Odio cuando termina agosto. Odio cuando empieza setiembre. La peor época del año.
Como a todo el mundo, me encanta el verano, porque amo la libertad de no tener a nadie presionándome constantemente, pero si tuviera que escoger mi estación favorita del año, no dudaría en decir invierno. Me encanta abrigarme, dormir con mantas de polar, usar casacas calentitas, ver como el viento mueve a las hojas que les quedan a los árboles, ponerme botas, chalinas…ver que llueve de vez en cuando, para variar en esta ciudad que como en ninguna ya es muy raro que chispeé siquiera. Y sobre todo, me gusta no tener que estar preocupándome por cómo me quedará el bikini. Y a pesar de que nunca he visto el invierno real, el verdadero, ese blanco con nieve, al que no puedes exponerte sin estar totalmente cubierta con gorros de lana y orejeras, aun así amo nuestro invierno a medias.
Por eso odio cuando termina, cuando comienza la primavera. Aj. No es que sea una de esas chicas que odian todo lo que conlleva, las flores, el romance, las mariposas… ¡Adoro las mariposas! Pero es que así como no tenemos un invierno real, tampoco lo es nuestra primavera, para nosotros eso significa simplemente ponernos una chompa menos abrigada y que de vez en cuando salga el sol. Es horrible porque no es ni lo uno ni lo otro. No es como el verano en el que usas poca ropa y no tienes ninguna obligación más que divertirte, y tampoco es como el invierno en el que puedes envolverte en muchas mantas y acurrucarte en el sofá mientras bebes chocolate caliente. Es simplemente esa mitad que junta lo peor de ambos: la responsabilidad del colegio con el sorpresivo calor fastidioso que llega cuando estas vestido para un día de frío.
Y para ponerle la cereza al pastel, también es la temporada de alergias. El muy querido y amado por todos los peruanos con rinitis alérgica—como yo—Cambio de clima. ¡Ah, qué frasecita! Estar todo el día con los mocos colgándote de la nariz, sin poder hablar bien, tener que llevar los pañuelitos desechables a todos lados, despertar con la garganta doliéndote peor que después de un concierto porque respiraste por la boca toda la noche y se te inflamó…No hay nada bueno con el cambio de clima, ni con nuestra primavera, o el fin de agosto y el comienzo de setiembre. Aj.
Pero por supuesto, como es la misma rutina todos los años, mamá ya se ha acostumbrado y sabe que no es nada grave, así que no le importa enviarme a la calle fría—porque cada vez que yo salgo hace frío—a pasear a Linda, sabiendo que este clima me enferma a más no poder, y lo digo en todos los posibles sentidos de la frase.
Primer jardinel, frente a la casa roja de ladrillos. Todo bien, Linda está olfateando un árbol, pero como siempre, como a ella le sobre el tiempo, se toma la molestia de examinar cada centímetro cuadrado de pasto y vegetación. Ha salido el viejo éste. Y como de costumbre se pone a gritar cosas que yo nunca entiendo y a gesticular exageradamente con las manos: quiere que me vaya. Ni que le fuera a malograr el jardín, siempre recojo lo que mi perrita ensucia, pero bueno, ni hablar, si voy a tener a esta momia molestándome, mejor sigo de largo.
Segundo jardinel, frente a la casa amarilla que parece abandonada. Linda vuelva a olfatear. Estoy ahí parada y en eso escucho como un ruido raro que se repite, miro a todos lados y veo que es la señora que vive en la casa haciéndome señales con la mano para que me vaya. Observo el jardín donde está Linda: amarillo y con casi todas las plantas muertas. Ni lo riega y sin embargo me está botando, ¡Si ni siquiera son suyos los jardineles, son de la municipalidad! Que joda…
El tercer y último jardinel—porque francamente ya no tengo ningunas ganas de continuar hasta el final de la cuadra, solo no le digan a mi mamá—no está frente a una casa. Bueno, técnicamente si lo está, pero nunca sale nadie a molestar, lo cual es bueno. Dejo que la perrita haga sus cosas y yo me distraigo mirando los carros. Pasa una camioneta verde grisáceo. Se parece a la de mis papas. Detrás va un camión de mudanza, ahí viene…se acerca…ya casi…y…
-¡Mamacita que rica que estás, uf!
¿Cuál es el afán de esta gente con decirles cosas así a las chicas en la calle? O sea, ¿No se dan cuenta de lo asquerosos que son o qué? Le he contado a mi psicóloga como odio a los hombres que andan diciendo estupideces en la calle y silbándole a las chicas, y ella me dijo que es porque es un tipo de acoso, no recuerdo muy bien si luego dijo sexual o no…la cuestión es que es acoso, una vez incluso un horrible que pasó en moto me metió mano ¡AJ, AJ, AJ, AJ! ¡MIL VECES AJ! Deberían poner un policía que patrulle la calle o no sé, a alguien, en serio es demasiado, y encima con todas las construcciones de edificios que hay, uf…
Me regreso a mi casa, Linda trata de pararse para olisquear algunos jardines pero yo no la dejo, quiero volver al departamento y meterme a mi cama. Camino rápido, y cuando llego a la puerta, como soy la persona más afortunada del mundo y lo único que me falta es ganarme la Tinka, veo que el camión blanco de antes está estacionado aquí. Mierda es poco para expresar lo que estoy pensando.
Es una mudanza, o sea, además, va a haber ruido todo el día y estos tipos horribles y maleducados subiendo y bajando por MI edificio quién sabe por cuánto rato. Entro a la recepción lo más rápido que puedo, ya me harte de jalar a Linda, así que he optado por cargarla, saludo al portero y aprieto el botón del ascensor. Está en el cuarto piso. ¡Oh, que dicha la mía!, todo lo que tendré que esperar aquí parada hasta que baje…Doy golpecitos al piso con un pie, luego el otro, cambio de nuevo…nada. Al diablo con esto, mejor subo por la escalera, si son solo tres pisos. Pero cuando estoy subiendo escucho como las puertas del ascensor se abren. Hago un gesto con las manos como si estuviera apretando algo, pero me contengo de hablar en voz alta. Bajo a Linda al piso y me apresuro a volver a la recepción para subir al elevador. Me volteo un segundo para ver que Linda me está siguiendo y… ¡PUM!
¡M I E R D A!¬-pienso tirada en el piso, luego de haberme chocado con un tipo.
-Disculpa, no te vi-al menos este no es malcriado. Veo que me ofrece la mano para levantarme, pero no la tomo. Me pongo de pie yo sola, y recién entonces lo miro.
Mi cara debe ser un cuadro ahora. Este sí que no vino en el camión.
Me está mirando con unos ojos oscuros de cachorrito que me matan, tiene dos lunares en la cara y el pelo tan perfectamente despeinado que parece hecho a propósito, ¿Y este quién es?
-¿Estás bien? Es que salí rápido del ascensor y no te vi.
-No, no importa-me apresuro en contestarle para no quedar como tonta o sobrada.
-¿Segura? ¿No te duele nada?
-No, no, si yo…-me paro, porque uno de los tipos de la mudanza está entrando a la recepción y me está mandando besos y haciéndome muecas. Mi cara de incomodidad se pone sola.
-¿Qué pa…?-el chico este se voltea justo en el momento en el que se está mordiendo los labios- Por si acaso, te pagamos para que subas cajas, no para que estés molestando-el tipo se lo queda viendo serio-y mejor te apuras si quieres que te paguen-el hombre no dice nada, y se va por la escalera cargando con la caja que llevaba.-Perdona, es que…
-¿Te estás mudando?-no hace falta que me dé explicaciones por lo que hacen otras personas que él ni siquiera contrató.
-Ajá-me dice con una sonrisita que bien pudo estar en cualquier comercial de pasta dental-. Me llamo Christian-y como nadie hace jamás en Lima, me ofrece la mano.
Yo la tomo porque me parece un gesto divertido (y además no me voy a dar el lujo de hacerme la botada con mi nuevo veci).
-Ale-y le sonrió también.
-¿Alejandra, Alessandra…?
-Alessandra.
-Bonito. ¿Vives aquí?
-En el 302-y de pronto recuerdo que se suponía que debía volver allí. Presiono el botón del ascensor que se abre rápidamente.
-Mejor te acompaño-me dice entrando conmigo-no vaya ser que te encuentras a otro y…-no termina la idea, pero no me importa, si se está ofreciendo a acompañarme, está en toda su liberta de hacerlo.
-Ven, Linda-le digo golpeándome la pantorrilla suavemente. Ella responde al gesto y se mete con nosotros.
-Que linda-dice Christian mirándola.
Mientras, yo me miro en el espejo: estoy usando el jean más viejo que tengo, una camiseta blanca medio sucia y una chompa gris con botas marrones, ¿Justo tenía que escoger hoy para salir así de desarreglada? El ascensor se para en cuanto llegamos al tercer piso.
-Nos vemos-le digo saliendo con Linda detrás de mí.
-Sí-me responde con una sonrisa. Se inclina para despedirse de mí con un beso, como hacemos siempre en el Perú y…
-¡Achú!-¡Maldita sea mi alergia! ¡Pero qué vergüenza!
-Ja, ja, ja, ja, ja-se ríe él mientras se limpia la cara-¿Alergias?-también sonríe, y no me mira asqueado. Bien, es una buena señal.
-La peor-digo lamentándome.
-Mi mamá está igual-vuelve a acercarse a mi cara, aunque esta vez se para justo unos centímetros antes, como si quisiera asegurarse de que no voy a volver a estornudar. Me mira por unos segundos que se me hacen eternos con esos ojos de cachorrito que conozco desde hace menos de cinco minutos, pero que ya he decidido que me pueden, y luego me besa. Inconscientemente cierro los ojos en cuanto sus labios tocan mi mejilla, y es que la mayoría de las personas simplemente chocan el cachete con el tuyo y hacen el ruido de un beso. Que él me bese de verdad se siente increíble, y agradezco que no me pueda ver la cara en este instante-. Ya nos estamos viendo, tal vez podamos sacar a pasear a nuestros perros juntos-presiona el botón del elevador.
-¿Tienes perro?-le pregunto sonriendo, al mismo tiempo que voy metiendo la llave en la cerradura.
-Una Golden-Linda levanta la cabeza y suelta un gemidito. Ambos nos reímos-. Un placer conocerte, Ale del 302-se ha inclinado para ver el número de mi departamento, pero no es que yo esperase que lo recordara.
-Igualmente, Chris del…
-401-y con sus sonrisa perfecta veo cómo se van cerrando las puertas del ascensor, yo muevo los dedos de la mano como despedida, y por último entro a mi casa. Linda corre a tomar agua y yo me derrito apoyada en la puerta.
Definitivamente, adoro la temporada de alergias.