela caminó un poco incomoda hacia Robin. Sintiéndose también ridícula, por pensar que él de pronto tenía súper poderes lectores de mente. Se dijo que no había forma de que él supiera que ella y su hermana habían pasado toda la noche buscando las prendas con las que Gabriela pudiera lucir como “una sexi y hermosa chica que se había puesto lo primero que encontró para borrar de una pared el pene que el chico guapo que acababa de conocer había pintado por demanda de su amiga aún más guapa y que ella había perfeccionado”. Como sea, aquel había sido el resultado.

Ninguno de los dos contaba con que el señor Marco y la otra estúpida tipa que llamó a la policía no estarían en casa. Tuvieron que esperar hasta el jodido medio día, sentados en el césped frente a la casa, maldiciendo a los dueños por hacerlos venir tan temprano.

—¿Una noche agitada? —preguntó Gabriela.

—No volveré a beber en mi vida, es un decreto oficial del amo.

—Tal vez debas probar otras cosas.

Robin la miró con fingida perplejidad. —¿Me estás alentando a drogarme?

Gabriela sonrió. —Tal vez.

Robin le devolvió la sonrisa al mismo tiempo que Rodrigo gritaba desde la ventana que salieran del césped. Resultó que sus padres habían “salido”, o esa fue toda la información que recibieron. Rodrigo supervisó el trabajo de pintura, y además, al finalizar, llamó a Robin dentro de la casa para que le ayudara a mover unas cajas. Era abuso de poder, pero Robin estaba al corriente de la cadena alimenticia, esa en particular en la que se suponía que hay quienes abusan y hay quienes son abusados. Él sabía en qué lado se encontraba. Por lo que sea, fue dentro de la casa con Rodrigo. Quien no se molestó en agradecerle una vez Robin lo hubo ayudado. Mirando por la ventana, Rodrigo murmuró:

—Es sexi esa chica —y miró con una ceja alzada hacia Robin, cuando este se encogió de hombros, Rodrigo supuso que no había nada allí—. ¿Qué crees que diga si le ofrezco subir a mi cuarto?

—No creo que acepte, la verdad —dijo Robin torciendo el gesto.

—Sí, tienes razón, seguramente es virgen, así no me gustan. Pero quería la opinión de alguien cercano.

—¿Por qué no te gustan las vírgenes? —dijo Robin, de pronto curioso.

—Algo personal, una… mala experiencia.

Robin se encogió de hombros y lo dejó estar. De regreso fuera de la casa, Gabriela cerraba la pintura y recogía sus brochas.

—¿Quieres que le pida a Rodrigo lavarlas?

Ella negó haciendo un mohín. —La verdad no, yo… solo quiero irme de aquí. ¿Te gustaría ir a tomar algo o… a comer algo? Muero de hambre.

—Vale, déjame despedirme de… no importa, vamos.

Compartieron la cuenta en un restaurante local de comida rápida, donde comieron hasta hartarse. Gabriela era muy divertida e inteligente, y tenía un enorme apetito. Robin decidió por millonésima vez que le gustaba aquella chica.

—Entonces trabajas y vives con tu hermana.

—Vivo con toda mi familia.

—Y eso incluiría…

—Al perro y al gato también.

Robin suspiró y sonrió, respetando el silencio de Gabriela. —Aún no me muestras mi dibujo —le recordó flexionando las manos.

Ella golpeó su frente con su palma y luego rebuscó en su bolso. —No, lo olvidé, lo siento, es que salí de prisa porque se me hacía tarde.

—Sí, por poco no llegas cuatro horas antes.

Ella sonrió.

—Lo siento, Gabi —dijo Robin con una sonrisa apenada—, lamento que hayas tenido que lavar las suciedades de otros.

—No te preocupes, fue divertido, ya sabes que me gusta pintar —dijo ella de pronto animada.

—No fue correcto —enfatizó él.

—No, pero, ya sabes debes correr duro sin que te importe ni el culo.

—Oh, mierda ¿lo escuchaste?

—Está bien, me hizo regresar a mi infancia, mis hermanos eran unos cabrones —Gabriela se detuvo para sonreírle a Robin, estaba intentando restarle importancia con la mirada, y en lo que a Robin respectaba, estaba funcionando.

—Vale, te creo, pero igual no dejaré de disculparme, y pienso hacer que Jane también se disculpe —dijo él con determinación en su mirada.

—Algo me dice que eso no va a ser particularmente fácil.

Robin miró a Gabriela y por primera vez desde que había dejado su casa más temprano, el rostro de Jane se dibujó en su mente; trayendo consigo una cálida oleada de emociones dispersas. Emocionado por verla, Robin se disculpó otra vez y despidió de su nueva amiga para irse trotando a casa. Como resultado, llegó sudando e hiperventilando. Jane abrió la puerta antes de que él tocara. ¿Lo estaba esperando? Ella lo miraba con el ceño y los labios fruncidos.

—¿Dónde mierda has estado? —dijo Jane en un tono que prometía pleito.

Robin adoptó una postura natural y fanfarrona impropia de él. —¿Me extrañaste, cariño? —Como resultado, recibió un golpe seco en su vientre seguido de un portazo en la cara. Robin se quedó mirando a la mirilla de la puerta, poniendo lo que él tenía como gesto suplicante. Jane le abrió de nuevo y lo encaró con la misma postura—. Fui a pintar el dibujo que hicimos en la casa de Rodrigo ¿puedes dejarme entrar, por favor?

Jane se hizo a un lado poniendo una mano en su cadera. Robin, su Robin, estaba entrando en su casa, del mismo modo que lo había hecho infinidades de veces. Pero, de alguna forma, aquella vez se sentía diferente, más como la visita de un novio que nunca había tenido. Al menos, si lo besaba en aquel momento, eso serían ambos de ahora en adelante. Él estudió los cuadros en la pared más lejana, quitándose los lentes para comprobar que aún seguía tan ciego sin ellos como lo recordaba. Entonces sintió la mano de Jane entre la suya. Ella tiraba de él hacia sí misma, y ponía sus manos sobre sus hombros para hacer que él flexionara un poco las rodillas y estar al mismo nivel. Robin tomó una de sus mejillas, acariciándola hasta que sus dedos se escurrieron en su cabello. Y ahora había inclinado su cabeza y la estaba mirando directo a la espesa tormenta en sus ojos, sonrió cuando Jane los estrechó y se paró en puntas para llegar a su tamaño. Robin la besó despacio, cada uno de los besos anteriores habían sido apasionados por parte de ella y torpes de su lado. Esta vez él intentó que hubiese algo más. La beso con dulzura y pasión, sintiendo el beso con cada parte de su cuerpo, al mismo tiempo que descubría curiosidad en los labios de Jane. Ella exploraba con su lengua, jugueteando con uno y otro de los labios de Robin.

Cuando se separaron ambos respiraban de la misma profunda y lenta manera. Jane se liberó del agarre de Robin y dio un paso atrás, reapareciendo su expresión obstinada de hacía un momento. —El esclavo no debe alejarse del amo, es una regla.

Robin la miró perplejo. —A ver si entendí, ¿tú estabas molesta porque no pudiste torturarme por la mañana? —Robin palmeó su frente con fingida frustración—. Y yo que llegué a creer por un momento que de verdad me extrañabas —él miró al techo fingiendo estar apenado y luego regresó su vista a ella con una sonrisa. Cuando descubrió que Jane lo miraba con cara de querer devorarlo, ajustó sus lentes.

Fue lo último que hizo antes de que Jane se arrojara hacia él para besarlo de nuevo. Dando un saltito, ella enrolló sus piernas en la cintura de Robin haciendo que él retrocediera hasta golpear con la puerta. Lo tomaba rudamente por los cabellos con una mano, deslizando la otra desde su hombro hasta el inicio de su mandíbula y de vuelta. Jane mecía sus caderas adelante y atrás, arriba y abajo; haciendo mella con la cordura de Robin. De forma violenta, Jane tiró de su cabello a la izquierda, obligando que Robin le diera acceso a su hombro derecho, donde lo besó suavemente hasta hacerlo gemir.

Robin se recordó que con Jane todo era acerca del control, y que debía ser él quien lo tuviese. Necesitaba tener un poco de control. Así que, tomando la mano que halaba de su cabello, y apretándola fuertemente por la cintura, Robin giró su cuerpo para estampar la espalda de Jane contra la pared junto a la puerta. La escuchó quejarse en voz alta mientras sus pelvis encajaban milimétricamente. Ella seguía moviéndose mientras gemía silenciosamente contra su boca.

—Lo siento —dijo Robin poniendo un poco de distancia entre ambos.

—Tú… cariño —dijo ella hiperventilando—, necesitas aprender a diferenciar entre los quejidos malos y… los de índole perversa. —Jane desenroscó su agarre de Robin y este la liberó. Ella miró sus uñas preguntándose que debía hacer ahora. Tenía una idea clara de lo que entretendría a Robin—. Tengo hambre —declaró, porque de pronto era verdad.

A Robin se le iluminaron los ojos. —¿Qué quieres comer? Haré lo que tú quieras, incluso puedes enviarme a la tienda por ingredientes, no importa; haré lo que tú quieras.

Jane bufó exasperada. —¿Podrías no sonar como un acosador? O ¿al menos hacer el intento?

—Lo siento, es que después de haberte escuchado decir la palabra índole quedé un poco desorientado.

Jane lo miró. —Idiota —dictaminó.

Y una vez más, como tantas otras veces, Jane se mantuvo observando a Robin cocinar para ella. Solo que ahora era diferente. Robin robaba minutos de su labor para ocuparlos plantando besos en la primera superficie de Jane que encontrara, momentos en los que Jane luchaba para no dejarse besar. Juegos de novios, supuso ella. Entonces cuando él estuvo ocupado por mucho tiempo friendo el pollo empanizado que Jane quería para la cena, ella se acercó por detrás e hizo algo impresionante: lo abrazó. Un abrazo real y enorme que decía “estoy feliz de que estés aquí conmigo”. Robin no pudo evitar sonreír y echar un brazo atrás para acariciar su melena rubia rojiza. Estaba tan feliz.

—Tengo que decirlo, Jane, aunque probablemente arruine todo… sabes que, mejor no lo digo.

—Dilo.

Robin suspiró sonriendo, terminó de dar vuelta a la última pieza de pollo y se volvió para sonreírle. —No me importaría ser tu esclavo por el resto de mi vida.

—Dilo.

—Es una tontería; solo… no puedo creer que esto esté pasando.

Para su sorpresa, Jane no se apartó; sino que se apretujó contra el pecho de Robin, acariciándolo con su nariz para absorber su olor. Él tomó su rostro para obligarla alzar su cabeza y la besó. Mientras la intensidad del beso aumentaba, Robin la sintió ansiosa y desesperada, así que se dijo a sí mismo que dejara de ser un marica y la levantara. Escuchando su conocedora conciencia, Robin la tomó de los muslos y la alzó pegándola a él de modo que sus cuerpos encajaran. La exploró dulcemente, poniendo sus manos sobre el que tenía que ser el culo más hermoso en el estado o incluso el país. Empujando la pelvis de la chica contra su creciente erección, la sintió gemir y besó su cuello.

—¿Vas a dejar que mi pollo se queme? —susurró Jane.

Robin la liberó y rascó su nuca con exasperación. —¿Por qué tienes que dañar el momento? Íbamos tan, pero tan bien.

—Solo creí que sería más prudente dejar el postre para el final.

Robin ocultó una sonrisa con las manos en sus caderas. “Postre”, esa era la terminología universal para sexo. ¡Tendría sexo aquella noche! Con aquella revelación, se acercó a Jane para tomar su rostro y besar su frente, sostuvo el beso tal vez por demasiado tiempo, descendiendo con sus labios para acariciar el puente de su nariz, hasta plantar un casto beso en los suaves y carnosos labios de Jane. Cuando se separó para mirarla, ella aún mantenía sus ojos cerrados.

—Sal de aquí Lerman, si de verdad quieres preservar el postre.

Jane abrió los ojos y sonrió mordiéndose el labio inferior. Eso era terriblemente mortal para Robin.

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—Lo siento cariño, creo que no presté atención ¿Dónde dijiste que estaban tus padres? —dijo Robin mientras servía la comida en la mesa. Él recientemente había almorzado, pero siempre había lugar para una cena con Jane.

—En la playa con John, me dejaron durmiendo por haber llegado tan tarde; creo que ese era su idea de castigo.

—¿Sabes si Carlos está molesto conmigo?

—Pues, feliz no está; de hecho, dejó una nota diciendo que no nos habíamos salvado del regaño, y que sería “necesaria” una seria conversación a su regreso.

Robin torció el gesto. —¿De verdad yo hablo así?

—Todo el tiempo.

—Comprendo ahora porque te resulta tan molesto.

—Creo que es sexi —dijo Jane escogiendo la pechuga entre el montón.

—¿Una epifanía?

—Epifanía tu culo —se apresuró a decir Jane.

Robin rió porque Jane nunca entendía sus bromas, lo que era especialmente gracioso. —Quiero decir, ¿no es extraño que ahora pienses que es sexi lo que antes despreciabas?

Jane se encogió de hombros. —Es parte del crecimiento.

—Brindemos por el crecimiento.

—No tenemos vinos —señaló Jane—, ni champaña.

—Ni lo habrá en toda mi vida.

—Cualquiera diría que fue una mala noche.

Él la miró con seriedad. —Jane —dijo—, ¿estás consciente de que fue la mejor noche de mi vida?

—Hice mis suposiciones.

Robin sonrió. —Te amo.

Jane volvió a encogerse de hombros. —Lo sé.

Terminaron la cena temprana en silencio, para luego ir a sentarse al sillón rojo como tantas otras veces lo habían hecho. Robin, caballerosamente, preguntó por el programa que Jane deseaba ver. Ella, por su parte, hizo un gesto con la mano para restarle importancia, sentándose al otro extremo del sofá y poniendo sus pies en el regazo de Robin. Él miró de ella a sus pies, puso un canal de películas donde pasaban Ni idea, a Jane le encantaba aquella película, claro que no tenía “ni idea” de que estaba basada en una famosa novela de Jane Austen.

—¿Le gustaría a mí ama un masaje? —dijo Robin.

—¿Para qué crees que te puse los pies encima?

Robin sonrió asintiendo con la cabeza y desnudó los pies de Jane, observando las líneas y marcas que el ballet había dejado en ellos. Era cierto que pararse en punta los había destrozado ante los ojos de cualquiera, pero para Robin eran hermosos, porque eran parte de lo que Jane era, y de alguna forma la hacían más humilde, aunque solo en apariencia. Robin los masajeó distraído, mientras pensaba en lo que recientemente había sucedido. ¿Significaba esto que oficialmente él debería apegarse a los toques de queda impartidos por Carlos?, es decir, ¿estaban saliendo de verdad? Bueno, tal vez él debería ser un hombre para variar y preguntarlo.

—¿Quieres salir conmigo? —dijo él con la vista fija en el televisor.

—¿Estás consciente de que estás dejando sin circulación los dedos de mis pies? —fue la respuesta de Jane.

Él descubrió que, efectivamente, apretaba con fuerza los pies de Jane. Masajeó en silencio mirando la televisión y tensando su mandíbula; pasaron algunos minutos antes de que Jane hablara de nuevo encogiéndose de hombros.

—No tengo ningún plan para esta noche —ella dijo.

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Fueron a una plaza de patinadores a dos cuadras de sus casas. Robin llevó sus patines y los de Jane, y durante dos horas enteras recorrieron la plaza de punta a punta. Jane no peleó y Robin no dudó. Aquello estaba pasando y no había nada que discutir al respecto. Se dijo que debía dejarse llevar y así lo hizo. No esperó, sin embargo, que aquel pensamiento funcionara.

De regreso a casa, montando en la espalda de Robin, Jane recogía las flores de aquellas casas cuyos árboles habían caído a su alcance lo suficientemente bajos a través de sus cercas. A continuación, las acercaba a la nariz de Robin y el chico estornudaba. —¿Podrías dejar de hacer eso? —dijo él con la nariz fañosa.

—¡Ah, Robin! —dijo Jane dramáticamente—, ¿por qué te empeñas en quitarle la vida a la diversión?

—Le quito la diversión a la vida no la vida a la diversión.

—¿Lo ves? Hasta tú me das la razón.

—Ja.

—Quiero decir que esta cita no fue tan mala como suponía, tenía mis dudas, hay que admitirlo, pero fue… decente.

—Oh, gracias, decente.

—¿Qué? ¿No te basta con eso? Te estás volviendo una persona difícil de complacer.

—Eso no es cierto.

—Y además eres quisquilloso, ¡pero si me he ganado el paquete completo!

—¿Quisquilloso?

—¿Qué? Es una palabra que usa la gente, los hace lucir inteligentes.

—No, no lo hace.

—Adoras las discusiones sin sentido.

—Adoras decir idioteces.

—Es todo, bájame aquí mismo.

—Vale no quise ofenderte, no te vayas de esa manera.

—¿Siempre tienes que puntualizar lo tonta que soy? ¿Por qué disfrutas tanto de eso?

—Porque para nosotros los mundanos, es algo increíbles que alguien como tú cometa errores.

—No vas a convencerme con tu palabrería.

Robin se acercó a ella con una extraña sonrisa que le recordaba que él era más alto y más grande. La miró con profundidad y acercó sus rostros. —No es palabrería —dijo—, a mis ojos tú eres perfecta.

Entonces él la tomó de la cintura, alzándola ligeramente en sus pies, y la besó lentamente en los labios. Cuando el beso hubo terminado, Jane hiperventilaba, mirando a Robin con urgencia en sus ojos. —A casa, ahora —ordenó en susurros.

Él no la cuestionó, avanzó a casa con Jane liderando el camino, también se sentía urgente, ya habían esperado suficiente para el postre. Pero justo antes de llegar a la casa Lerman, sucedió lo impensable: el padre de Robin los interceptó en su caminata

—Hola, chicos —él dije sonriendo.

—Hola, papá, nos vemos más tarde —dijo Robin pasando junto a él.

—De hecho Carlos acaba de llamarme para recordarme que debía hacerlos cumplir sus castigos y sus ¿cómo los llamó él? Toques de queda. Robin, tienes que venir conmigo a casa; despídete, vamos, dile Adios a Jane.

—Tienes que estar bromeando —dijeron los chicos al mismo tiempo.

—No, ¿por qué? ¿Tenían planes o algo así?

Jane y Robin compartieron una mirada de frustración y negaron con la cabeza. Y fue cuando él tuvo una idea, sus ojos volaron hacia el lugar donde los laterales de ambas casas se unían, y el estrecho espacio que había entre ambas. Jane comprendió al instante la mirada de él y estrechó los ojos hacia Robin. De vuelta a ella, él dio un pequeño asentimiento de cabeza. Luego todo el mundo se fue a su casa.

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Jane estaba tumbada sobre el sofá, vagando entre los canales de televisor mientras pensaba en los helados y el porqué no se podían derretir desde su centro hacia afuera. Pero principalmente, esperaba a Robin; quien apareció exactamente cuatro minutos después de que ella entrara en la casa Lerman. Él hiperventilaba, pero eso era poco importante.

—¿Tienes idea de lo que pudimos haber hecho en cuatro minutos? —dijo ella solo por joderle la vida a Robin.

—¿Sufrir daño cerebral por asfixia? —respondió él, con su respiración aún agitada por la adrenalina en su cuerpo que le había dejado el reciente salto de altura.

—¿Por qué iríamos a asfixiarnos? ¿Por qué quieres asfixiarme? ¿Viniste aquí para eso?

—No, vine aquí con una idea un tanto diferente del tipo de conversación que tendríamos.

—¡Vamos Robin!, sé un hombre, no puedo tomar la iniciativa eternamente. ¿Qué harás cuando no sea yo? ¿Qué harás cuando sea una mujer que no te conoce en absoluto ni tiene tiempo para tus modales absurdos? ¡Se directo! Di: quiero sexo, ¡vamos!, repite conmigo: “Jane, quiero sexo”.

—Pero eso no es lo que quiero.

—¿Ah, no? —ella se cruzó de brazos.

—Quiero decir, si, pero, no solo estoy aquí por eso.

—No aclares que oscurece.

Robin miró frustrado a sus pies, realmente no sabía que decir, y como ella dijo que debía ser directo, entonces él lo hizo. Y, sentándose en el sofá junto a ella, dijo: —No sé qué hacer.

—Robin, contéstame algo —dijo Jane adoptando una postura de negocios en su posición del indio—, ¿eres gay? No, ¿verdad? No vuelvas a decir algo como eso ante una situación potencial para… coger.

Él asintió con la cabeza, frunciendo el ceño mientras acomodaba sus gafas sobre el puente de su nariz.

—Y aquí vamos de nuevo ¿a qué esperas?

—¡Vale, vale! Pero no me presiones.

—Y ahí está la mariquita otra vez, no voy a acostarme con ningún…

Entonces Robin la cayó con un beso furibundo que no pretendía ser sensual sino furioso, tal vez lastimarla un poco o asfixiarla con el peso de su cuerpo. Pero, tuvo el efecto contrario. Jane se moldeó a su contorno como masa flexible, tomándolo con brusquedad de su cabello y empujándolo contra su rostro. Entonces él comenzó a besar su cuello al mismo tiempo que hundía su pelvis contra la de ella y manoseaba sus pechos. —Vale, vale, vale —dijo ella entrecortadamente—, esto está mejor. —Él sonrió para sí mismo, simplemente porque se sintió como una pequeña victoria; luego se alejó de ella para sacar su camisa. Cuando intentó volver a besarla, ella lo detuvo para observarlo. Con sus dedos, Jane tocó su pecho, deslizándolo hasta su vientre y admirando como los músculos de Robin se contraían debajo de su roce. Entonces deshizo el botón de su pantalón y tomó la liga de sus bóxers para tirar de él sobre sí misma, en el movimiento, su mano se deslizó por la piel de Robin, más allá de sus bóxers, y terminó acariciando su creciente erección.

Robin, con sus manos extendidas y apoyadas de lado a lado de la cabeza de Jane, la observaba mientras disfrutaba de sus tímidas caricias. Entonces se le ocurrió que ella tenía demasiada ropa. Fue primero por su camisa, lo que era una pena porque significaba que Jane debía desocupar sus manos; luego sus leggins turquesa de lazos blancos, ceñidos a ella como una segunda piel. Los deslizó lentamente, o ese era su plan, porque en cuanto llegaron a sus rodillas tuvo que ponerse de pie para poder sacar los benditos leggins más allá de él. Jane pataleó riendo un poco mientras el material engomado era halado por Robin. Una vez estuvo solo en ropa interior, Robin regresó a su lugar sobre ella, pero esta lo detuvo. Incorporándose, Jane desabrocho su sostén y se lo sacó para arrojarlo al piso; luego se puso de pie para bajar sus bragas. Ahora estaba desnuda y bastante preparada para Robin. Se sentía poderosa por la forma en la que lo tenía embelesado. Se sentía hermosa. Se había depilado hasta las cejas para la ocasión, pero sabía que aún si fuese la mujer barbuda, él la miraría de la misma manera en la que lo hacía en aquel momento, él la amaría de la misma manera ¿no? Y eso la hacía sentir poderosa.

Robin se puso también de pie y, torpemente, se bajó pantalón y bóxers al mismo tiempo, deteniéndose brevemente para quitarse los zapatos. Acto seguido, se mantuvo mirándola hasta que recordó que debía ser un hombre y tomar la iniciativa. De la mano la hizo sentarse en el sofá y la tumbó sobre el reposa cabezas, se puso sobre ella y entre sus piernas, y comenzó a besarla con labios tiznados de desesperación, de sed de Jane. Ese fue el momento en que las fuerzas la abandonaron, todo el poder que había sentido anteriormente se había esfumado de pronto. La última vez que estuvo en aquellas circunstancias, le había susurrado al hombre entre sus piernas que era virgen y él se había detenido y roto con ella. Sabía que esta vez no pasaría lo mismo, nada haría que Robin se alejara de ella. Y le encantaba esa seguridad.

Él se acomodó entre sus piernas y ella pudo sentirlo plenamente. Su miembro erecto contra ella, penetrando un milímetro más con cada beso. Si iba a decirlo debía hacerlo pronto. Y justo cuando Jane estaba por hablar, Robin simplemente se movió y de una estocada la penetró hasta la mitad. Ella apenas pudo escucharlo jurar, porque un grito de sorpresa y dolor salió de su boca.

—¡Joder, Robin! ¿Qué mierda pasa contigo? —dijo Jane apartando el cuerpo de él fuera del de ella.

Robin se sentó en el sofá confundido ¿Qué había pasado exactamente? La miró esperando que su expresión correspondiera una respuesta, pero Jane solo veía ojos de venado asustado. Entonces Robin pareció recordar algo y rebuscó de prisa en el revoltijo de ropa en el suelo, sacó un condón de su pantalón y lo abrió para ponérselo. —Lo siento, es que yo realmente no estoy…

Él calló. Jane había recogido su camisa y puesto de pie para ponérsela, salió de la habitación rumbo a las escaleras sin decir una palabra. Robin la miró en un pequeño estado de shock, de nuevo se preguntó ¿Qué mierda había pasado? No sabía mucho del tema, pero no podía haber hecho algo mal aún, es decir, apenas estaban comenzando. O… ¿acaso Jane se arrepintió?

Mientras abortaba la misión para ponerse el condón, miró a su entrepierna. Había algo de sangre allí. Con un poco de pánico de estar sufriendo alguna rara enfermedad de la que no sabía, haberse hecho daño de alguna manera, o ¡que sabía él!, recordó lo difícil que había sido penetrar a Jane hacía un momento, su actitud y…

—¡Mierda! —Robin tomó sus bóxers, y dando saltitos para ponérselos, corrió arriba por las escaleras hasta la puerta de Jane. Estaba cerrada. Tocó—. Jane, dejame entrar, por favor.

—No tiene seguro, estúpido.

Robin entró caminando muy despacio, Jane estaba acostada sobre su cama con las sabanas hasta su cabeza. Robin cerró la puerta detrás de él por pura costumbre, luego se acostó junto a ella por encima de las sabanas, no quería presionar las cosas. Ahora debía pensar cuál era el mejor método para abordar el tema. Podía actuar como quien no sabía nada y preguntar simplemente que estaba pasando, después de todo, solo había sido una conjetura apresurada por el momento; o podía tomar el papel de quien había escuchado todas las versiones y abarcar aquello de forma madura, ser un apoyo para ella y decirle que todo estaría bien. —Podías habérmelo dicho —fue la frase que escogió para empezar, sin embargo.

—Como si hubiese tenido alguna oportunidad, es decir ¿tú simplemente asumiste que yo era una zorra que había tenido sexo mil veces? —ella no dejó que él contestara—. Simplemente llegaste allí y escogiste ser un bruto, porque tú eres el único que importa ¿no? A la mierda la chica, hagamos esto rápido, y… ni siquiera sé que decir ¿puedes irte?

—¿Tú no sabes que decir? YO no sé qué decir. Fui un idiota y… si, pensé que tu… bueno no contaba con que tú…

Jane levantó las sabanas para mirar a Robin, él mantenía su vista fija en las figuras del techo mientras gesticulaba con sus manos para intentar explicarse. —Virgen, soy virgen ¿por qué te cuesta tanto decirlo?

—Ahm, yo creo que técnicamente ya no eres virgen —dijo él fijándose ahora en los ojos grises de Jane.

—No, supongo que ya no lo soy. No te ofendas pero esa tuvo que ser la peor primera vez de la historia.

El rostro de Robin se contrajo. Saltó de la cama involuntariamente y comenzó a caminar de un lado a otro rascando su nuca mientras pensaba.

—Dije que no te ofendieras —recordó Jane.

—¿Cómo esperas que no me ofenda cuando me dices una cosa como esa? ¿Tienes idea del lugar en donde eso me pone? Quiero decir, sé que estuvo mal, pero no fue justo, tú si quiera me dejaste compensártelo, yo debería haber tenido una oportunidad para… —se ajustó las gafas y se plantó en el suelo con las manos en sus caderas—. Dame otra oportunidad, puedo mejorar, lo prometo, no será tan terrible, es decir, ¡será bueno! Seré bueno… por favor.

—Detén tu carrosa del drama, yo no he dicho que no vamos a hacerlo nunca más, solo digo que eso fue algo traumático.

Robin jadeó indignado. —No aclares que oscurece, Lerman.

—Vale, eso no ha sido para nada lo que quería decir —dijo ella, tratando de pensar en una manera de que aquello no resultara traumático para él también—. Solo estoy diciendo estupideces, Robin, no me escuches. Quiero decir que estoy aterrada y que no tenía idea de que iba a congelarme de esa manera allí abajo, o que entraría en pánico y huiría a mi habitación. Todo esto es nuevo para mí, eso es todo; y me gustaría estar sola. Así que si no te importa ¿podrías saltar de vuelta a tu ventana? Gracias.

Robin la miró sin querer dar crédito a lo que escuchaba. No sabía quién de los dos había tenido la culpa o si ambos habían tenido su tajada en el asunto, pero estaba seguro de que la habían fastidiado, como monumentalmente fastidiado. Pero debía resolverse. Podía resolverse. Con ese pensamiento, él se sentó en la cama de espaldas a Jane y dijo:

—Tal vez hay algo que yo pueda hacer para que todo esto no sea tan terrible para ti.

—¿Cómo qué?

—Podría… devolverte, ya sabes… el favor.

Jane se incorporó sonriente y de pronto algo emocionada, aunque su emoción se debía más que nada a la obvia incomodidad de Robin. Sabía exactamente de lo que él estaba hablando porque ella no podía dejar de pensar en ello, pero decidió ponérsela difícil. —¿De qué favor hablas?

—Tú solo recuéstate tranquila, si quieres, solo si quieres —él se volvió para verla sonreír. Eso le dio valor—. Por el bien de ambos necesito poder hacer que olvides el desastre que sucedió allí debajo. O… o que al menos lo asocies con algo positivo.

Robin apartó la mirada de la de Jane mientras quitaba las sabanas de su cuerpo. Ella llevaba la camisa holgada que había usado para su cita, y nada más. Robin se puso entre sus piernas y simplemente observó la zona intima de Jane, por más tiempo del que ella consideró apropiado. —Ey, tú —dijo—, la visión laser no está funcionando ¿tienes algún otro movimiento?

—¿Por qué nunca bajas la guardia? —dijo Robin regresando su mirada a los ojos grises de Jane.

Jane miró a las figuras sobre su cabeza, el dragón sonriente, la mujer curiosa en su cola y el montón de espectadores al fondo; era el momento más excitante que había tenido en su vida. —Si el tiburón se detiene muere —susurró más para sí misma.

—Me sorprende que sepas eso.

—¿Vas a parlotear o a besar mi entrepierna?

Robin rió porque estaba nervioso. Trató de concentrarse. Pensó en Jane y en lo completamente genial que había estado la noche anterior en la fiesta. Recordó como ella lo hacía y como se veía. Obviamente las técnicas no podían ser las mismas, pero si el modo en que se hacía, y es que Jane pareció realmente estar disfrutando lo que hacía. Con este pensamiento, hizo lo que ella le pedía: plantó un casto beso en su entrepierna y sintió el vientre de Jane contrayéndose. Entonces abrió su boca y profundizó el beso, esta vez dejando que su lengua entrara en contacto con aquella sensible área. La besó durante algún tiempo antes de darse cuenta que la lengua era lo que hacía que Jane se estremeciera. Y la usó, lamió su clítoris en círculos pequeños en insistentes; y mientras lo hacía la escuchó gemir su nombre, y fue la mejor sensación de todas.

Jane podía sentirlo en todo su cuerpo, pero de pronto no era suficiente. Tomó el cabello de Robin y actuó por instinto, movió su cabeza arriba y abajo; luego tomó una de sus manos y la llevó debajo de su camisa a uno de sus pequeños senos. Lo sintió tocarla tímidamente y luego acostumbrarse. Entonces sus pies y manos hormiguearon y su boca se sentía seca, su respiración se detuvo y su cuerpo se contrajo en el primer orgasmo que había tenido jamás.

Poco después, tumbada junto a Robin, ella le pidió que le hiciera el amor de la manera tradicional, y él accedió. Tenía sus reservas, pero no podía decir no.

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Aquella noche Jane y Robin durmieron juntos, pero al despertar, ella estaba sola. Él había dejado una nota, sin embargo, y en esta le informaba que estaría todo el día trabajando en el estúpido negocio de bebidas. Jane no entendía para que lo hacía, no es como si sus padres no llenaran a Robin con todos los lujos que este pidiera para compensar sus múltiples faltas. El problema en esa ecuación radicaba en que Robin jamás pedía nada, así que casi nunca recibía nada. Pero era porque no lo necesitaba, él era un chico muy sencillo, y además cariñoso, amable, considerado, empático. Él era simplemente Robin y no había nombre más bonito para describir a una persona. Jane se descubrió sonriendo mientras tomaba una ducha y se vestía para salir a desayunar a algún sitio. Cuando estuvo lista se le ocurrió que podía ir al negocio de jugos de Robin, de ese modo podía verlo y además desayunaba alguna chuchería que vendieran allí.

Cuando llegó al local, este estaba extrañamente lleno de clientes. Jane se sentó a la barra esperando encontrarse con Robin, pero no lo vio. Estuvo allí por media hora, siendo acosada por clientes y empleados que demandaban su nombre y su número telefónico; ella los esquivo, no muy cortés, y ordenó un sándwich de queso y una merengada de fresa. Pensó que era un desayuno digno, Robin seguramente aprobaría su elección. Jane había terminado su comida para el momento en el que Robin apareció. Él la saludó incomodo y le hizo gestos para explicar que enseguida volvía; solo que cuando regresó debía limpiar el baño, y después de eso volver a la cocina.

—Lo siento, es que hoy realmente estoy muy ocupado, cariño ¿Qué te parece si te veo en casa? —se excusó mientras pasaba junto a Jane a toda prisa, dejándola sin si quiera tiempo para fruncirle el ceño.

Jane se marchó a casa para esperarlo. Se sentía ridículamente ansiosa por verlo de nuevo. Ya había caído la noche, ella se estaba reprendiendo por millonésima vez cuando llamaron a la puerta. Solo que no era Robin sino sus padres, con su irritante hermano presumiendo de haber recibido un teléfono nuevo por su impecable comportamiento. Lo que Jane sabía, era más un castigo para ella que un premio para él.

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Carlos estaba de pie frente al sillón rojo, Robin se sentía algo incomodo por lo que había sucedido la última vez que habían estado allí, mientras Jane estaba recostada cómodamente sobre el respaldo del mueble. Parecían haber hecho un acuerdo tácito para no tocarse. Carlos simplemente los miraba como el viejo alguacil del pueblo apresando por millonésima vez a los mismos bandoleros.

—Papá, el teatro te esta desgastando, llegas cansado de un viaje, estás feliz de vernos ¿para qué fingir otra cosa?

—No estoy fingiendo, estoy enfadado con ustedes.

—¿Si prometemos no volver a llegar a esa hora nos dejarás en paz?

—Jane, sube a tu habitación ahora mismo, estás castigada hasta nuevo aviso.

Ella se puso de pie rápidamente. —¡No es justo! Esto no es una maldita dictadura.

—¡Modera tu vocabulario, jovencita! —le gritó Carlos mientras ella iba escaleras arriba; luego miró con cansancio hacia el muchacho aún sentado—. Robin, Robin, Robin, Robin. ¿Tienes idea de lo difícil que es criar a una niña hermosa y caprichosa como esa?

—No venía caprichosa del paquete.

—El punto es que yo creí que estabas de nuestro lado, pensé que estabas interesado en educarla por el buen camino.

—Carlos, solo tengo dieciséis —le recordó.

—Razón por la que debería impresionarte tal voto de confianza —murmuró un pensativo Carlos—. Pero ¿sabes qué?, seré bondadoso porque fue tu primera falla, te daré otra oportunidad. ¿Verdad que no la desaprovecharas esta vez?

—A ver, ilústrame, ¿exactamente en qué consiste esta segunda oportunidad?

—Es la oportunidad para que me demuestres que aún eres una buena influencia para mi hija. Su vida juntos no será tan liberal si demuestras lo contrario. Sin embargo es mucha responsabilidad, así que entenderé si no estás dentro.

—¿Dentro de qué?

—Dentro de la vida de mi hija, por supuesto.

—Vale, Carlos ¿de verdad tienes que complicarlo todo? Comienzo a ver el punto de vista de Janee y porqué se comporta como lo hace.

—¡Oh, no! —exclamó un alarmado Carlos—, sucedió lo que me temía, tú no estás halándola al cielo, ella te arrastra al infierno.

Desde la cocina se oyó la voz de su mujer gritando. —Como vuelvas a hablar de esa forma de mi hija te dejo sin más herederos.

—He descubierto de donde viene la obsesión de Jane por cortar pelotas —murmuró Robin, y entonces Carlos le frunció el ceño y él alzó las cejas.

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Robin estaba hecho un desastre cuando despertó la mañana siguiente, su fin de semana había sido agotador, magnifico, pero agotador. Sobre todo con su jefe aprovechándose de su imposibilidad para decir no y mandándolo a hacer más trabajo del que le correspondía. Lo que él aceptaba además, porque aquel había sido un día de prueba. Y ahora de nuevo tenía dinero y podría salir con Jane a citas reales. Robin suspiró enredado en sus sabanas. Jane, pensó. También había sido tormentosa la parte en la que Carlos le decía que no podía pasar el resto de la noche con su novia. Claro que aún no sabía si podía llamarla así, pues no era oficial, nada lo era. Robin no podía decidir si hacerse a un lado y esperar a que todo fluyera o pedirle a Jane directamente volverse oficiales. Lo que iba a ser raro porque ambos conocían a sus padres y las costumbres y gustos del otro. Pero sobrevivirían.

—¿No vas a clases hoy? —dijo su padre desde la puerta.

—En un minuto me levanto.

—Si no sales ahora te perderás las dos clases de la mañana.

Robin alzó la vista a su despertador, eran las ocho y veinte, iba monumentalmente tarde. Se vistió sin ducharse y salió de la casa sin desayunar ni mirar nostálgicamente a la ventana de Jane. Extrañó eso mientras trotaba a clase. Aún así, como suponía, no llegó a tiempo para la segunda hora. Mientras esperaba buscó un lugar para dormir hasta que el primer receso llegara y él pudiera ir por Jane.

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Jane se sentía ansiosa, pero no le gustaba pensar en la razón por la que lo estaba. La segunda clase había terminado y Robin aún no había aparecido. Él nunca faltaba, ¿y si estaba evitándola o enfermo… o evitándola? Sacudió su cabeza para dejar de pensar en ello. Sentada junto a Tini en las gradas, meditaba acerca de lo sucedido. Le había contado todo a su amiga, ambas estaban al tanto de la situación de Jane; desde la fiesta hasta la forma en la que él la había ignorado en su trabajo. Tini le había gritado que era Robin y que no debía preocuparse, pero Jane seguía haciéndolo, no podía dejar de estar preocupada.

—Una duda, ¿seguirás con el plan?

—Ya hablamos de eso —dijo Jane con fastidio.

—Pero… te acostarás con Rodrigo ¿no?

—Bueno, ya no soy virgen ¿verdad? Ya no va rechazarme otra vez.

—¿Ves como no tienes porque estresarte? La única razón de acostarse con Robin era estar lista para Rodrigo. Ahora le llegó su “probablemente”. Que prepare su güevo y cambie las sabanas. Porque esta noche tu estarás ¡que arde!

—A veces me pregunto de donde te han sacado.

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Robin no apareció para la tercera hora, ni tampoco durante el almuerzo. Jane se estaba comenzando a preocupar, pero no lo suficiente como para llamarlo sin que él la hubiese llamado antes. Siempre era así con Robin. Le reventaba en las pelotas todo el asunto. No era que ella tuviese pelotas, pero igual le molestaba. Finalmente, después del almuerzo él apareció luciendo algo desecho. Jane decidió darle el beneficio de la duda, empezar con el pie derecho para variar. Entró en el salón sonriéndole y llamándolo con la mirada. Pero no hubo respuesta. Dudosa, fue hasta su puesto y se sentó junto a él.

—¿Te sucedió algo esta mañana? —preguntó, mientras fingía estar ocupada con su bolso. Robin seguía sin responder.

—Jane, estás en mi lugar —dijo una chica de pie junto a ella.

Jane la ignoró. —De todos modos no te perdiste de mucho, aunque intenté tomar muchos apuntes porque tú eres obsesivo con esas cosas —acomodó su cabello detrás de su oreja—. ¿Qué te parece si nos reunimos esta noche y te los paso?

Silencio.

—Jane, MUE-VETE, estás en mi lugar —continuó la muchacha.

Jane miró fijamente a Robin sin poder adivinar lo que estaba mal. —O… puedo ir a tu casa, nunca nos reunimos allá —susurró.

—Profesor, ¿podría decirle a Lerman que se mueva de mi puesto fijo?

—¿Tú qué dices? —dijo Jane algo irritada porque Robin no respondía y porque la muchacha no dejaba de joder.

—Señorita, al comienzo del año fue elaborado un sistema de puestos fijos, le pido el favor de que se apegue a este —ese era el profesor saliendo en defensa del orden.

Jane miró de Robin al profesor y se alteró un poco más. —Pues no me parece que nos rijamos por algo tan absurdo; las mujeres que pasan por el mismo callejón muchas noches seguidas son violadas. El instituto debería promover la individualidad.

—¿Violadas? ¿De qué habla, Lerman? ¿Qué tiene que ver esto con la individualidad?

—Mucho, todo, usted dígame; deberíamos ser capaces de levantarnos en la mañana y tener la opción de escoger junto a quienes nos sentaremos ese día, o llegar a la escuela y sorprenderse con que el único puesto libre está junto al chico caliente de la escuela. Opciones, de eso se trata la vida. ¡Apóyame Robin!

Jane se volvió para mirarlo, esperando algún comentario inteligente, que fuese al menos para corregirla. —Solo muévete, Jane —fue lo único que dijo Robin con sus dientes apretados. La mano de Jane voló involuntariamente hasta el rostro del muchacho, ¿sería posible que Robin hiciera una cosa como esa? ¿Aún debía preguntarlo? No había duda alguna, Robin estaba evitándola, ¿a caso solo la había usado? Tal vez apostó algo con alguien, pensaba Jane mientras él volvía su cabeza para mirarla con desprecio en sus ojos. Una única palabra salió de su boca: —zorra —dijo él.

Jane se abalanzó al frente con la intención de golpearlo de nuevo, pero fue tomada del brazo por el profesor. Forcejeó y pataleó para intentar zafarse, pero no funcionó. Lo maldijo hasta que no se le ocurrieron insultos, y luego se calmó y comenzó a reír.

—Felicitaciones, Robin —dijo alegremente—, finalmente has dejado de ser un esclavo —dicho esto, Jane fue escoltada fuera del salón.

Robin la miró irse y poco después él también dejó la clase, pues no le apetecía llorar en frente de todo el grupo. Ya no tenía sueño, después de la breve siesta que había tomado debajo de las gradas, pero su corazón seguía hecho trozos por lo que escuchó estando allí. Había rememorado las palabras de Rodrigo aquel día en el que le había dicho que no le gustaban las vírgenes. Jane todo el tiempo lo había estado usando, él nunca fue su verdadero objetivo, solo era un escalón fácil que se había amoldado gustoso en forma de rampa para ella. Jane no lo amaba, nunca lo hizo y nunca lo haría. Solo era un principio más de la cadena alimenticia humana. Aquello era el colmo, no podía soportar ninguna otra humillación de Jane.

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Robin nunca había insinuado ninguna relación entre ellos, la trataba con demasiado afecto, si, pero bien pudo haber sido fraternal. Él nunca perdía el control, nunca se propasaba con ella, nunca la miraba suciamente. Ella simplemente se había abierto de piernas con el primero que le dijo que la amaba. ¡Qué tonta fue! Y cuanto dolía perder a Robin. Si pudiera hacer algo para ir atrás, si pudiera hacer algo diferente para lograr que él la amara de verdad. ¿Por qué no podían estar juntos, y todo acababa de aquella forma? ¿Por qué él no podía amarla? Recordó con dolor como él la había ignorado completamente en la mañana después de hacerlo. ¿Es que ya no le importaba? No tenía sentido, pudo haberse quedado y tomado mucho más sexo del que obtuvo, si eso era lo que quería. Jane supuso que así de poco valía para él, así de insoportable la consideraba, que si quiera el sexo era incentivo suficiente para quedarse. Jane caminó a casa con una terrible sensación de soledad instalada en su pecho, y con la certeza de que nunca volvería recuperar lo que perdió aquel día, simplemente porque era Jane.