Los lienzos corrían libremente por la hoja intentando copiar su bello rostro, uno de los más hermosos y delicados que pueda existir.
Me acomodé en la rama buscando, a la vez, la posición que me beneficiara más en su admiración. Ella estaba concentrada en su Tablet sin darle importancia a lo que ocurría a su alrededor. Comenzó a tipear con sus dedos, seguramente, escribiendo alguna de sus bellas historias. Su madre se acercó y ella levantó la mirada como respuesta a su llamado.
―Tienes que buscar trabajo e irte, no puedo estar contigo a mi lado ―ella levantó una ceja incrédula.
―Como tú digas madre ―dijo sin presentar queja alguna ante su pedido, pero con cierta resistencia.
Miré mi dibujo y al verlo terminado, volví a mirarla; no estaba allí, seguramente estaba derramando lágrimas por su madre.
Caminé por las ramas hasta la ventana de mi habitación, entré en ella, dejé las cosas sobre mi escritorio y la abandoné.
***
―Nos vemos la próxima ―dijo Patrick antes de tomar sus cosas.
―Adiós Patrick ―murmuré perdido en mi mundo, dónde ella estaba más que presente.
Al perderlo de vista saqué mis útiles y la busqué con mi mirada. Al verla sentada a pocas mesas de mí, una sonrisa se asomó por mis labios.
«Mírala» decía esa vocecita en mi mente antes de levantar la vista y grabar en mi mente su delicado rostro, a pesar de que conocía cada centímetro de aquel.
Fueron unos largos minutos repitiendo el proceso, hasta que no la vi, allí fue cuando dejé todo y me levanté de la silla, intentando encontrarla entre la gente y el bullicio que estas provocaban. Al fracasar en mi intento, me dejé caer en la silla y cerré mis ojos intentando recordar su bella imagen.
― ¿Esta soy yo? ―Escuché su hermosa voz a mi lado. Abrí mis ojos al instante y la miré boquiabierto por unos segundos.
―N-no exactamente ―dije―. Es alguien... ―Mi cerebro no procesó alguna otra respuesta coherente ante la situación, y me quedé en silencio, quedando frente a ella como un idiota.
―Soy yo ¿sí o no? ―dijo con tranquilidad. Bajé mi vista pensando que responder. «Mírala» dijo por millonésima vez aquella voz; le obedecí y ella se sentó junto a mí, tomando entre sus manos el dibujo. La carpeta dónde lo contenía quedó abierta y la cerré al instante para que no vea los demás dibujos y piense que soy un acosador.
―Te he tomado como mi musa... Así que puedes o no puedes ser tú.
―Pero es idéntica mí ―sonrió y me miró, provocando una sonrisa idiota por mi parte.
―Entonces eres tú... ―dije lo más tranquilamente posible, ella rió dulcemente.
―Es muy lindo... ¿Dónde aprendiste a hacer esto? Es que... No lo sé.
―Gracias. Mi padre me llevaba a convenciones de historietas, aprendí algo y gracias a su apoyo ―extendí mis brazos―, aquí estoy. ¿Y tú que haces aquí? ―pregunté aun sabiendo muy bien, pero es mejor no decirle todo lo que sé de ella ¿no?
―Estudio Letras y Literatura. Es algo que me apasiona.
―Entonces si alguna vez entro a una librería y veo tu nombre en uno de aquellos libros, sé que alguna vez conocí a una gran escritora.
―Puede ser... Y puede ser que cuando entre a una tienda de historietas y vea tu nombre en alguna de ellas, sé que conocí a un gran... ¿Cómo se dice?
―No sé, la que escribe aquí eres tú. Así que...
―Andy ―Llamó esa voz tan conocida para mis oídos. Giré mi cabeza y lo miré.
― ¿Qué pasa Joe? ―le dije en el tono más amigable posible.
―Mañana, en mi casa. Trae tus baquetas.
―Está bien, nos vemos mañana.
―Adiós ―la miró―, adiós a ti también.
―Adiós ―susurró ella. Joe se alejó y la miré nuevamente. Dejó el dibujo delicadamente sobre la mesa y se acomodó en la silla borrando su sonrisa y frunciendo su ceño.
―Lo sé... ―dijo
― ¿Qué sabes? ―pregunté confundido.
―Que tienes dibujos míos (no míos si no sobre mí, podría decirse) en esa carpeta que tienes ahí ―apuntó con su dedo la carpeta y mi corazón se paralizó.
―Lo-lo siento...
―Tú eres el chico de la rama ―miré mis manos avergonzado. Desde el principio sabía que aquello estaba mal, pero de igual forma lo seguía haciendo. La miré nuevamente y lucía indignada.
―No quiero que creas que soy un acosador, porque no lo soy. ―Puso su mano en mi mejilla y sonrió.
―Andrew, no te culpo... A mí me pasa lo mismo
― ¿Qué? ―dije confundido.
―No quiero sonar acosadora, pero... ―Eso se había tornado extraño.
― ¿Pero?
―Tú eres el protagonista de mis historias, cómo yo soy tu musa ―sonreí, no era el único loco que observaba por horas a una persona como fuente de inspiración.
―Ya que nos "conocemos" ―hice las comillas con mis dedos― tanto ¿vienes a una convención conmigo? ―pregunté sin vergüenza alguna.
―Sólo si tú vienes a una conmigo ―le extendí mi mano sonriente.
―Trato hecho ―la estrechó sonriente, firmando un trato.
***
―Mira ―apunté con mi dedo el majestuoso dragón.
― ¿Dónde? ―tomé entre mis manos su cabeza y dirigí su vista a aquel dragón― Wow... ―luego de observarlo por un momento miró mis ojos y yo los suyos―. Es hermoso.
―Sí que lo es.
***
Ese día no me había hablado, ni mirado. Solo estaba sentada en su mesa, acurrucada entre sus piernas y tapando su cabeza con una gran capucha. Colgué mi mochila en mi hombro y caminé hacia ella.
―Hola... ¿Estás bien? ―no recibí respuesta alguna y toqué su hombro. Levantó su cabeza y se quitó uno de sus auriculares, sin mirarme.
― ¿Qué? ―dijo lo más cortante y seca posible.
― ¿Estas Bien?
―Sí, sólo necesito pensar ―dijo en el mismo tono. El timbre del fin de descanso terminó y me senté junto a ella. Colgó su bolso en su hombro y estiró las piernas para levantarse, pero mi mano en su brazo se lo evitó.
― ¿Tienes una clase importante?
―No ―respondió con frialdad.
―Entonces nos la saltearemos ―de sentó nuevamente, dejó el bolso sobre la mesa pero su mirada aún continuaba gacha.
― ¿Qué está pasando? ―pregunté ignorando todo el bullicio a mí alrededor.
―Nada, solo necesito pensar.
Tomé su cara entre mis manos e hice que me mirara. Inspiré profundamente al ver en su cara un gran moretón imposible de esconder sobre su pómulo. Quité su capucha y acomodé un mechón de pelo.
―A mí nunca lograrás engañarme, conozco tus debilidades y fortalezas ―con mi pulgar acaricié su mejilla y ella sonrió débilmente―. No quiero que sufras más ¿te mudarías conmigo? De la forma que quieras, cómo amigos, novios, extraños que comparten la misma casa, lo que sea ―asintió repetidas veces y me abrazó haciéndome sentir el hombre más afortunado. Besé su cabello―. ¿Las demás clases son importantes? ―Asintió―. Está bien, entonces disfrutaremos esta sola. ―aún abrazada a mi levantó su cabeza y sonrió sinceramente, algo que no veía en días.
―Me encanta tu voz, es tan... linda y delicada... Me encantas tú.
―Tú también me encantas... ―besé sus labios, con tanto amor y pasión que pude entregar. La quería, ella era mi vida.
― ¡Andy! ¡Un concierto! ¿Te imaginas? ¡Tenemos un concierto! ¡Andy! ―gritó Pete entrando al vacío comedor. Ella sonrió feliz por la noticia, al igual que yo. Esa banda sin nombre ya estaba siendo algo importante en mi vida, al igual que ella.
***
―No puedes irte ―dijo con lágrimas en su rostro, haciéndome sentir peor de lo que estaba.
―Me tengo que ir, lo siento. Esto me duele tanto como a ti.
―No puedes dejarme sola...
―No te dejo sola... ―repetí por millonésima vez.
― ¡No creo en las relaciones a larga distancia Hurley! ―cayó de rodillas al suelo, rendida.
―Me tengo que ir, no puedo quedarme. ―Me arrodillé frente a ella e hice que me mirara.
―Volveré, y eso lo sabes bien, ¿por qué desconfías?
―Porque tengo miedo ―dijo entre sollozos.
―Nada va a pasar.
―Sí pasará.
―No, y te lo puedo asegurar. Nada va a pasar, y volveré, porque tú eres lo que complementa mi vida.
― ¿Volverás? ―murmuró.
―Sí, lo prometo. ―Se abalanzó hacia mí y me abrazó.
La última vez que la abrazaría y no lo había disfrutado lo suficiente.
Un año había pasado de aquel día, en el que dos personas, tal para cual se habían separado. Andrew volvía a la ciudad para reencontrarse con ella, pero había pasado algo que Andrew no se había enterado. Ella había muerto en un trágico accidente de tráfico.
Él cayó de rodillas frente a su tumba, derramando lágrimas sin control.
―Volví ―susurró―, tal cómo te lo prometí. Perdóname, nunca debí haberme ido, debí haberme quedado contigo. Te amo y te amaré.
Después de aquellas palabras que significaban mucho para ambos, dejó una rosa rosa junto a su tumba junto con las palabras "Rosas, cómo a ti te gustaban."
Verla [Final alterno]
Volví a la ciudad. Era la misma que hacía dos años atrás. Dos largos y tortuosos años en los que no tenía un momento de paz, nadie me lo permitía y lo único que quería era verla, verla aunque sea una vez más, verla sonreír.
―¿Estás feliz? ―preguntó Patrick sonriéndome.
―¿Se nota? ―dije algo avergonzado
―Un poco… Un poco mucho. ―Rió al igual que yo, pero hasta en mi risa se notaba aquel nerviosismo.
Devolví mi vista hacia dónde estuvo la mayoría del tiempo, hacia la calle, recordando la cantidad de cosas que habían pasado en aquella ciudad.
La camioneta se detuvo frente al semáforo, y una chica muy parecida a ella pasó frente a esta. Era completamente igual, tan igual que nadie podría creer que era otra persona.
Tardé en reaccionar, era ella y yo no lo había notado. Desabroché mi cinturón de seguridad lo más rápido que pude, recibiendo miradas extrañas por parte de mis amigos. Me bajé de la camioneta ignorando las cosas que me decía, o gritaban mejor dicho, seguí el camino que ella había tomado y la vi adentrarse a un Café, al cual en segundos me detuve en frente.
Aire, eso es lo que necesitaba. Parecía que todo el oxígeno a mí alrededor se hubiera desvanecido. Algo dentro de mí se desvanecía lentamente. Detrás de la transparente pude notar como estaba besándose con otra persona. Me di vuelta para no ver esa desgarradora imagen y una figura se acercaba a mí. Esa persona me preguntó si estaba bien tomándome de los hombros y pude distinguir que era Patrick.
―No ―fue lo único que pude decir. Dejó de centrarse en mí para mirar el Café, podría jurar que había visto lo mismo que yo, porque frunció su ceño como nunca antes.
****
Estaban riendo de algo que no presté atención. Estaba perdido en mi mundo, analizando que era lo que había visto, pero no había otra explicación ya me había olvidado.
―Andy, ¿estás bien?
―¿Tan fácil soy de olvidar? ―dije luego de horas sin hablar, ignorando completamente su pregunta.
―No lo eres Andrew, quizás…
―Quizás nada Pete, estaba besándose con otro. No tenía que haberlo preguntado, no hay respuesta más obvia. No sé qué esperaba yo después de dos años sin verla ―le interrumpí enojado―. No pudo haber sido casualidad, no soy idiota.
―Pero…
―Pero nada. ―Me levanté bruscamente del sillón y me encerré en la habitación. No debía enojarme con ellos, pero en ese momento algo me consumía lentamente.
*
Dejé una nota sobre la mesa, y salí de la casa con mi antiguo bolso. Comencé el camino hacia, en este momento, su casa.
Habían pasado dos años y ese era el momento de olvidar, algo que yo no lograba hacer aunque lo intentara.
Cuando llegué frente a la casa salté la cerca y me adentré al patio trasero. Por primera vez, luego de haber visto aquello, sonreí. Aquél majestoso árbol se mantenía intacto y hasta lucía mucho más hermoso de lo que recordaba. Lo escalé dificultosamente y me senté en una de las ramas que daban a la casa.
Por lo que recordaba (miento, por lo que quedó grabado en mi mente), ella tenía la manía de levantarse todas las noches, exactamente a las tres, para tomar un simple vaso de agua. No había forma alguna de evitar que se despertara para saciar su sed.
Miré la hora, 02:50 am. Diez minutos.
Saqué mis cosas y me acomodé de una forma no incómoda. Comencé a hacer bocetos pero me rendí al rato, no era como antes, era algo que parecía haber sido dibujado por un niño de ocho años. Aquello era así, porque si dibujaba algo aquello me recordaba a ella y me entristecía, volviendo al círculo que comenzó luego de que me separara de ella. Comer; dormir; ignorarlos; distraerme en medio de un concierto; no querer ser partícipe de nada que concernía con la banda; y volver a empezar. Unas tres o cuatro veces había sucedido aquello, por lo que mis amigos comenzaron a tomar medidas desesperadas para sacarme que aquel estado.
Miré los lápices fijamente, ellos me llamaban para hacer algo que es una pasión para mí. Los tomé y comencé a tocar sobre la carpeta, simulando un solo en alguno de nuestros conciertos. Aquello se había tornado algo exagerado, lo hacía como si estuviera en pleno concierto. Por el rabillo de mi ojo pude notar como una luz se encendía, a lo que me detuve bruscamente haciéndome tambalear y caer. Caí, caí del árbol. De un árbol, de allí me había caído.
No era tan alto por lo que creía que no me había hecho tanto daño, pero al intentar moverme un fuerte dolor en mi pecho, pierna y espalda demostró su presencia.
―Soy un idiota. ―Una figura se acercó a mi corriendo.― Ambulancia... ―fue lo último que dije antes de caer en un profundo sueño.
***
Abrí mis ojos, los entrecerré para poder acostumbrarme a la fuerte luz. Estaba en un hospital, lo que veía era blanco y escuchaba esa maquinita con pitidos seguidos junto con un murmullo a mi alrededor.
―Se despertó ―dijo uno de ellos. Respiré profundamente y sentí un dolor punzante en mi pecho, sobre mis costillas.
Me acomodé dificultosamente pese al dolor en mi pecho y vi a Patrick y a Pete sentados en unas sillas, uno a cada lado de la camilla.
―Eres un idiota ―dijo Pete con una sonrisa. Miró el celular que tenía entre manos y tecleó algo.
―¿Cómo te caes de la rama de un árbol? ―dijo Patrick con aire a broma. Pero aquello no era una broma, me había caído de un árbol, mi pecho dolía horrorosamente y tenía una férula en mi pierna. Aunque en cierta forma sí lo era, nadie se cae de un árbol.
―No, Patrick te equivocas ¿qué haces sobre la rama de un árbol? ―corrigió a su amigo. Reí al igual que Patrick y el dolor en mi pecho se hizo más presente―. Dos costillas rotas, una pierna, reposo por un mes y los conciertos se cancelaron.
―¿Qué? No... ―me quejé
―Que lo entiendan, no estás en condiciones. Si no que se pudran.
―Igualmente Patrick, estuvo mal no tenía que haber ido. Soy un acosador, cómo antes. ―Cerré mis ojos para reprimir el enojo mezclado con tristeza y sentí como una puerta se abrió.
―No lo eres, es más, ese gesto te hace más tierno de lo que eres Hurley ―al escuchar su voz, abrí mis ojos bruscamente.
Estaba allí, parada frente a la camilla, con su negro cabello cayendo por sus hombros y sus grandes ojos celestes mirándome con ternura. Miró a Patrick y a Pete quienes se dieron cuenta del mensaje, quienes se dieron cuenta y salieron tropezándose con sus propios pasos. Nos dejaron solos y ella rió.
La sonrisa que se formó en mi rostro cuando la vi, aún no se había borrado.
Se sentó junto a mí, en el borde la gran camilla y puso su mano en mi mejilla. Sus manos seguían igual de suaves, como hacía dos años atrás.
―Estás loco. Ahora por tu culpa cancelaron el concierto que tanto esperaba.
―Dudo que tu novio te deje ir sola a un concierto. ―Aún no entendía la causa de mis celos, si ella no era mía. No mía como un objeto, si no que ya no tenía relación con ella.
Frunció su ceño, tal como lo esperaba.
―No tengo novio ―negó.
―Sí lo tienes. Los vi antes de convertirme en un acosador nuevamente.
―¿Tú eras el del Café? ―dijo con preocupación y cierto asombro.
―¿Cuál de los dos?
―El que casi se cae. ―Asentí y quitó su mano de mi mejilla para apoyarla en su regazo.
―¿Quieres la verdad?
―No, ansío mucho más que me mientas ―dije con ironía.
―Él es un reemplazo. No un reemplazo para el amor que sentí y siento por ti, sino un reemplazo para el dolor que siento (o sentía) por no tenerte cerca. Yo te amo Andrew, no dudes que no lo hice. Cada concierto que podía ver lo veía. Podía verte mal del otro lado de la pantalla, cuando te desconcentrabas y te equivocabas, pero igualmente si te equivocabas continuabas y lo hacías mejor, intentando compensar tu error. No creas que ellos no me contaban lo que te sucedía, como entrabas en ese círculo por cualquier cosa.
―¿Es verdad? ―Pregunté cómo estúpido.
―No, es mentira. Te odio por abandonarme, te superé y amo a la persona con la que estoy, te denunciaré por acoso Hurley ―se paró―. Adiós ―con pasos lentos comenzó a caminar hacia la puerta.
―Espera. ―Se detuvo y me miró― Me siento idiota e inservible por no poder levantarme ―confesé. Sonrió como nunca antes y se acercó sentándose nuevamente junto a mi lado y acercó sus labios a los míos.
―Te amo Hurley.
―Yo también. ―Me besó tiernamente, y me sentí por segunda vez en mi vida me hizo sentir el hombre más afortunado.
No sé cómo, pero minutos después se encontraba acostada junto a mí, con su cabeza apoyada en mi pecho (claro está que del lado contrario al de mis costillas rotas). Su mano jugueteaba con la mía, cómo años atrás.
―Tengo tus libros, no entiendo por qué, pero nunca los he leído supongo que es porque no tenía el valor suficiente para leerlo y correr el riesgo de entrar en el círculo.
―Yo extrañamente no tenía un círculo como el tuyo, pero era algo parecido. ―Besé su cabeza y respiró profundamente― Esta es una historia digna de un libro ―dijo
―Así es, y te doy mi consentimiento para escribirlo... ¿Cómo le dirás?
―Le seré directa, algo así como: "Hola, el amor de mi vida ha vuelto y quiero decirte que solo te usé para reemplazar el dolor que sentía por no tenerlo cerca. No quiero verte nunca más, adiós." ¿Te parece apropiado? ―Reí y el dolor punzante en mi pecho hizo su aparición su nuevamente haciéndome soltar un gemido de queja― Lo siento, ahora sé que no tengo que hacerte reír ―se disculpó.
―No importa está bien...
―¡Son marido y mujer! ―gritó Joe entrando a la habitación― ¡Quiero los hijos pronto! ―ella se levantó de la camilla y se sentó en una de las sillas contiguas a la camilla, riendo de la estupidez de Joe.
―¡Joe, has silencio! ―le reprochó Pete que estaba detrás de él. Joe lo ignoró y se acercó a mí, extendió su mano y extrañado se la estreché. Cómo los sobornos o las drogas, me entregó algo. Guiñó su ojo y miré lo que me había entregado. Miré lo que había en mi mano... ¿Un anillo? Era negro y en el medio había letras, muy parecido al anillo de la película "El señor de los anillos". Le insulté mentalmente y lo miré enfadado muy dentro mío.
―¿Tienes algo que preguntarle? ―dijo mirándola, ella me miró y yo a ella.
―¿Quieres ser mi novia? ―dije finalmente, mostrando el anillo. Asintió repetidas veces y mientras se acercaba puse el anillo en su dedo. Besó mis labios con un corto beso y sin soltar mi mano se sentó en el borde de la camilla.
―¡Era la otra pregunta! Andy, haces todo mal ―dijo Joe fingiendo enfado e indignación.
―No molestes Joe ―volvió a retarlo Pete.
Mientras ellos discutían la miré y ella a mí.
―Te amo ―dijo moviendo sus labios pero sin salir un hilo de voz de sus labios.
―Yo también ―dije de la misma manera. Sonrió, y en ese momento me sentí mejor que nunca.
En ese momento supe que verla era algo que necesitaba más que nunca.