Launchorasince 2014
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La Chica del vestido Rojo.


 La noche estaba atenta y silenciosa como ninguna otra, vigilándonos con su gran ojo en el cielo, la luna. La calle estaba muy tranquila, solo podía ver unos cuantos coches aparcados en los alrededores del edificio que se encontraba justo frente a mí. Aparentemente había una velada interesante en los pisos superiores y por alguna razón sentía que debía estar allá, arriba. Algo, quizá alguien, me llamaba.

No recuerdo como llegué ni, mucho menos, tenía idea de donde estaba. Decidí que si por alguna razón estaba ahí, en frente de ese titánico edificio, no perdía nada con entrar y por sorprendente que parezca ya parecía estar vestido para la ocasión. Estaba sumido en un traje de gala negro, mucho más formal de lo que podría decir he estado acostumbrado en mi vida, debajo de la chaqueta de aquel traje negro como las plumas de un cuervo vestía una camisa de mangas largas gris con una corbata, roja como la sangre, ajustada al cuello, no podían faltar los zapatos con tanto trabajo de pulido que podía llegar a ver mi reflejo sin esfuerzo alguno.

-Ya que estoy aquí… ¿Por qué no? –musité mientras que con un paso lento me adentraba en aquel edificio por la puerta de cristal.

La sala de recepción era bastante sofisticada. Piso y paredes de mármol pulido de un tono gris con degradé de tonos negros. Del techo colgaba con excelente gracia y vigor un enorme candelabro de cristales con cortes similares a las puntas de una lanza. En la parte izquierda de ese salón estaban instalados de forma funcional unos muebles de cuero negro con una compacta pero útil mesa de cristal en el centro con lo que sería un florero en el tope de esta; relleno con unas bellas flores purpura. A mi derecha pude ver a un hombre, no muy alto, con un traje casual y una curiosa y cómica corbata de estilo “lazo” en su cuello. Escribía algo con una pluma fuente. Se encontraba cómodamente situado detrás de un podio de recepción. No se veía muy interesado en mi presencia; aun así me acerqué para hablar con él.

-Oiga, buenas noches –dije mientras me acercaba al podio.

El señor dejó de escribir y dejó su pluma fuente a un lado. Su mirada se retiró del papel y se situó rápidamente en mi persona.

-¿Sí? Dígame señor, ¿se le ofrece algo? –contestó el sujeto mientras me "escaneaba" con la mirada.

-Bueno, verá usted…

-¡Oh!, le imploro perdone mi falta de modales señor –exclamó aquel sujeto exaltado. –Venga por aquí –me insistió mientras caminaba hasta el final del pasillo.

-Ehm… está bien.

Caminamos un poco por aquella gran sala y oculto, de mi campo visual inicial, detrás de una columna se encontraba un ascensor. El señor se apresuró a llamarle presionando el botón. No dijo palabra alguna y en cuestión de unos segundos arribó el ascensor a planta.

-Suba, señor –me insistió el sujeto del traje.

No di mucha importancia al porque aquel sujeto actuaba así y entré al ascensor sin decir nada. El sujeto entró en el ascensor dejando un pie afuera, marcó el botón del Pen-house y salió del ascensor.

-Espero que disfrute de la velada, señor –Dijo aquel sujeto del traje con una sonrisa en la cara mientras las puertas del ascensor se cerraban.

El ascensor tomó su tiempo en llegar al Pen-House. Mientras subía me empecé a preguntar qué demonios hacía en ese edificio y a donde estaba yendo. Quizá entrar sin más ni menos no había sido la mejor idea después de todo, pero ya que, ya estaba ahí, solo quedaba esperar que al llegar a la cima del edificio no me recibiera un sujeto enmascarado con una pistola en mano. El ascensor finalmente abrió sus puertas desenmascarando un hermoso salón teñido con una luz amarillenta bastante cálida.

-Bienvenido señor, le estábamos esperando –Dijo un sujeto con traje.

-Eh, gracias, supongo…

Salí del ascensor y pude detallar mejor el salón, Era una gran habitación. Había muchas personas, conversando, riendo, compartiendo anécdotas inútiles de lo bien que les limpiaban los pies sus criados, lo que era común en esas reuniones de “clase alta”, realmente no sé cómo había ido a parar en ese sitio, si algo no sabía manejar es a aquellas personas que se creen más que otros por tener un bolsillo con sobre peso. No di importancia y seguí caminando; intentando no hacer contacto visual con nadie. Seguí adelante hasta llegar a una puerta de cristal que daba al balcón del Pen-House. Si algo tenía que ver era esa vista de toda la ciudad, a pesar de mi vértigo estaba bastante seguro de que la vista lo valdría… y así fue.

-Vaya vista, es magnífica –Dije con un tono de voz casi inaudible.

Era como esperaba, se avistaba toda la ciudad y se apreciaba como la noche cubría con un velo de sombras toda la ciudad. Las luces de los apartamentos y de la calle eran claramente visibles. Ver hacia abajo no fue muy buena idea, el vértigo me jugó una mala treta y por un momento pensé que caería por el barandal del edificio como Willie el Coyote contra el frio y rudo pavimento. Me despegué rápidamente del barandal y respiré lo más profundo que me permitieron mis pulmones. Era una pena que mi miedo a las alturas no me dejase disfrutar de aquella vista por más tiempo. Una señora que se encontraba cerca de mí no tardó en reírse con ese tono pedante y reservado de la clase alta mientras volteaba sus ojos y posaba la mirada en otra cosa que no fuese yo, no me molestó, de hecho prefería que sus ojos se posaran en un meteorito antes que en mi persona.

-Muy risueña la señora ¿no? Si fuese usted la que cae contra el suelo seguramente la gente se preocuparía por ir a cobrar su seguro de vida antes de preocuparse de llorar su muerte –Dije con el tono de voz más cínico en mi repertorio mientras fulminaba a la señora con la mirada.

La señora no dijo nada, se dio media vuelta y decidió abandonar el balcón haciéndose la desentendida. Subí la mirada para observar la luna, estaba muy brillante, casi sentía que su luz era para mí esa noche. Ya estaba helando así que muy a mi pesar tuve que hacer lo mismo que la señora y decidí entrar al gran salón de “Dejemos que el dinero hable”.

Al entrar de nuevo a ese lugar sentí el ambiente un tanto diferente, me sentía más cómodo, no había razón aparente, no había sido porque se fue la señora del balcón y evidentemente no me había ganado la lotería ni había heredado una fortuna de muchos ceros en los últimos 5 minutos, simplemente sentía que algo me hacía estar más cómodo en ese lugar donde por convicción propia no calzaba. Decidí sentarme en uno de los muchos muebles que estaban situados en las paredes del salón. Después de un rato pasó un mesonero manejando con increíble gracia una bandeja con bebidas en ella, me ofreció una. No quería consumir nada de alto grado alcohólico porque lo menos que quería en ese momento es que los efectos del mismo se apoderaran de mí, así que tomé un cóctel de lo que presumía era fresa y asentí con la cabeza hacia el señor en señal de agradecimiento.

Habían pasado unos minutos y ya la forma de mi trasero se acentuaba al cojín del sofá donde estaba sentado, aparentemente no había nada para mi ahí, aunque debo admitir que el cóctel de fresa fue bastante deleitable, decidí que quizá ya era hora de irme. Me levante del sofá y empecé a caminar hacia el ascensor. Cuando pasaba cerca de un grupo de gente noté que un escalofrió recorría mi espalda, volví mi mirada entre la gente que estaba a mi lado y por primera vez en toda la velada avisté a alguien que conocía y ciertamente no pudo haber sido una mejor persona para estar en ese momento. Ya sentía que cobraba sentido mi estadía en esa sala.

-Whao, se ve hermosa –musité sonriendo como un bobo.

-¿Disculpe? –contestó uno de los sujetos próximos a mí.

-Oh, oh. Disculpe señor, no era mi intención decir que su mujer se veía hermosa.

-¡Que osadía! ¿Está usted insinuando que mi mujer es fea? –Replicó el sujeto cabreado.

-No, no. No es eso, es solo que… -posé mi mirada en su mujer y buscaba algo que me sacara las piernas del barro. No encontré nada y respondí de la forma más sincera posible-. ¿Sabe qué? Su señora no es fea… -empecé a susurrar-. Solo está mal arreglada.

-¿¡Qué dijo!? –exclamó la señora bastante frustrada.

-Nada señora –sonreí en forma nerviosa y me di media vuelta, llamé a uno de los meseros y le hice señas para que trajera unos tragos. Así cubrí mi salida.

Aparentemente no hubo más problemas después de eso, la señora se había tomado unos tragos de más y estaba bastante acabada. No di importancia y empecé a buscarla a Ella.

Su presencia en ese lugar había cambiado completamente mi idea de irme. Un vestido rojo carmesí, acentuado a su figura; de un largo que llegaba a estar unos 7 centímetros de sus rodillas dejaba ver sus piernas. Por alguna razón, de la parte interna de aquel vestido rojo se asomaban unas tiras de tela, era peculiar, pero no me desagradaban. Llevaba un maquillaje muy ligero, solo lo necesario para definir sus ojos marrones profundos en los que sin pensarlo mucho podría perderme. Sus hermosos y pomposos cachetes estaban cubiertos por ese rubor natural que solo Ella tenía y su cabello de un tono marrón intenso caía perfectamente sobre sus hombros, deslizándose hasta caer, por la gravedad, sobre su espalda. Fue un avistamiento fugaz pero tenía la imagen perfectamente grabada en mi mente, como si hubiese visto su figura durante horas. Después de un rato sin rumbo por la sala la encontré, ahí estaba Ella mirando por la ventana, se avistaba ligeramente su espalda por una parte agujereada en patrón del vestido y su cabello estaba todo recogido sobre su hombro izquierdo de forma que se podía observar un poco su cuello. La vi durante un momento y Ella Volteó a verme, cuando sonrió sentía que automáticamente respondí a ese gesto sonriendo con una cara de bobalicón como solo yo sé hacer, eso causo una esporádica y fugaz risa en su rostro. Ese simple gesto me alegró la velada a tal punto que no me importaría haber empujado a la señora del balcón unos minutos atrás. Me acerqué.

-Te ves… Whao, hermosa –Dije sin dejar de sonreír mientras tomaba su mano.

-Gracias, no te ves tan mal en traje como dices –Dijo Ella mientras aumentaba su rubor por el cumplido y sonreía.

-¿Le importa si la acompaño Chica del vestido rojo? –Dije mientras sonreía y la veía a los ojos.

-No hay problema –Respondió Ella sonriendo, mientras tomaba mi mano y se recostaba de mi hombro.

...Una luz se asomaba por el pasillo, seguramente algún rayo de sol matutino, haciendo su trabajo, entró a mi habitación y dio justo en mis ojos. Todo fue un sueño. Al despertar de ese peculiar sueño tenia en mi cara una enorme sonrisa. Pintada con el más indeleble de los marcadores. Un avistamiento que, quizá no fue real, me regresó las ganas sonreír nuevamente. Posé mi cabeza en la almohada y de nuevo deseé que nuestros caminos se cruzaran pronto "Chica del vestido rojo".