Finalmente llegas a la habitación del hotel, agotada, con el sudor aún corriéndote por la frente. La vida te ha presentado cordialmente todas las facetas y apariencias de la soledad, con la cual no quieres estar involucrada más nunca, por lo que te apresuras a encender la televisión para simular compañía y engañar a tu ya tan sensible y vulnerable corazón, evitando que se desespere al percibir el silencio de tu alrededor.
Comienzas a desempacar, para tí nunca hay descanso. Levantas tu valija y la dispones sobre la cama, corres el cierre y como era de esperarse, todo el interior está desordenado; te empieza a correr un sabor desagradable dentro de la boca y tuerces el gesto, rápidamente procediste a vaciar el contenido de tu equipaje para organizarlo; como tu vida.
Prendas de todos los tipos, modelos, marcas y colores, dobladas minuciosamente, dispersadas por toda la cama. Tu mente estaba en blanco, toda tu atención estaba fijada en la ejecución de esa labor. Entre la montaña de ropa aún sin organizar, introdujiste la mano al azar y te topaste con un lazo rojo, que hizo a tu ritmo monótono detenerse, pasmarse. Quedaste helada, tiesa, lo único que se movía en tu cuerpo eran tus ojos, que con la ayuda de la memoria viraron hacia el pasado. Tu mente se condensó en un sin fin de recuerdos gratos, experiencias determinantes para la persona que eres hoy en día; tus tersos labios comenzaron arquearse levemente con mucha nostalgia al pensar en esa persona y su obsequio; lo que puede parecer a simple vista un acto ordinario para ti fue decisivo.
Habían sido tiempos muy grises para ti. Ibas de hotel en hotel buscando alguien o algo que estimulara esa parte de tu corazón que se descompuso desde el momento en que se te hizo imposible querer, físicamente, a la persona que más has amado en tu vida. De tanto forzar a tu interior de hacer cosas que conscientemente sabías que no eran las correctas, viste cercadas todas tus oportunidades de ser feliz y al ver el muro, desafiante, que se erguía delante de ti, pensaste que ya todo había acabado; y fue justo en ese momento cuando deslicé el lazo por el borde tus ojos, encharcados de tantos desamores.
Lo recuerdas como si hubiera sido ayer; esa persona que le comenzó a dar dirección a tu vida, esa persona que tapaba tu vista con dicho lazo para sorprenderte de repente con un ardiente beso, esa con la que pensabas sentar cabeza y abandonar la infame vida de nómada que solías llevar; “éste es el lugar de descanso – en algún momento pudiste pensar – es aquí donde plantaré mi vida, de la cual se extenderán las raíces de mis esperanzas y sueños, por debajo de nuestro piso, enzarzándose con las tuyas ”
Te amarras el lazo en el cabello y continúas desempacando ropa de una maleta que no tiene fondo. Escarbas entre tu lencería buscando el cepillo de dientes cuando el pitido del teléfono interrumpe tu concentración. Antes de tomarlo, repasas y descartas rápidamente en tu cabeza las posibles personas que se puedan encontrar
al otro lado del auricular. Terminas con un grupo reducido de personas, de pie una al lado de la otra y ciernes la vista en alguien en específico; deseas que sea él.
Ya imaginándote el timbre apaciguador de su voz hablándote únicamente a ti, se te enternecen los sentidos y se te escapa un sollozo típico de enamorados que se extrañan, cuando llevas el teléfono a tu oreja.
–Buenas noches, lamento molestarla a estas horas...–
Decepcionada, al darse cuenta de que no es quien esperaba, sigue escuchando con los niveles de excitación descendiéndole precipitadamente.
–...El teléfono no ha parado de sonar, al parecer alguien tiene mucha urgencia de hablar con usted...–
Comienza a arquearse su boca nuevamente, a la espera del final del mensaje.
–...He intentado redirigir la llamada a su habitación, pero ha resultado imposible. ¿Podría, en vista del desespero de este chico por comunicarse con usted, venir a la recepción para atender la llamada? Lo tengo en la otra línea esperando.
Con los dientes relucientes a la intemperie y casi sin fracturar esa perfecta sonrisa le dices que no hay problema, y acelerada por la idea de pensar que estabas escuchando su respiración, impaciente por oír el sonido de tu voz a través de la línea, dejas tu labor de desempacar a medias y corres hacia la puerta, pero antes de abrirla giras tu cuerpo hacia el espejo que emparejaba con la salida de la habitación y te arreglas un poco, ajustándote más el lazo que ahora sujeta con fuerza tu cabello, para luego salir a largas y rápidas pisadas hasta tu cita con él.
Estás fuera del cuarto, en medio de un pasillo interminable, con el profuso deseo de hablarme dándole un vertiginoso ascenso a tus niveles de excitación.
Del otro lado, con la oreja hirviendo a la espera de que tus palabras alivien esta migraña, estoy yo, perdiendo poco a poco la cordura al ver que el silencio de la comunicación no acaba. En plena desolación distingo a lo lejos unos golpes de tambor que se van intensificando y guardan cada vez menos tiempo entre cada uno de ellos. Pocos segundos después descifro que son tus pisadas, eres tú que viene galopante y desenfrenada a toda marcha a nuestro encuentro, se me desanuda la garganta y mi flujo sanguíneo se va normalizando.
Cada vez te siento más cerca, casi te puedo palpar. Huelo tu aroma que se escabulle desde tu cuello por las vías telefónicas hasta mi olfato, desencadenando una serie consecutiva de recuerdos compartidos de nosotros dos; la primera desvelada juntos, tus manos contorneando mi cuerpo convertidas en delicadas pero efusivas caricias, y el primer beso, que entumeció tu cuerpo e hizo gelatina tus huesos.
Mi corazón lucha por acompasarse con el tuyo, que ya escucho repicar contra tu pecho. Te siento junto a mí, solo hace falta que te presentes con tu voz para que nuestra velada sea perfecta. Ya me duelen los oídos de los golpes que propinas contra al suelo para llegar a nuestro encuentro, cada vez más intensos, más fuertes; pero de repente, te detienes.
Escuchas tu nombre en el ambiente. Perpleja frenas en seco, indignada y ya intuyendo de qué se trataba, te das la vuelta y justamente era quien pensabas. Sonríe mientras a ti se te trababan las palabras, tus pupilas se dilatan para asegurarse de lo que estaban viendo. El coloca su mano en tu hombro mientras te sigue hablando, y a ti se te fuga una sonrisa de mi propiedad.
Algo no anda bien, lo sé. Mi tráquea se va encogiendo y de mis glándulas sudoríparas brotan cubos de hielo. Me desespero ante tanta incertidumbre, no sé que lo que está sucediendo ¿o si lo sé? Tus pies están quietos, eso te lo aseguro, pero tu corazón retrocede los latidos hasta sus tiempos de euforia, esos remotos y lejanos a mi llegada, aquellos marcados por los inexpertos besos pioneros. La regresión que estás sufriendo te está volviendo más distante; cada vez menos mía...
Al final del pasillo el recepcionista dejó el teléfono sobre el mostrador al ver que alguien te detuvo, y reincorporó la mano derecho a su rítmica escritura en el ordenador. Abstraído de todo lo que estaba más allá de la pantalla, tecleaba hasta que su mecanografía se topó con un punto y aparte que alargó más de lo reglamentado. Unos agudos aullidos le zumbaban en los oídos. En su pantalla solo se veía el parpadeo intimidante de la barra escritora; la dejó estéril unos momentos para posar la atención en el mostrador, donde mis quejas quemaban las débiles bocinas del teléfono descolgado. Extrañado por la desesperación que transmitía mi angustia, subió la mirada, y en un bulto de cuerpos fundidos, encontró la pieza que le daba sentido a los chillidos.
Dejó a la pantalla computador caer en reposo junto con sus ideas, y como un silencioso espectador observó excitado la intrigante historia, sin intervenir, ansioso por conocer el final.
Siento como tus manos tiemblan, te mueres por abrazarlo y yo muero si me quedo sin tus abrazos. Reviento mi garganta vociferando, pero me sigue respondiendo la soledad de la comunicación. Ya me cuesta respirar y estoy desganado, tengo el cuerpo hecho polvo, como si me acabara de batir en un paliza. A pesar de todo es el corazón el que está más dolido, pero continúo con mis alaridos intentando detener lo inevitable.
Tomo unos segundos de descanso, sin descocerme el auricular de la oreja. Resignado de la impotencia, me limito a escuchar. Mi corazón se detuvo por un instante, incrédulo, cuando escuché el beso que provenía de los labios que flecharon tu vida, esos que llegaron antes que los míos, los que te hicieron sentir mujer por primera vez, sobre tu mejilla. Siguen conectados por ese estrujamiento, él mira maliciosamente al recepcionista, quién que ya predecía el final de la obra, vira un poco los ojos y me apuñala directamente al corazón con aquella mirada fría de las personas cuya victoria está viciada, que recorrió todos mis huesos antes de estacar mi alma. Sin apartar la vista, disfrutando de mi muerte lenta, le comienza a quitar el lazo de su cabello, cediendo éste sin objeciones ni
resistencia alguna, pues tus manos estaban ocupadas rodeando el cuerpo del que siempre estuvo al acecho.
El abrazo termina bruscamente y te apresa la mano, para no dejarte ir más nunca. Tú solo sonríes dándome la espalda. Escucho tu caminar pausado alejarse del lazo deformándose en su trayectoria al suelo. Una puerta se cierra de golpe, mi garganta no podía más, pero seguía experimentando en mi carne la lenta y eterna caída del lazo, y el rápido y espontáneo descenso del amor que me tenías hacia mí, por el abismo del olvido. En silencio desconsolante permanecía cuando impactó contra el suelo. Estalló como un frasco de vidrio despidiendo los fragmentos de nuestra frágil relación por todo el lugar. La colisión derribó mi autoestima, sepultando bajo sus escombros todo mi optimismo. Seguí lamentándome durante mi desmoronamiento hasta que intempestivamente fui silenciado con el pitido que me desconectaba de tu vida.
El recepcionista vio el telón cerrase a sus narices. Levanta el teléfono, lo guarda en un cajón debajo de su escritorio, sacó una nueva unidad y la dispuso sobre la barra.
Finalmente se reclinó en su silla a reflexionar, con la mirada fija en el techo, sobre la relación que acababa de perecer en su presencia.
Una chica jovial lo abordó repentinamente, haciéndolo reincorporarse de un respingo. Incapacitada para hablar por la fatiga, el recepcionista le evitó esfuerzos innecesarios y le extendió una llave con una sonrisa en el rostro. Le señaló la ubicación de su habitación con el dedo índice y al darse la vuelta, con su pesado equipaje al hombro, colocó las manos temblando de la ansiedad sobre el nuevo teléfono a la espera de que cruzara la puerta para marcar.