-… ¿Muy curioso no? –Preguntó él mientras admiraba el cielo estrellado de esa noche.
-Ni que lo digas… -Empezó a jugar con sus cabellos mientras se perdía un poco en sus pensamientos-. Haz despertado mi curiosidad. ¿Qué habría sido de nosotros si hubiésemos tomado… otro camino?
Esa pregunta se la había estado haciendo él hacía siete años atrás. Siempre había considerado que no sabría con certeza si lo que sucedió fue lo mejor para ambos o si simplemente había sido otra metida de pata en su ya larga y pronunciada lista de tropiezos. Por primera vez era ella quien se lo preguntaba o al menos eso creía él. Finalmente respondió:
-Tendríamos que regresar mucho en el tiempo, hasta cuando no veías nada interesante en mí.
Ella soltó su cabello y le dedicó una mirada divertida. Parecía que esperaba algún comentario de ese tipo. Después de todo, todavía recordaba perfectamente como solía ser el cuándo pasaban tiempo juntos.
-Todavía no veo nada interesante en ti –Respondió mientras posaba su mirada sobre él, todavía divertida y le dedicaba una risa.
-Digamos por un momento –Inició el-. Que te creo –Respondió mientras le regresaba la sonrisa.
Parecía que había transcurrido una eternidad desde la última vez que la había visto sonreír y ella a él. Solo habían sido un par de años, pero se sentía como si se hubiesen visto por última vez cuando Lilith, se había adentrado en el mundo mortal, remontados a los tiempos del jardín del edén.
-Te había extrañado mucho ¿Sabes? –Inició ella con un poco de pesadez en su tono de voz-. Desde el primer día en que me dejaste acá lo hice, con el miedo de que…
-…Te olvidara –Le interrumpió él- ¿No fuiste tú quien me dijo una vez –Continuó-. “No te librarás tan fácil de mí”? –Sentenció, mientras posaba la mirada sobre ella.
Silencio. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los movimientos danzantes del viento sobre las hojas de los árboles y su profunda respiración. No podía culparla. Hacia 7 años que no estaban tan cerca el uno del otro, sin que fuese producto de sus más nostálgicas fantasías. Esos 7 largos años se redujeron a segundos en el momento que se reencontraron, fue como si nada hubiese sucedido. Como si él nunca se hubiese ido. Pero para ella era evidente que no había sido todo tan sencillo.
-¿Nunca…? -Se quebró su voz como un vaso contra un suelo de concreto. Respiró un poco, retomó la calma y retomo su última palabra-. ¿…Nunca tuviste miedo a que me olvidara de ti? –Preguntó mientras la voz se le quebraba de nuevo por lo repentino de su pregunta.
El esperaba esa pregunta. El mismo la hubiese hecho de encontrarse en su lugar. Sabía exactamente qué decir. Como si lo hubiese ensayado los últimos años. Quizá así había sido.
-Quizá sea un poco raro que diga esto teniendo en cuenta que éramos mucho más jóvenes en ese entonces, Viena… –Hizo una pausa, bastante imprevista. Su seguridad se había esfumado de forma repentina al pronunciar su nombre, era como si hubiese hecho gárgaras con talco, su corazón se aceleró y su estómago estuvo a punto de dar un vuelco sobre el suelo. Retiró la mirada hacia el cielo para ordenar sus ideas. Luego de un corto silencio siguió-. …Pero si, tuve mucho miedo al olvido. –Recuperó la calma como si pronunciar esas palabras lo hubiesen librado de una carga incalculable. Siguió viendo el cielo, casi perdiéndose en él mientras continuaba-. Cuando alguien ha llegado a lo más profundo de tu ser es imposible borrar su marca… -Musitó-. Pero nada garantiza que tú hayas logrado marcar a esa persona de la misma forma.
No estaba seguro si Viena había sido capaz de escucharle, pero sí que lo había hecho. Todas y cada una de sus palabras. Las había escuchado como si no hubiese más nada en el mundo que escuchar o incluso oír. Rápidamente él se percató de ello cuando Viena habló.
-¿Cómo puedes pensar eso? –Replicó un poco ofendida mientras lo escrutaba con una mirada que no lograba deducir si era de tristeza o ira-. Si lo hiciste… me marcaste como nunca nadie lo hizo. –Dijo calmando un poco sus humos-. Tu forma de ver las cosas, siempre desde un enfoque distinto. Siempre buscaste protegerme incluso cuando no tenías por qué hacerlo. Te preocupabas por cualquier cosa siempre diciendo “Estarás bien, Viena” “No pasa nada, Viena” “Sabes que puedes contar conmigo, Viena” –De nuevo su tono de voz recuperó un poco de su ferocidad inicial-. ¿Cómo iba a olvidarme de ti? En cuestión de semanas llegaste a conocerme sin cortinas de humo. Tal como era. Como nunca nadie lo hizo.
Él se limitó a mirarla de nuevo y comprendió que no era ira lo que se reflejaba en los ojos de Viena. Eran años de pensamientos, preocupaciones y sentimientos que luchaban por finalmente escapar de su prisión.
-La distancia y el tiempo son enemigos muy crueles… -Musitó él. Bajó la mirada hasta los dedos de su mano-. Pero siendo así –Levantó de nuevo la cabeza y miró hacia el vacío- ¿Por qué tenías miedo a que te olvidara?
Sabía la respuesta. Tan bien como si fuera ella quien había hecho la pregunta. Quería darle una oportunidad a Viena de que finalmente dejase salir lo que se mantenía en su interior. Aunque fuera un poco. Y así fue. No tardó en responder en un salto de expresión emocional.
-¡Justamente porque me conociste como nadie más! Me llegaste a leer como un libro abierto…
Él sonrió y la observó como el día en que había tenido que dejarla atrás. Una mirada que contenía nostalgia, tristeza y por asombroso que pareciese, un toque de alegría.
-Siempre fuiste una historia intrigante, Viena. Más de lo que admití en ese entonces –Contestó finalmente con una sonrisa pintada en el rostro.
Ella levantó la mirada y vio de nuevo esos ojos que tanto había extrañado, llamándola a gritos.
-¿Más de lo que admitiste en ese entonces? –Preguntó intrigada.
-Sí. –Prosiguió mientras se perdía en el cielo de nuevo- Eras como un libro que, a pesar de no tener casi nada escrito, decía mucho. A pesar de que en un principio fuiste una pequeña odiosa y un poco irritante, con el tiempo, fuiste creciendo en todos los aspectos. –Una sonrisa empezó a escaparse de su rostro en ese momento-. Fue una completa metamorfosis y me gustaba creer que apreciaba cualidades tuyas que otros pasaban por alto. Siempre me gustó esa historia.
Viena levantó la mirada hacia el cielo y sonrió soltando un suspiro de calma. Movió sus labios como si intentase decir algo, pero titubeaba. En un momento volvió su miraba sobre él. La sentía. Era esa misma mirada que no sentía en años. Aquella que salía a flote cuando Viena, intentaba fingir que estaba molesta con él. Era una mirada dulce, a pesar de aparentar rudeza, sus ojos mostraban siempre algo más, una petición, el deseo de que la sostuviese entre sus brazos para que se sintiese querida y segura. Sus labios siempre enmarcaban una sonrisa que decía: “Me alegra verte tan feliz” y a su vez también ocultaba cierto pesar, que complementaba lo demás diciendo: “Incluso si no soy yo quien te hace feliz”. No había cambiado nada en esos 7 años. La respuesta de él era similar. Ante su sonrisa siempre se le escapaba una sonrisa. Era la mejor expresión de un vínculo “Quid pro quo” sin significar precisamente “Una cosa, por otra”. Su risa le alegraba y a ella le gustaba verle sonreír, era un círculo vicioso infinito de risas y miradas. Hacía mucho tiempo que no ocurría. Estar con Viena en ese parque viendo las estrellas y riendo le recordó a muchas de sus locuras de niños. Momentos que siempre atesoraron en esos 7 años y que fueron la razón de regresar.
-¿Pasa algo Viena? –Preguntó el sin retirar la mirada de ella-. ¿Ibas a decir algo no?
Ella sonrió de una forma peculiar. Similar a un bufido.
-Todavía sabes leer este libro, Keith. –Musitó sonriendo-. La verdad es que quería preguntarte algo –Confirmó mientras volteaba a verlo-. Hay algo que no me dijiste en ese entonces, ¿Verdad? Algo que quisiste decir pero nunca dijiste. Siempre lo sentí con nuestra última despedida…
Silencio. De nuevo había un silencio repentino… sin embargo no era incómodo. Casi nada lo era entre ellos. Keith le había mencionado una vez que era la única persona con la que podía estar cómodamente rodeado de un silencio sepulcral sin que le hiciera sentir el impulso idiota de comentar cualquier cosa. Simplemente disfrutaba estar junto a ella. Aunque fuese en un silencio absoluto. Keith tomó una bocanada de aire de forma disimulada y empezó a hablar.
-Ciertamente… -se cortó su voz y luego continuó-. Sí, hay algo que no te dije en ese entonces, algo que quise decir –Empezó a jugar nerviosamente con sus dedos tocando con su dedo meñique todos los demás mientras hablaba-. Pero de todos modos no hubiese cambiado nada –Sentenció con un poco de pesar.
Cuando Keith abandonó su país en búsqueda de “algo mejor” en otros sitios del mundo, tenía muchas preocupaciones, pero siempre guardadas a sus adentros. Expresaba que su única preocupación real iba a ser un cambio de idioma o un cambio de dialecto. En ese entonces fue una forma divertida de afrontar que se avistaba una tormenta que, por muy arriba que estuviese, evitaba. La verdad era otra. Por su mente pasaban millones de pensamientos por segundo, como si se tratasen de una lluvia de saetas despiadadas, todas atacando su pecho. Pensaba en lo que iba a dejar atrás, no importaba lo material realmente. Aquellas personas que siempre le acompañaron y habían estado con él, ya no estarían alrededor. Por muy despiadado que pareciese, Viena –Una chica que solo llevaba poco más de un par de años conociendo- iba a ser una de las personas que más, sentía, iba a extrañar. Alguien que no podría olvidar.
-En ese entonces, cuando me fui llevé, conmigo todos tus regalos. –De nuevo una sonrisa escapaba de los labios de Keith al hablar-. ¿Recuerdas esa especie de mini retrato tuyo? Aquel que me dibujaste una vez que intentabas imitar a las maquinas retratistas de la feria. Siempre la tuve en la billetera como un lindo recuerdo. Como si de un tesoro se tratase.
Viena sonrió con un poco de rubor asomándose por sus suaves mejillas que él anhelaba acariciar y besar de nuevo.
-Llegué a verlo en tu billetera antes de que te fueras –Contestó sonriendo todavía torpemente-. Me sorprendió que lo tuvieses con tanto cuidado allí.
-Bueno, era mi forma de tener un poco de ti, siempre, conmigo. Aunque mi bolsillo trasero no fuese el mejor lugar para tenerte –Rió un poco y se acercó un poco a ella.
-La verdad es que podías tenerme en un lugar más apropiado –Sentenció Viena, fingiendo de nuevo una cara de enojo acompañada de su rubor natural, a su vez que escapaban risas de sus labios rosa.
-Quería asegurarme de que nunca me fuese a olvidar de ti. Supongo que tenerte en el bolsillo trasero de mis vaqueros logró el efecto. – Keith rió de nuevo y volteó a verle divertido.
Viena estaba riendo, con esa risa que -a pesar de ser un poco ruidosa- no le molestaba a Keith. Se detuvo a verlo unos segundos y luego sonrió de nuevo. Se acercó a Keith y se acurrucó a su lado, tomando su brazo y acomodando su cabeza en su hombro. Justo como hacía en ese entonces. Keith la miró y sin mucho remedio acarició lentamente la mejilla izquierda de Viena y la acercó hasta la comisura de sus labios. Viena intentó morderle el dedo como solía hacer cuando eran niños y Keith jugaba con sus mejillas. Ella se estremeció un poco de nuevo por su tacto y se ruborizó de forma leve pero notable. Sabía que estaba ruborizada pero no podía importarle menos. Quería estarlo. Keith sonrió divertido y la observó con sus ojos emanando tantos sentimientos a la vez como podían.
-Regresando a lo que nunca te conté…
Viena le interrumpió rápidamente.
-No hace falta que digas nada Keith –Se adelantó a decir antes de que, de nuevo, Keith se viese dando un discurso de lo que no hiso, en vez de relatar lo que si-. No eres el mejor disimulando tus emociones, tu cara dice mucho. Siempre lo ha hecho, como cuando llegabas a molestarte por algo –De nuevo sonrió divertida y empezó a jugar con los dedos de Keith- por muy sutil que fuese, si algo te molestaba, lo hacías saber sin querer hacerlo –Dejó de jugar con sus dedos y tomó la mano de Keith posándola suavemente sobre su vientre mientras que acariciaba sus dedos-. Entiendo porque nunca dijiste nada. Todo era diferente en ese entonces.
-Viendo en retrospectiva… No lo era tanto.
Él lo sabía. Pudo cambiar todo, tuvo la oportunidad, pero quizá no habría sido lo mejor. Y ella lo entendía. Pero no importaba, ahora estaban juntos después de tanto tiempo. Nada más importaba.
-No cambiaría lo que sucedió por nada –Musitó ella con voz dulce-. Eso nos hizo lo que somos ahora.
Keith bajó la mirada hasta que se cruzó con la de Viena, y como si nunca se hubiesen visto, sus ojos se llamaban para conocerse. Anhelaban hacerlo y nada se los impedía. Lentamente se acercaron hasta que podían ver el alma del otro derramando un coctel cálido de emociones, sentimientos y deseo que esperaba explotar en cualquier segundo. Se acercaron más y sus narices se acariciaron tiernamente. Su piel respondió a la cercanía de ambos, contuvieron un suspiro conjunto mientras que la piel de gallina se apoderaba de sus cuerpos. Sentían la respiración acelerada del otro en la punta de sus labios. Respiraban en un frenesí de emociones y anhelaban que su respiración se fusionara en una misma. Que sus labios se fundieran tierna y cálidamente en los del otro con ese toque de locura que habían esperado durante tanto. Keith sonrió y separó sus labios para decir algo, acarició con sus labios los de Viena y los vellos de su cuello se erizaron, no pudo decir palabra alguna. Viena lo silenció con un cálido beso y sus palabras se ahogaron en su garganta. Sus labios se tornaron cálidos y agradables. Los labios de Viena dejaban un dulce sabor en los suyos, un sabor que era como una droga a la que podría hacerse rápidamente adicto. Acarició su mejilla y se acercó más. Ambos se besaron de forma dulce y pasional. Agradables estremecimientos recorrían sus cuerpos como la sangre que ahora hervía dentro de ellos. Jugaba con sus pómulos, su cabello y su cuello como si se hubiesen desconectado del mundo. En un momento había acabado. Sus labios se separaron lentamente, esbozando una sonrisa que parecía haber sido dibujada por la misma persona en ambos rostros. Sus miradas se cruzaron de nuevo y Keith vio a través de Viena. Allí recostada sobre él, con sus pupilas tan dilatadas que consumían lo marrón de sus ojos como seguramente también le ocurría a él. Sus mejillas rojas y sus labios cálidos que al fin se habían encontrado. Nada importaba. Nada podía arruinar ese momento. Era interminable y lo único que veía en esos instantes era una sonrisa en Viena.