Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. —Juan 3:16
Existe un Dios Creador del universo y de la vida, Santo, magnífico, excelso, precioso, con un amor tan grande que es imposible de entender. Este amor Dios quiso mostrárselo a la humanidad a través de su Hijo Jesús.
Desde que el primer hombre y la primera mujer pecaron (desobedecieron a Dios) Dios se separó de la humanidad, porque Él es un Dios Santo (apartado de todo mal, completamente bueno y justo). El hombre, por lo tanto, ha estado estado casi desde siempre separado de Dios, que es su vida entera y en quien se encuentra todo propósito verdadero y eterno del hombre.
El hombre es pecador y aborrecedor de Dios (Romanos 3:10–11, 23) desde el día en que deliberadamente decidió revelarse en contra de Dios. La paga del pecado es la muerte eterna espiritual por causa de la separación entre Dios y el hombre. El pecado del hombre es algo gravísimo sin medida, pues, por cuanto Dios es un Ser justo, y cuyo valor y santidad son infinitos, Dios tiene que castigar tal pecado, y la pena por el pecado también debe ser infinita: condenación eterna en el infierno (Marcos 16:16).
Dios, con el fin de glorificar su nombre y por causa de su gran amor por el hombre, envió a su Hijo unigénito (único en su género, nadie como Él) al mundo, a Jesucristo, quien fue completamente hombre y completamente Dios (Filipenses 2:6–8 | 1 Juan 5:7) puesto que Dios existe en 3 Divinas personas eternas y completamente iguales en esencia, las cuales son: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, y los 3 son Uno mismo.
Al ser Jesucristo Dios encarnado, 100 % hombre y 100 % Dios, tiene el mismo valor infinito de Dios y es igual en justicia y santidad. Estos atributos de Jesucristo lo hacen totalmente digno de pagar la deuda infinita e impagable del hombre para con Dios. Jesucristo vino al mundo y vivió en santidad y obediencia perfecta a Dios, para que así pudiera pagar por nuestros pecados, porque si Jesucristo hubiese pecado, hubiese tenido que pagar primero por su propio pecado y no hubiese podido pagar por los nuestros. Y cuando estaba allí en la cruz del calvario, momentos antes de su muerte, todos los pecados de la humanidad fueron echados sobre Él, de manera que Dios, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras —1 Corintios 15:3–4
Jesucristo resucitó de entre los muertos al tercer día de haber sido sepultado, cosa que ningún otro líder religioso en toda la historia de la humanidad ha hecho. Esta resurrección de Jesucristo es lo que nos da la seguridad de que en Él podemos tener vida eterna si nos arrepentimos de nuestros pecados y si tenemos fe en el Señor Jesucristo, nuestro único y suficiente Salvador.
Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. —Marcos 1:14–15
Toda revelación de Dios solo puede encontrarse en la Biblia, que es la Palabra de Dios (Juan 5:39). La salvación es solo por fe y no por obras (Efesios 2:8–9). La salvación es solo por la gracia de Dios, es decir, que la salvación no la merece ningún ser humano, de hecho, merecemos lo contrario: la condenación eterna (Efesios 2:8 | Romanos 3:23). La salvación es solo a través del Señor Jesucristo (Hechos 4:12 | 1 Timoteo 2:5–6). Solo a Dios se debe dar toda la gloria por toda la eternidad (Filipenses 2:9–11).
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