Launchorasince 2014
← Stories

There is love? | One Shot | H.S.


―¿Qué? ―le dije molesta al chico ojiverde a mi lado, vestido con una camisa que combinaba con la bandana que sujetaba sus largos cabellos rizados.

Mirarme demasiado era una amenaza para mí, y ese chico me estaba mirando muy fijamente, como intentando descifrar algo… Eso era lo que cualquier persona que escriba un relato de su vida diría, pero no, simplemente con mirar fijo a alguien no consigues nada, solo que esa persona te golpee hasta más no poder.

―Eres muy linda… ―Fingí una risa coqueta y me enserié al instante.

―No estamos dentro de las historias que escribimos o que han sido escritas, no creas que con eso me conquistarás ―dije como modo de defensa.

―Buen punto. Ahora, ¿quieres salir conmigo?

―Déjame pensarlo… No ―negué rotundamente con mi cabeza―. ¿Quieres las razones? Uno: no te conozco. Dos: tienes que saber que si intentas lograr un personaje… te retiras. Y tres: no tengo otra una razón coherente, aunque sé que la hay… ―Me quedé en silencio un momento ignorando cualquier palabra salida de su boca― Aquí esta, ¿quién invita a salir a las personas? Eso es como el latín, está muerto y muy pocos continúan con ese delicado gesto. ―Frunció su ceño confundido y luego sonrió.

―Estará muerta, pero yo soy uno de los pocos que continúan con ese delicado gesto.

―¿Y cómo sé que no eres un fucker? Digo, ya no se puede confiar en nadie.

―¿Así planeas conquistar a un chico? ―preguntó con una ceja alzada.

―No planeo conquistar a nadie, si lo conquisto sin intención y esa persona me agrada, bienvenido sea ―dije con felicidad fingida.

―Y si te digo que encontraré una forma de demostrarte que no soy un fucker, y solo quiero salir contigo para conocerte y tener una simple relación social. ¿Cómo te quedas?

―¿No sabias que existen los derechos de autor? Idiota…

―Mira quién habla…―devolvió su vista a la puerta en espera del maldito profesor que llegaba tarde.

―Muérete, nos harías un gran favor ―murmuré enfadada

―La verdad es que a mi familia no tanto…

―Tu familia me importa tanto, que les diría cuantos días te quedan para tu muerte.

―Estás loca… ―dijo entre risas.

―Me lo dicen muy seguido, y la verdad es que no me importa lo que tú creas.

―Y si…

―Siento mi retraso ―interrumpió el profesor entrando al salón―, tuve problemas. ―Todos asentimos en forma de disculpa aceptada y sonrió, como siempre, feliz―. Bien, empecemos…

―Si él me nota antes de los diez minutos, me debes una cita ―dijo al inclinar su cabeza hacia mí.

―No eres alguien como para mandarme ―susurré.

―No te estoy mandando, te lo estoy proponiendo.

―Si prometes y cumples que no harás nada para llamar su atención o la de alguien en este salón, acepto ―murmuré. Asintió con una sonrisa y me mostró la hora en la pantalla de su gran y nuevo celular; las 15:56, esa era la hora, si llegaba a las 16:06 sin notar la presencia de ese chico en el salón, yo ganaría… nada en realidad, pero con ganar es suficiente ¿cierto?

Comenzó a dar la clase, a la que dedicaba toda mi atención. El chico se movía a cada rato, como buscando una posición cómoda en la cual sentarse. No eran movimientos bruscos ni nada que le llamara la atención a algunos de los estudiantes o el profesor, entonces no me preocupé por él. Revisé mi reloj, eran las 16:06. Diez minutos exactos. Festejé mentalmente, acerqué mi cabeza para gozarlo en su cara y en cuanto lo hice, el profesor carraspeó su garganta. Lo miré confundida, como todos a mí, y en parte enojada. Por el rabillo de mi ojo pude ver como sonreía ampliamente el chico de rulos.

―¿Conversando en medio de una explicación Victoria? Sabe muy bien que aunque usted lo sepa, no signifique que los demás también ―no dije nada y volví a mi posición original desde el inicio de su clase. Él miró al chico al que le había acabado de ganar una apuesta― Veo que ha conseguido una nueva amiga Harry ―lo miré de mala manera.

―Sí, así es ―disimuladamente me mostró su celular, no podía ser, en su celular marcaban las 16:05 horas. Maldecí interiormente ante mi estupidez y fruncí significativamente mi ceño.

―Sólo me ha hablado una vez y usted la ha pillado ―dijo con una gran sonrisa el ojiverde.

―¿Y qué te ha dicho? La clase quiere saber ―devolví mí mirada al profesor que sonreía ampliamente, como dichoso.

―Me ha dicho que este tema es muy interesante.

―¿Y por qué razón usted me está mirando mal? ―dijo refiriéndose a mí, en este momento, el dichoso profesor.

―Porque la verdad es que odio que pasen este tipo de cosas.

―Perfecto. ¿Sabías que es un nuevo alumno? ―negué mintiendo y su sonrisa cambió de alguna forma― Victoria, él es Harry un nuevo alumno. ¿Y adivina qué? ―me encogí de hombros― Es igual a ti, no completamente, pero igualmente la igualdad es mucha.

―¿En qué aspecto? ―pregunté algo confusa por lo que había acabado de decir.

―En muchos.

―¿Y a qué lleva este dato?

―A qué como comparten tantas cosas, juntos me escribirán un relato y con eso tú sumarás puntos y él me demostrará más de su talento ―suspiré profundamente―. Quiero ver que tal les va juntos, escribiendo, como una pareja. ―En esa oración había dos palabras que odiaba: juntos y pareja.

―Está bien ―dije lo más tranquila posible.

Las dos horas pasaron volando, al igual que las hojas secas que el frío había hecho caer de los árboles.

―Victoria ―me llamó desde su escritorio, antes de cruzar la puerta y poder irme a mi querida casa. Pesadamente caminé hacia él y levantó la vista de la hoja que corregía―. Harry es un buen chico, no seas mala con él…

―Voy a tener una cita con él, y por lo que mi madre me dijo, hay que ser una persona más que educada en una cita ―le interrumpí lo más rápido posible antes de que diga algo más. Sonrió y baje mi vista.

―Está bien, no tengo nada más que decir, vete. Buena suerte. ―No respondí y salí de allí lo más rápido posible.




―Esto parece una página arrancada de un libro ―dije al analizar las cosas que decía y hacía. Se quedó silencioso, como esperando que de su loca imaginación aparezca una respuesta.

―Precisamente a eso iba yo. ¿Por qué encerrar siempre la poesía en los libros y no llevarla al aire libre, a los jardines y a las calles? ¿Va comprendiendo ahora? ―Gracias a sus palabras en mi mente apareció la imagen de mi obra favorita. La única que mi memoria recuerda detalladamente.

―La idea, quizá. Lo que no entiendo es cómo puede realizar todo eso. ―Recité tal cual. Sonrió ampliamente y tomó aire.

―Lo entenderá enseguida. ¿Recuerda aquel fantasma que de apareció siete sábados en el Caserón de las Lilas? ―Él había recitado el diálogo contiguo a lo que había acabado de decir. Sonreí como si hubiera acabado de encontrar un tesoro, aunque en cierta forma lo hubiera hecho.

―¿Cómo no, si fue en mi barrio? En mi taller no se habló de otra cosa en tres meses ―respondí.

―¿Y qué se decía en su taller? ―dijo interesado.

―De todo: unos, que alucinaciones; otros, que lo había visto con sus propios ojos. Muchos se reían, pero un poco nerviosos. Y por la noche se recordaban esas viejas historias de almas en pena.

―En pena, ¡pero de almas! Un barrio de comerciantes, donde nunca se había hablado más que de números, estuvo tres meses hablando del alma. Ahí tiene el ramalazo del misterio.

―¡Pero no es posible! ¡Usted no puede creer que aquel fantasma se apareció de verdad!

―¡Y cómo no voy a creerlo si era yo! ―me levanté de un salto de la silla, haciendo posar la mirada de todos allí en mí, pero antes de poder abrir mí boca la risa me atrapó, atrapándolo a él también. Lentamente me volví a sentar, aun riéndome.

―¿Cómo? ―pregunté luego de que nuestras risas, poco a poco, se fueran desvaneciendo.

―Cuando tenía catorce fui Mauricio, luego de actuarla me enamoré completamente de esa obra. ¿Y tú?

―Mi madre… ―dije con media sonrisa― Como tú, me enamoré de aquella obra.

―Interesante…

―¿Te soy honesto? ―dijo de repente.

―¿Qué? ―Me miró de frente y sonrió.

―Me… ―Sus palabras fueron interrumpidas por mis labios, a los que él recibió con placer.

Desde el principio sabía cuál iba a ser el motivo de su citación al parque. Luego de la cita pactada (la cual disfruté luego de enterarme su fascinación por Los árboles mueren de pie), comenzamos a encontrarnos más veces de las que dos amigos se encuentran en un mes.

Luego de aquel largo beso nos recostamos en la suave hierba. Comenzó a jugar con mis dedos cómo si de teclas de piano se trataran.

―No era exactamente lo que quería decir, pero me gustó ―al quedarme callada me miró, esperando una respuesta y también lo miré.

―¿Qué? ―achinó sus ojos y logré entender su mensaje― Oh, yes, yes, también me gustó.

―Tienes muy poco romanticismo...

―Oh, yes, yes… ―respondí con cierta ironía.

―¿Cómo haces grandes historias de amor?

―Mis personajes son completamente diferentes a mi persona, y en el momento de escribir sólo imagino una historia de amor, como la que yo quisiera vivir.

―¿Y no puedo darte una historia de amor cómo la de tus libros?

―No, me gusta así. Creo que prefiero esto antes que una historia de ensueño. ―Sonrió e hice lo mismo, y me besó con ternura y pasión.




―¡Firma el maldito documento Harry! ―Grité harta de sus tonterías.

―Me rehúso. No entiendo por qué quieres el divorcio ―dijo fuertemente.

―Cálmense…

―¡Y yo aun no entiendo por qué me casé contigo! ―grité interrumpiendo al abogado y caminando hacia la puerta, más enojada que nunca.

Nuestra relación había decaído, al tercer año nos casamos, vaya a saber el maldito mundo por qué. No completamos un año y las peleas aumentaban, y el amor desaparecía poco a poco. Los te amo se convertían en palabras sin significado, palabras que sólo eran reales en las historias.

Mi madre decía muchas cosas, pero pocas eran verdad; decía que el amor no tenía fin, pero ese lo tenía; decía que cuando te enamoras de un hombre, todo toma un aspecto más vivaz y la oscuridad pareciera no existir; decía que aquel hombre te sería fiel, pero no, no lo era.

Subí al auto y lo arranqué, la diabólica música me aturdió y apagué la radio instantáneamente, tomé el camino hacia casa ignorando como las lágrimas comenzaron a caer sin control alguno, pero no eran lágrimas de tristeza sino, lágrimas de rabia porque últimamente todo me salía mal; el libro estaba siendo rechazado por las editoriales; Harry no quería firmar el documento; no lograba contactar a mi hermano, llevándome a un simple y rápido fracaso.

Las lágrimas me cegaron y al limpiarlas era tarde, de frente venía un auto.




―Por favor, despierta, es mi culpa, todo es mi culpa… ―sollozó sobre mi mano― Nunca debí haberlo hecho ¿por qué ahora y no antes? Es simple, no fui capaz de notar cuanto significas para mí. Soy un maldito egoísta Victoria, y por eso me odio. Por favor, despierta, te necesito junto a mí.

»Soy como el Otro, me metí en cosas que no debía y descargué mis culpas sobre los demás y tú hiciste lo que debías. Luego volví, fui amenazándote, comencé a reclamar cosas que no merezco, mucho menos sin haber pedido perdón antes, y destruí el sueño en el que vivías. Pero yo vengo a suplicarte de rodillas que me perdones y que me dejes agregarle un acto más a la obra, en el que vengo arrepentido, suplicando perdón. ―No dijo más, y sentí como una lágrima proveniente de sus ojos, caía por mi mano. Antes de dignarme a abrir mis ojos, alguien abrió la puerta y se acercó a la cama.

―Vete, necesitas descansar. Yo me quedaré ―escuché a mi hermano decir.

―Pero…

―Vete ―le interrumpió, escuché como suspiró y depositó un beso sobre mi mano. Yo aún seguía haciéndome la dormida, soportando tanto el dolor interno como externo.

La puerta se cerró y mi hermano se sentó en la silla dónde estaba Harry.

―Sé que estás despierta, no puedes evitar mover tus pestañas ―sonreí de lado, finalmente abrí mis ojos y giré para verlo, allí sentado con media sonrisa.

―Hola… ―murmuré secando mi mano con las sábanas de la camilla.

―Nunca más me hagas esto Victoria, me preocupas demasiado como para decidir tener un accidente de tránsito ―reí y solté un gemido de queja―. Oh, cierto, tienes una costilla rota, la muñeca dislocada y no sé si eres mi hermana o un monstruo ―reí, pero con menor intensidad para no sentir ese dolor punzante en mi pecho.

―¿De verdad?

―No, solo tienes un pequeño rasguño. ―Sonrió y no pude evitar hacerlo también.

―Te quiero

―Yo también hermanita ―Tomó mi mano y cerré mis ojos. La puerta volvió a abrirse.

―Me olvidé mi campera… ―dijo Harry.

―Sí, toma… ―pude escuchar cómo se la entregaba y Harry volvía a retirarse, sin antes despedirse de mi hermano― Abre los ojos tonta… ―le obedecí y lo miré― Es necesario decirte que estuvo estas dos semanas aquí, esperando que despiertes.

―Dime que mientes…

―No, es la santa y pura verdad, él te quiere Victoria y no sé si lo notaste, pero estaba llorando.

―Uno no se da cuenta de lo que tiene hasta lo que pierde.

―Algo así, pero date cuenta Victoria qué lo que más desea es que vuelvas con él. Seguramente me dirás “Pero si él me engañó.” Y mi respuesta es que tienes que darle una oportunidad, porque está arrepentido y ahora uno puede ver claramente que está sufriendo y que te quiere mucho.

―Pero…

―¿Cuántas veces en tu vida te dije que puedes salir con un chico? ―me interrumpió.

―Una…

―¿Entonces?

―Intentaré. ―Tomó mi mano y la acarició.

―Pensé que te irías…

―¿Por qué? Solo tengo una muñeca dislocada y una costilla rota ―pregunté confundida.

―Tuviste un colapso respiratorio, me aterré. Ten cuidado por favor…

―Y así es como me prohíbes no subirme a un auto nunca más en mi vida… ―dije con deje de gracia.

―Victoria… ―me reprochó.

―Está bien me cuidaré más, feo. ―Sonrió de lado.




―¡Despacio tonto! ―le grité, al sentir ese dolor horrible en mi costilla.

―Lo siento, lo siento. ―Se sentó junto a mí y me miró.

―¿Qué miras?

―Nada, recuerdo cuando éramos niños, vivía molestándote y mamá me reprochaba.

―Eras un mal hermano.

―¿Tú dices?

―Pffff… Malo es poco. ―rió a lo que yo también.

Se acostó junto a mí y lo abracé

―Te quiero feíto.

―Yo también 

El accidente y no poder hacer las cosas por mí misma nos había acercado más.

Él timbre sonó y pesadamente se levantó de la cama a abrir la puerta.

―Adivina quién es ―gritó de lejos.

―No quiero adivinar ―murmuré.

Juntos entraron a la habitación, desvié mi mirada hacia mi hermano al verlo, allí.

―Me voy hermanita, tengo algo llamado trabajo.

―¿Me estás diciendo que no tengo trabajo?

―Noo, claro que no… ―dijo con ironía.

―No, sigues igual de malo ―se acercó tomó su campera y besó mi frente.

―Adiós.

―No me dejes con el demonio ―rió y se acercó a la puerta dónde aún estaba Harry. Lo miró serio y sonreí.

―Le haces algo malo, y no tendrás órgano reproductor ―golpeó su mejilla algo fuerte y se retiró con una sonrisa.

―¡Adiós! ―grité antes de perderlo de vista.

Miré a Harry quien me miraba fijamente. Parecía una lucha de miradas.

―¿Qué se supone que tengo que hacer? ―preguntó.

―Irte al infierno ―dije con una sonrisa.

―Victoria… No ahora. ―Suspiré profundamente y se apoyó contra el marco de la puerta.

―Siéntate en la punta de la cama, en la puntita ―rió para sí mismo y me obedeció.

La lucha de miradas continuó y luego me acordé de mis libros.

―¿Me alcanzas por favor mi computadora? ―Asintió y se dirigió al escritorio, la tomó y me la entregó. Al momento de la entrega, sus dedos rozaron los míos y la maldita corriente eléctrica recorrió mi cuerpo. Lancé la computadora a la cama y tapé mi cara con ambas manos, enojada conmigo misma. Aún lo seguía queriendo y eso, en ese momento, me parecía algo horrible.

―¿Estás bien? ―dijo luego de un momento de silencio.

―Sí, ignórame.

Tomé mi computadora nuevamente, la abrí, la prendí y entré a mi mail. Había un mensaje de una editorial. Lo abrí y me encontré con lo que menos esperaba, la editorial había aceptado mi libro, pero esa era la misma editorial que la de Harry. Nunca había enviado mi libro a aquella editorial.

Le lancé una mirada fulminante a Harry, la cual él no respondió.

―Te mataré, no puedes enviarlo así porque sí Styles.

―¿Qué cosa?

―¡Tú enviaste mi libro idiota!

―¿Qué? Yo no envié nada

―¡No te hagas el tonto Edward!

―Te juro por mi vida que yo no envié nada.

Se acostó junto a mí, así como si nada. Lo miré mal y me miró también.

―¿Qué? ―dijo al notar que lo miraba con cierto odio.

―¿Qué haces?

―Me recuesto junto a ti…

―Quítate.

―No.

―Harry…

―Ahora mismo acabo de hacer un libro… Luego de largas excavaciones acabo de descubrir que soy un perfecto imbécil.

―Eso no es novedad.

―Te amo ―dijo sin más, reí antes su aclaración. Tomó mi mano e indicó con su dedo el anillo, que aún tenía en mi dedo―. Y sigo pensando que tú también. ―Sonreí de lado y él también.

―Interesante Watson, pero aún sigo odiándote ―unió sus labios con los míos y continué aquel hermoso beso―. Sigo odiándote ―murmuré antes de seguir besándolo.