Launchorasince 2014
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El Trovador del Bosque Muerto


—¡Jo, jo, jo! —reía el anciano trovador que andaba a pie por entre las raíces de los árboles que sobresalían de la tierra.

Quizás nunca oyeron de este hombre de ya mayor edad que siempre tuvo un gran amor por la música, desde pequeño jugaba con las cuerdas del laúd de su padre que falleció meses antes de que él naciera, y, cuando aprendió a tocar el laúd perfectamente, se volvió un trovador que fue de calle en calle tocando sus propias canciones y cantando sus versos acerca de las historias de los héroes que derrotaron la plaga.

Aparte de un gran amante de la música, este hombre es un esquizofrénico, cuyos amigos delirios no son malos, ¡Son gente buena! Por eso siempre vivió feliz, porque tenía gente con quien desahogarse..., solo que nunca lo fue totalmente ya que al fin y al cabo no podía verlos, no podía tocarlos, y todos las demás personas se alejaban de él porque creían que él estaba poseído o algo por hablar consigo mismo.

La tristeza en él fue tan grande en el momento que todos lo excluyeron por eso que, él simplemente huyó, huyó muy lejos de su pueblo..., aquel lugar donde nació y se crió hasta sus catorce años.

El joven viajó y llegó a los bosques muertos, o a lo que quedaba de ello después de las grandes guerras que ocurrieron años atrás en el lugar; y ahí se quedó para siempre.

Capítulo II

En las postrimerías de vida de aquel viejo hombre y su laúd un tanto desgastado con una cuerda rota, él ve a una ilusión..., su primera ilusión, caminar por entre la sombra de los árboles y acercarse a él lentamente. La ilusión de aquella hermosa y joven mujer se paró frente a él y luego flexióno sus rodillas para agacharse y mirarlo a sus ojos mientras él estaba recostado a las inmensas raíces de aquel gigantesco olmo muerto.

—¡Hola! —le saludó la joven mujer con una hermosa sonrisa en su rostro.

El anciano sonrió al ver sus deslumbrantes ojos en el cual podía ver el reflejo de su sucio rostro..., en ese momento se dio cuenta de que debía tomar un baño.

—¿Cómo estás?—le preguntó ella.

—B-Bien... ¿y tú? —tartamudeó él.

—¡Excelente! ¿Qué te ha traído por estos bosques?

En ese momento, su sonrisa se invertió y sus ojos se tornaron un tanto brillantes, demostrando que quería empezar a llorar.

—Odio mi pueblo..., odio la sociedad..., todos son unos imbéciles.

—¿Por qué? —le preguntó ella con curiosidad en sus ojos saltones de color café.

—Todos me trataron mal porque siempre hablaba conmigo mismo...

—¿Y por qué lo hacías? ¿No tenías amigos?

—No..., nadie se me quería acercar porque soy esquizofrénico... ¡Tú eres una ilusión! ¿No?

La joven soltó una dulce risita e hizo un gesto de negación con su rostro.

—No...

—¿Q-Q-Qué? —tartamudeaba el anciano mientras se levantaba poco a poco por el dolor en su espalda, apoyando sus manos en el olmo— ¿Y qué haces por aquí?

—Soy muy curiosa y escapé de casa para explorar nuevas tierras..., ¡y mira a quién conseguí! —respondió ella—. Me llamo Alice..., ¿y tú?

—Yo...no recuerdo mi nombre —le respondió mientras que con tristeza miraba fíjamente el suelo porque le daba pena mirarla a sus ojos.

Alice tomó con gentileza la peluda barbilla del anciano y luego le alzó su cabeza para mirar sus lágrimas correr por sus mejillas.

—Háblame...

—No sé...si reír o llorar —dijo mientras sonreía y seguía lagrimeando.

Capítulo III

Al día siguiente, el anciano despertó sobre la gran rama de aquel olmo sobre la que siempre dormía, con el celeste cielo frente a sus ojos entrecerrados y el sonido de los pájaros cantar a su alrededor. El hombre estiró sus brazos mientras esbozaba una sonrisa, y luego saltó hacia las raíces.

—¡Mira qué hermoso amanecer! —oyó el anciano la voz de uno de sus delirios.

—Sí... —respondió él en voz alta.

—¡Buenos días! —se oyó la voz de Alice en las cercanías.

El anciano volteó su mirada hacia la derecha y la vio a ella en todo su esplendor mientras llevaba una cesta de picnic en su mano diestra. Él no paraba de mirar la cesta, así que se acercó unos pasos a ella.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó.

—Algo de comida que traje de mi hogar cuando inicié la aventura... —respondió ella, tan sonriente como siempre—. Puedo compartir contigo si quieres.

El anciano ya empezaba a babearse sin siquiera haber visto la comida, porque lo único que ha comido en los 36 años que lleva en los bosques han sido gramas, bayas, hojas, especias...

—¡Ven! —le pidió Alice.

Y él seguía mirando la cesta, con su mente en las nubes, únicamente intentando recordar cómo es la carne.

—¿Estás ahí?

Finalmente reaccionó y sacudió su cabeza un poco.

—¡Perdón! Me había quedado pensando en algo...

Ella sonrió mientras lo miraba intentar ocultar su entusiasmo por probar aquello que ella trajo en la cesta.


Los dos se reunieron a la orilla de una laguna cercana al olmo, donde Alice sacó una alfombra de tela color roja en la cual colocó los recipientes tapados con la comida dentro. Ambos se sentaron sobre la alfombra y Alice sonrió antes de abrir los recipientes.

—¿Qué llevará ahí? —se preguntó uno de los delirios del anciano.

—No lo sé... ¡pero pronto lo descubriremos! —dijo otro delirio.

El viejo sonreía mientras oía sus voces.

—¿Qué te dicen? —preguntó ella mientras servía té en dos tazas.

—¿Quiénes?

—Nosotros —dijeron los delirios en coro. —Tus voces... —respondió ella, al mismo tiempo que las voces le hablaron al anciano.

—Oh..., nada, solo estoy curioso por lo que trajiste.

—Ella es tan tierna... —dijo una de las voces.

El anciano se sonrojó, y ella, al verlo, rió.

—¿Qué ocurre?

—Nada... —respondió mientras sonreía.

Capítulo IV

El anciano y Alice ya llevaban un par de semanas viéndose, conversando, ¡forjando una hermosa amistad! Pero llegó un momento en que un ocaso cayó y él le pidió a ella que lo oyera atentamente. Alice quedó mirándole con algo de preocupación en su mirada, ya que vio la tristeza en sus gestos.

—¿Te ocurre algo? —le preguntó Alice.

—Sí... —respondió con un bajo tono de voz—. Como sabes, soy un hombre viejo y enfermo que ha vivido 36 años en este floreciente bosque, pronto llegará el día en que muera por la falta de atención médica, y quisiera pedirte que pases mis últimos días conmigo.

Alice se mostró triste.

—¿Y por qué crees que ya están llegando tus últimos días? —le preguntó.

—Ya no oigo casi mis voces, la mayoría de las veces solo lloran, empiezo a tener dolores de espalda más intensos..., aveces no puedo siquiera flexionar las rodillas porque me duelen, desde entonces no duermo en la rama.

Alice sonrió entre sus lágrimas y lo abrazó.

—No te preocupes..., estaré contigo hasta que la muerte llegue.

—Gracias... —le dio el anciano mientras intentaba contener las lágrimas.

—¿Qué tal si te doy un nombre antes de que mueras? —le preguntó ella.

El anciano permaneció en silencio y soltó a Alice, para quedársele mirando a sus ojos.

—Está bien... ¿Pero cuál podría ser?

—¡De ahora en adelante tu nombre es Merendil! ¡Justo como mi padre!

—¿Tu padre es un elfo?

—¡Sí! Y mi madre una humana..., soy una semi-elfa.

—Ya veo por qué eres tan hermosa...

—¿Cómo dices?

—Nada...

Alice sonrió, y luego caminó hacia las raíces del olmo donde Merendil duerme.

—¡Ven, acompáñame! —le pidió ella a Merendil.

Merendil se volteó para mirar hacia donde estaba, y, sonriendo, caminó hacia allá para sentarse lentamente en la raíz junto a ella, ya que el dolor en las rodillas no le permitía hacerlo con velocidad... Y ahí hablaron por un par de horas, que fue después de éstas que la luna en todo su esplendor se alzó sobre la tierra para darle paso a la oscuridad..., y Merendil y Alice durmieron.

Capítulo V

Aquí yace el cadáver de Merendil, un honorable bardo que llegó a los 50 años de edad.

Alice permaneció frente al olmo, en cuyo tronco escribió eso en grande utilizando su navaja. Frente al inmenso árbol fue enterrado el cadáver de Merendil, quién murió seis días después de sufrir enfermo..., pero con la compañía de una hermosa y encantadora mujer que lo hizo sonreír hasta el final y demostrarle que la vida no es solo oscuridad...

Las últimas lágrimas que cayeron ese día fueron las de Alice, quien permanecía de pie sobre la tierra bajo la que fue enterrado él. Y, luego de un par de horas, ella se retiró para seguir con su travesía por el mundo, llevando el laúd de Merendil colgando de su cinturón...


Y aquí llega el final de ésta historia, la historia de un anciano desesperanzado que vivió de sus ilusiones y al final consiguió lo que siempre anheló..., aquello que inclusó anheló luego de haberlo olvidado con tantos años de desolación..., la compañía.