Nunca había visto un lugar tan hermoso como aquél en el que se encontraba en ese momento. Un prado, un bosque, una llanura… El ambiente tomaba los mejores rasgos de esos lugares y los dejaba plasmados en uno solo, donde ella yacía sola. ¿Que era exactamente todo ese lugar? Era cambiante. Lo veía, lo sentía…Un ruido cercano, un susurro. El sonido del agua corriendo libre, moviendo a su paso lo que se dejaba llevar y rodeando con gracia lo que no le permitía seguir…. fresca, libre, pura. Se acercaba hacia ella, la rodeaba sin mojarla. Sus pies desnudos estaban sobre el suelo y alrededor de donde ella yacía el agua la rodeaba danzante. El aroma del pasto cubría todo de forma sutil y disimulada, un verde intenso y rupestre, como si hubiese sido pintado sobre el suelo con un pincel. Montañas se levantaban con fuerza a lo lejos en aquel contorno, fijando un límite al final de su mirada. La inmensidad y totalidad del cielo estrellado que cubría todo con un matiz azul. Era como un inmenso lienzo umbrío lleno de pequeñas motas de luz difuminadas a sus anchas. Era hermoso y un poco misterioso, pero ¿Dónde estaba? No recordaba nada de cómo había llegado a ese lugar. ¿Por qué estaba allí? Bajó su mirada de nuevo y el flujo de agua que danzaba cerca de sus pies había desaparecido. Arboles reemplazaron las montañas a la distancia. El cielo permaneció igual, sin cambios. Simplemente decorado con motas de luz celestial. El viento era ahora lo que danzaba a su alrededor arrastrando hojas de los arboles lejanos a su paso. El bosque crecía repentinamente a su alrededor. Se levantaba imponente y las aguas corrían con más fuerza frente a ella. Los arboles crearon un contorno. La rodeaban de forma respetuosa, guardando su distancia unos de los otros, donde ella quedaba en el centro de todo ese magnífico espectáculo que la noche vestía de azul. Suspiraba de asombro por los cambios y los seguía todos con la mirada. Era hermosa toda esa coreografía donde la naturaleza bailaba tan cerca de ella. Una voz se levantó de entre las penumbras creadas por los troncos de los árboles.
-Hermoso ¿No es así?-. Dijo.
Esa voz que resonaba en las sombras… ella no la presenció hasta que esta se desveló. Volteó de forma súbita. Posando su mirada sobre la eterna e inquebrantable espesura que la rodeaba. Buscó una silueta de donde procediese la voz.
No había nadie.
Al mismo tiempo que una sensación de confusión se pasaba por su mente el bosque le cedió espacio y fue desapareciendo bajo su visión. Sus ojos se dejaron llevar de nuevo por el panorama vacío. Miraba incrédula lo que sucedía. Esperaba que alguien se asomara de entre las sombras de aquel bosque que ya no estaba allí. Nada, no había nadie junto a ella, ni a la distancia. Estaba sola sobre el pasto pintado de noche. ¿Todo eso era una especie de sueño? Se lo preguntó y exploró de nuevo el lugar donde estaba en busca de alguien. Nadie se levantó ante ella. Una curiosa escena. De forma imprevista sentía que alguien estaba a su lado, viendo el mismo cielo que adornaba su cabello. Era un sentimiento curioso. De repente quería sonreír. ¿Había alguien allí junto a ella? Así lo sentía, pero sabía bien que no había nadie a su lado. Era solo una sensación.
-¿No sabes por qué estás aquí? –Preguntó la voz incorpórea y antes de que ella tuviese tiempo de decir palabra alguna la voz siguió hablando-. Es tu mente después de todo. Solo alguien además de ti misma se molestó en intentar entender lo que yace deambulando por este espacio tan cambiante. –Una pausa. Prosiguió-. ¿Lo recuerdas?
Lo recordó. De repente se sentía sola, realmente sola. Los delicados gestos de su rostro se entristecieron de forma repentina y se dejó caer sobre el pasto verde pintado de luces astrales justo como si este la llamara. Ella era una silueta desnuda sobre el verde suelo, solo cubierta por un camisón blanco. Parecía encajar, y a la vez no, en ese ambiente. Su propia mente era quien le hablaba. Quien quería hundirla.
-Así es. Lo recuerdas. No puedes olvidarte de aquel que ya se fue hace un tiempo. Aquel que no tuvo más opción que dejarte por la distancia fría e intangible. Ya no está contigo y quien sabe hasta cuándo se cruzarán de nuevo sus caminos. –Una pausa. El viento empezaba a ser más gélido-. Lo sabes, no puedes ignorar esto. Te sientes sola. Estás sola.
Las palabras de su mente la recorrían como cuchillas quirúrgicas sobre una piel sin anestesia. Se estaba hundiendo en su propia mente. Los astros que brillaban sobre ella empezaron a perder su intensidad lumínica. Pensamientos de soledad se adueñaron de su mente y empezó a recordar lo que había sucedido con mucha tristeza. La única persona que la había entendido ya no estaba con ella.
-Así es, se ha ido.
Su corazón dio un salto al recordarlo. Dejó de admirar el espacio que la rodeaba y cerró los ojos. Sus labios pintaron en su rostro una sonrisa ahogada por una expresión de tristeza. Quería sonreír mientras recordaba los momentos que había pasado con él, momentos en los que se había sentido querida, realmente querida. A su vez una inmensa tristeza la invadía, eran solo recuerdos, ya no estaba junto a ella. Se había convencido de que lo mejor sería cerrar esa herida enterrándola en el olvido. Pero no podía. Mejor dicho aun: No quería olvidar todo aquello. Sus labios empezaron a temblar por el sentimiento que intentaba contener y ligeras mordidas intentaban evitar el terremoto que se había apoderado de ellos. Su alrededor iba desapareciendo poco a poco. Se tornaba negro mientras que consumía todo. Las corrientes de viento se tornaron frías sobre su piel, envolviéndola, congelándola. El espacio donde estaba ya no existía. Ella flotaba sobre la absoluta nada y solo estaba rodeada por el cielo estrellado que poco a poco se iba apagando. Justo como ella.
-Hey. –Una voz familiar quebró el silencio-. ¿Vas a dejar que todo se extinga así?
Escuchó la voz de nuevo. Abrió los ojos en asombro. No había nadie. Como lo imaginaba. Solo veía una penumbra fría que cubría todo lo que había visto antes. Lagrimas se arrastraron desde sus ojos hacia su rostro cayendo de este.
Nunca tocaron el suelo.
Una brisa la rodeaba de repente y era diferente, cálida, agradable… Le daba seguridad. Como si de una caricia se tratara el viento la rodeó y sus lágrimas se secaron. Sentía el tacto de alguien que limpiaba sus lágrimas. No había nadie a su lado cuando abrió los ojos. En ese momento una luz roja se elevó con gracia y determinación sobre el cielo estrellado, remplazando el tono índigo, que una vez había cubierto todo, por un halo de luz carmín. Una pequeña bola de llamas era el centro de ese espectáculo repentino. Una bengala.
Sus ojos se abrieron sorprendidos al ver la bengala que se levantaba sobre ella. De nuevo escuchó como alguien le hablaba. De nuevo esa voz cómoda y segura. Aquella que la hacía sentir segura. Dijo:
-Aunque te sientas sola quiero que sepas que no lo estás.
Volteó de nuevo y no veía a nadie. Era desesperante. Se levantó agitada del pasto donde se había dejado caer y todo a su alrededor empezaba a hacer de nuevo una aparición ante ella. La luz de la bengala le había regresado la luz para observar el mundo que la rodeaba. Esa fuente de luz artificial la hacía sentir respaldada. No sabía porque pero así era.
-¿Viste la bengala en el cielo? ¿Te cegó la luz? –Escuchó en su cercanía.
La bengala empezó a brillar con más intensidad que nunca, rodeándola con su luz cálida. Todo estaba teñido. Y ella admiraba atónita la luz frente a ella. Todo lo que había sido ese lugar estaba regresando.
-¿Sentiste el humo en tu rostro? –Habló de nuevo la infinidad. -¿Viste los brillos llenos de fe?
Sorprendida fundió su mirada en el halo de luz frente a ella y por primera vez dijo algo, como si estuviese hablando con la bengala.
-¿Alguien... las envía?
-No estás sola. –La interrumpió la voz familiar-. Hay alguien, allá afuera, lanzando bengalas para ti.
Quedó en silencio y antes de que pudiese decir algo el silencio se quebró bajo el sonido de múltiples detonaciones detrás de ella. Sorprendida volteó la mirada hacia el infinito y vio como ascendían, con gracia, grandes cantidades de estelas artificiales. Más bengalas. Ascendían como si nunca fuesen a bajar del cielo. Como si nunca fuesen a extinguirse. Sintió que alguien la rodeaba con sus brazos y cuando volteó la mirada él estaba a su lado, sosteniendo una pistola de bengalas. No pudo decir nada. Vio como él la veía sonriendo y luego desviaba la mirada al cielo como si no hubiese diferencias entre el cielo y ella. Él sonrió y subió su mano apuntando hacia el cielo con su pistola de bengalas. Una última bengala ascendió y acompañó a las demás en el cielo. Brillante, segura, cálida. Finalmente bajó la mano se volvió hacia ella y dijo:
-No estás sola. –Le sonrió-. Aunque no esté a tu lado sigues paseándote por mi mente como si fuese un destino turístico. –Se rió a sus adentros y de nuevo la miraba tiernamente-. Y ¿sabes? Mientras que tú y yo sigamos bajo del mismo cielo estrellado… seguiré lanzando bengalas con la esperanza de que las veas.
Se acercó a ella sonriendo y dejó caer la pistola de bengalas sobre el césped, besó su frente con ternura y luego desapareció en la espesura de la infinidad. Ella se sentía calmada. De repente se sentía segura de nuevo. Sabía que no estaban juntos físicamente… Al subir la mirada al cielo lo vio claro. Todas las bengalas seguían brillantes en el cielo para ella. Danzaban, sentía el brillo en sus ojos, el humo en sus mejillas… Y sabía quién las enviaba. Podían estar separados pero ella no estaba sola porque había alguien, en algún lugar, que mandaba bengalas para ella y ella ahora las veía.