Launchorasince 2014
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24 HORAS


—Te queda únicamente un día de vida… —fueron las palabras que aquel hombre de la bata larga y de un color blanco perfecto expresó con un tono de voz bajo y de melancolía.

Nada más hermoso que oír eso, finalmente descubrir que tu vida acabará luego de todo el incoherente sufrimiento por el que has pasado, por todas esas noches de llanto en silencio por razones que ya ni siquiera recuerdas pero aún siguen ahí..., fustigándote, haciendo miserable tu simple y rutinaria vida. ¿Te imaginas? Cerrar los ojos y amanecer al día siguiente en un angosto y oscuro túnel con un deslumbrante resplandor cegando mis enfermos ojos.

Sonreí ante tal respuesta sabiendo que, a pesar de que siempre he querido caer en los brazos de la parca, no lo quería en el fondo de todo mi corazón, porque, de hecho…, mi vida no es del todo miserable. Por cinco años la lobreguez fue mi única compañera, habiendo pocos destellos de luz que lentamente se atenuaron hasta simplemente fallecer, dejándome de nuevo bajo la perenne penumbra...

Viví sofocándome sentado frente a una cegadora pantalla, buscando distraerme del dolor que me rodeaba por medio de aquellas cosas que podía ver en ésta, sin darme cuenta de que, luego de esos cinco años, tuve la clave de la felicidad frente a mis ojos, ¡tuve a ellos todo este tiempo frente a mi nariz! Cuatro meses fueron los que transcurrieron junto a ellos hasta el día de hoy…, cuatro meses admirando esas deslumbrantes sonrisas que llevaban siempre en sus dulces rostros, tales muestras de afecto que lentamente saciaron mi incoherente necesidad de cariño por otras personas..., aquellas palabras que resucitaron mi podrida alma.

Me he lamentado toda mi vida por mis errores, sé que algún día aprenderé que todo ha quedado en el pasado y finalmente seré totalmente feliz, pero..., ya que, faltan únicamente veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos para morir, creo que solo me quedaría decir gracias a todos, a quienes tanto aprecio y luego simplemente desaparecer.


Me levanté de la camilla y dejé mi mano diestra reposando por unos cuantos segundos sobre el hombro derecho del doctor, para luego acercarme unos pasos a él y darle un fuerte abrazo.

—¿Qué hace? —preguntó el doctor.

—Olvídelo… —le respondí con aquella sonrisa todavía pintada en mi rostro.

Salí del cuarto a paso de tortuga con mis manos guardadas en los bolsillos de mi jean, abracé a mis padres quienes se encontraban junto a la entrada del cuarto, y luego me retiré de aquel inmenso hospital para respirar el aire lleno de monóxido de carbono. Caminé por el pavimento a esperar un taxi, y, cuando finalmente conseguí uno, me fui del lugar para dirigirme hacia ellos, quienes celebraban el cumpleaños de una muy buena amiga.

Saludé a aquellos que conseguí en mi camino, y luego me levanté sobre una mesa ubicada en el centro del lugar, para llamar la atención de todos gritando —¡Hey!—.

—¿Qué ocurre? —preguntó alguien.

—Solo quería decirles que…gracias.

—¿Por qué?

—Por todo lo que han hecho por mí… —dije con mi mirada fijada en el suelo.

Varios sonrieron mientras me miraban fijamente por unos cuantos segundos, diciendo luego —De nada—. Y luego siguieron haciendo lo que hacían.

Ya que había cumplido mi propósito, fui a merodear un rato por las lóbregas calles de la ciudad, donde tomé el teléfono para llamar a aquella psicóloga a la que he estado viendo últimamente para intentar mejorarme.

—¿Freddy? —preguntó ella.

—Hola…

—¡Hola! ¿Cómo estás? Qué raro que llames a esta hora…

—Solo quería decirle adiós, y espero que le vaya muy bien.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Voy a mudarme…

—¿A dónde?

—A un lugar mejor…

Y luego de expresar aquella última oración, derramé una lágrima. Colgué el teléfono y luego lo lancé al suelo para pisotearlo hasta que no quedara mucho de éste…, y entonces un hombre montado en su moto paró frente a mí mientras estaba yo de pie en esa esquina, simplemente mirando el vacío...

—Adelante… —dije.

—¿Qué? —preguntó el hombre.

—Saca tu arma ya…, me da igual.

El hombre me miró de pies a cabeza con recelo, y luego sacó su pistola para encañonar mi cien.

—Dame todo lo que tengas… —me ordenó.

—Toma todo lo que quieras, pero primero mátame —le respondí.

Y se quedó de nuevo mirándome fijamente, a mí y mi sonrisa acompañada de unas cuantas lágrimas que corrieron por mis mejillas tal cual una cascada desde la punta de la montaña hasta el vacío que tiene en frente; entonces, sin nada más que hacer, jaló el gatillo… Adiós.