Luchaba contra los cuerpos de la muchedumbre en combate, ser tan pequeña me proporcionaba una mejor salida de aquel lugar. Finalmente vi las puertas francesas de madera a lo lejos, y como pude corrí hacia ellas. Algo me golpeo fuerte en el pecho haciéndome caer hacia atrás, aterrizando sobre mi rabadilla. Solté un grito de dolor y mire a la fuerza que me había enviado al suelo, no había nada. Como pude me puse en pie y levante la falda de mi vestido, que ahora no era más que solo un montón de trapo arañado y sucio. Seguí mi camino, corriendo a hacia la puerta, mi meta ahora era salir de este desastroso lugar.
La brisa azotaba mi cabello, y el frio hacia que mis vellos se erizaran. El cielo no era más que un manto negro que cubría todo, sin una estrella que alumbrase, la luna estaba teñida de un rojo sangre que hacía ver todo más oscuro.
Me alejé, caminando a paso ciego, sin sabes exactamente a donde ir, solo quería alejarme de la guerra que se desataba en el interior del Palacio. Mi respiración era irregularmente acelerada y podía verla delante de mí, era como si una nube blanca saliera de mi boca y se formase.
— ZAFRINA —un grito quebrantó el frio aire. No, era más un sollozo — Zafrina —lloró otra vez. Reconocí esa voz. Me giré en busca del llanto, pero no vi nada más que sombras.
— ¡Atala! —llamé. Pero nada respondió. — Atala — lloré, y la voz apenas y logro salir de mi boca, comencé a sollozar.
— ¿Zafrina? —me giré, la voz de Atala provenía de detrás de un muro que se encontraba a unos pasos de mi.
— ¡Atala! —dije desesperada, comencé a salir corriendo, pero me detuve. Una oscura figura salió entre las sombras, cerniéndose sobre mí. No era Atala, no lo era.
— Zafrina —sentí como su boca acarició mi nombre. Repugnante— Aquí estás pequeña mocosa, pensé que no te encontraría nunca —retrocedí varios pasos cuando intentó acercarse a mí.
— ¿Mi hermana? —pregunté, mi voz ininteligible. Sin duda ella sabía dónde estaba mi hermana.
— Oh, ella, tu hermana este en manos de uno de mis discípulos. Solo faltaba encontrarte a ti. Y ya te he encontrado. —una sonrisa se formó en su rostro. Sentí como si apretasen mi corazón, sin piedad.
Poco a poco comencé a alejarme de su alcance, dando pequeños pasos hacia atrás, y comencé a correr. Sabía que podía alcanzarme en cuestión de instante, pero tenía que intentarlo.
Sentí la presencia de Adem detrás de mí, pero no duró de unos segundos y no me detuve a ver por qué. Me adentre entre los brumosos y húmedos arboles, solo buscada un lugar fuera donde poder esconderme durante el tiempo que fuese necesario. Después varios minutos de estar corriendo, me detuve, estaba agotada y mi respiración era tan fría que quemaba mis pulmones, me recosté de espaldas a un árbol verdoso y mohoso, sus raíces eran frías y mojadas.
Me abrace a mi misma y subí las rodillas a mi pecho en busca de calor, y comencé a llorar. De repente comencé a odiar todo. A Adem, por su sed por destruir todo. A mis padres por no cumplir con la orden de mantener la paz. Y finalmente a mí, por ser tan pequeña e inútil para hacer algo.
El azote del viento me saco de mi estado de lamento. Y vi como alguien se hacía frente a mí. Sin pensarlo me tiré hacia atrás, como si fuera posible esconderme dentro del árbol.
— ¿QUÉ QUIERES? —grite. Entre lágrimas sentí como la desesperación y el miedo crecía aun más dentro de mí.
— Solo quiero protegerte —dijo. Su voz dulce y calmada, pero eso no hizo desaparecer mi inquietud, no siempre lo dulce sabe bien.
— ¿Protegerme? —pregunte, no podía confiar en cualquier persona tan fácilmente.
— Sí. — contestó sin vacilar.
— ¿Y Atala? Ella está con Adem.
— Ya no. Adem ya no vive. Atala está a salvo, conmigo.
— ¿Pero… como? ¿Dónde?
— Está muerta, y el hechizo que mantenía a sus discípulos atados, se ha ido con ella. Atala está en una de mis fortalezas.
— ¿Puedo ver a Atala?—rogué, enjuagándome las lagrimas.
— Sí, solo tienes que venir conmigo. —su mano, apenas visible, se tendió frente a mí.
— ¿Cómo puedo simplemente confiar en ti? —pregunte.
— Como saberlo si no lo intentas —no pude tomar su mano, no podía. No sabía por qué, pero algo no sentía bien respecto a esta mujer.
Pero ella alzó su brazo y me tomó.