Launchorasince 2014
← Stories

Bendito semáforo

Jueves en la noche después de otro día como cualquiera en la universidad... Voy sentada en el bus, del lado de la ventana y cerca de la puerta de salida de atrás, para que no me cueste mucho bajarme una vez que lleguemos a la parada.

El bus está lleno y cada quien hace algo distinto; algunos escuchan música, algunos amigos hablan, otros intentan aprovechar el camino a casa y estudiar, pero la gran mayoría -especialmente a estas alturas del semestre, después de largos meses de clases y con todo el estrés de los exámenes encima- se han quedado dormidos o ya están cabeceando, a pesar de que hace pocos minutos partió el bus de la terminal.

Por lo general a estas alturas yo ya formo parte del grupo de los descabezados que intentan reponer las pocas horas de sueño que con costos consiguen durante la noche anterior, pero hoy no. Con audífonos y Hans Zimmer a todo volumen, voy viendo por la ventana el urbano paisaje que ya me es tan familiar. El bus se detiene a hacer un semáforo y en el carril contrario hay tanto tráfico que los carros tampoco se mueven.

No sé si les ha sucedido, pero no es poco frecuente que una vez que bus se detiene en una parada o debido a la presa, haya intercambios de miradas curiosas entre los van en el bus -que observan a quienes viajan en automóvil y desean ser dueños de un vehículo, para así  no ir con otras 44 personas en un ambiente con las ventanas cerradas, un bochorno espantoso y olor a sudor ajeno- y los que van en el carro, que ven a los pasajeros del bus, le agradecen a la vida por tener su propio medio de transporte individual y así no viajar con otras 44 personas en un ambiente con las ventanas cerradas, un bochorno insoportable y un fuerte olor a sudor.

Pues esa era yo; estaba observando el carro a la par del bus, más específicamente, junto a mi ventana... Y mientras filosofaba sobre las ventajas de viajar junto a otras 44 personas en un vehículo de 6x2.5 metros cuadrados, caí en cuenta de que el conductor de este vehículo era realmente atractivo. Alto y mandíbula fuerte, cabello castaño claro y piel ligeramente bronceada.

Y mientras posaba mi mirada fijamente en él, el joven volteó su cabeza. Así que como es lógico y viéndome presa repentina del pánico (cualquiera que sea un poco cohibido va a entender de qué hablo), rápidamente quité la mirada antes de que notara que lo estaba viendo.

Pero la curiosidad era mayor y no podía privarme de apreciar el atractivo de este joven sólo porque sí, entonces volví a observar a través de la ventana y hacia el conductor de este Suzuki Gran Vitara gris...

Otro fenómeno que también es común, es que las personas noten las miradas posadas sobre ellas e intenten identificar al individuo dueño de los ojos que los observan. Así que como es lógico, él percibió mi inspección y nuevamente volteó su cabeza. Esta vez mantuve fija la vista y noté como ahora era él quien me inspeccionaba. Nuestros ojos se toparon y no pude evitar sonreír tímidamente. Tardó un segundo en devolverme una sonrisa divertida, con una ceja levantada. Todavía con las miradas fijas en el otro, me guiñó el ojo.

El semáforo peatonal indicó a los peatones que ya no podían cruzar y el chofer del bus puso el pie en el acelerador apenas el rojo fue reemplazado por el verde. Pasé los próximos minutos riendo para mis adentros y sorprendida de que ninguna de las otras 44 personas que viajaban en el bus conmigo ese día, hubieran notado tan singular intercambio de miradas, que al menos a mí, me quitó el aliento.