Cuando mi madre murió, no me llamó la atención que me dejara su cajita de madera. No me sorprendió, no me cautivó, no me produjo sensación alguna. Verán, mi madre era una mujer aventurera pero a la vez muy cerrada en si misma. Cualquiera de nosotros podíamos decir que la conocíamos y aun así estaríamos mintiendo. Nadie en verdad podía decir que mi madre era de determinada forma, o que mi madre tenía tal atributo, o que era buena en determinadas cualidades. Jamás de los jamases le estaba permitido a alguien hacer esas observaciones…era una pérdida de tiempo.
Por lo poco que sabia, en su juventud, mi madre andaba de ciudad en ciudad buscando algún objeto que representara lo que sentía y el lugar en el que estaba. Tenía una estantería en su habitación y allí guardaba esos tesoros que tanto apreciaba. A veces se hacia la desinteresada cuando alguien le preguntaba sobre ellos pero sus ojos contaban otra historia completamente distinta. Yo sola podía darme cuenta que añoraba volver a la época en que había coleccionado todos esos objetos. “Esta piedra? No es nada, me la encontré un día en el Sena.”- contestaba, desestimando cualquier tipo de sentimiento hacia esa piedra o hacia cualquier otro objeto sobre el cual le interrogaran. Yo solo le miraba los ojos cuando hacia alguno de esos comentarios y podía ver como se le iluminaban, sin duda, porque algún recuerdo la había tomado por sorpresa.
A que voy con todo esto? Pues, uno de esos supuestos “tesoros insignificantes” era una pequeña caja de madera que había traído de Roma. En cada una de sus caras, se representaban imágenes talladas que mostraban el Partenón, el Coliseo y otros lugares asociados a la hermosa ciudad. Nunca le había dado mucha importancia. Para mi era solo una caja de madera. Jamás me dispuse a abrirla, ni tampoco cuando murió mi madre. Ella la depositó en mis manos como si fuera de cristal y yo seguía sin encontrarle sentido a todo aquello. Cómo algo así podía significar tanto para ella? Recuerdo que la miré como pidiéndole ayuda y ella solo dijo “el entendimiento vendrá con el tiempo”. En ese momento tenia tan solo 19 años por lo que sus palabras pasaron por mis oídos como arena en un colador: rápida e insignificantemente.
Así pasaron los años, dejando atrás la chica de 19 y dando lugar a una mujer de 30, casada y con una pequeña niña de 5 años. Las palabras? Igual de insignificantes que antes o quizás más aún. La cajita? Pues acumulando tierra y polvo en algún rincón de la casa. Eso fue por lo menos hasta que pasó lo que pasó.
“Tamara, para un poco.”- oí que Nicolás (mi marido) me decía firmemente. No sé si en verdad lo oí y luego decidí hacer de cuenta que no lo había hecho o que, la cuestión es que yo seguí encerrada en mi misma, limpiando la casa y acordándome mentalmente del listado del super y del otro con los útiles que había que comprarle a Anabella para el comienzo de preescolar en unas semanas. “Mochila necesitará?”- pensé mientras fregaba sin parar la mesada tratando de recordar que mochila había llevado mi hija el año pasado al jardín. “Necesitará que le arregláramos el delantal o ya le quedará chico? Quizás tendría que haber hecho todo eso antes.”-seguí pensando en mis adentros. “Tamara, dame bola queres?”-dijo Nicolás con un dejo de enojo. Me di vuelta para enfrentarlo, sus ojos desafiantes y su semblante ensombrecido. Era evidente que estaba enojado. “Pasa algo amor?”-pregunté sin saber bien la razón de su actitud. “Enserio me decís? No es obvio ya?” Lo miré confundida. No, para mí no era obvio porque si no no estaría tratando de descifrar que era lo que estaba desenvolviéndose ante mis ojos en ese momento. “Sentate Tamara.” Obedecí a medias. Tenía la sensación de que lo que estaba por venir no iba a ser muy de mi agrado y a pesar de querer recibir la bala de pie, era obvio que no iba a aguantar mucho así. Tomé asiento frente al hombre que me miraba secamente. Ya no parecía el hombre que era mi esposo. Había algo en él que no era como antes. “Me queres decir que pasa?”-pedí desesperadamente, harta de tanta vuelta. Nicolás revolvió un poco las manos, como intentando encontrar las palabras adecuadas para lo que tenía que comunicarme. “Tamara, quiero el divorcio.”-dijo finalmente sin rodeos ni anestesia previa. De un sacudón, todo mi mundo como lo conocía se puso patas para arriba. “Que queres que!? Es joda!?”-exclame incrédula. “Tengo cara de estar jodiendo?” “Pe…pero, por qué?”-pregunté, todavía intentando procesar la escena de hacía unos segundos. Vi como sus ojos buscaban los míos, pero fue ahí cuando caí en la realidad. Nuestras miradas ya no se encontraban, por lo menos no de la misma forma en la que en una época solían hacerlo. Fue suficiente para comprender la razón al pedido de mi marido. Seis años casados, y más de doce que nos conocíamos. Como semejante relación podía venirse abajo tan de repente? El silencio que se había prolongado por más de diez minutos invadió mi ser completamente. “Quise intentarlo…quise poder tratar pero es imposible. Es como si estuvieras y al mismo tiempo es imposible llegar a ti.” “Como quieres decirle a Anabella?”-fue lo único que pude preguntar. Las palabras que oía me dolían demasiado. “De eso no te preocupes, ya le explique que ambos necesitábamos estar separados un tiempo porque no funcionábamos juntos. Sorpresivamente se lo tomo bastante tranquila.” “Un tiempo?” “Si, quiero el divorcio pero quizá podríamos intentar vivir separados un tiempo y ver como se desenvuelve todo.” Las palabras fueron seguidas de otro silencio, esta vez de cinco minutos. Nicolás me miraba, como esperando alguna reacción y yo simplemente mantenía mi rostro rígido y la mirada perdida. “Sera mejor que empiece a bajar mis bolsos.”-avisó rendido, dejándome sola en aquella cocina que ahora parecía triste y solitaria.
Nicolás se fue un 20 de agosto a las 4:47 de la tarde. Dijo “Adiós”, recogió sus bolsos llenos de ropa, saludó a Anabella y se fue a la casa de sus padres. Era la segunda persona que me abandonaba en semejante fecha. Mi madre falleció un 20 de agosto también, una tarde triste como la que revivía hoy. La lluvia parecía perseguirme y los recuerdos me encontraban en cada esquina. Anabella acababa de irse a dormir a la casa de una amiguita y ahí estaba yo, en una casa que había sido tan feliz, pero que ahora parecía gris y fría. Esa casa en la que alguna vez había vivido mi madre antes de que mi padre se mudara luego de que la perdiéramos para siempre. Me aferre fuerte, como abrazándome. A lo lejos podía ver la cocina, donde ella y yo habíamos intentado cocinar tantas veces pero siempre terminábamos ensuciando más de lo que cocinábamos. Cocina también donde Nicolás y yo siempre bailábamos y reíamos de jóvenes, cuando éramos novios. Soliamos ser tan inocentes, entregados a cualquier cosa que nos llevara por delante. Mi madre nos solia ver, una sonrisa en su rostro, mientras recordaba las épocas en las cuales ella y papa eran asi de ingenuos. Nada nos podía hacer mal. Sacudí mi cabeza, tratando de olvidar, y subí las escaleras. “Tamara no corras que te vas a lastimar!”-oí que me retaba. Me di vuelta sorprendida, y allí estaba yo con cuatro años, recibiendo un reto de mi madre. Ese mismo reto solía recibir Anabella de mi parte pero Nicolás solía perseguirla de tal forma que mis retos eran inútiles. Sonreí a medias y seguí subiendo, arrastrando los pies hacia mi habitación. Abrí la puerta y allí estaba yo, con 19 años, extendiendo mi mano hacia la de mi moribunda madre. Otra vez esa frase “el entendimiento vendrá con el tiempo”. Allí estaba yo, dura como una piedra, recibiendo la pequeña caja de madera. No lloraba, no expresaba emoción alguna. Allí estaba Nicolás también, una hora más tarde y ya con 20 años, consolándome pero sin recibir ninguna respuesta mía. Fue ahí cuando me di cuenta de la realidad. Así era con mi esposo, no le expresaba nada. Así había sido desde esa fecha en la que mi madre me dejó para siempre y como ella había sido también toda su vida. No expresaba interés por nada ni nadie y eso mismo había hecho yo durante once años de mi vida. Once años sin derramar una sola lagrima, sin asombrarme por nada, sin sentir. Me arrodille ante mi cama y todo ese peso cayo en mi como un yunque. Años de no expresar nada surgieron dentro mío y las lágrimas no tardaron en caer. Una tras otra daban paso a un nuevo recuerdo, a un nuevo motivo por el cual entristecerme o alegrarme hasta las lágrimas. Y fue en ese entonces cuando decidí buscar contención. No la busque en una persona, sino que la encontré en un objeto. Una pequeña caja de madera proveniente de Roma que venía acumulando polvo por demasiado tiempo. Una caja, que al abrirla, destapaba más recuerdos y más detalles. Porque esa caja era todo lo que yo no había podido lograr hasta ese entonces: asombrarme por lo pequeño, por lo insignificante, por lo que pasa día a día. Había perdido el poder de sorpresa sin darme cuenta y por ende, la razón de vivir. Pero ya no. Ahí estaba la cajita de madera, abierta de par en par, sin nada adentro más que el entendimiento que por fin había llegado con el tiempo.