Launchorasince 2014
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Una Voluntad Humana

Aunque no había esperanza después de haber perdido Vileram ante el aliento de fuego negro de Feraxia, habían algunos aldeanos que pudieron cubrirse bajo los escombros, bajo los cuerpos de otros, bajos caballos y carretas, algunos, inexplicablemente sufrieron la parte más débil de la llama y vivieron.

Entre ellos, un hombre que una vez fue bastante respetado como uno de los antiguos de la villa yacía ahí en dolor agonizante, temblando por el calor llameante y monstruoso que lo arropaba.

Y aunque no quería creer que toda su vida había sido prendida en llamas entre los demás aldeanos de una comunidad prospera y pacífica en un instante, no podía negar el desastre ocasionado por el Dragón de Hojas Negras.

Casas quemadas hasta el suelo, la que una vez fue una ciudad frugal era ahora un seco cementerio con paredes de carbón vacío, el olor del fuego negro todavía se sentía por encima del leve olor de hermanos, hijos, madres y hermanas quemándose, el sonido de animales llorando en dolor agonizante mientras los muertos vivientes que todavía quedaban los masticaban por pedazos, y aunque a todos los hombres de Terra se les enseña a no llorar y a resistir contra toda corriente. Él lloró.

Sin embargo se levantó con dolor elevado por todos lados y dentro de él, el humo negro había quemado la mayor parte de su garganta y pulmones, su aliento se arrastraba y le dolía, y aunque la mayoría de los hombres no podía soportar tales heridas, él caminó.

Llorando y levantándose entre los escombros, tomó un pedazo de madera no quemada para apoyarse, sus piernas temblaban, sus ojos estaban negros y llenos de sangre, su cara le dolía con cada paso del viento moribundo. Se movía lentamente a través del cementerio en llamas que era ahora su ciudad, buscando desesperadamente por cualquier sobreviviente, para reunirlos y reincorporarse –Mi…Vileram…no puede morir…así- Lloró entre palabras arrastradas y lamentos.

Sentía sus adentros diciéndole que la fría garra de la muerte estaba cerca, siguió moviéndose con manos temblorosas, piernas y hombros temblorosos, pero una voluntad firme. Hizo un esfuerzo por gritar los nombres de aquellos que recordaba, y aunque ninguno de esos respondió, otros si lo hicieron.

Una señorita y su hijo estaban atascados bajo los escombros; el costado de una carreta de madera les previno de ser quemados fatalmente, pero había partido algunas de las costillas de la mujer y el niño estaba completamente inconsciente, pero vivo. Apela a la razón que un hombre tan golpeado y agonizante, con esa edad avanzada y en tales condiciones no podría levantar la mitad de una carreta cuando a duras penas podía levantar su propio peso, pero la levantó.

Con músculos llorando y huesos doliendo, sangre llenando sus pulmones y lágrimas sus ojos, dejó salir un gruñido que se convirtió en un grito de voluntad interminable, como si le pidiera a los Dioses desconocidos por fuerza más allá de un hombre.

La señorita estaba cautivada por la realidad, el cementerio de llamas negras y almas perdidas la envolvió en una tristeza capaz de destrozar las almas de los más valientes. Se quedó fascinada y lentamente se volvió en miedo y lamento, y aunque muchas mujeres hubieran perdido su voluntad de vivir en el acto, ella no la perdió.

Continuaron a través del valle de llamas vacías, todavía ardiendo a través de los escombros y cuerpos, gritando nombres y buscando por almas todavía atadas a sus cuerpos. Y encontraron un perro, bajos unos pilares y laminas de madera quemada. Los ladridos del perro eran desesperados y aferrándose a la vida, y se convertían en aullidos de miedo y agonía.

El hombre y la mujer halaron las láminas y dejaron a la criatura emerger de la oscuridad hacia la superficie lúgubre. Como una criatura desesperada por vivir y ansiosa de escapar tal locura, hubiera hecho lo que cualquier otra criatura ante eventos apocalípticos a su alrededor, hubiera corrido tan lejos como sus cuatro patas le permitieran, sin embargo se quedó. Agradecida.

Y así, el hombre nunca retrasado por su propia cita con la muerte, reunió su espíritu y alma para poder cargar con su cuerpo moribundo hasta que arrastró, jaló, levantó, rompió y descubrió todo en vista y oído para salvar a cuantos pudiera, y mientras muchos hubieran muerto peleando contra los muertos vivientes todavía acechando a cualquier vivo para devorarlo, el no murió.

El peleó, sangró, cayó, esquivó, se arrastró, lloró, gritó, empujó, mordió, rompió huesos y articulaciones. El salvó.

Muchos se reunieron en la plaza, quemados, lisiados, inconscientes, mutilados, conmocionados e incapacitados. Y unos a punto de vivir, y unos a punto de vivir, todos lloraban y algunos maldecían, algunos se abrazaban aunque no se conocían.

Y el hombre continuó, y su aliento se enfriaba en tanto la noche posaba una alfombra nebulosa sobre ellos que después se situaba en el suelo, justo por encima de sus rodillas, el vio desesperadamente por la única cosa que pudiera estar viva y podría ser todo el punto para su agonía extendida.

Tenía que encontrar a su nieta, quien era una baliza resplandeciente para toda Vileram, una niña dulce, inocente como la luz de un nuevo amanecer, cálida a la mente y el corazón, cuya sonrisa brillaba hasta entre los mas oscuros rincones de su mente perturbada. Buscó y buscó, peleó y peleó, y en los alrededores vio y nada encontró.

Sentándose en sus posaderas, tocó el suelo bajo sus pies, sus pulmones estaban colapsando, y su corazón perdía fuerza con cada latido, sus lágrimas caían al suelo ardiente lentamente como segundero moviéndose hacia las doce. Cerró sus ojos y la vio, tan brillante, tan pequeña, tan inocente y tan feliz. Entonces la vio soltándose de sus manos cuando el aliento de fuego de Feraxia mandó a volar todo, la memoria se desvaneció y el mismo volteó a la casa a donde ella había volado. Necesitaba morirse, necesitaba descansar, necesitaba ser humano y llorar hasta la nada eterna, pero no lo hizo.

Se levantó con bastón en llamas y cojeó hacia donde la casa debía estar si no hubiera sido completamente destruida y quemada. Volteó los escombros y encontró el tesoro, que estaba con ojos cerrados y pálidos. Su voluntad se quebró, sus pulmones colapsaron, su mente blanqueó, su aliento se escapó –Elianne…por favor vive mi pequeña….- sollozó en palabras moribundas.

-¿Abuelo…?- El tesoro habló débilmente; sus ojos se agradaron y grandes lagrimas corrieron por sus cachetes y cayeron a los de ella. El la abrazó; ella pensó que era un sueño.

Los muertos acechando rápidamente se acercaron, el respiró con sangre y a través de su nariz y boca, aferró sus puños a su bastón en llamas, apretó sus mandíbulas con la vida misma, porque la muerte misma lo estaba abrazando por dentro y por fuera. Se mantuvo en contra de la voluntad de la muerte.

Peleó, sangró, esquivó, jaló, empujó, cayó. Resistió y lo rompió en dos, cayó una vez más.

Y ella se levantó, limpiándose los ojos con el dorso de las manos –Abuelito ¿estás bien? ¿Estarás bien?- Y aunque la mayoría de los hombres que caminaron Terra usualmente hablaban últimas palabras a sus hermanos, familiares, soldados o enemigos. O hacían un esfuerzo extra para levantarse y dedicar una última acción en vida, él no pudo.

La mayoría de los hombres hubieran intentado sobrevivir por su cuenta y contar el cuento de cómo Vileram fue reducida a cenizas y cuerpos ardiendo mientras ellos eran los únicos sobrevivientes. La mayoría de los hombres hubiera intentado vivir, y luchar por más dolor y angustia que viene con sobrevivir entre las almas atormentadas que todavía luchaban a lo largo de Terra. Pero él no pudo, porque estaba muerto.

Él no sonrió al final, no pudo.

No respondió a esa última pregunta que su preciosa nieta le había hecho, porque había doblado la muerte en las formas más inexplicables, había hecho lo que la mayoría de los guerreros solo soñaban, había detenido el flujo de la vida y la muerte por un solo hilo que guindaba de un pequeño nudo alrededor de su voluntad pura.

Un hombre común, con una forma inusual de despedirse. Una despedida a la tierra que había presenciado su primer y último aliento. Porque los humanos tienden a doblar la realidad en frente a situaciones inconmensurables, a veces por las cosas más insignificantes, a veces, por más.

El fuego negro y vacío ondeó a través de Vileram con sonidos de la muerte y de los moribundos, pero un grupo de sobrevivientes caminaban a lo largo de la ruta de Farustia que lleva a Lebas, entre ellos, una niña pequeña, un perro, una señorita y su hijo, y muchos más.

Todos ellos portando la marca de la leyenda que distorsionó el destino, el que arrastró a la muerte, el hombre común del que nunca se había escuchado antes. Su nombre fue Ezal Auveri.