Hace unos meses mi país se vio envuelto en una atmósfera de protesta, angustia, odio y corrupción. La muerte tomo las calles de la nación y la injusticia se hizo presente. Ahora que justicia no puede seguir luchando contra la maldad, escribo esto como tributo a quienes dejaron dejaron el alma en la calle con valentía y fuerza. Moli.
El joven despertó antes que el sol, con los ojos chiquitos y el corazón grandote. Apenas comprendiendo lo que hacía, se vistió de negro, tomo el bolso desgastado y con un sándwich en la mano salió de la protección de su guarida, aun con los ojos chiquitos, pero listo para ser dueño de las calles.
La joven despertó en el amanecer, con una sonrisa radiante y los pasos firmes de un destino. Completa su rutina matutina de forma precisa. Toma su bolso desgastado cambiándolo con la ropa negra. Café en mano, sale de su cueva con el corazón palpitando y tragándose el miedo.
Los jóvenes se reúnen y sus almas se fusionan por el mismo ritmo en el cual sus corazones palpitan, por las mismas palabras que mueren en los pulmones asfixiados, por los mismos sueños que buscan recuperarse de la cruda realidad. La respiración es agitada, como si temieran el momento en que suspiraran por última vez, los movimientos son ágiles, como el artista haciendo arte.
Las emociones tienen un amplio espectro, desde la ansiedad de la calma hasta la adrenalina del peligro. Al final de día, cuando el sudor ha superado las fuerzas del cuerpo más no las del corazón, los jóvenes parten a devolverle el alma a aquellos que dejaron atrás.
Y entonces el joven despertó y espero a la joven con un café en la derecha y un sándwich en la izquierda.