Launchorasince 2014
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Noches de manecillas imparciales


Vuelvo a toparme nuevamente con la oscuridad nocturna en su más silenciosa etapa. Las manecillas del reloj se perdían más allá de las doce y la luna llena se acababa de esconder, luego de haberme despertado.

Algo me extrajo de la profundidad de mis sueños, alguna presencia, algo fuera de la normal observaba mi cuerpo casi muerto dormitando. Abro los ojos y me doy cuenta que era la entrometida luna, que me miraba con envidia ante su incapacidad de penetrar en el mundo onírico, donde se recluyen los Hombres cada vez que ella asciende en el firmamento.

Entre los comprometedores sonidos de la noche pude traducir las risas de ella, que al igual que yo se le hacía un arduo trabajo dormirse, y ahora no podía hacer más que acompañarla.

Negativo ante la propuesta de pasar la noche en vela, di media vuelta y cerré los ojos. Los paseaba de lado a lado dentro de las penumbras donde los confiné para agotarlos y volver a conciliar el sueño. Una eternidad después, en la cual desacreditaba la hora verdadera, vi infructuosos mis intentos de dejar exhaustos a unos globos oculares que comenzaban a caminar solos, ansiosos por contemplar lo iluminada que se iba poniendo la noche.

Cambié de posición, conté números, ovejas y a los corderitos que podían tener dichas ovejas, sin agobiar ni un poco mi estado de vigilia. Abrí los ojos y los paralicé viendo hacia el techo que meses atrás albergaba a más de una persona. Lo recorrí un par de veces intentando escabullirme hacia el cansancio, sin alcanzar el objetivo.

La noche empezaba a esclarecerse y sus sonidos a disiparse. Nuestra cita estaba por terminarse y ese final no sería placentero para mí.

Con el tiempo ensimismándoseme traté de recordar cómo fue que logré quedarme dormido anteriormente. Y misteriosamente no lograba dar con la respuesta. Repasé mi día desde el principio, seguí mi trayectoria desde que salí de casa hasta mi regreso.

Lúcidamente recordaba mis movimientos e incluso los pensamientos, pero curiosamente cuando abría la puerta y entraba, se perdía toda coherencia; los colores de las paredes cambiaban, los cuadros se intercambiaban los lugares, las ventanas estaban abiertas de par en par, un reproductor de sonido emitía las notas de un conjunto musical muy popular… y, de pie en el recibidor, vestida en camisón, con el cabello alborotado, estabas tú, intentando acompasarte al el ritmo de nuestra ajetreada relación.

Fue en ese momento cuando recordé.

 Apenas comenzaron a girar los engranajes de la puerta cuando introduje la llave, me invadió la desolación, a la cual le hice frente con un contenedor de 70 grados alcohólicos que cargaba bajo el brazo y que pronto se sofocaría entre mis labios para llevarme al sueño.

Una vez descifrado el enigma de la ruptura del hilo de la cordura, todo cobró sentido. Pero el único rastro de aquella escena era mi peculiar somnífero del cual quedaba solo su recipiente de vidrio, olvidado en algún lugar de la casa.

Ya de regreso en la realidad después de un ininterrumpido recorrido en mis recuerdos, me percaté de la poco notoria que estaba mi comensal en las alturas.  Empezaba a perderse de vista en el claro azul que terminaba teñir el cielo .

Me atreví a ver la hora. Hice un conteo regresivo en mi mente de los pocos minutos que quedaban para el alba, pero me aburrí a mitad de la cuenta. Por más que molestara a mi cabeza con números y demás distracciones mi estado de vigilia permanecía intacto. Empecé a considerar levantarme de la cama cuando el rocío del amanecer coqueteó con mi olfato, y empezar mi día con esas escasas horas de sueño.

Ya estaba preparado. Apenas la radiante luz del día atravesara mi ventana me apearía de la cama. Observé las manillas acercarse al inicio de la mañana, a la vez que repasaba nuevamente mis días anteriores y me analizaba a mi mismo.

<<Tantas noches derrochadas en eternas conversaciones y besos que asfixian. Ahora con tu ausencia –enfatizada con la luz de las estrellas proyectada sobre tu espacio vacío y deshabitado– ya no tengo ni tu compañía ni afecto, solo me dejaste el hábito del insomnio que compartíamos, pero sin el compartir. Me has convertido en noctámbulo permanentemente y mis noches de desvelo se irán en una cama que me queda desagradablemente grande>>