-Así que, ¿vienen a buscarme? –Habló el hombre detrás del escritorio blanco. Sobre él, reposaba una placa blanca que en letras doradas ponía <
-Sí señor– dijo el hombre del bigote negro azabache
-En que podría yo, ayudarles a ustedes, no tengo una guardería –El cinismo del Doctor Malehorne se notaba a la distancia, mientras clavaba la vista en la niña, de no mucho más de seis años detrás de la puerta de vidrio, sentada en la sala de espera. Con el cabello negro azabache y los ojos oscuros. Al verla, supo entonces el motivo de la tan inesperada visita
-Ya lo sabemos –Replicó el hombre, mientras su esposa se acomodaba la larga falda de tubo color crema
-¿Entonces?
-Es nuestra hija –interrumpió la mujer, que intentaba hablar bajo, aunque no había nadie más en la habitación
-¿Qué pasa con ella? –Malehorne ya sabía a qué se referían, pero disfrutaba tanto viendo a los patéticos neutros que no podía reprimir su satisfacción
-Ella, no es como nosotros, es… –Hizo una pausa, como si no supiera que palabra podía emplear –Diferente
-Ya lo sé –Replicó Malehorne con sorna, mientras se sentaba en el escritorio, cruzando sus piernas mientras sonreía mostrando los dientes, tan blancos como la habitación misma
-¡Díganos! –El hombre chocó su puño contra la mesa – ¡Haga algo por ella, cúrela, le pagaremos, haremos lo que quiera!
-No hay nada que hacer –La cara de Malehorne era impasible –ahora, si me lo permiten tengo cosas que atender
-Usted dijo, me dijeron que usted podría… -La voz de la mujer se quebraba con cada palabra, y movía sus manos frenéticamente, mientras giraba el rostro para ver a su hija a través de la puerta
-Ustedes quieren una cura, y me temo que no existe –Y el Doctor habló al hombre que apretaba sus puños contra el traje color café –Ahora, si lo que quieren es control, me temo que hay una única opción…
-¿Cuál? –Replicó el hombre
-La Academia.